Recuerdo aquella relación que marcó buena parte de mi juventud. Una relación que duró cinco años: dos de matrimonio y tres de convivencia. En ese entonces éramos prometidos y casi todo el noviazgo estuvo atravesado por la distancia. Nos veíamos cada tres meses y hubo un año en el que, por trabajo suyo, solo nos encontramos en persona dos veces. No lo viví como un problema; al contrario, lo sentía como la conexión perfecta. Nos echábamos de menos, llorábamos durante las llamadas, nos desbordábamos de amor en mensajes y videollamadas. Jamás discutíamos. Ninguno era celoso. Nos dábamos nuestro espacio. Él podía salir a cenar con amigos; yo a una fiesta, y nada importaba. Incluso me ayudaba a escoger la ropa: no es que eligiera prendas provocativas, muchas veces me aconsejaba cambiar de vestido porque según él, uno me quedaba demasiado ajustado y otro realzaba mejor mi figura. Jamás intentó controlarme; al contrario, parecía orgulloso de mí y de mi cuerpo. Todo era sano, tranquilo, perfecto.
Recuerdo un diciembre especialmente duro, cuando supimos que no podríamos encontrarnos ni en Navidad ni en Nochevieja. La tristeza y la desilusión se instaló en casa. En aquel entonces, él me propuso mudarme a su ciudad, Sevilla. Lo pensé, hablé con mi familia ellos vivían en Valladolid y me animaron: si eso era lo que de verdad deseaba, adelante. Dejé mi trabajo y me fui a vivir con él.
Los primeros meses fueron buenos. El primer año como convivencia fue ese periodo inevitable de adaptación: conocer nuestras manías, despertar juntos, descubrir cómo nos poníamos de mal humor o cómo reaccionábamos ante lo cotidiano. Como no trabajaba, me dedicaba a cuidar el hogar. Todo fluía.
El segundo año fue incluso mejor. Nos convertimos en un verdadero equipo; atravesamos una etapa de enamoramiento muy intensa. Queríamos estar juntos a todas horas. Cuando él libraba, no nos separábamos. Parecíamos recién casados. Sentía que había tomado la decisión correcta.
Pero en el tercer año, algo empezó a cambiar. Comenzó a llegar más tarde cada vez. Siempre habíamos compartido localización en el móvil y, de pronto, desactivó la función sin dar ninguna explicación. Llegaba a casa a las cinco o seis de la mañana, cuando debía entrar a trabajar a las ocho. Se duchaba, desayunaba y salía de nuevo. Ya nunca daba explicaciones. Las discusiones se volvieron constantes.
Un día ocurrió algo que jamás podré olvidar. Encontré restos de maquillaje en una de sus camisas blancas: base de maquillaje y carmín, en el cuello y en el puño. No era una mancha minúscula, era imposible no verlo. Le pedí explicaciones. Y entonces soltó algo que aún me retumba: que había buscado fuera de casa lo que ya no encontraba en mí, que me había vuelto aburrida, preocupada solo de la limpieza y el orden. Aquello fue demasiado. No dijo sí, te he engañado, pero tampoco lo negó. Lo confirmó sin decirlo.
Me destrozó. Lloré durante días, con un dolor físico en el pecho. No sabía cómo salir de eso. Así que decidí hacer algo por mí. Volví al gimnasio, esa rutina que había dejado al irme a vivir con él. Allí conocí a un hombre. Empezamos a hablar. Era agradable. Un día me propuso tomar algo; fui yo la que sugerí ir a su casa. Ambos sabíamos a qué íbamos.
Aquel día, después de haberle visto por la mañana en el gimnasio, la idea no me abandonaba: No puede ser, le voy a engañar. Se lo merece. Pero, acto seguido, pensé: No. No quiero convertirme en él. Decidí acabar la relación antes de seguir por ese camino.
Esperé a que mi marido llegara a casa para comer. Ni siquiera le permití entrar a la habitación. Nos sentamos en el comedor y le expliqué que la relación no funcionaba, que me había engañado y que no quería saber con quién ni desde cuándo. Que ahí, en ese momento, todo terminaba. Él me pidió que no dramatizara, que esa mujer no tenía importancia, que no era como yo, que podíamos arreglarlo. Contesté que yo no deseaba continuar.
No confesé que había conocido a otra persona, ni que sentía atracción por otro. Solo le dije que me marchaba. Ya tenía las maletas hechas. Me preguntó adónde iría, si tenía a alguien. Le respondí que no importaba, que ya vería qué hacer.
Salí de aquella casa con mis maletas y me fui con el otro hombre. Cuando me vio con el equipaje, se asustó. Le expliqué que acababa de dejar a mi marido y que al día siguiente volvería a Valladolid, a casa de mis padres. Solo quería pasar esa noche con él. Aceptó.
Aquella noche fue la más intensa de mi vida. No sé si era la rabia, el dolor o todo lo acumulado, pero fue tan distinto a lo vivido antes, incluso con mi exmarido.
Al día siguiente compré un billete de tren y regresé a Valladolid. No tenía adónde ir salvo casa de mis padres. No quise saber más de mi exmarido. Esto pasó hace dos años. Hoy vivo sola, alquilada, tengo trabajo de nuevo y no me arrepiento en absoluto de la decisión que tomé. Estuve a punto de traicionarle, pero supe frenar a tiempo, terminar primero y no convertirme nunca en lo que él fue para mí.







