Ya tengo 47 años. Hace mucho tiempo, durante quince años, trabajé como chófer personal para un alto directivo de una gran empresa tecnológica en Madrid. A lo largo de todo ese periodo, él siempre se portó correctamente conmigo: me pagaba bien, recibía mis correspondientes pagas extras, tenía seguro social y hasta algunas gratificaciones que no esperaba. Le llevaba donde necesitara reuniones, comidas de trabajo, al aeropuerto, incluso a sus eventos familiares.
Gracias a ese trabajo, mi familia podía vivir tranquila. Conseguí que mis tres hijos estudiaran en buenos colegios, compré una casita a las afueras con una hipoteca y nunca nos faltó nada esencial.
Recuerdo que aquel martes debía llevarle a una reunión muy importante en un hotel céntrico. Como siempre, llegué con el coche impecable y vestido de punta en blanco, sin retrasarme ni un minuto. Por el camino me comentó que era un encuentro clave y que acudirían invitados extranjeros. Me pidió que le esperase en el aparcamiento, ya que la cita podría alargarse bastante. Le aseguré que no había ningún problema, que esperaría el tiempo que hiciera falta.
La reunión arrancó por la mañana y yo aguardé en el coche. Pasó el mediodía, llegó la tarde, pero él no salía. Le mandé un mensaje preguntando si todo iba bien o si necesitaba algo; me respondió que todo iba de maravilla y que le esperara una hora más.
Llegó la noche. Tenía hambre, pero seguí en mi sitio: no quería arriesgarme a que saliera y no me encontrara ahí. Sobre las ocho y media le vi salir del hotel, acompañado por varios extranjeros. Todos reían y parecían satisfechos. Bajé rápidamente del coche para abrirles la puerta.
Me indicó que llevase al grupo a cenar. Le contesté con educación y arrancamos. Durante el trayecto, los invitados charlaban en inglés. Yo había aprendido ese idioma durante años, estudiando por las noches en casa, sin haberle contado nunca a nadie en el trabajo. No se me escapaba ni una palabra de lo que decían.
En cierto momento, uno de ellos preguntó, sorprendido, si yo había estado esperando todo el día, y dijo que eso era muestra de gran dedicación. Mi jefe se rio y respondió algo que me atravesó el pecho:
Para eso le pago, es solo un chófer, no tiene nada mejor que hacer.
Los demás rieron con él.
Se me hizo un nudo en la garganta, pero no dejé ver nada. Seguí conduciendo con el rostro impasible, como si no hubiera oído nada. Al llegar al restaurante, mi jefe me indicó que la cena se prolongaría y que fuera a cenar algo por mi cuenta, que pasara a recogerles dos horas después. Asentí con calma.
Cené en un pequeño bar cercano, pero no podía quitarme de la cabeza esas palabras: “solo un chófer”. Quince años de madrugones, de esperas interminables, de entrega total… ¿y eso era todo lo que yo era para él?
Pasadas dos horas, volví, recogí al grupo tras la cena y les llevé de regreso. Mi jefe estaba eufórico: la negociación había salido bien.
Al día siguiente, fui a buscarle como siempre. Al subir al coche, le saludé y puse rumbo a la oficina. En el asiento, al lado suyo, dejé mi carta de renuncia.
Cuando la vio, me miró sorprendido y preguntó:
¿Qué es esto?
Le aclaré, con respeto pero decisión, que presentaba mi dimisión.
Se quedó perplejo, intentó convencerme preguntando si necesitaba más dinero o si algo grave había sucedido. Le contesté que no era cuestión de dinero, sino de que era momento de buscar nuevas oportunidades.
Trató de averiguar la razón verdadera. Al parar en un semáforo, le miré y le dije que la noche anterior me había llamado “solo un chófer que no tiene nada mejor que hacer”. Y que quizás tenía razón, pero no para mí; yo merecía trabajar para alguien que me respetase.
Se quedó blanco. Quiso justificarse, asegurar que había sido un comentario sin mala intención. Le dije que le entendía, pero tras quince años, aquello había sido suficiente. Que tenía derecho a buscar un lugar donde realmente me valoraran.
Al llegar a la oficina, insistió en que lo reconsiderara, ofreciéndome una subida considerable. Me mantuve firme y le dije que cumpliría el periodo de preaviso, pero que mi decisión era irrevocable.
Mi último día fue duro. Siguió intentando retenerme hasta el final, con mejores condiciones aún, pero yo ya lo tenía claro.
Hoy trabajo en otro sitio. Me contactó alguien que me propuso un puesto como coordinador, no como conductor, con mejor sueldo, oficina propia y horario fijo. Me dijo que buscaba gente leal y trabajadora. Acepté sin dudarlo.
Más tarde recibí un mensaje de mi antiguo jefe. Reconocía su error y me pedía perdón, diciéndome que había sido mucho más que un chófer para él, alguien en quien confiaba. No he respondido aún.
Hoy, aunque me siento valorado en mi nuevo empleo, a veces me pregunto si hice lo correcto. ¿Debería haber dado otra oportunidad? Basta una sola frase, dicha en cinco segundos, para cambiar una relación forjada durante quince años.
¿Vosotros qué pensáis? ¿Obré bien, o me excedí?







