Cuanto más lejos, más entrañable se vuelve todo… —¿Sabes qué te digo, mi querido nieto? ¡Si tanto os molesto, solo queda una opción! No pienso irme ni a casa de las hijas, ni a amigas ni amigos a dar tumbos. Tampoco necesito buscarme compañero, ¡ni falta que me hace! ¡Menuda ocurrencia, buscarme novio a estas alturas! —Abuela, ¡si es justo lo que llevamos diciéndote mi madre y yo! ¡Vente a una residencia de mayores! No hay más que hablar: pon la casa a mi nombre, allí te dan tu habitación, mamá lo apañará. Tendrás compañía, vecinas con quien charlar y no me estarás molestando. —No salgo de mi casa, Santi. Te lo digo en serio. Si te estorbo, ya tienes el quicio y siete caminos. Eres joven, con la cabeza bien puesta, búscate un piso y vive como te dé la gana. No quisiste estudiar, pues a trabajar. Puedes traer a una chica distinta cada día. Yo solo necesito paz y tranquilidad, que en un mes cumplo 65 años… Ya he estado dando tumbos un par de años, y va siendo hora de volver a mi casa. No es de recibo, hijo, que me echéis de mi propia casa y viváis tú y tus novias a costa de mi pensión. Que tampoco es elástica, mi pensión. Así que tienes una semana. Si no encuentras piso, a casa de un amigo o de esa tuya—como se llame, nunca me acuerdo—, pero hoy mismo no te quiero ver bajo mi techo. ¡Ya está bien, que si novio, que si a la residencia…! Ofuscado, mi nieto intentaba replicar, pero yo ya no le escuchaba: me encerré en mi cuarto, con la cabeza a punto de estallar. Quise tomar una pastilla, pero tendría que ir a la cocina por agua y no me apetecía cruzarme con él. Miré la habitación diminuta, vi una botella de agua con gas casi vacía: suficiente para un trago. *** Ni yo misma pensé que sería capaz de plantarme así. Era mucha indignación acumulada y, al final, solté todo lo que llevaba dentro. Dos largos años callando, yendo de una hija a otra, o a casa de amigas y conocidas para no molestar. Pero cuando las visitas se hicieron cotidianas, ya notaba que hasta ellas rehuían mi presencia… *** Cuando ya no tenía a dónde ir, la mayor tuvo otro niño. Vida de ciudad, hipoteca, el mayor en el colegio: no podía estar mucho de baja maternal y la abuela era la solución perfecta. Al principio, todos felices: cenas calientes, piso arreglado, nietos atendidos. Pero a los meses, el yerno, sólo diez años mayor que yo, empezó a poner pegas: que si las salchichas, que si gasto mucho en la compra, que le doy demasiada carne, demasiados vegetales… Nada le valía. ¿Y por qué pagar clases particulares teniendo abuela? Hasta la mayor, con 9 años, me regañaba por vestir “anticuada” y me señalaba delante de sus amigas. “¿Por qué te viniste, abuela? ¡Tienes tu casa en el pueblo, mándate allá a mandar tú!” Yo aguantaba, intentaba contentar a todos. De mi pensión pagaba la carne del yerno, el bolsillo de los nietos, incluso a Santi, el nieto parásito, le transfería para que al menos no cortaran la luz ni el agua. A mi hija, ni quejarme: teme perder al marido, nunca le lleva la contraria, y bastante le costó separarle de su ex y darle dos hijos ya mayor. Cuando la pequeña llevó a la niña a la guardería, dejaron de necesitarme, y el yerno, muy derecho, me echó: “Lidia, gracias, ya puede irse a su casa.” Me fui con alegría, por fin “dueña” de mi hogar. Pero Santi ocupaba el diminuto piso, esta vez con novia. Suciedad, deudas, y el recibo de la luz a punto de cortarse. No me quedó otra que pedir un crédito para poner la casa y cuentas en orden. Pero era pequeña, dos habitaciones y cocina, y Santi protestaba por no tener “intimidad” con la abuela de fondo… De nuevo la menor me pidió ayuda con el bebé. Aguanté tres meses hasta que intuí que sobraba, y me fui sin esperar el desalojo. Y, otra vez, el nieto, insatisfecho. Quizá habría seguido callando, pero un suceso a la vuelta a casa colmó el vaso… Limpiando, de nuevo, mi propio hogar. Por lo menos esta vez no había deudas. Pero seguía “estorbando” al nieto… *** —Santi, hoy voy a ver a la comadre, es su cumpleaños, volveré tarde, cerrad bien. Yo entro por detrás para no despertaros. —¿Y no te quedas? Así no andas por aquí de madrugada haciendo ruido. Quédate a dormir un par de días, que descansamos… —¿Y de qué os vais a cansar, si solo llevo una semana en casa? —Pues una semana ya es bastante. ¿Seguro que no te quedas? —Seguro, quiero dormir en mi casa. Allí estaban celebrando, primero en un bar, luego en casa de la cumpleañera. Risas, recuerdos, nada de penas. Cuando me disponía a irme, mi comadre recibió una llamada: era mi hija, la pequeña. —¿A Nati? ¿Qué pasa, por qué no me llama a mí? ¿Todo bien? —Cogí el móvil, pero mi comadre me frenó. —No llames, Lidia. Todo bien. Solo quería que te quedaras a dormir. —¿Y eso? ¡Si dije a Santi que volvía! —Santi llamó a su madre para decir que quieren quedarse solos, que les estorbas. Así que tu hija me pidió que te acogiera. Mejor dime, ¿qué pasa de verdad? —Nada pasa, todo bien. —Mira Lidia, si todo estuviera bien, tus hijas no llamarían a otra para pedirte asilo. Y la semana pasada tu hija preguntaba si conocía a un viudo con piso: así te mudabas con él y dejabas sitio. Dilo ya, ¿cómo es la vida en tu “propio” hogar? Lo conté todo: la decepción con la hija, las tensiones con la otra, la soga del nieto, lo poco que una es dueña bajo su techo. —En mi casa no soy ni la jefa. Santi, tras dejar el colegio, volvió porque su padrastro no quería adoptarle, y aquí se quedó. Ni ejército ni estudios. Y cuando era menor, la madre al menos apoyaba, pero cuando cumplió dieciocho, ni eso. No me quedé su noche en casa de la comadre, quise volver al mío. Nada más llegar, le solté al nieto todo lo que llevaba guardando. Santi lloriqueó a su madre, que llamó para ponerme los puntos sobre las íes, pero le dije lo mismo que a él. Santi se fue. “No cuentes conmigo,” me dejó de despedida. Pero la soledad me sentó bien, por fin respiro. Siempre me adapté a todos: a hijas, a nietos, de viuda cargué sola con todo. Quise hacer lo mejor posible y crié dependientes de mi pensión y de mi esfuerzo. No es justo que en la vejez te echen de tu propia casa y te hagan sentir extranjera bajo tu propio techo. Tiempo después, Santi recapacitó y vino a pedir perdón. Yo ya le había perdonado, pero no le invité a quedarse. De visita, cuando quieras; pero vivir de nuevo juntos, no. Mis hijas, igual: ahora quieren que ayude con los nietos, pero ni hablar de salir de mi casa. Que me los traigan aquí, con gusto los cuido. Aquí soy la jefa, aquí estoy en paz. Al fin y al cabo, como digo siempre: cuanto más lejos, más entrañables se hacen los tuyos. Y creo, firmemente, que así es.

Cuanto más lejos, más cercano

Mira, hijo mío, escúchame bien. Si tanto estorbo os hago, sólo tengo una opción. No voy a ir más con mis hijas ni andar de casa en casa, ni de amigos en amigos, ni falta me hace buscarme otro abuelo. ¡Menuda ocurrencia la vuestra! ¡Casarme yo a estas alturas!

¡Pero abuela! ¡Si es lo mismo que te dice mi madre! Pásate a una residencia de mayores, no hay más que hablar. Pones la casita a mi nombre, te buscan allí una habitación, mi madre se apaña. No estarías sola, tienes vecinas y compañía, y así yo podría vivir tranquilo, sin que me molestaras.

Pues no, Santi, no me voy a ir de mi casa. Si tanto molesto, la puerta está ahí. Eres joven, buscas piso y vives como quieras. No quisiste estudiar, pues ponte a trabajar. Trae cada día una chica nueva si quieres. Yo ya tengo 65 años casi, lo que quiero es paz y tranquilidad, ¿entiendes?
Ya he ido y venido lo suficiente. Ahora toca estar en casa, de una vez por todas. No es justo que me echéis de la casa propia y encima pretendáis manejar mi pensión como si nada.
No es el saco sin fondo, mi pensión. Así que tienes una semana. Si no tienes piso, vete con tus amigos, tus amigas, o con esa tuya, Rocío creo que es, que no quiero verla hoy en mi casa. ¡Y lo que me faltaba, buscarme novio o llevarme a una residencia!

Santiago, enfurruñado, intentó protestar, pero yo, Lidia Ramos, no quería oír más. Me fui derecha a mi cuarto y cerré la puerta. La cabeza me dolía una barbaridad.
Necesitaba una pastilla, pero para eso tenía que ir a la cocina y solo de pensar en cruzarme con el nieto me horrorizaba.
Eché un vistazo rápido, encontré una botella de agua mineral, lo justo para un trago.
***
No me reconocí en ese arranque. Tantos años tragando y, de golpe, todo fuera. Dos años callada, de una hija a otra según necesitara, y si notaba que ya estorbaba, a casa de vuelta.
Ahora, en mi propia casa, gobierna mi nieto de veinte. Que si una novia, que si otra, y yo la abuela, molestando con mi tos y mis paseos nocturnos.
Abuela, ¿por qué no vas a visitar a alguien? Así podría estar a solas con Rocío, o con Lucía, o con Marta, o con Elena (subraye la que toque, que cambian a cada rato).
Y yo, Lidia Ramos, yendo que si a la prima, que si a mi comadre, que si a la antigua compañera, hasta que las visitas dejaron de hacer gracia y me di cuenta de que, incluso allí, sobraba.
***
Y justo cuando ya no me quedaban casas a las que ir, la mayor se quedó embarazada. Vida de ciudad, hipoteca, el mayor en el colegio… y no le quedaba otra que pedirme ayuda.
Me trasladé con mi hija, Nuria.
Al principio, todo bien. Casa recogida, comida bien hecha, nietos atendidos. Pero, pasados unos meses, el yerno que sólo me lleva diez años empezó con los reproches.
Lidia, esas salchichas no las compres más, que son un asco. ¿Para qué perder el tiempo en eso si puedes hacer unas albóndigas o unos filetes?
Está bien, Lidia, las albóndigas perfectas, pero te gastas mucho en la compra. Hay que ser más ahorrada.
¿Qué pasa, Lidia, que soy una vaca y sólo me das verduras? Hay que ahorrar, sí, pero sin pasar hambre.
Y así, con todo. Que si podía ayudar a la mayor con los deberes, que para qué gastar en clases teniendo abuela en casa, que si estaba mucho al teléfono… Y la mayor de las nietas, que a sus diez años ya tiene genio: que si visto anticuada, que la avergüenzo, que la obligo a estudiar
¿Abuela, por qué no te vuelves a tu pueblo, a tu casita, y nos dejas aquí tranquilos?
Aguantaba todo, sin quejarme. Compraba carne del bueno para el yerno con mi miserable pensión, soltaba unos euros a la nieta para que no se quejara, hasta le daba algo a Santi, el holgazán, para que al menos no se acumulara la factura de la luz.
Hablar con mi hija era inútil. No iba a discutir con su marido, por nada del mundo. ¿Para eso dejó a otra familia y se puso a tener hijos conmigo de testigo?
De vez en cuando, a escondidas, me decía: Mamá, aguanta, por favor, es lo mejor para mí.
En cuanto la pequeña entró en la guardería, su marido lo dejó clarito: Gracias, Lidia, pero ya no te necesitamos.
Volví feliz a casa. Por fin podría hacer mi vida, pero allí estaba Santi, afincado con su novia en el hogar de su abuela.
Sucio todo, las facturas sin pagar No hubo más remedio que pedir un préstamo, poner la casa en condiciones y en paz.
Pero de paz, nada. Él, incómodo porque la casa es pequeña, que si sólo tiene dos cuartos y cocina, y yo siempre al otro lado de la pared.
Otra vez, la hija pequeña embarazada, a ayudar una vez más, y cuando ya sobraba, ni esperé a que lo dijeran, me marché yo solita.
***
Quizás habría seguido tragando, si no fuera por un episodio en concreto, poco después de regresar la última vez.
La casa limpia, todo al día, pero otra vez, la abuela molestando.
Santi, me voy con la comadre, es su cumpleaños. Llegaré tarde, cerrad la puerta, ya entraré yo por detrás para no despertaros.
¿Y por qué no te quedas allí a dormir? Así no andas por la noche deambulando y nos dejas un respiro.
¿Pero tan cansados estáis de mí? ¡Sólo llevo una semana!
¡Una semana es mucho, abuela!
Prefiero volver a casa.
La fiesta estuvo animada. Primero en la cafetería, luego en casa con las más intimas, recordando los tiempos jóvenes.
Cuando ya iba a irme, llamaron al móvil de mi comadre, Carmen.
Me miró, salió a la terraza, habló por teléfono y volvió:
Era tu hija, Nuria.
¿Le ha pasado algo? ¿Por qué no me llama a mí?
Nada malo. Sólo ha pedido que te quede a dormir. Santi llamó, que quiere estar a solas con su novia y que le estorbas.
Pero si le dije que volvía.
Pues mira, quédate, que descansen los jóvenes y me cuentas qué pasa de verdad.
No pasa nada, todo bien.
Mira, Lidia, si todo estuviera bien, tu hija no llamaría pidiendo que te quedaras; también me preguntó si conocía algún señor con piso propio, para que te emparejaras y dejaras a Santi el camino libre.
Se lo conté todo a Carmen: lo de la hija, lo del yerno, lo de los nietos, el nieto vago
Al final, no me quedé a dormir, como siempre, preferí mi casa.
Al llegar, solté todo lo que tenía dentro.
Santi corrió a llamar a su madre, diciendo que su abuela la había tomado con él, y Nuria quiso regañarme. Le conté lo mismo: si tanto les molesto, busquen otro sitio.
Al poco tiempo Santi se marchó, diciendo que no pensaba volver ni ayudarme nunca más.
Me quedé sola, y fue una bendición. Por fin paz, después de toda la vida sin pensar en mí misma.
Crió a mis hijas sola, vivió siempre por ellas, y al final sólo he criado aprovechados. No es justo que a la vejez te echen de tu casa.
Santi recapacitó, pasó a pedirme perdón, y naturalmente le perdoné. Puede visitarme cuando quiera, pero de vivir juntos, nada.
Mis hijas igual, me piden ayuda con los niños, pero ahora sólo aquí. Que me traigan a los nietos, que aquí tengo paz, aquí decido yo.
Como dice Lidia: cuanto más lejos de todos, más cerca estoy de mí misma. Y tiene razón.

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Cuanto más lejos, más entrañable se vuelve todo… —¿Sabes qué te digo, mi querido nieto? ¡Si tanto os molesto, solo queda una opción! No pienso irme ni a casa de las hijas, ni a amigas ni amigos a dar tumbos. Tampoco necesito buscarme compañero, ¡ni falta que me hace! ¡Menuda ocurrencia, buscarme novio a estas alturas! —Abuela, ¡si es justo lo que llevamos diciéndote mi madre y yo! ¡Vente a una residencia de mayores! No hay más que hablar: pon la casa a mi nombre, allí te dan tu habitación, mamá lo apañará. Tendrás compañía, vecinas con quien charlar y no me estarás molestando. —No salgo de mi casa, Santi. Te lo digo en serio. Si te estorbo, ya tienes el quicio y siete caminos. Eres joven, con la cabeza bien puesta, búscate un piso y vive como te dé la gana. No quisiste estudiar, pues a trabajar. Puedes traer a una chica distinta cada día. Yo solo necesito paz y tranquilidad, que en un mes cumplo 65 años… Ya he estado dando tumbos un par de años, y va siendo hora de volver a mi casa. No es de recibo, hijo, que me echéis de mi propia casa y viváis tú y tus novias a costa de mi pensión. Que tampoco es elástica, mi pensión. Así que tienes una semana. Si no encuentras piso, a casa de un amigo o de esa tuya—como se llame, nunca me acuerdo—, pero hoy mismo no te quiero ver bajo mi techo. ¡Ya está bien, que si novio, que si a la residencia…! Ofuscado, mi nieto intentaba replicar, pero yo ya no le escuchaba: me encerré en mi cuarto, con la cabeza a punto de estallar. Quise tomar una pastilla, pero tendría que ir a la cocina por agua y no me apetecía cruzarme con él. Miré la habitación diminuta, vi una botella de agua con gas casi vacía: suficiente para un trago. *** Ni yo misma pensé que sería capaz de plantarme así. Era mucha indignación acumulada y, al final, solté todo lo que llevaba dentro. Dos largos años callando, yendo de una hija a otra, o a casa de amigas y conocidas para no molestar. Pero cuando las visitas se hicieron cotidianas, ya notaba que hasta ellas rehuían mi presencia… *** Cuando ya no tenía a dónde ir, la mayor tuvo otro niño. Vida de ciudad, hipoteca, el mayor en el colegio: no podía estar mucho de baja maternal y la abuela era la solución perfecta. Al principio, todos felices: cenas calientes, piso arreglado, nietos atendidos. Pero a los meses, el yerno, sólo diez años mayor que yo, empezó a poner pegas: que si las salchichas, que si gasto mucho en la compra, que le doy demasiada carne, demasiados vegetales… Nada le valía. ¿Y por qué pagar clases particulares teniendo abuela? Hasta la mayor, con 9 años, me regañaba por vestir “anticuada” y me señalaba delante de sus amigas. “¿Por qué te viniste, abuela? ¡Tienes tu casa en el pueblo, mándate allá a mandar tú!” Yo aguantaba, intentaba contentar a todos. De mi pensión pagaba la carne del yerno, el bolsillo de los nietos, incluso a Santi, el nieto parásito, le transfería para que al menos no cortaran la luz ni el agua. A mi hija, ni quejarme: teme perder al marido, nunca le lleva la contraria, y bastante le costó separarle de su ex y darle dos hijos ya mayor. Cuando la pequeña llevó a la niña a la guardería, dejaron de necesitarme, y el yerno, muy derecho, me echó: “Lidia, gracias, ya puede irse a su casa.” Me fui con alegría, por fin “dueña” de mi hogar. Pero Santi ocupaba el diminuto piso, esta vez con novia. Suciedad, deudas, y el recibo de la luz a punto de cortarse. No me quedó otra que pedir un crédito para poner la casa y cuentas en orden. Pero era pequeña, dos habitaciones y cocina, y Santi protestaba por no tener “intimidad” con la abuela de fondo… De nuevo la menor me pidió ayuda con el bebé. Aguanté tres meses hasta que intuí que sobraba, y me fui sin esperar el desalojo. Y, otra vez, el nieto, insatisfecho. Quizá habría seguido callando, pero un suceso a la vuelta a casa colmó el vaso… Limpiando, de nuevo, mi propio hogar. Por lo menos esta vez no había deudas. Pero seguía “estorbando” al nieto… *** —Santi, hoy voy a ver a la comadre, es su cumpleaños, volveré tarde, cerrad bien. Yo entro por detrás para no despertaros. —¿Y no te quedas? Así no andas por aquí de madrugada haciendo ruido. Quédate a dormir un par de días, que descansamos… —¿Y de qué os vais a cansar, si solo llevo una semana en casa? —Pues una semana ya es bastante. ¿Seguro que no te quedas? —Seguro, quiero dormir en mi casa. Allí estaban celebrando, primero en un bar, luego en casa de la cumpleañera. Risas, recuerdos, nada de penas. Cuando me disponía a irme, mi comadre recibió una llamada: era mi hija, la pequeña. —¿A Nati? ¿Qué pasa, por qué no me llama a mí? ¿Todo bien? —Cogí el móvil, pero mi comadre me frenó. —No llames, Lidia. Todo bien. Solo quería que te quedaras a dormir. —¿Y eso? ¡Si dije a Santi que volvía! —Santi llamó a su madre para decir que quieren quedarse solos, que les estorbas. Así que tu hija me pidió que te acogiera. Mejor dime, ¿qué pasa de verdad? —Nada pasa, todo bien. —Mira Lidia, si todo estuviera bien, tus hijas no llamarían a otra para pedirte asilo. Y la semana pasada tu hija preguntaba si conocía a un viudo con piso: así te mudabas con él y dejabas sitio. Dilo ya, ¿cómo es la vida en tu “propio” hogar? Lo conté todo: la decepción con la hija, las tensiones con la otra, la soga del nieto, lo poco que una es dueña bajo su techo. —En mi casa no soy ni la jefa. Santi, tras dejar el colegio, volvió porque su padrastro no quería adoptarle, y aquí se quedó. Ni ejército ni estudios. Y cuando era menor, la madre al menos apoyaba, pero cuando cumplió dieciocho, ni eso. No me quedé su noche en casa de la comadre, quise volver al mío. Nada más llegar, le solté al nieto todo lo que llevaba guardando. Santi lloriqueó a su madre, que llamó para ponerme los puntos sobre las íes, pero le dije lo mismo que a él. Santi se fue. “No cuentes conmigo,” me dejó de despedida. Pero la soledad me sentó bien, por fin respiro. Siempre me adapté a todos: a hijas, a nietos, de viuda cargué sola con todo. Quise hacer lo mejor posible y crié dependientes de mi pensión y de mi esfuerzo. No es justo que en la vejez te echen de tu propia casa y te hagan sentir extranjera bajo tu propio techo. Tiempo después, Santi recapacitó y vino a pedir perdón. Yo ya le había perdonado, pero no le invité a quedarse. De visita, cuando quieras; pero vivir de nuevo juntos, no. Mis hijas, igual: ahora quieren que ayude con los nietos, pero ni hablar de salir de mi casa. Que me los traigan aquí, con gusto los cuido. Aquí soy la jefa, aquí estoy en paz. Al fin y al cabo, como digo siempre: cuanto más lejos, más entrañables se hacen los tuyos. Y creo, firmemente, que así es.
¡Ana, no te enfades conmigo, no viviré contigo!