Tropezar Dos Carácteres Duros: La historia de mi tía Polina, obligada a casarse por la presión familiar, su lucha contra un matrimonio sin amor, la vida marcada por los vicios y desencantos, y el doloroso legado de madres e hijos en la España profunda

CUANDO EL MARTILLO SE TOPA CON EL YUNQUE

Mi querida tía (llamémosla Carmen), acabó casándose por pura necesidad. Las hermanas mayores la tenían frita, los padres la apremiaban. Sus argumentos eran de manual de abuela de pueblo:

Por mucho que relinche la potrilla, al arnés tarde o temprano… ¿O quieres quedarte como una solterona de cabello cano, Carmen? ¡En esta familia no hay solteras! ¿Y quién te va a traer el vaso de agua cuando estés chocha?…

Carmen, que ya de pequeña había jurado no casarse tras ver las andanzas etílicas de su padre, trató de volcarse en la carrera profesional. Pero llegó su 28 cumpleaños y, entre felicitaciones y sermones familiares, terminó rendida: Pues tendré que fundar una familia, vaya.

El pretendiente, Paco, apareció a la velocidad del rayo. Da la impresión de que la familia lo tenía fichado y caldo de cultivo. A las dos semanas de conocerse, el hombre va y le suelta lo del matrimonio. Carmen, sin pasión ninguna, asintió: Venga, vale, ¿qué le vamos a hacer? Por dentro, pensó: Igual le cojo cariño con los años.

Paco tenía la edad de Cristo y el carácter ya bien curtido. Ni una boda exprés, ni nada. Lo que más recuerdan todos es el brindis del maestro de ceremonias: Si quieres, al altar; si no, para casa de papá. Carmen, con el tiempo, confirmaría lo acertado del dicho. Y empezaron unos días tan ilusionantes como una fila en el ambulatorio.

Al mes Carmen ya quería divorciarse. Todo le daba alergia. El desengaño era monumental. Su marido, un cabezota de manual, sieso y cuadriculado. Paco no cedía ni al parchís y no pensaba cambiar. Carmen tampoco nacía dispuesta a negociar. Aquello era, claramente, el clásico se encontraron el martillo y el yunque.

Al año les visitó la cigüeña y trajeron al mundo a Nicolás. Carmen se volcó en la maternidad y ni veía al marido; él dormía en la cama de invitados, que me tienes desgastada y ni coses ni coses….

En verano, Carmen y Nicolás emigraron al pueblo a ver a los padres. Entre llanto y desahogo, confesó a su madre:

Mamá, me quiero divorciar. Criaré al niño sola. Esto del matrimonio no es lo mío. A veces quiero echar la siesta eterna. No encajo, odio a Paco. ¿Para qué seguir?

La madre, con la sabiduría rural bajo el brazo:

Vente a vivir con nosotros unas temporadas. Igual hasta echas de menos al marido. ¡Pero ni se te ocurra separarte! Aguanta, hija. Marido y mujer, como agua y harina: bates que bates, pero luego no hay quien lo separe.

Aunque, la verdad, Carmen no esperaba otro consejo. No entendía el motivo del aguante. Nicolás ya veía la relación de sus padres, y cuando creciera, ¿qué aprendería de tanto desencanto? ¿Ese es el ejemplo de familia?

La madre aguantó toda la vida. El padre, adicto al orujo, tirado en la estufa y quejumbroso. Y ella, en pie desde el alba: que si ordeñar la vaca, que si preparar gachas para los cerditos, segar el heno, desherbar las patatas… Y aún le quedaba la faena del campo. Solo en invierno, después de dar de comer a los animales, encender la estufa, hervir el cocido y lidiar con los conejos, se sentía algo viva. En el pueblo, el trabajo nunca se acaba.

De tres hijas, las tres habían huido a la ciudad huyendo de tan idílica vida rural. Solo quedó el hijo, hermano de Carmen, que tenía las luces justas para no perderse de día. Carmen nunca entendió que su madre, conociendo al padre, se arriesgase a un cuarto vástago. Porque tu padre quería un hijo, mártir, y de niñas ya teníamos plantilla de sobra respondía la madre, tan tranquila.

Los padres protegieron al hermano hasta su último suspiro. Y él, tras morir los dos, no tardó en seguirlos al otro barrio; tenía 60 pero mentalidad de chiquillo.

Carmen, reflexionando, decidió no contrariar más a su madre y volver con el marido.

A los dos años nacía otro chaval, Joaquín. Carmen rezó para que, al menos con dos hijos, la familia se enderezase. Ilusa ella, pues Paco ni miraba a Joaquín: Ha salido el retrato del abuelo borracho, decía. Carmen tragaba lágrimas en la soledad. Pero nunca se arrepintió de tener a los niños: Todo mi amor será para ellos; para el marido, ni las sobras. Y así siguieron, como quien tira por la carretera de la amargura.

Cuando Nicolás y Joaquín fueron adolescentes, vinieron las alegrías: botellones, tabaco, rapapolvos. Para redondear, se aliaron con el padre y todo acababa siempre en bronca. Carmen soñaba con hijos dóciles y obedientes, pero la realidad era otra.

El marido, que empezó a compartir cañas con los hijos, desintegró la familia. Carmen vivió una pesadilla. No pudo con sus tres machos ibéricos. Un día explotó y se marchó a casa de sus padres, ya mayores.

Ellos la recibieron de brazos abiertos. Su madre, siempre dispuesta:

Hija, tienes más años en la cara que yo. Se nota que la vida te ha dado pal pelo. ¡Ay, los hombres!

Carmen, que nunca entendió la devoción de su madre por el hermano tarambana:

¡Mamá, que te van a tomar el pelo! ¡Sé más dura, que te va a saltar a la chepa!

Anda ya, Carmen respondía la madre. Tu hermano tiene la azotea despejada, pero ¿qué culpa tiene? Es de la sangre, no se puede negar la familia. Que me aguante hasta que me entierren.

Carmen no podía con ese hermano, aunque reconocía que la diferencia mental no era culpa suya. ¿Cómo iba a salir normal si el padre se pasaba bebiendo más tiempo que sobrio? Carmen y sus hermanas se libraron porque entonces el padre todavía no era fijo en la taberna.

Al año, llegó Joaquín del pueblo y soltó la noticia: el padre había muerto de tanto vino.

Carmen, ni una lágrima. Solo un suspiro: Era previsible. Se empieza viviendo con todo el brazo y se acaba con el dedo meñique. Que Paco descanse en paz…”

Regresó a la ciudad, sobrevivió a la independencia de los hijos y se compró una casita en las afueras para pasar una vejez tranquila, sin más sobresaltos. Nicolás y Joaquín se quedaron en el piso familiar.

Para entonces, el mayor ya se había casado y tenido un hijo ¡abuela novata!, pero el matrimonio duró menos que un helado en Sevilla en agosto. Joaquín se mudó con Carmen tras una pelea descomunal con su hermano. ¿El motivo? Joaquín se entregó a la botella con entusiasmo y Nicolás no lo soportó. Acabó echándole de casa a golpes.

Nicolás volvió a casarse, y cinco años después, otra vez solo: la esposa se fue con otro. Según él: Me casé y acabé con los dientes partidos en el hielo. La tercera mujer, ni el amor ni la pasión la salvaron: murió repentinamente de un trombo, con solo 40 añitos. Nicolás quedó destrozado, y le dijo a su madre:

Ya no me caso más, madre, que me salen los anillos por las orejas. Me quedo solo y en paz.

Ahora, Carmen va a limpiar la casa y dejarle tuppers. Joaquín, por su parte, nunca se casó. Bebe todo lo que no arde; a veces desaparece y Carmen, a sus 75, corretea por el barrio con la foto del hijo en ristre:

¿Han visto a mi niño?

Los vecinos ya se lo saben de memoria. Al mes o dos, el hijo pródigo reaparece milagrosamente, hecho unos zorros pero sano. Carmen le pasa estropajo, le cambia los zapatos, y la ropa se la tira directamente. ¿Dónde has estado? pregunta. Él, elocuente como siempre, murmura algo ininteligible. Pero a Carmen solo le importa verlo vivo.

Todo el barrio sabe menos Carmen, aparentemente que Joaquín pasa sus juergas en casa de una mujer tan aficionada al anís y licores como él. Allí tienen una tóxica historia de amor, hasta que aparece otro pretendiente y Joaquín se ve en la calle de nuevo.

Carmen mantiene al hijo solo con su pensión. Cada vez que intenta buscarle trabajo, el avance y el propio Joaquín desaparecen juntos al cobrar el adelanto. Tres días de farra y vuelta a casa: Madre, ¿qué hay para comer?

A menudo recuerda con tristeza a su madre, que pasó lo mismo con su hermano. Ahora, por fin, entiende el desgarro maternal. Todo se repite. La sangre tira, por mucho que uno reniegue.

En fin, la felicidad nunca da para todos… Tras su larga y pintoresca andadura, Carmen comprendió que aquel matrimonio exprés y aquellos brindis no merecieron ni el chocolate del final del convite.

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Tropezar Dos Carácteres Duros: La historia de mi tía Polina, obligada a casarse por la presión familiar, su lucha contra un matrimonio sin amor, la vida marcada por los vicios y desencantos, y el doloroso legado de madres e hijos en la España profunda
Simplemente se tumbó frente a mi puerta… Ocurrió en enero, en la peor helada que recordaba el pueblo, con la nieve hasta las rodillas y un viento cortante que dolía hasta respirar. Nuestra aldea castellana era tan pequeña que parecía perderse en la meseta, casi vacía: unos se habían marchado a la ciudad, otros ya no estaban. Los que quedábamos no teníamos a dónde ir. Tras la muerte de mi marido y con los hijos lejos, la casa quedó igual de vacía por dentro que por fuera. Calentaba la chimenea, preparaba comidas sencillas –sopa, gachas, huevos– y desmenuzaba pan para los pájaros. Pasaba los días entre libros gastados, en un silencio roto solo por el susurro del viento y el crujir de la madera. Fue entonces cuando apareció él. Al principio pensé que era una urraca o el gato de la vecina, pero el sonido era diferente. Al abrir la puerta, el frío me golpeó y le vi: una criaturilla negra, casi una sombra, con ojos amarillos como los de un búho, mirándome desafiante. Le faltaba una pata delantera, tenía el pelaje hecho un desastre y los huesos marcados. No se movió cuando me acerqué, ni siquiera cuando le cogí en brazos y le llevé junto a la lumbre. Creía que no sobreviviría a la noche, pero allí se quedó, luchando por respirar. Durante días le cuidé como a un bebé, hablándole de mi vida, mis dolores y recuerdos, mientras él apenas se movía pero escuchaba de verdad, como nadie antes. Poco a poco, empezó a comer, a beber y a caminar –cojeando, pero decidido– por la casa. Lo llamé Milagro, porque no podía llamarse de otra manera. Desde entonces, no se separó de mí: me acompañaba a todas partes, dormía a los pies de la cama y, cuando lloraba, se pegaba a mi lado para decirme con la mirada: “Aquí estoy. No estás sola”. La vecina, doña Carmen, meneaba la cabeza y decía: “¿Para qué quieres a ese, si hay cientos por la calle?” Pero yo no podía explicarle que ese gato negro y maltrecho me había salvado a mí también. Juntos aprendimos a vivir. Cinco años compartimos. Él me regaló compañía y sentido. Cuando, llegada la vejez, se fue en silencio una madrugada de primavera, le enterré bajo el viejo manzano donde tanto le gustaba tumbarse. Ahora, con otro gato joven y travieso en casa, a veces creo ver una sombra negra en el umbral. Entonces sonrío: Sé que sigue aquí, conmigo. Mi Milagro. Si tú también has conocido un ser como mi Milagro, comparte tu historia en los comentarios.