Te echo de menos. Nunca he echado de menos a alguien de esta forma. Y no sé por qué: no me sentía del todo bien a su lado y había cosas que no me gustaban. Nos conocimos por Facebook, empezamos a hablar y un día me invitó a tomar un café en el Retiro. Aquel día estaba mal emocionalmente: desanimada y con agujetas horribles de tanto entrenar. Charlamos en el parque; era de noche, hacía frío y el cielo estaba despejado. Hablamos de cosas personales, de quiénes éramos. Al despedirnos, le abracé durante unos minutos: sentí que esa calidez era un “hogar”, pese a su aire serio y distante. Noté que, en el fondo, él tampoco era así realmente, aunque puede que la incomodidad nos invadiera a ambos; estaba claro que tampoco él estaba bien y esa abrazo le ayudó. Nos separamos con otro abrazo más corto. Seguimos escribiéndonos hasta tarde. Así pasaban los días: “buenos días” suyos, mensajes constantes, salidas y conversaciones profundas sobre sueños y vidas distintas. Me contó que vivía con un “amigo”, que había estado con una ex y que le gustaba hablar con amigas, incluidas ex parejas. Luego me dijo que se había mudado con sus padres. Oficializamos la relación y entonces me confesó la verdad: vivía aún con su ex. Según él, entre ellos ya no había nada, ni siquiera antes, pero trabajaban juntos. Subió una foto de los dos. Para su cumpleaños, quise sorprenderle llevándole a cenar a un restaurante de estilo medieval en Toledo. Pero a mediodía, recibí por Instagram un mensaje insultante de una mujer. No respondí; solo le pregunté qué era aquello. Me recordó que su ex solía enviar a gente a molestar y escribir mensajes ofensivos. No contesté hasta hablar con él. Dijo que lo había arreglado, pero los mensajes seguían. Finalmente, respondí lo mínimo, bloqueé y seguí adelante. No me humillo ni bajo al nivel de la arrogancia ajena. Superamos ese bache y la relación se fortaleció. Compartíamos más. Yo estaba en paro y él me animaba a buscar trabajo, a veces ayudándome económicamente aunque a mí me molestaba. Nunca le pedí nada; él lo ofrecía. Cuando se fue de vacaciones, me propuso quedarme en su casa, y acepté, aunque fue un error estar allí las dos semanas completas. Me “ponía a prueba”: veía cómo era yo en casa. Gastaba mucho en comida para llevar; decía que cocinar quitaba tiempo, que siempre se puede comprar comida hecha. La vacaciones acabaron y se gastó mucho dinero. Le dije que tenía que ahorrar, pero no me hizo caso, y luego me culpó de no haberle ayudado a ahorrar, aunque yo insistía en cocinar y controlar gastos. Después me dijo que debía pagar facturas y eso le estresaba, haciéndome sentir mal. Encontré trabajo y él me anunció que ahora “me examinaría”: quería ver si yo le daría dinero por vivir en su casa y por todo lo que gastó. Decía que sentía que yo dependía económicamente de él. No sabía qué decir ni cómo se vivía en pareja. Me advirtió que las cosas cambiarían, y fue así. Casi no había planes ni citas, los mensajes eran cortos. Decía que tenía que recuperar lo gastado, que era inestable económicamente, ni siquiera comía bien. Todo empezó a desmoronarse. Un día me acusó de “meterle la mano en el bolsillo”, de perjudicarle económicamente, cuando nunca le pedí nada. Yo ya trabajaba; a veces pagaba él, a veces yo, pero ya no había proyectos ni ilusión. Decidimos dejarlo. Nos despedimos agradeciéndonos lo bueno y lo aprendido, y cerramos la puerta con dignidad. Tras un tiempo nos dimos otra oportunidad. Volvimos a hablar, pero no me gustaba quedarme en su casa después del trabajo y no tener comida, a veces ni me invitaba a cenar. Dudaba si llevarme algo para comer o desayunar bien por si pasaba hambre. Se lo dije, pero no propuso solución; eso me hacía sentir sola y como una carga. Mataba la relación. Un día, yendo con él en Metro, me sentí mal y casi me desmayé; me senté en el suelo para no caerme. No reaccionó. Eso me alejó para siempre. Por dentro seguía queriéndole, pero supe que no era el hombre que quería a mi lado, pese a los sueños y objetivos en común. Muchas noches le pedía que no nos acostásemos enfadados, pero empecé a dormir llorando a su lado. Hasta que un día decidí que no podía más: me levanté temprano, recogí mis cosas y me fui. Hablamos; le expliqué cómo me sentía. Le había regalado un dibujo que adoraba, pero lo quité de la pared y me lo llevé. No debí hacerlo. Algo se rompió en los dos. Semanas después hablamos otra vez. Me dijo que al llevarme ese dibujo le quité la felicidad que sentía al mirarlo y que desde entonces, algo se rompió definitivamente. Volvimos a cerrar la puerta. A veces le enviaba mensajes de agradecimiento o vídeos, pero ya no respondía. Todo era vacío. Una noche, cerca de la medianoche, recibí un mensaje lleno de insultos: que había sido yo quien le separó de su familia. Borré el chat y bloqueé. Luego me buscaron desde la empresa donde trabajaba. Sabía que era su ex o su nueva pareja. No respondí. Hablé con los responsables y puse límites, avisando de que actuaría legalmente si seguían: pararon finalmente. Me sentí triste. Cambié. Comprendí que él no era el hombre que quiero. Aunque nos separamos bien, verle de nuevo con alguien que le sembró tanto caos fue doloroso. A veces le echo de menos; echo de menos algunas cosas buenas. Pero ahí termina. Hay algo que sé seguro: conmigo encontraba calma y se sentía orgulloso. No creo que con ella logre lo mismo, ni llegue a ser la persona que querría mostrarle al mundo.

Le echo de menos. Nunca antes había echado así de menos a alguien. Y no entiendo por qué, porque tampoco me sentía del todo bien cuando estaba con él, y había cosas que no me gustaban.

Nos conocimos en Facebook. Empezamos a hablar y un día me invitó a tomar un café. Fuimos a un parque en Madrid. Aquella tarde yo estaba anímicamente fataldesanimada, además de dolorida físicamente porque había hecho entrenamiento intenso en el gimnasio y tenía las piernas destrozadas. Charlamos en el parque, ya era de noche, el cielo estaba despejado y hacía un frío increíble. Hablamos de cosas muy personales, sobre nuestras vidas, sobre nosotros mismos.

Al despedirnos, le abracé. Un abrazo que duró varios minutos. Sentí ese abrazo como si fuese hogar, aunque venía de un hombre que daba la impresión de ser frío, serio y distante. En ese abrazo pude percibir que, en el fondo, él no era así. No sé si se sintió incómodoigual que yopero noté que tampoco estaba bien, y ese abrazo también le afectó. Nos separamos con otro abrazo, esta vez más breve.

Seguimos hablando hasta tarde. Así pasaban los díasél me daba los buenos días, hablábamos todo el día, mensajes constantes. Empezamos a quedar más. Nuestras conversaciones se volvieron profundas, compartíamos sueños y hablábamos de posibles futuros. Me contó que vivía con un amigo. Habló de su exnovia. Me confesó que le gustaba mantener conversaciones con chicas, incluso con amigas con las que había salido antes. Más tarde, volvió a casa de sus padres.

Oficializamos la relación y entonces me confesó la verdad: en realidad vivía con su exnovia. Según él, ya no había nada entre ellosni siquiera antespero trabajaban juntos.

Subió una foto de ambos juntos. Para su cumpleaños, había planeado sorprenderle: le quería llevar a un restaurante precioso de Toledo con decoración medieval. Pero al mediodía recibí un mensaje por Instagram de una mujer, insultándome. No respondí. Solo le pregunté a él qué significaba todo eso. Me recordó lo de su exque era dada a mandar a gente a molestar y a enviar mensajes ofensivos. No contesté hasta no hablar con él. Me dijo que lo había solucionado, pero los mensajes seguían. Al final respondí lo justo. No soy una mujer que se humilla ni que baja al nivel de la arrogancia ajena. Luego, bloqueé.

Superamos el momento. Seguimos adelante. La relación incluso se fortaleció. Compartíamos más. Yo estaba en paro y él me animaba a buscar trabajo. A veces me ayudaba con ciertos gastos, algo que siempre me parecía incómodo. Nunca le pedí nadaél lo hacía por iniciativa propia. Cuando se fue de vacaciones, me dijo que me quedara en su piso. Me quedé, pero cometí el error de estar allí las dos semanas enteras.

Me ponía a pruebaa ver cómo era yo en casa. Gastaba mucho dinero en comida para llevar, porque decía que si cocinábamos, perdíamos tiempo, que siempre se podía comprar algo hecho. Al terminar sus vacaciones, se había gastado mucho dinero. Le sugerí que ahorrara, pero no me hizo caso. Al final, me echó en cara que yo no le había ayudado a ahorrar, que si él gastaba era porque yo se lo permitíacuando en realidad le aconsejé que cocináramos y tuviésemos más cuidado con los gastos.

Después me comentó que tenía que pagar facturas, que eso le ponía nerviosoy eso me hizo sentir fatal. Conseguí trabajo y entonces me dijo que ahora me iba a evaluar. La prueba consistía en ver si yo le daba dinero por estar en su casa y por todo lo que él había gastado. Decía que sentía que me estaba manteniendo. No supe qué decir. Yo estaba aprendiendo lo que significaba vivir en pareja.

Me dijo que todo iba a cambiary cambió. Casi no había planes ni encuentros. Los mensajes eran cortos. Decía que tenía que recuperar el dinero, que estaba inestable económicamente, que ni siquiera podía comer bien. Todo se empezó a desmoronar.

Un día me dijo que le había metido la mano en la cartera, que le había perjudicado económicamentea pesar de que nunca le pedí nada. Yo ya estaba trabajando. A veces pagaba yo, otras veces él. Pero ya no hacíamos planes. Todo era distinto. Decidimos terminar. Nos separamos bienagradecidos por lo bueno y por lo aprendido. Cerramos la puerta con dignidad.

Después lo intentamos de nuevo. Hablamos. Pero no me sentía bien estando en su casa después del trabajo, sin que hubiese comida. A veces ni me invitaba a cenar. Yo dudaba si llevarme algo de comer o desayunar fuerte para no pasar hambre. Le conté cómo me sentía, pero no dijo nada, ni propuso solución. Aquello me hacía sentir como si solo dependiera de mí, como si mi existencia fuera una carga. Eso mató la relación.

Un día, estando juntos, me sentí mal en el Cercanías y estuve a punto de desmayarme. Me senté en el suelo para no caerme. Él no hizo nada. Eso me alejó definitivamente. Me distancié por dentro. Muy en el fondo lo quería, pero sabía que no era el hombre que quería a mi lado en la vidaaunque tuviésemos sueños y objetivos comunes.

Muchas veces le pedía no dormirnos enfadados. Y empecé a dormirme a su lado, llorando. Hasta que un día decidí que no podía permitírmelo más. Me levanté temprano, recogí mis cosas y me fui. Hablamos. Le expliqué cómo me sentía. Le había regalado un dibujo que le encantaba, pero lo quité de la pared y me lo llevé. No debería haberlo hecho. Algo se rompió en míy en él.

Semanas después volvimos a hablar. Me dijo que al llevarme el dibujo le quité la única felicidad que sentía y que algo se había roto para siempre. Cerramos de nuevo la puerta. A veces le mandaba mensajes de agradecimiento o le enviaba vídeos, pero nunca respondía. Todo se volvió hueco.

Una noche, cerca de la medianoche, recibí un mensaje lleno de insultosque era la mujer que le había alejado de su familia. Borré la conversación y bloqueé. Poco después empezaron a buscarme por las redes sociales de la empresa donde él trabajaba. Supe que era su ex o su nueva pareja. No contesté. Hablé con dirección y puse límitesles dije que si seguían, actuaría legalmente. Entonces pararon.

Me dio mucha pena. Yo cambié. Me di cuenta de que él no era el hombre que deseo. Nos despedimos bien, pero verle de nuevo junto a quien le había provocado tanto caos, me dolió.

A veces le echo de menos. Echo de menos algunos momentos bonitos. Pero hasta ahí. De algo estoy segura: a mi lado sentía calma y se sentía orgulloso. No creo que con ella tenga lo mismoni que llegue a ser el hombre que podría mostrar con orgullo al mundo.

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Te echo de menos. Nunca he echado de menos a alguien de esta forma. Y no sé por qué: no me sentía del todo bien a su lado y había cosas que no me gustaban. Nos conocimos por Facebook, empezamos a hablar y un día me invitó a tomar un café en el Retiro. Aquel día estaba mal emocionalmente: desanimada y con agujetas horribles de tanto entrenar. Charlamos en el parque; era de noche, hacía frío y el cielo estaba despejado. Hablamos de cosas personales, de quiénes éramos. Al despedirnos, le abracé durante unos minutos: sentí que esa calidez era un “hogar”, pese a su aire serio y distante. Noté que, en el fondo, él tampoco era así realmente, aunque puede que la incomodidad nos invadiera a ambos; estaba claro que tampoco él estaba bien y esa abrazo le ayudó. Nos separamos con otro abrazo más corto. Seguimos escribiéndonos hasta tarde. Así pasaban los días: “buenos días” suyos, mensajes constantes, salidas y conversaciones profundas sobre sueños y vidas distintas. Me contó que vivía con un “amigo”, que había estado con una ex y que le gustaba hablar con amigas, incluidas ex parejas. Luego me dijo que se había mudado con sus padres. Oficializamos la relación y entonces me confesó la verdad: vivía aún con su ex. Según él, entre ellos ya no había nada, ni siquiera antes, pero trabajaban juntos. Subió una foto de los dos. Para su cumpleaños, quise sorprenderle llevándole a cenar a un restaurante de estilo medieval en Toledo. Pero a mediodía, recibí por Instagram un mensaje insultante de una mujer. No respondí; solo le pregunté qué era aquello. Me recordó que su ex solía enviar a gente a molestar y escribir mensajes ofensivos. No contesté hasta hablar con él. Dijo que lo había arreglado, pero los mensajes seguían. Finalmente, respondí lo mínimo, bloqueé y seguí adelante. No me humillo ni bajo al nivel de la arrogancia ajena. Superamos ese bache y la relación se fortaleció. Compartíamos más. Yo estaba en paro y él me animaba a buscar trabajo, a veces ayudándome económicamente aunque a mí me molestaba. Nunca le pedí nada; él lo ofrecía. Cuando se fue de vacaciones, me propuso quedarme en su casa, y acepté, aunque fue un error estar allí las dos semanas completas. Me “ponía a prueba”: veía cómo era yo en casa. Gastaba mucho en comida para llevar; decía que cocinar quitaba tiempo, que siempre se puede comprar comida hecha. La vacaciones acabaron y se gastó mucho dinero. Le dije que tenía que ahorrar, pero no me hizo caso, y luego me culpó de no haberle ayudado a ahorrar, aunque yo insistía en cocinar y controlar gastos. Después me dijo que debía pagar facturas y eso le estresaba, haciéndome sentir mal. Encontré trabajo y él me anunció que ahora “me examinaría”: quería ver si yo le daría dinero por vivir en su casa y por todo lo que gastó. Decía que sentía que yo dependía económicamente de él. No sabía qué decir ni cómo se vivía en pareja. Me advirtió que las cosas cambiarían, y fue así. Casi no había planes ni citas, los mensajes eran cortos. Decía que tenía que recuperar lo gastado, que era inestable económicamente, ni siquiera comía bien. Todo empezó a desmoronarse. Un día me acusó de “meterle la mano en el bolsillo”, de perjudicarle económicamente, cuando nunca le pedí nada. Yo ya trabajaba; a veces pagaba él, a veces yo, pero ya no había proyectos ni ilusión. Decidimos dejarlo. Nos despedimos agradeciéndonos lo bueno y lo aprendido, y cerramos la puerta con dignidad. Tras un tiempo nos dimos otra oportunidad. Volvimos a hablar, pero no me gustaba quedarme en su casa después del trabajo y no tener comida, a veces ni me invitaba a cenar. Dudaba si llevarme algo para comer o desayunar bien por si pasaba hambre. Se lo dije, pero no propuso solución; eso me hacía sentir sola y como una carga. Mataba la relación. Un día, yendo con él en Metro, me sentí mal y casi me desmayé; me senté en el suelo para no caerme. No reaccionó. Eso me alejó para siempre. Por dentro seguía queriéndole, pero supe que no era el hombre que quería a mi lado, pese a los sueños y objetivos en común. Muchas noches le pedía que no nos acostásemos enfadados, pero empecé a dormir llorando a su lado. Hasta que un día decidí que no podía más: me levanté temprano, recogí mis cosas y me fui. Hablamos; le expliqué cómo me sentía. Le había regalado un dibujo que adoraba, pero lo quité de la pared y me lo llevé. No debí hacerlo. Algo se rompió en los dos. Semanas después hablamos otra vez. Me dijo que al llevarme ese dibujo le quité la felicidad que sentía al mirarlo y que desde entonces, algo se rompió definitivamente. Volvimos a cerrar la puerta. A veces le enviaba mensajes de agradecimiento o vídeos, pero ya no respondía. Todo era vacío. Una noche, cerca de la medianoche, recibí un mensaje lleno de insultos: que había sido yo quien le separó de su familia. Borré el chat y bloqueé. Luego me buscaron desde la empresa donde trabajaba. Sabía que era su ex o su nueva pareja. No respondí. Hablé con los responsables y puse límites, avisando de que actuaría legalmente si seguían: pararon finalmente. Me sentí triste. Cambié. Comprendí que él no era el hombre que quiero. Aunque nos separamos bien, verle de nuevo con alguien que le sembró tanto caos fue doloroso. A veces le echo de menos; echo de menos algunas cosas buenas. Pero ahí termina. Hay algo que sé seguro: conmigo encontraba calma y se sentía orgulloso. No creo que con ella logre lo mismo, ni llegue a ser la persona que querría mostrarle al mundo.
En el avión, una chica exigió que me echaran por mi sobrepeso, pero me vengué con creces y le demostré que no se trata así a las personas