Todo a Medias: Cuando el Amor se Convierte en una Cuenta de Excel – La Historia de Daría y Kosti, en…

Todo a medias

Lucía, tenemos que hablar de los gastos. Los tuyos, más bien. Eres una manirrota.

Lucía se quedó petrificada con la taza de café a medio camino de la boca. Eran las siete de la mañana, apenas estaba despierta, y Juan ya estaba en el umbral de la cocina, con cara de juez dispuesto a leer la sentencia.

¿Qué gastos? ¿Por qué soy una manirrota? al final bebió un sorbo, aunque el café le pareció de repente insípido.

Gastas demasiado en ti. Cada semana llegan bolsas, cajas Que si un vestido, que si una crema de ochenta euros.

Lucía dejó la taza en la mesa, muy despacio. Vaya declaraciones, pensó, a estas horas y sin previo aviso, sin un simple buenos días, cariño.

Eran sesenta, si quieres precisión. Y no cada semana, sino cada dos meses.

Lucía, tenemos un presupuesto común.

El tono era de profesor explicando las tablas de multiplicar a un alumno torpe. Lucía apretó los dientes, contó hasta cinco. No sirvió de nada.

¿Te recuerdo cuánto gastas tú cada mes en el coche?

Él frunció el ceño. Claramente no esperaba que le devolviera el golpe tan pronto.

Eso es diferente.

Claro, diferente. Gasolina, limpieza, aditivos, seguro, revisiones Yo ni siquiera conduzco ese coche, con decirte que jamás he cogido el volante.

Lo uso para ir a trabajar Juan cruzó los brazos. Es una herramienta básica.

Lucía soltó una carcajada nerviosa.

¿Herramienta? ¿En serio? ¿Y la ropa y los cosméticos, para qué crees que son? ¿Por placer? Trabajo en una oficina, tengo reuniones con clientes. ¿Se supone que debo ir con una camiseta vieja y la cara reseca?

Bueno, tampoco hace falta empezó él.

¿Ah, no? Mira, si quieres ahorro: puedo ir con el mismo blazer tres años. Y tú vendes tu coche y te compras un utilitario cualquiera. Un Seat Panda, por ejemplo. También te llevaría al trabajo, ¿no?

Juan abrió la boca, la cerró, se frotó el puente de la nariz.

Estás tergiversando.

No, eres tú el que lo hace. Cuando se trata de tus gastos, son inversiones. Los míos, caprichos. Una aritmética muy conveniente.

Se quedó unos segundos en silencio, luego salió de la cocina con un gesto evasivo. Lucía escuchó cómo se cerraba la puerta de casa.

El café ya estaba frío del todo. Lo tiró al fregadero y apoyó la frente en los azulejos helados.

Menudo comienzo de día. Fantástico

En la oficina, Verónica casi se atraganta con la ensalada al escuchar el relato.

Espera, ¿que te suelta eso así nada más levantarse?

Lucía jugueteaba con la albóndiga en el plato del comedor. El apetito no le había acompañado esa mañana, y cinco horas después seguía igual.

Así mismo. Ni tiempo de acabar el café.

Manual de primero de pareja, vamos Verónica se recostó, entornó los ojos. El mío también me vino con la historia de todo a medias, por igualdad y modernidad.

¿Y qué hiciste?

Saqué cuentas en un pispás. Mira: tú te zampas el doble que yo. Por la mañana, tu revuelto de cuatro huevos y jamón; yo, un yogur. Comida: yo ensaladita, tú, doble plato. Así que, querido, la comida se paga en proporción.

Lucía sonrió. Verónica tenía argumentos de abogada.

¿Le cuadraron las cuentas?

Uy, vaya que sí. Con la calculadora y los tickets todo el día. Luego se cansó. Y al mes, cortamos.

¿Por eso?

Era solo el síntoma encogió los hombros Verónica. Cuando un hombre empieza a contarte las monedas ya no está contigo, sino con una idea. Y tú eres el estorbo.

Lucía se quedó callada. Qué razón tenía Verónica, por amarga que sonara.

Esa tarde, Lucía regresó a casa más despacio que de costumbre. Bajó una parada antes, fue andando. El aire olía a asfalto mojado y a hojas quemadas, o quizás era el diesel de los coches. No quería pensar en lo que le esperaba al llegar.

La casa la recibió en silencio. Juan no había vuelto aún. Lucía se cambió, sacó pollo y verduras de la nevera, se puso a cocinar. Las manos iban por inercia: cortar, salar, a la sartén. La cabeza en blanco, lo cual era un alivio.

Juan llegó sobre las ocho. Se asomó a la cocina, se apoyó en el marco.

¿No te has gastado hoy nada extra?

Lucía ni se giró, removió las verduras.

Nada. No he comprado nada.

Él asintió y se fue a cambiarse. Lucía puso la mesa: dos platos, ensalada, el pollo con verduras. Como siempre, pero raciones más ajustadas: la nevera andaba justa, y ella ese día se había negado a ir al supermercado.

Se sentaron. Juan miró su plato, luego a Lucía.

¿Por qué tan poca comida?

Lucía dejó el tenedor al borde del plato. Lo miró largo y sereno.

Tú querías todo a medias. Pues a medias.

Juan parpadeó, una, dos veces, el tenedor suspendido a medio camino.

¿Cómo?

Exactamente eso. He hecho la cena y la he dividido en dos mitades iguales. Esa es tu parte señaló su plato. Por cierto, yo con la mía tengo para el desayuno. Tú, ya verás qué desayunas. La compra es común, todo a medias, así que no sería justo gastar más en uno solo.

Juan dejó el tenedor. Se ruborizó, los músculos de la mandíbula marcados.

Lucía, esto no tiene sentido

¿No? Lucía arqueó las cejas y se recostó. ¿El qué no es lógico? Lo dijiste tú: cuentas claras, todo dividido. Yo solo hago cuentas.

Tenía en mente otra cosa.

¿Ah, sí? ¿Recortar solo mis gastos y dejar los tuyos intactos?

Él guardó silencio. Lucía podía ver cómo buscaba una frase y no la encontraba.

Por cierto levantó su vaso, ¿cuánto gastaste hoy en gasolina?

¿Y ahora a qué viene eso?

Responde. ¿Cuánto?

Él vaciló, hizo cálculos mentales, frunció el ceño.

Unos diez euros, quizás doce.

Diez está bien se levantó. Espera un momento.

Salió al recibidor. Juan oyó cómo abría el monedero, algún ruido de billetes. Lucía volvió con su cartera.

¿Qué haces? él medio se levantó.

Cojo mi mitad.

Sacó un billete de cinco y cinco monedas de euro, lo guardó en el bolsillo del pantalón de estar por casa. Juan la miraba boquiabierto.

¿Hablas en serio?

Más clara, agua. Aquí tienes tu cartera la dejó sobre la mesa. Si tú gastas diez euros en el coche, yo cojo mis diez para lo que quiera. Justo, a medias, como querías.

¡Pero esto es ridículo!

Pues es tu idea, Juan. Yo solo la sigo. Igual así ahorro para una blusa.

Juan callaba, apretando la mandíbula, una vena hinchada en el cuello. Lucía se sirvió pollo con toda calma.

La cena transcurrió en un silencio espeso.

La semana fue lenta. Lucía cocinaba justo para dos, dividiendo cada ración milimétricamente. Juan miraba su plato, después el de Lucía, fruncía el ceño, callaba. Cada mañana Lucía preguntaba cuánto gastaría en gasolina, cada tarde cobraba su parte. El miércoles él empezó a ir al trabajo en metro.

El viernes parecía un lobo hambriento.

El sábado Lucía tenía ya casi trescientos euros reunidos en su sobre. Juan había empezado a comprar bocadillos fuera, la comida de casa no le llegaba. Pero Lucía lo sabía todo; el mismo lunes había contado el dinero de Juan. A medias, pues a medias.

Esa mañana, Juan estaba en la cocina con un té. Cuando Lucía entró, la miró con ojeras muy marcadas.

Lucía titubeó, se frotó el cuello. Me he equivocado. Lo siento.

Lucía se sirvió café, se sentó enfrente. Esperó en silencio, calentándose las manos en la taza.

Todo esto ha sido una tontería suspiró Juan. Leí demasiadas tonterías, me obsesioné con las cuentas separadas. Olvidémoslo, ¿te parece?

De acuerdo aceptó, fácil. Pero ojo, que no he incluido lo que vale mi trabajo en casa.

¿Qué trabajo?

Preparar la comida, limpiar, lavar, planchar Si contabilizara todo por tarifa de mercado, me deberías al menos trescientos euros más.

Juan casi se atraganta con el té.

Pero no voy a contar eso dijo Lucía, tomando un sorbo. Siempre que no conviertas la vida familiar en un Excel. ¿Hecho?

Hecho asintió enseguida. Te lo prometo. Nada de cuentas.

Así me gusta.

Lucía sonrió y tomó una galleta. Juan la miraba como quien se ha librado por milagro del desastre.

Y Lucía pensó que a veces hay que llevar las ideas disparatadas de los hombres hasta su conclusión lógica. Enseñarles el absurdo desde dentro, darle la vuelta a la situación.

Así, no solo salvas el matrimonio, sino que ganas la partida. Una aritmética muy sencilla.

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