El mes pasado fue el cumpleaños de mi hijo. Le dije que vendría como invitada.

Crié a tres chicos. Cualquiera que haya vivido rodeada de cuatro hombres en casa sabrá perfectamente de qué hablo. Jamás he podido entender cómo puede faltar la cena o la comida preparada en un hogar, o cómo se puede vivir con la ropa y los objetos esparcidos por toda la casa. Ahora tengo 52 años y siempre he creído que una mujer debe crear un hogar cómodo y seguro para el hombre, un lugar al que él quiera regresar cada día. Pero no creo que mi nuera vea la vida de la misma manera.
Mi hijo mayor, hace dos años, decidió casarse y, nueve meses después, nació su hija. Él tenía 28 y su mujer, Carmen, apenas 20; aún estudiaba en la universidad, pero ni la diferencia de edad ni su situación preocuparon nunca a mi hijo Javier.
Durante el embarazo, Carmen mostró un carácter bastante difícil; constantemente enviaba a Javier a la tienda. Que si por la mañana quería manzanas, luego naranjas, y después que le trajera flores. Mi hijo nunca discutía, siempre le cumplía todos los antojos. Pensamos que después de que naciera la niña todo cambiaría, pero no fue así.
Tras el parto, dio el pecho solo dos meses y ya. Poco después le dijo a Javier que estaba agotada por las noches en vela y que necesitaba descansar. Javier, que siempre ha sido sensible y comprensivo, me pidió que la ayudara quedándome con la niña. Por supuesto, no pude decirle que no.
Mientras yo me ocupaba todo el día de la pequeña, Carmen se pasaba las horas en salones de belleza y, al regresar a casa, ni siquiera se molestaba en cocinar algo para mi hijo, que volvía cansado del trabajo. Durante una semana entera me hice cargo de su hija. La nuera se acostumbró a levantarse a las doce del mediodía y a vivir según su propio capricho. Todo recaía sobre mí.
Al cabo de un mes, me desmoroné y le dije que tenía que regresar a mi casa. Carmen se molestó bastante. Sé perfectamente que todavía está muy verde y carece de independencia, así que, de vez en cuando, sigo yendo a la casa a verlos. Pero no me gusta nada lo que encuentro: desorden por todos lados y la nevera completamente vacía.
Le da pereza hasta cocinarle a su propia hija. Yo crié a tres hijos, así que esa irresponsabilidad me resulta intolerable. Javier siempre comía en casa. El mes pasado fueron sus cumpleaños, y pensé que Carmen cocinaría algo especial; pero en vez de eso, pidió pizzas y sushi.
No entiendo a mi hijo, no sé cómo tolera este modo de vida, ni cómo puede haber elegido una mujer así. Quizá todo viene porque no vivieron juntos antes de casarse, y él no llegó a conocer realmente cómo era ella. Siento que la situación es difícil para él, pero permanece callado y nunca le dice nada a su esposa.
Le doy vueltas a la cabeza buscando la manera de que Carmen reaccione y empiece a comportarse como esposa y madre. Sólo temo una cosa: que Javier se moleste conmigo si le digo algo. Entiendo que tengo que respetar su elección, pero me resulta imposible quedarme al margen y mirar hacia otro lado. ¿Serán todas las nueras así?
¿Qué le aconsejarías tú a una mujer que se encontrara en esta situación? ¿Debería hablar francamente con su nuera?

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