La pobre corderita —Hola, papá, mamá — irrumpió Dasha en casa un festivo—, ¡que me caso! Román me h…

La pobre ovejita

¡Hola, padres! entró volando Clara un domingo por la tarde. Que me caso, ¿sabéis? Ramón me ha pedido matrimonio, y yo he dicho que sí, sin pensarlo mucho.

¡Virgen santa, Clarita, nos has salido muy mayor ya! exclamó Carmen, su madre, lanzando las manos al aire, y miró a su marido, Manuel, que estaba sentado, callado, digiriendo aún la noticia como si fuese un chuletón de buey.

¡Claro, mamá! ¿Qué esperabas? He terminado el ciclo superior, ya trabajo en Madrid, y Ramón también, así que hemos decidido casarnos.

Ramón era un chico de ciudad que ya conocía la familia, vivía con su madre, Teresa, en Alcalá de Henares. Buen chaval, educado y tranquilo, y los padres de Clara, bueno, no le hacían ascos al yerno.

Organizar la boda recayó en Carmen y Manuel, que vivían en un pueblo de Segovia. Tenían gallinas, huerto, esas cosas. Ramón había ahorrado un poco, pero Manuel fue claro:

Ramón, guarda esos eurillos para la entrada del piso. La boda la pagamos nosotros, y si eso, que tu madre eche una manita.

Teresa, madre de Ramón, lo dejó clarito desde el primer momento:

Yo no tengo dinero, criando sola a mi hijo con mi sueldo Bueno, algo pequeñito podré para algún regalo.

Carmen no fue de juzgar, pero desde ese día no terminó de fiarse de la otra suegra. Decidieron hacer la boda en un restaurante en la ciudad, sencilla pero digna, que tampoco andaban sobrados.

Poco después, la joven pareja decidió hipotecarse y comprar un piso, tirando del empujón de dinero de los padres de Clara. Teresa, otra vez, las manos vacías: que todo se lo lleva el banco, hija, estamos todos igual.

Clara y Ramón vivían ya en su pisito de Madrid, cuando nació la primera nieta: Lucía. Carmen y Manuel, con cada pensión, compraban algún trapito o juguete. Cuando iban a visitarlas, traían comida: huevos, leche, tomates del huerto, un lote mejor que el que dan en MasterChef.

A veces Carmen llamaba a Teresa:

Oye, Teresa, ¿por qué no ponemos las dos y compramos a la niña un buen regalo? Ya sabes cómo crecen…

Ay, Carmencita, de verdad te lo digo, no tengo ni para pipas hasta se le escapaba una lagrimilla, que ya sabes, yo sola

El día del cumpleaños de Clara, los padres llegaron del pueblo cargados de patatas, zanahorias y carne. Teresa regaló mil euros, pero a Carmen aquello le dejó fría. Ellos le dieron cinco mil más. Carmen no escatimaba, pero le mosqueaba que la otra nunca pusiera nada y además se hiciese la víctima.

Manuel, ¿por qué nosotros damos sin mirar, y Teresa nunca ayuda? Encima siempre quejándose. La próxima vez me busco yo una vida como la suya: sin dar palo al agua, todo el día de penas. Yo aquí, partiéndome el lomo contigo, trabajando como un burro, y ella, bien arreglada, uñas hechas, pelo perfecto. ¿De dónde lo sacará? Porque dinero no tiene, pero para la peluquería y la manicura, sí.

La respuesta de Manuel dejó a Carmen sin palabras:

Pues yo la veo muy bien. Es bueno que una mujer se cuide, por eso parece más joven.

A Carmen le subió la sangre a la cabeza.

Claro, tiene tiempo y tranquilidad, sin casa ni terreno. Tú ponte en mi pellejo: trabajando en el campo desde que amanece, gallinas, tomates, y la casa. A ver si te apetece ir a la pelu Pero nada, tú a lo tuyo se enfurruñó Carmen, refunfuñando mientras el marido, como buen castellano, se callaba.

El cumpleaños de Lucía llegó y, al poco de empezar la guardería, la niña empezó a ponerse mala. Así que acordaron que Teresa, la suegra urbanita, se encargase una temporada de la nieta mientras los padres trabajaban:

Ay, bueno, si total, estoy jubilada y no tengo nada que hacer aceptó Teresa.

Mira tú, por fin ayuda en algo suspiró Carmen.

El tiempo pasó y Carmen notaba que Manuel iba muy a menudo a Alcalá, con la excusa de llevar productos del pueblo.

Carmen, prepara leche, huevos, unas patatas, que de paso paso por la ferretería Así veo a la niña.

Carmen, convencida de estar ayudando a los hijos, preparaba todo encantada.

Pero Manuel, antes siempre puntual, empezó a tardar de más. Al principio, Carmen no pensó nada, pero empezó a mosquearse: ¡Ay madre, que mi Manuel tiene ojitos para la Teresa! Vamos, seguro.

Un día, Manuel preparaba una bolsa para ir a la ciudad y Carmen se plantó:

Manolo, que voy contigo. Echo de menos a la niña, y de paso veo unos trapillos para mí.

Manuel palideció, pero no tuvo otra.

Durante el camino, Carmen vio que el marido iba más callado que un cura en Semana Santa.

¿Te pasa algo?

Nada, mujer, que tengo dolor de cabeza.

Al llegar al portal del piso, abrió Teresa, con el albornoz medio abierto, pintada como una puerta y risueña. En cuanto vio a Carmen, la cara se le quedó blanca como el papel.

¡Huy, qué sorpresa pasad, pasad! y ahí que apretó el cinturón.

Jugaron con la niña, le regalaron una muñeca, merendaron una tarta casera pero a Carmen no se le escapó cómo se cruzaban las miradas Manuel y Teresa. Y ella, claro, hervía por dentro pero mantuvo el tipo.

Salgo a la escalera a echarme un cigarrito anunció Manuel y desapareció.

En cuanto se quedó a solas, Carmen no se anduvo con rodeos:

Teresa, deja de hacerte la pobre corderita, que ya he pillado el rollo. Sé bien por qué mi marido viene tanto, y no es precisamente por ver a la niña. Así que ni una mirada más a Manuel. Si tienes ganas de compañía, búscate marido y vive tu vida, pero a mi Manolo déjalo en paz. No está bonito coquetear con el esposo ajeno, y menos con tu propio consuegro, ¿no te da vergüenza?

Teresa, roja como un tomate, no esperaba que la cateta le adivinase el juego.

Al salir del piso, Carmen le soltó:

No me tomes por tontuela; a mí no me las das

Camino de vuelta al pueblo, Carmen le soltó todo a su marido:

No vas más solo a la ciudad. Ya he visto bastante. La pobre Teresa no se te arrima más. Como vuelva a coquetear contigo, le saco la cuenta. Y si hace falta, yo misma bajo a cuidar de Lucía; tú apáñatelas en el huerto. Que me conoces, no me repito.

Esa noche, Clara llamó más acalorada que un plato de callos:

Mamá, ¿por qué has tratado mal a Teresa? Ella me ayuda con la niña, y yo se lo agradezco. Y tú, todo el día celando a papá ¿Qué tiene de malo que vaya a ver a su nieta?

Carmen se mosqueó aún más, viendo que la consuegra ya estaba metiendo cizaña con su hija:

Mira, hija, aún eres joven y te queda mucho por ver. ¿Te haría gracia que tu marido se pasara las horas en casa, pongamos, de una amiga tuya? Las cosas, clara y en botella. Una mujer hecha y derecha debería saber que no está bien recibir a un hombre casado en su casa con tanta alegría. Y recuerda: tu madre soy yo, y si tu padre y yo nos desvivimos por vosotros, es gracias a mí. Que tu padre ayuda, sí, pero quien tira del carro aquí soy yo. Y si la suegra no puede cuidar de Lucía, pues ya lo haré yo.

Mamá vale, tienes razón. Es que Teresa me ha llenado la cabeza. ¡Hasta ha dicho cosas feas de ti!

Pues claro, ¡menuda pieza! Yo tampoco me he callado, le he dejado todo bien clarito. Y se ha quedado seca, ni palabra.

Desde aquel día, Manuel se comporta. Si va a la ciudad, siempre avisa y suele llevar a Carmen, que aprovecha así para ver a Lucía. Y ahora él ayuda más en casa, le anima a descansar, y en el huerto trabajan juntos, como buenos segovianos.

Al final, el hombre tiene que estar entretenido para no desvariar, y así me aprecia más pensaba Carmen con una sonrisa. Y ahora, por fin tengo tiempo para mimarme un poco ¿Por qué voy a cuidarme menos que Teresa?

Gracias por leerme, por el cariño, los likes y los comentarios. ¡Suerte y alegría para todos!

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La pobre corderita —Hola, papá, mamá — irrumpió Dasha en casa un festivo—, ¡que me caso! Román me h…
Te has puesto tan fea que seguro que tendrás una hija” – me decía mi suegra.