Cuando creíamos que sólo teníamos un animal con mala suerte en casa… La historia de cómo la llegada de Névico, el gato más desafortunado de España, revolucionó nuestro hogar y cómo acabamos con un chihuahua valiente, dos mascotas torpes, y una familia aún más feliz (después de que un camión de leche salvase nuestras vidas por culpa de un café derramado).

Mi mujer llevaba al perro al veterinario y ya comenzaba a sospechar que había cometido un error fatal. Y ahora, en vez de un solo gafe en casa, teníamos dos…

Todo quedó claro desde el instante en que el gatito llegó al hogar. Bueno, llególo encontró mi mujer en un contenedor de basura. Alguien lo había tirado allí, a su suerte…

Mi mujer bajó a tirar la basura y regresó a casa con un nuevo miembro en la familia. Le pusimos de nombre Desdín, que viene de desdichado.

Nada más llegar, el animalito metió las dos patas delanteras en una olla de caldo caliente. Mientras mi mujer trataba de atrapar al pequeño que chillaba de dolor encima de la mesa, metió las traseras en un cuenco rebosante de nata. Y así empezó la historia…

Desdín se metía en líos constantemente. Una vez se dislocó las cuatro patas simplemente saltando de la cama.

Al tirar vasos, cuencos y jarrones de las mesillas y mesas, conseguía acabar recibiendo un golpe en la cabeza con esos mismos objetos. Todo porque saltaba justo debajo de ellos.

Si había sal en la mesa, todos la tapaban rápidamente con la mano porque ya sabían que Desdín saltaría directo encima.

Tres veces le dio un calambre con la electricidad. Normalmente los gatos no sobreviven a eso, pero su Ángel de la Guarda debía de trabajar horas extra. El veterinario consiguió reanimarle en todas esas ocasiones.

Varias veces intentó ahogarse en un cubo de agua que teníamos para fregar el suelo. Siempre logramos sacarle a tiempo, y desde entonces jamás dejamos un cubo con agua sin vigilancia.

Desdín, además, tenía una forma muy peculiar de saltar. Nunca lograba aterrizar donde pretendía. Se aporreaba contra todo: esquinas, espejos, reposabrazos…

En fin, lo que quiero decir es lo siguiente.

Mi mujer le llevó a varias curanderas de la zona. Se reían, pero se quedaban con los euros y le quitaban el mal de ojo con huevos frescos. Sin embargo, cuando Desdín rompió la vajilla de cada una, la fama de gafe se extendió tanto que ninguna bruja volvió a querer atenderle.

Cansada de tanta desgracia, mi mujer pidió consejo a una amiga, que le recomendó buscarle compañía al gato, quizá otro gato o un perro.

Aquello le pareció una idea maravillosa. Así, y después de gastar un buen dinero, y para alegría de mi hija y de mi mujer, trajimos a casa un perro bastante feo, un chihuahua.

¿Por qué feo? Bueno, quien haya visto un chihuahua de cerca me entenderá. ¿Y ese ladrido? Bueno, si se le puede llamar ladrido, porque a veces parece que tose en lugar de ladrar…

En fin, ya me entienden.

Al día siguiente se aclaró la utilidad del asunto. Vivíamos en una casa de pueblo y teníamos ratones…

Desdín no es que tuviera miedo de los ratones. Todo lo contrario. Le encantaba observarlos, incluso a veces jugaba al pilla-pilla con ellos. Por eso había trampas para ratones.

Pues en una de esas trampas fue a caer la pobre criatura perruna, a quien pusimos de nombre Tizón.

Mi mujer llevó lloriqueando al perrito al veterinario, y ya empezaba a pensar que había cometido un error fatal. Ahora, en vez de un gafe en casa, teníamos dos…

Desdín tomó bajo su mando al nuevo infortunado. Salían juntos al patio. Y había que tener un ojo encima de ellos a todas horas.

Les picaban hormigas, avispas y abejas. Los gansos siempre tenían ganas de pellizcarles y las gallinas de picotearles. Era un sinvivir, vamos.

Sin embargo, todo cambió un buen día…

Yo aparco el coche frente a casa, justo en la puerta. Por suerte, siempre hay sitio. Por las mañanas, salía con mi café recién hecho, cerraba la verja y me subía al coche para ir al trabajo.

Aquella mañana, Desdín, como de costumbre, tiró la taza de café y dejó caer el bocadillo al suelo… pero en vez de esconderse bajo la mesa, se plantó ante la puerta, erizado, como si fuera una muralla imposible de pasar.

Intenté apartarlo, y por toda respuesta recibí un zarpazo con las uñas y el lomo completamente arqueado.

¡Pero bueno, bicho! grité. No sólo tiras el café y el bocata, ¿ahora también te pones a pelear? ¡Fuera de aquí, anda!

Intenté apartarlo con el pie, pero en ese momento…

Desde debajo de la cama salió disparado el extraño ser llamado Tizón, que, tosiendo de manera casi perruna, se lanzó a proteger a su amigo gato.

El minúsculo perro se plantó delante de Desdín, todo tembloroso, pero firme. Se le marcaron los pequeños colmillos, y en su mirada se veía una mezcla de coraje y furia:

¡No dejaré que le hagas daño! parecía decir. ¡Antes me matas a mí! ¡Aquí hay que pasar por encima de mi cadáver!

La situación empezaba a salirse de madre.

¿Pero estáis locos los dos? protesté. ¡Que llego tarde al trabajo!

Me fui corriendo a la habitación donde aún dormía mi mujer.

¡Despierta, corre! ¡Que llego tarde y estos dos no me dejan pasar!

¿Quién? ¿Qué pasa? preguntó mi mujer medio dormida.

Se levantó y fuimos juntos a ver el panorama. Justo cuando nos acercamos a los dos gafe frente a la puerta, desde la calle llegó un estruendo espantoso.

Salimos corriendo al patio y vimos la escena: un camión cisterna de leche que abastecía a los comercios del pueblo, a toda velocidad y sin frenos, se estrelló contra nuestro coche, dejándolo hecho chatarra.

La taza de café recién repuesta se me cayó de las manos… Al conductor del camión se lo llevó la ambulancia, con un infarto. Y esas cosas, a veces, pasan…

*****

Desde entonces, Desdín y Tizón ya no me bloqueaban la puerta, aunque cada mañana me paraba y les preguntaba a la pareja:

A ver, chicos, ¿cómo pinta el día ahí fuera? ¿Todo tranquilo?

Tizón enseñaba los dientes, asentía con la cabeza…

Quizá pensáis que ahora son afortunados. Pues de eso nada.

Siguen metiéndose en todo tipo de líos, historias, incidentes posibles e imposibles. La diferencia es que ya nadie se echa las manos a la cabeza, ni hace cuentas de las pérdidas, ni lamenta nuestra mala suerte.

Ahora los llevamos en brazos y los llenamos de besos. Les limpiamos la nata y el caldo del pelaje. A Tizón le compramos un collar carísimo y precioso, y a Desdín le pusimos rascadores por cada esquina y hasta una camita de lujo.

Aunque en realidad no duerme en su camita, prefiere dormir a los pies de la cama de los dueños, donde suele caerse cada noche, organizando un escándalo…

Los gritos despiertan a Tizón, que sí duerme en la cama nueva, y llega tosiendo a todo pulmón, dispuesto a defender a su adorado gato de quien sea.

Al cabo de media hora, toda la familia vuelve a acostarse. A Desdín y a Tizón los ponemos entre mi mujer y yo, en la cama, para intentar dormir tranquilos hasta el amanecer…

Pero, si no veis la enseñanza de esta historia, podéis pasar página.

Como siempre, todo esto va de lo mismo: el amor. Creedme, a Desdín y Tizón no se les quiere porque sean afortunados ni por todo lo contrario. Se les quiere porque existen.

Y eso eso sí que es tener suerte.

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Cuando creíamos que sólo teníamos un animal con mala suerte en casa… La historia de cómo la llegada de Névico, el gato más desafortunado de España, revolucionó nuestro hogar y cómo acabamos con un chihuahua valiente, dos mascotas torpes, y una familia aún más feliz (después de que un camión de leche salvase nuestras vidas por culpa de un café derramado).
A los 65 descubrí que lo peor no es quedarme sola, sino suplicar a mis hijos una llamada sabiendo que soy una carga para ellos.