El perro, al ver a sus antiguos dueños, bajó la cabeza, pero no se movió del sitio.
Todo sucedió en un diciembre lejano, cuando la escarcha ya cubría los patios y aceras del barrio como una alfombra blanca. Rex, un pastor alemán grande y algo canoso en el hocico, apareció de repente junto al portal número dos, como si lo hubiera traído la misma bruma invernal de Madrid.
¡Otra vez el perro ese gimiendo bajo las ventanas! se quejó airadamente Vicente, corriendo las cortinas. ¿No lo oyes, Ana?
Lo oigo, sí respondió ella, cansada.
Cómo no iba a escucharlo. Aquel lamento atravesaba las paredes y los huesos.
Una pareja joven, Tomás y Mariana, se había mudado en septiembre al piso veintitrés. Traían consigo al perro. Rex los recibía cada tarde en el portal, saltaba contento, les lamía las manos. Fiel como un reloj.
Pero con las primeras heladas todo cambió.
Está decidido. Un perro en un pisito de un dormitorio es imposible, pelo por todas partes y ese olor… Además, los vecinos no paran de quejarse del ladrido. Si lo quieres, llévatelo. Es de raza, con papeles y todo escuchó Ana a Mariana decirle por teléfono a una amiga, allí mismo, en la escalera.
Por lo visto, la amiga no aceptó.
Eso lo supo Ana cuando vio que Rex pasaba ya la cuarta noche durmiendo en el rellano entre los pisos, acostado sobre el frío suelo de piedra, temblando de humedad.
¿Y qué hacemos ahora? Vicente ni quería escuchar los lamentos de su esposa. Bastante tenemos con lo nuestro.
Él, hombre de cuarenta y cinco años, tras el infarto del año pasado, se había vuelto irritable, tenso con el mundo y también con ella.
Ese no es un perro callejero dijo Ana en voz baja. Tiene dueños. Viven en el veintitrés.
Pues que lo suban a casa. Y si no, llama a la perrera.
Muy fácil decirlo. Pero ¿cómo explicarle a un animal que lo han dejado tirado? ¿Que aquellos a quienes amaba le han fallado?
A la mañana siguiente, Ana no pudo más. Bajó con un trozo de chorizo y pan. Rex levantó la cabeza con dificultad y la miró con gratitud. No se abalanzó a comer, sino que aceptó la comida despacito, con delicadeza.
Por la tarde, Ana tomó una decisión.
¿¡Pero qué haces!? bramó Vicente desde la puerta, encendido. ¿Por qué has metido este chucho en casa?
Rex se replegó en un rincón del recibidor, entendiendo que era el origen de la gresca. Las orejas pegadas al cráneo, el rabo entre las patas, como pidiendo disculpas por existir.
Sólo es por una noche, Vicente. Hace un frío tremendo, se va a morir fuera.
¿Una noche? ¿Y mañana otra? ¿Y después la última vez? Ana, ¿es que te has olvidado? Nos gastamos lo justo en medicinas y encima traes una boca más a la mesa.
Ella solo acariciaba la cabeza temblorosa del perro. ¿Qué podía contestar? Tenía razón, en realidad. El dinero les llegaba justo. Su pensión de invalidez apenas alcanzaba, y la de ella tampoco era para tirar cohetes.
¿Y la comida? ¿Quién la paga? ¿Y el veterinario? Si apenas nos llega ni para nosotros…
Vicente su voz era suave pero firme, el perro es viejo. En la calle no va a durar.
¡Y qué! ¡Todos los días mueren cientos de perros! ¿Vas a salvarlos a todos?
Rex se removió por el grito y trató de hacerse invisible. Ana se sentó a su lado, lo abrazó por el cuello. El pelo espeso y apelmazado, hacía mucho que nadie lo cuidaba.
No a todos susurró. Sólo a este.
Durante cinco días vivieron en una continua tensión. Vicente daba portazos, protestaba por cada pelo que encontraba en la alfombra, exigía deshacerse del ocupa. Rex lo intuía: comía sin ganas, apenas pisaba las habitaciones, siempre con esa mirada de disculpa.
Y entonces, el domingo, aparecieron los dueños.
La llamada en la puerta fue insistente, casi imperativa.
¿Pero se puede saber en qué estáis pensando? Mariana, de pie en el umbral, envuelta en un abrigo de visón, a su lado Tomás con un plumas caro. ¡Habéis robado a nuestro perro! ¡Esto es un delito!
¿Robo? balbuceó Ana Si estaba tirado en el rellano.
¡Es nuestro! interrumpió Tomás. Tenemos todos los papeles.
Rex salió al oír sus voces. Dudó, meneó la cola un instante, no sabía si alegrarse o esconderse.
¡Vámonos, Rex! ordenó Mariana.
El perro olió su mano, pero se quedó allí, junto a Ana.
¡Esto es el colmo! Tomás se irritó aún más. ¡Rex, ven aquí!
El animal bajó la cabeza, pero no se movió.
Perdonen se atrevió a decir Ana pero ha dormido en el rellano, sobre el suelo frío…
¡Eso no es asunto suyo! ¡Es nuestro perro, nuestras decisiones! ¡Donde duerme no le incumbe!
¿En el rellano sobre las baldosas? no pudo contenerse la mujer mayor.
¡O en la terraza si nos da la gana! ¡Es nuestro perro!
¿Qué pasa aquí? entró Vicente al recibidor, con una vieja edición de El País en la mano. Había llegado de su turno cuidando el huerto de la comunidad.
¡Su mujer ha secuestrado a nuestro perro! ¡O nos lo vuelven o llamamos a la policía! soltó Mariana.
Ana sintió que se le encogía el estómago. Un pleito policial es lo último que necesitaban. Bastante molesto estaba Vicente ya.
Ana, entrégales al perro y listo suspiró él. No quiero líos con la policía.
Pero cuando miró a Rex, algo cambió en sus facciones. El perro aguardaba pegado a su esposa, con una súplica muda en la mirada.
¿Pueden enseñar la documentación del perro? dijo Vicente de repente.
¿Cómo?
La documentación. Los papeles, la genealogía. Dicen que tienen todo.
Tomás y Mariana vacilaron, se miraron.
Los dejamos en casa.
Pues traigan los papeles y hablamos respondió Vicente cortante.
¿Pero están ustedes locos? ¡Es nuestro Rex!
Y si es suyo, ¿por qué pasa la noche tiritando en el rellano?
¡Eso no es asunto suyo!
Claro que sí. Cuando un animal sufre delante de mi puerta, sí es mi asunto el tono de Vicente se endureció.
¿Quién sufre? Mariana agrandó los ojos pintados Nosotros no hacemos daño.
¿No? ¿Echar a un perro viejo al frío no es daño? Vicente avanzó, Ana lo miraba sorprendida de verlo tan firme.
¡No lo hemos abandonado! protestó Tomás ¡Sólo es temporal! Tenemos obras en casa.
¿Obras? gritó Vicente, y Rex tembló ligeramente Hace tres meses que os mudasteis. ¿Qué obras?
Los jóvenes dudaron, se les notaba atrapados.
Es cosa nuestra dijo Mariana con voz rota.
¿Os creéis que podéis maltratar a un animal así? Vicente subió el tono. ¿Sabéis qué? Lleváoslo ahora mismo o largo.
Ana se quedó pasmada. ¡Su propio marido exigiendo que se lo lleven!
¿Vicente, tú?
¡Silencio! le espetó él sin apartar la mirada. Entonces, ¿os lo lleváis o no?
Por supuesto intentó imponerse Mariana. ¡Rex, a casa!
El perro alzó la cabeza, miró a los antiguos dueños y se tumbó en el recibidor, como diciendo de aquí no me muevo.
¡Rex! exigió Tomás ¡Arriba!
El animal ni se inmutó.
¡Esto es el colmo! Mariana casi sollozaba. ¡Le habéis puesto en contra nuestra!
No hemos influido en nada dijo Ana. Decide él.
¿Decidir? ¡Sólo es un perro!
Un perro que ya no reconoce a sus dueños sentenció Vicente. ¿Sabéis por qué? Porque los perros no perdonan la traición.
¿Qué sabéis vosotros de nosotros? gritó Mariana. ¡Lo hemos cuidado, alimentado!
Y luego lo tirasteis como un trasto viejo estalló Vicente. Así que o se queda y os comprometéis a nunca más echarlo, o os marcháis para siempre.
¿Y por qué deberíamos obedeceros? protestó Tomás.
Porque si no llamo a la policía ahora mismo del bolsillo sacó el móvil. Maltrato animal es delito.
¡Eso es un farol!
¿Queréis comprobarlo?
Rex seguía tumbado, respiración agitada. Ana junto a su marido no daba crédito. ¿Ese era su Vicente? ¿El mismo que por la mañana pensaba echar al perro?
Lo pensaremos dijo Tomás con los dientes apretados.
Tenéis hasta mañana por la noche. Si no, Rex se queda aquí sentenció Vicente.
¡No podéis hacer eso!
Tampoco vosotros teníais derecho a echarlo de casa bramó Vicente, y el eco retumbó en el portal.
Las vecinas empezaron a asomar por las puertas.
¿Qué pasa? preguntó doña Carmen del quinto.
Que estos señores tenían al perro en el rellano pasando frío explicó Vicente.
Yo lo vi, sí, y temblaba el pobre ratificó don Pedro del tercero. Le dije a mi mujer: ¡Qué gente más desalmada!
Se sumó doña Pilar del cuarto, luego los Martín del primero. Se armó un pequeño juicio vecinal.
¡Vergüenza! decía don Pedro. Cuando se tiene un animal hay que cuidarlo.
Mi canario vive mejor aportó doña Pilar.
Los jóvenes quedaron rodeados de miradas de reproche. Mariana lloraba ya, Tomás lanzaba miradas de odio.
¡Basta! clamó Vicente. Decidid: o lo acogéis con dignidad en casa, o aquí se queda y más vale que no volváis a aparecer.
¿Y si vamos a juicio? sollozó Mariana.
¡Presenta la demanda! zanjó Vicente. Pero explícales por qué el perro lleva dos meses sufriendo en el portal.
Los vecinos aplaudieron. Ana miró a Vicente y no lo reconocía. ¿De dónde surgía esa fuerza, esa decisión?
¡Vale! gritó Tomás de pronto. ¡Quedaos con el perro! ¡No lo queremos!
Y se marcharon, pegando un portazo que hizo temblar los vidrios.
Rex alzó la cabeza, miró la puerta y gimió suavemente.
Poco a poco, los vecinos volvieron a sus casas, murmurando, hasta quedarse en el piso solo el matrimonio y el perro, que ya era suyo.
Rex se acercó, empujó con la cabeza la mano de Vicente.
¿Y bien, amigo? se agachó él, le rascó la oreja. ¿Te quedas con nosotros?
El rabo empezó a menearse, cada vez más animado. Sí, se quedaba.
Vicente Ana apenas encontraba palabras. Tú no querías…
No quería. Pero ya no pienso igual se frotó las manos. He aprendido algo importante. Viéndoles con el perro.
¿Qué cosa?
Vicente calló un rato, se dejó caer en el sillón; Rex se le tumbó junto.
Nos hemos ido volviendo como ellos dijo al fin. Viviendo juntos pero cada uno en lo suyo. Yo con mis achaques, tú con tus preocupaciones. Como si fuéramos extraños.
A Ana le dolió el corazón.
Y pensé: ¿y si un día nos tiran a nosotros? Como a algo que ya no sirve. Me dio miedo, Ana, mucho miedo.
Ella se sentó en el brazo del sillón.
¿Entonces, se queda?
Se queda Vicente sonrió, primera vez en meses. Ahora sí que seremos una familia. ¿Verdad, Rex?
El perro le lamió la mejilla y apoyó la cabeza sobre sus rodillas.
A la semana, todo el barrio flipaba: Vicente, el del segundo, paseaba al perro cada día al amanecer, y tenía un ánimo que parecía diez años más joven.
¿Y los jóvenes? Se mudaron sin despedirse, mudos y cabizbajos. Tal vez, avergonzados.
Es una pena. Rex los habría perdonado.






