El perro, al ver a sus antiguos dueños, agachó la cabeza pero no se movió del sitio Todo comenzó en diciembre, cuando la nieve ya cubría patios y aceras de nuestro barrio como una colcha blanca. Rex, un gran pastor alemán de hocico canoso, apareció de repente junto al portal número dos, como salido del frío aire madrileño de invierno. —¡Otra vez ese perro gimiendo bajo las ventanas! —protestó airado Valentín, corriendo las cortinas—. ¿No lo oyes, Ana? —Ya lo oigo, Valentín —respondió ella cansada—. ¿Y cómo no oírlo? Ese lamento se metía en los huesos. La joven pareja del piso veintitrés, Andrea y Cristina, se había mudado en septiembre. Con perro incluido. Rex les recibía cada tarde frente al portal, saltando de alegría y lamiéndoles las manos. Fiel como un reloj español. Pero con las primeras heladas, todo cambió. —Hemos tomado una decisión definitiva. Perro en un piso pequeño, una pesadilla. Todo lleno de pelos y ese olor a perro. Encima los vecinos protestan por los ladridos. Si quieres, llévatelo tú. Es de pura raza, con papeles —Cristina hablaba por teléfono con una amiga en la escalera. Por lo visto, la amiga no quiso. Doña Ana se dio cuenta cuando notó que Rex pasaba ya la cuarta noche entre el rellano y la escalera, tirado en el frío suelo, temblando de humedad manchega. —¿Y ahora qué hacemos? —Valentín no quería ni oír los lamentos de su esposa—. Bastante problemas tenemos ya. Cincuenta años y un infarto reciente le habían vuelto irascible y bronco, incluso con ella. —No es un perro callejero —murmuró doña Ana—. Sus dueños viven en el 23. —¿Tiene dueños? Que lo recojan. Si no, llama a la perrera. Fácil de decir. ¿Cómo hacerle entender al perro que lo han abandonado? ¿Cómo explicar esa traición a un animal noble? Por la mañana, Ana no pudo más: bajó al rellano con un trozo de chorizo y pan. Rex levantó la cabeza exhausto y le miró agradecido. No atacó la comida, simplemente la cogió con delicadeza. Por la tarde, ella tomó una decisión desesperada. —¿¡Qué haces!? —Valentín apareció en la puerta, rojo de indignación—. ¿¡Por qué metes ese animal en casa!? Rex se encogió en un rincón del recibidor, sabiendo que era la causa de la bronca. Orejas pegadas, rabo entre las patas, como pidiendo perdón por existir. —Solo por una noche, Valentín. Hoy hiela y él no sobrevivirá. —¿Una noche? ¿Y mañana será “otra noche más”? Ana, ¿te falla la memoria? Nos gastamos lo último en medicinas y tú traes otra boca que alimentar. Ana le acarició la cabeza temblorosa en silencio. Qué decir. Su marido tenía razón, no les sobraba el dinero ni para uno mismo, la pensión era escasa. —¿Y quién va a comprarle pienso o llevarlo al veterinario? —protestaba Valentín—. ¡Ni para nosotros tenemos! —Valentín. — La voz de Ana sonaba decidida—. Es un perro viejo. Morirá en la calle. —¡Y qué! Como cientos cada día. ¿Te los vas a llevar todos a casa? Ante el grito, Rex se hizo todavía más pequeño. Ana se sentó a su lado y le abrazó el cuello. El pelo, tupido pero enmarañado, no lo cuidaban desde hacía mucho. —No a todos —susurró ella—. Solo a este. Cinco días vivieron así, en tensión. Valentín golpeaba puertas, protestaba por cada pelo en la alfombra, clamaba por deshacerse del “gorrón”. Rex lo sentía: comía poco, no pisaba más estancias, todo el tiempo la mirada de disculpa. El domingo llegaron los dueños. Llamaron fuerte, exigentes. —¿Ustedes qué se creen? —Cristina apareció en el umbral, abrigo de visón, junto a Andrés en plumas carísimo—. ¡Nos han robado el perro! —¿Robado? Estaba en el rellano —titubeó Ana. —¡Es nuestro! ¡Tenemos papeles y cartilla! ¡Lo han cogido sin permiso! —insistió Andrés. Al oír sus voces, Rex salió de la cocina. Movía tímidamente el rabo: ¿alegría o miedo? —¡A casa, Rex! —ordenó Cristina. El perro olisqueó su mano pero se quedó junto a Ana. —¡Esto es absurdo! —bramó Andrés—. ¡Rex, ven aquí! La cabeza baja, el perro no se movió. —Disculpe —interrumpió Ana—, pero él dormía al frío, pasaba noches en el rellano… Yo solo… —¡Usted no piense nada! ¡No es su perro, no es su problema! ¡Dónde duerma es asunto nuestro! —gritó Cristina. —¿En el rellano sobre el cemento? —no se contuvo la anciana. —¡O en el balcón! ¡Es nuestro! ¡Hacemos lo que queremos! —¿Qué ocurre? —Valentín entró con el periódico. Acababa de volver de cuidar huertos en la parcela. —¡Su esposa nos robó el perro! ¡Que nos lo devuelva o vamos a la Guardia Civil! Ana temblaba. Bastante lío ya. —Ana, entrégales el perro y punto —suspiró su marido—. No necesitamos líos legales. Pero cuando miró a Rex, algo le cambió la expresión. El perro, junto a su esposa, le imploraba con los ojos. —Saquen los papeles —dijo entonces Valentín. —¿Cómo? —Papeles del perro. Pedigrí. Han dicho que los tienen. Christian y Andrés dudaron. —Están en casa… —Tráiganlos, entonces hablamos —zanjó Valentín. —¡Esto es absurdo! —chilló Andrés—. ¡Es nuestro Rex! —¿Si es suyo por qué helaba en el rellano? —¡Eso no le importa! —Sí que me importa —le cortó duro el hombre—. Cuando maltratan a un animal delante de mí, claro que me importa. —¿Qué maltrato? —Cristina abrió mucho los ojos—. ¡Jamás maltratamos! —¿No? Echar a un perro viejo a la calle ¿no es maltratarlo? —Valentín dio un paso más. Ana nunca le había visto tan firme. —¡No le hemos echado! —protestó Andrés—, solo es temporal. ¡Estamos de obras! —¿Obras? ¡Si os habéis mudado hace tres meses! —bramó Valentín. Los jóvenes dudaron, pillados. —Es cosa nuestra —replicó Cristina con voz temblorosa. —¿Maltratar es cosa vuestra? —subió el tono Valentín—. ¿Sabéis qué? ¡Llevároslo ya o no os quiero ver aquí! Ana se quedó pasmada. ¡Era su marido quien exigía echar al perro por la mañana! —Valentín, ¿qué dices? —¡Silencio! —le cortó, encarando a los visitantes—. ¿Y entonces? ¿Os lo lleváis? —Por supuesto —intentó mandar Cristina—. ¡Vamos, Rex! El perro levantó la cabeza, los miró… y volvió a tumbarse. Directo en el suelo del recibidor. Como diciendo: “No me muevo”. —¡Rex! —gritó Andrés—. ¡Arriba YA! El perro no se movió. —¡Nos lo habéis vuelto en contra! —chillaba Cristina al borde del llanto. —No hemos hecho nada. —Ana mantenía la calma—. Él decide. —¡Solo es un animal! —Un animal que ya no os reconoce como dueños —contestó tajante Valentín—. Y ¿sabéis por qué? Porque los perros no perdonan la traición. —¡No saben nada de nosotros! —sollozó Cristina—. ¡Le cuidamos, le dimos de comer! —¡Y después le tirasteis a la calle como un trasto! —Valentín ya no cabía en sí de indignación—. ¡Decidid! O le acogéis en casa y no vuelve a dormir fuera, o fuera de aquí para siempre. —¿Y si vamos a juicio? —balbuceó Cristina. —¡Id si queréis! Pero a ver qué le cuentan al juez sobre el perro durmiendo dos meses en el portal. Los vecinos asomaban, atraídos por la discusión. —¿Qué pasa aquí? —preguntó la tía Maruja desde el quinto. —Estos han tenido al perro en el rellano, helado —explicó Valentín—. Yo lo he visto. —¡Sí, el pobre tiritaba de frío! —apoyó don Pedro del primero—. Le dije a mi Paqui: ¡no tienen vergüenza! Se unió toda la escalera, como un juicio vecinal. —¡Vergüenza! ¡Si traéis un animal, cuidadlo como es debido! —reprobó don Pedro. —Mi hámster vive mejor —añadió Reme. Cristina lloraba, Andrés fulminaba con la mirada. —¡Decid ya: o se va con vosotros y le cuidáis, o se queda! —¡Pues quedaos con él! —soltó Andrés. Dieron media vuelta y se largaron, dando un portazo. Rex levantó la cabeza y gimió bajo. Los vecinos se fueron, solo quedaron el matrimonio y el perro, su nuevo miembro oficial. Rex se acercó tímido a Valentín y le empujó la mano con el hocico. —¿Qué, colega? —le acarició la cabeza—. ¿Te quedas? La cola empezó a moverse despacito: sí, se queda. —Valentín… —Ana apenas hallaba palabras—. Pero si tú eras el que más se oponía. —Lo era, ya no más —él se frotó las manos en el pantalón—. Ana, he aprendido algo. Al ver cómo le trataban. —¿Y qué has entendido? Valentín quedó pensando. Luego se sentó en la butaca y Rex, siempre a su lado. —Que nosotros, como ellos, vivíamos juntos, pero distantes. Yo con mis males, tú con tus cosas. Casi como extraños. El corazón de Ana se aceleró. —Y pensé: ¿y si un día nos tiran a nosotros también? Como si ya no sirviéramos. —Acariciaba la cabeza de Rex—. Me dio un miedo horrible, Ana. Horror. Ella se sentó junto a él en el reposabrazos. —¿Lo dejamos quedarse? —susurró. —Se queda —Valentín sonrió por primera vez en meses—. Esta vez, seremos una familia de verdad. ¿A que sí, Rex? El perro le lamió la mejilla y posó la cabeza en sus rodillas. Al poco, en toda la urbanización se comentaba: el de la segunda paseando cada mañana un perro grande y feliz. Y Valentín parecía diez años más joven. ¿Y la pareja joven? Se marchó al otro barrio, sin despedirse, probablemente avergonzados. Ojalá encuentren paz. Rex, seguro, les habría perdonado.

El perro, al ver a sus antiguos dueños, bajó la cabeza, pero no se movió del sitio.

Todo sucedió en un diciembre lejano, cuando la escarcha ya cubría los patios y aceras del barrio como una alfombra blanca. Rex, un pastor alemán grande y algo canoso en el hocico, apareció de repente junto al portal número dos, como si lo hubiera traído la misma bruma invernal de Madrid.

¡Otra vez el perro ese gimiendo bajo las ventanas! se quejó airadamente Vicente, corriendo las cortinas. ¿No lo oyes, Ana?
Lo oigo, sí respondió ella, cansada.

Cómo no iba a escucharlo. Aquel lamento atravesaba las paredes y los huesos.

Una pareja joven, Tomás y Mariana, se había mudado en septiembre al piso veintitrés. Traían consigo al perro. Rex los recibía cada tarde en el portal, saltaba contento, les lamía las manos. Fiel como un reloj.

Pero con las primeras heladas todo cambió.

Está decidido. Un perro en un pisito de un dormitorio es imposible, pelo por todas partes y ese olor… Además, los vecinos no paran de quejarse del ladrido. Si lo quieres, llévatelo. Es de raza, con papeles y todo escuchó Ana a Mariana decirle por teléfono a una amiga, allí mismo, en la escalera.

Por lo visto, la amiga no aceptó.

Eso lo supo Ana cuando vio que Rex pasaba ya la cuarta noche durmiendo en el rellano entre los pisos, acostado sobre el frío suelo de piedra, temblando de humedad.

¿Y qué hacemos ahora? Vicente ni quería escuchar los lamentos de su esposa. Bastante tenemos con lo nuestro.

Él, hombre de cuarenta y cinco años, tras el infarto del año pasado, se había vuelto irritable, tenso con el mundo y también con ella.

Ese no es un perro callejero dijo Ana en voz baja. Tiene dueños. Viven en el veintitrés.
Pues que lo suban a casa. Y si no, llama a la perrera.
Muy fácil decirlo. Pero ¿cómo explicarle a un animal que lo han dejado tirado? ¿Que aquellos a quienes amaba le han fallado?

A la mañana siguiente, Ana no pudo más. Bajó con un trozo de chorizo y pan. Rex levantó la cabeza con dificultad y la miró con gratitud. No se abalanzó a comer, sino que aceptó la comida despacito, con delicadeza.

Por la tarde, Ana tomó una decisión.

¿¡Pero qué haces!? bramó Vicente desde la puerta, encendido. ¿Por qué has metido este chucho en casa?

Rex se replegó en un rincón del recibidor, entendiendo que era el origen de la gresca. Las orejas pegadas al cráneo, el rabo entre las patas, como pidiendo disculpas por existir.

Sólo es por una noche, Vicente. Hace un frío tremendo, se va a morir fuera.
¿Una noche? ¿Y mañana otra? ¿Y después la última vez? Ana, ¿es que te has olvidado? Nos gastamos lo justo en medicinas y encima traes una boca más a la mesa.

Ella solo acariciaba la cabeza temblorosa del perro. ¿Qué podía contestar? Tenía razón, en realidad. El dinero les llegaba justo. Su pensión de invalidez apenas alcanzaba, y la de ella tampoco era para tirar cohetes.

¿Y la comida? ¿Quién la paga? ¿Y el veterinario? Si apenas nos llega ni para nosotros…
Vicente su voz era suave pero firme, el perro es viejo. En la calle no va a durar.

¡Y qué! ¡Todos los días mueren cientos de perros! ¿Vas a salvarlos a todos?
Rex se removió por el grito y trató de hacerse invisible. Ana se sentó a su lado, lo abrazó por el cuello. El pelo espeso y apelmazado, hacía mucho que nadie lo cuidaba.

No a todos susurró. Sólo a este.

Durante cinco días vivieron en una continua tensión. Vicente daba portazos, protestaba por cada pelo que encontraba en la alfombra, exigía deshacerse del ocupa. Rex lo intuía: comía sin ganas, apenas pisaba las habitaciones, siempre con esa mirada de disculpa.

Y entonces, el domingo, aparecieron los dueños.

La llamada en la puerta fue insistente, casi imperativa.

¿Pero se puede saber en qué estáis pensando? Mariana, de pie en el umbral, envuelta en un abrigo de visón, a su lado Tomás con un plumas caro. ¡Habéis robado a nuestro perro! ¡Esto es un delito!

¿Robo? balbuceó Ana Si estaba tirado en el rellano.

¡Es nuestro! interrumpió Tomás. Tenemos todos los papeles.

Rex salió al oír sus voces. Dudó, meneó la cola un instante, no sabía si alegrarse o esconderse.

¡Vámonos, Rex! ordenó Mariana.

El perro olió su mano, pero se quedó allí, junto a Ana.

¡Esto es el colmo! Tomás se irritó aún más. ¡Rex, ven aquí!

El animal bajó la cabeza, pero no se movió.

Perdonen se atrevió a decir Ana pero ha dormido en el rellano, sobre el suelo frío…

¡Eso no es asunto suyo! ¡Es nuestro perro, nuestras decisiones! ¡Donde duerme no le incumbe!

¿En el rellano sobre las baldosas? no pudo contenerse la mujer mayor.

¡O en la terraza si nos da la gana! ¡Es nuestro perro!

¿Qué pasa aquí? entró Vicente al recibidor, con una vieja edición de El País en la mano. Había llegado de su turno cuidando el huerto de la comunidad.

¡Su mujer ha secuestrado a nuestro perro! ¡O nos lo vuelven o llamamos a la policía! soltó Mariana.

Ana sintió que se le encogía el estómago. Un pleito policial es lo último que necesitaban. Bastante molesto estaba Vicente ya.

Ana, entrégales al perro y listo suspiró él. No quiero líos con la policía.

Pero cuando miró a Rex, algo cambió en sus facciones. El perro aguardaba pegado a su esposa, con una súplica muda en la mirada.

¿Pueden enseñar la documentación del perro? dijo Vicente de repente.

¿Cómo?
La documentación. Los papeles, la genealogía. Dicen que tienen todo.

Tomás y Mariana vacilaron, se miraron.

Los dejamos en casa.

Pues traigan los papeles y hablamos respondió Vicente cortante.

¿Pero están ustedes locos? ¡Es nuestro Rex!

Y si es suyo, ¿por qué pasa la noche tiritando en el rellano?

¡Eso no es asunto suyo!

Claro que sí. Cuando un animal sufre delante de mi puerta, sí es mi asunto el tono de Vicente se endureció.

¿Quién sufre? Mariana agrandó los ojos pintados Nosotros no hacemos daño.
¿No? ¿Echar a un perro viejo al frío no es daño? Vicente avanzó, Ana lo miraba sorprendida de verlo tan firme.

¡No lo hemos abandonado! protestó Tomás ¡Sólo es temporal! Tenemos obras en casa.

¿Obras? gritó Vicente, y Rex tembló ligeramente Hace tres meses que os mudasteis. ¿Qué obras?

Los jóvenes dudaron, se les notaba atrapados.

Es cosa nuestra dijo Mariana con voz rota.

¿Os creéis que podéis maltratar a un animal así? Vicente subió el tono. ¿Sabéis qué? Lleváoslo ahora mismo o largo.

Ana se quedó pasmada. ¡Su propio marido exigiendo que se lo lleven!

¿Vicente, tú?

¡Silencio! le espetó él sin apartar la mirada. Entonces, ¿os lo lleváis o no?

Por supuesto intentó imponerse Mariana. ¡Rex, a casa!

El perro alzó la cabeza, miró a los antiguos dueños y se tumbó en el recibidor, como diciendo de aquí no me muevo.

¡Rex! exigió Tomás ¡Arriba!

El animal ni se inmutó.

¡Esto es el colmo! Mariana casi sollozaba. ¡Le habéis puesto en contra nuestra!

No hemos influido en nada dijo Ana. Decide él.

¿Decidir? ¡Sólo es un perro!

Un perro que ya no reconoce a sus dueños sentenció Vicente. ¿Sabéis por qué? Porque los perros no perdonan la traición.

¿Qué sabéis vosotros de nosotros? gritó Mariana. ¡Lo hemos cuidado, alimentado!
Y luego lo tirasteis como un trasto viejo estalló Vicente. Así que o se queda y os comprometéis a nunca más echarlo, o os marcháis para siempre.

¿Y por qué deberíamos obedeceros? protestó Tomás.
Porque si no llamo a la policía ahora mismo del bolsillo sacó el móvil. Maltrato animal es delito.

¡Eso es un farol!

¿Queréis comprobarlo?

Rex seguía tumbado, respiración agitada. Ana junto a su marido no daba crédito. ¿Ese era su Vicente? ¿El mismo que por la mañana pensaba echar al perro?

Lo pensaremos dijo Tomás con los dientes apretados.

Tenéis hasta mañana por la noche. Si no, Rex se queda aquí sentenció Vicente.

¡No podéis hacer eso!

Tampoco vosotros teníais derecho a echarlo de casa bramó Vicente, y el eco retumbó en el portal.

Las vecinas empezaron a asomar por las puertas.

¿Qué pasa? preguntó doña Carmen del quinto.

Que estos señores tenían al perro en el rellano pasando frío explicó Vicente.

Yo lo vi, sí, y temblaba el pobre ratificó don Pedro del tercero. Le dije a mi mujer: ¡Qué gente más desalmada!

Se sumó doña Pilar del cuarto, luego los Martín del primero. Se armó un pequeño juicio vecinal.

¡Vergüenza! decía don Pedro. Cuando se tiene un animal hay que cuidarlo.

Mi canario vive mejor aportó doña Pilar.

Los jóvenes quedaron rodeados de miradas de reproche. Mariana lloraba ya, Tomás lanzaba miradas de odio.

¡Basta! clamó Vicente. Decidid: o lo acogéis con dignidad en casa, o aquí se queda y más vale que no volváis a aparecer.

¿Y si vamos a juicio? sollozó Mariana.

¡Presenta la demanda! zanjó Vicente. Pero explícales por qué el perro lleva dos meses sufriendo en el portal.

Los vecinos aplaudieron. Ana miró a Vicente y no lo reconocía. ¿De dónde surgía esa fuerza, esa decisión?

¡Vale! gritó Tomás de pronto. ¡Quedaos con el perro! ¡No lo queremos!

Y se marcharon, pegando un portazo que hizo temblar los vidrios.

Rex alzó la cabeza, miró la puerta y gimió suavemente.

Poco a poco, los vecinos volvieron a sus casas, murmurando, hasta quedarse en el piso solo el matrimonio y el perro, que ya era suyo.

Rex se acercó, empujó con la cabeza la mano de Vicente.

¿Y bien, amigo? se agachó él, le rascó la oreja. ¿Te quedas con nosotros?

El rabo empezó a menearse, cada vez más animado. Sí, se quedaba.

Vicente Ana apenas encontraba palabras. Tú no querías…

No quería. Pero ya no pienso igual se frotó las manos. He aprendido algo importante. Viéndoles con el perro.

¿Qué cosa?

Vicente calló un rato, se dejó caer en el sillón; Rex se le tumbó junto.

Nos hemos ido volviendo como ellos dijo al fin. Viviendo juntos pero cada uno en lo suyo. Yo con mis achaques, tú con tus preocupaciones. Como si fuéramos extraños.

A Ana le dolió el corazón.

Y pensé: ¿y si un día nos tiran a nosotros? Como a algo que ya no sirve. Me dio miedo, Ana, mucho miedo.

Ella se sentó en el brazo del sillón.

¿Entonces, se queda?

Se queda Vicente sonrió, primera vez en meses. Ahora sí que seremos una familia. ¿Verdad, Rex?

El perro le lamió la mejilla y apoyó la cabeza sobre sus rodillas.

A la semana, todo el barrio flipaba: Vicente, el del segundo, paseaba al perro cada día al amanecer, y tenía un ánimo que parecía diez años más joven.

¿Y los jóvenes? Se mudaron sin despedirse, mudos y cabizbajos. Tal vez, avergonzados.

Es una pena. Rex los habría perdonado.

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El perro, al ver a sus antiguos dueños, agachó la cabeza pero no se movió del sitio Todo comenzó en diciembre, cuando la nieve ya cubría patios y aceras de nuestro barrio como una colcha blanca. Rex, un gran pastor alemán de hocico canoso, apareció de repente junto al portal número dos, como salido del frío aire madrileño de invierno. —¡Otra vez ese perro gimiendo bajo las ventanas! —protestó airado Valentín, corriendo las cortinas—. ¿No lo oyes, Ana? —Ya lo oigo, Valentín —respondió ella cansada—. ¿Y cómo no oírlo? Ese lamento se metía en los huesos. La joven pareja del piso veintitrés, Andrea y Cristina, se había mudado en septiembre. Con perro incluido. Rex les recibía cada tarde frente al portal, saltando de alegría y lamiéndoles las manos. Fiel como un reloj español. Pero con las primeras heladas, todo cambió. —Hemos tomado una decisión definitiva. Perro en un piso pequeño, una pesadilla. Todo lleno de pelos y ese olor a perro. Encima los vecinos protestan por los ladridos. Si quieres, llévatelo tú. Es de pura raza, con papeles —Cristina hablaba por teléfono con una amiga en la escalera. Por lo visto, la amiga no quiso. Doña Ana se dio cuenta cuando notó que Rex pasaba ya la cuarta noche entre el rellano y la escalera, tirado en el frío suelo, temblando de humedad manchega. —¿Y ahora qué hacemos? —Valentín no quería ni oír los lamentos de su esposa—. Bastante problemas tenemos ya. Cincuenta años y un infarto reciente le habían vuelto irascible y bronco, incluso con ella. —No es un perro callejero —murmuró doña Ana—. Sus dueños viven en el 23. —¿Tiene dueños? Que lo recojan. Si no, llama a la perrera. Fácil de decir. ¿Cómo hacerle entender al perro que lo han abandonado? ¿Cómo explicar esa traición a un animal noble? Por la mañana, Ana no pudo más: bajó al rellano con un trozo de chorizo y pan. Rex levantó la cabeza exhausto y le miró agradecido. No atacó la comida, simplemente la cogió con delicadeza. Por la tarde, ella tomó una decisión desesperada. —¿¡Qué haces!? —Valentín apareció en la puerta, rojo de indignación—. ¿¡Por qué metes ese animal en casa!? Rex se encogió en un rincón del recibidor, sabiendo que era la causa de la bronca. Orejas pegadas, rabo entre las patas, como pidiendo perdón por existir. —Solo por una noche, Valentín. Hoy hiela y él no sobrevivirá. —¿Una noche? ¿Y mañana será “otra noche más”? Ana, ¿te falla la memoria? Nos gastamos lo último en medicinas y tú traes otra boca que alimentar. Ana le acarició la cabeza temblorosa en silencio. Qué decir. Su marido tenía razón, no les sobraba el dinero ni para uno mismo, la pensión era escasa. —¿Y quién va a comprarle pienso o llevarlo al veterinario? —protestaba Valentín—. ¡Ni para nosotros tenemos! —Valentín. — La voz de Ana sonaba decidida—. Es un perro viejo. Morirá en la calle. —¡Y qué! Como cientos cada día. ¿Te los vas a llevar todos a casa? Ante el grito, Rex se hizo todavía más pequeño. Ana se sentó a su lado y le abrazó el cuello. El pelo, tupido pero enmarañado, no lo cuidaban desde hacía mucho. —No a todos —susurró ella—. Solo a este. Cinco días vivieron así, en tensión. Valentín golpeaba puertas, protestaba por cada pelo en la alfombra, clamaba por deshacerse del “gorrón”. Rex lo sentía: comía poco, no pisaba más estancias, todo el tiempo la mirada de disculpa. El domingo llegaron los dueños. Llamaron fuerte, exigentes. —¿Ustedes qué se creen? —Cristina apareció en el umbral, abrigo de visón, junto a Andrés en plumas carísimo—. ¡Nos han robado el perro! —¿Robado? Estaba en el rellano —titubeó Ana. —¡Es nuestro! ¡Tenemos papeles y cartilla! ¡Lo han cogido sin permiso! —insistió Andrés. Al oír sus voces, Rex salió de la cocina. Movía tímidamente el rabo: ¿alegría o miedo? —¡A casa, Rex! —ordenó Cristina. El perro olisqueó su mano pero se quedó junto a Ana. —¡Esto es absurdo! —bramó Andrés—. ¡Rex, ven aquí! La cabeza baja, el perro no se movió. —Disculpe —interrumpió Ana—, pero él dormía al frío, pasaba noches en el rellano… Yo solo… —¡Usted no piense nada! ¡No es su perro, no es su problema! ¡Dónde duerma es asunto nuestro! —gritó Cristina. —¿En el rellano sobre el cemento? —no se contuvo la anciana. —¡O en el balcón! ¡Es nuestro! ¡Hacemos lo que queremos! —¿Qué ocurre? —Valentín entró con el periódico. Acababa de volver de cuidar huertos en la parcela. —¡Su esposa nos robó el perro! ¡Que nos lo devuelva o vamos a la Guardia Civil! Ana temblaba. Bastante lío ya. —Ana, entrégales el perro y punto —suspiró su marido—. No necesitamos líos legales. Pero cuando miró a Rex, algo le cambió la expresión. El perro, junto a su esposa, le imploraba con los ojos. —Saquen los papeles —dijo entonces Valentín. —¿Cómo? —Papeles del perro. Pedigrí. Han dicho que los tienen. Christian y Andrés dudaron. —Están en casa… —Tráiganlos, entonces hablamos —zanjó Valentín. —¡Esto es absurdo! —chilló Andrés—. ¡Es nuestro Rex! —¿Si es suyo por qué helaba en el rellano? —¡Eso no le importa! —Sí que me importa —le cortó duro el hombre—. Cuando maltratan a un animal delante de mí, claro que me importa. —¿Qué maltrato? —Cristina abrió mucho los ojos—. ¡Jamás maltratamos! —¿No? Echar a un perro viejo a la calle ¿no es maltratarlo? —Valentín dio un paso más. Ana nunca le había visto tan firme. —¡No le hemos echado! —protestó Andrés—, solo es temporal. ¡Estamos de obras! —¿Obras? ¡Si os habéis mudado hace tres meses! —bramó Valentín. Los jóvenes dudaron, pillados. —Es cosa nuestra —replicó Cristina con voz temblorosa. —¿Maltratar es cosa vuestra? —subió el tono Valentín—. ¿Sabéis qué? ¡Llevároslo ya o no os quiero ver aquí! Ana se quedó pasmada. ¡Era su marido quien exigía echar al perro por la mañana! —Valentín, ¿qué dices? —¡Silencio! —le cortó, encarando a los visitantes—. ¿Y entonces? ¿Os lo lleváis? —Por supuesto —intentó mandar Cristina—. ¡Vamos, Rex! El perro levantó la cabeza, los miró… y volvió a tumbarse. Directo en el suelo del recibidor. Como diciendo: “No me muevo”. —¡Rex! —gritó Andrés—. ¡Arriba YA! El perro no se movió. —¡Nos lo habéis vuelto en contra! —chillaba Cristina al borde del llanto. —No hemos hecho nada. —Ana mantenía la calma—. Él decide. —¡Solo es un animal! —Un animal que ya no os reconoce como dueños —contestó tajante Valentín—. Y ¿sabéis por qué? Porque los perros no perdonan la traición. —¡No saben nada de nosotros! —sollozó Cristina—. ¡Le cuidamos, le dimos de comer! —¡Y después le tirasteis a la calle como un trasto! —Valentín ya no cabía en sí de indignación—. ¡Decidid! O le acogéis en casa y no vuelve a dormir fuera, o fuera de aquí para siempre. —¿Y si vamos a juicio? —balbuceó Cristina. —¡Id si queréis! Pero a ver qué le cuentan al juez sobre el perro durmiendo dos meses en el portal. Los vecinos asomaban, atraídos por la discusión. —¿Qué pasa aquí? —preguntó la tía Maruja desde el quinto. —Estos han tenido al perro en el rellano, helado —explicó Valentín—. Yo lo he visto. —¡Sí, el pobre tiritaba de frío! —apoyó don Pedro del primero—. Le dije a mi Paqui: ¡no tienen vergüenza! Se unió toda la escalera, como un juicio vecinal. —¡Vergüenza! ¡Si traéis un animal, cuidadlo como es debido! —reprobó don Pedro. —Mi hámster vive mejor —añadió Reme. Cristina lloraba, Andrés fulminaba con la mirada. —¡Decid ya: o se va con vosotros y le cuidáis, o se queda! —¡Pues quedaos con él! —soltó Andrés. Dieron media vuelta y se largaron, dando un portazo. Rex levantó la cabeza y gimió bajo. Los vecinos se fueron, solo quedaron el matrimonio y el perro, su nuevo miembro oficial. Rex se acercó tímido a Valentín y le empujó la mano con el hocico. —¿Qué, colega? —le acarició la cabeza—. ¿Te quedas? La cola empezó a moverse despacito: sí, se queda. —Valentín… —Ana apenas hallaba palabras—. Pero si tú eras el que más se oponía. —Lo era, ya no más —él se frotó las manos en el pantalón—. Ana, he aprendido algo. Al ver cómo le trataban. —¿Y qué has entendido? Valentín quedó pensando. Luego se sentó en la butaca y Rex, siempre a su lado. —Que nosotros, como ellos, vivíamos juntos, pero distantes. Yo con mis males, tú con tus cosas. Casi como extraños. El corazón de Ana se aceleró. —Y pensé: ¿y si un día nos tiran a nosotros también? Como si ya no sirviéramos. —Acariciaba la cabeza de Rex—. Me dio un miedo horrible, Ana. Horror. Ella se sentó junto a él en el reposabrazos. —¿Lo dejamos quedarse? —susurró. —Se queda —Valentín sonrió por primera vez en meses—. Esta vez, seremos una familia de verdad. ¿A que sí, Rex? El perro le lamió la mejilla y posó la cabeza en sus rodillas. Al poco, en toda la urbanización se comentaba: el de la segunda paseando cada mañana un perro grande y feliz. Y Valentín parecía diez años más joven. ¿Y la pareja joven? Se marchó al otro barrio, sin despedirse, probablemente avergonzados. Ojalá encuentren paz. Rex, seguro, les habría perdonado.
En mi setenta cumpleaños, mi marido anunció que se marchaba. Jamás pensé que alguien lo celebraría. Y mucho menos que fueran mis propias hijas.