Lucía no daba crédito a lo que estaba sucediendo. Su marido, aquel hombre al que creyó siempre su refugio y sostén, aquel único al que había entregado el corazón, esa mañana le dijo: Ya no te quiero.
La conmoción fue tan inmensa que se quedó petrificada, con los brazos en cruz y la mirada perdida, mientras él iba y venía, recogiendo sus cosas y haciendo sonar las llaves. No era lo que le faltaba en ese momento, precisamente. Hacía apenas unas semanas que había muerto de repente su padre, y aunque apenas podía sobrellevar su propio dolor, debía cuidar de su madre, de canas prematuras y rostro perdido, y de su hermana pequeña, que aún sin llegar a la veintena y tras una lesión cerebral, no podía valerse por sí sola. Su familia residía en un pueblito de la provincia, al lado de Salamanca. Su hijo, Pablo, acababa de empezar en primero de primaria. En junio había cerrado la empresa donde trabajaba y se había quedado sin empleo. Y ahora, además, esto.
Lucía se tapó la cara con las manos, se sentó a la mesa y rompió a llorar de pura impotencia.
¡Dios mío, ¿qué hago ahora? ¿Cómo salimos adelante? Ay, Pablo ¡Tengo que ir a buscarle al cole!
Las obligaciones diarias la espolearon a levantarse del abatimiento.
Mamá, ¿has llorado? le preguntó con voz dulce el niño.
No, mi amor, claro que no.
¿Lloras por el abuelo? Mamá, ¡yo le echo mucho de menos!
Y yo, cariño. Pero tenemos que ser fuertes. El abuelo siempre lo fue. Y allí arriba, con el Señor, seguro que por fin descansa tranquilo. Nunca tuvo descanso en vida.
¿Y papá?
Papá habrá vuelto a irse de viaje por trabajo, cielo. ¿Qué tal en el colegio hoy?
Había que seguir adelante. No te quiere Pues qué se le va a hacer. El amor no se puede forzar. Quizá, en su ajetreo, no había visto venir el final.
Mientras Pablo comía y jugaba con sus soldaditos, Lucía encendió el ordenador que había dejado su marido. Nunca antes se le había pasado por la cabeza fisgonear; simplemente, en la esquina superior, encontró la entrada al correo. Su marido no había borrado la correspondencia reciente. Y vio lo que nunca imaginó. Otra mujer, otra pasión, y ella, de golpe, convertida en la olvidada. Diez años fue mi lucerito. Tras ocho años de dificultades para tener hijos, acabó siendo nuestra madre abnegada.
Ahora todo había dado la vuelta. Y debía aprender a convivir con esa pérdida.
Primero, encontrar trabajo. Ya nadie se preocupaba de su formación universitaria; apenas recibía un subsidio de ochenta euros en el INEM, insuficiente para todo.
¿En qué momento se desmoronó su marido, aquel hombre correcto y cabal que de pronto se volvía un extraño? Solo encontraba una explicación: se le había ido la cabeza. La casa que juntos iban levantando, ladrillo a ladrillo, seguía inacabada. Por suerte tenían techo, con una habitación habitable.
¡Trabajo, cuánto te necesito! Lucía estuvo a punto de romperse otra vez, pero tenía que actuar. Necesitaba ese trabajo.
Pasó varios días, sin éxito. Su situación como madre sola y el horario escolar de Pablo reducían las oportunidades al mínimo. Una tarde cualquiera, recibió la llamada de su compadre Ramón:
Lucía, ¿no ha vuelto tu marido?
No.
¿Y si vinieses de almacenera?
¿De veras?
Claro, mujer. El horario lo puedes compaginar, incluso recoger a tu hijo o apuntarle a actividades. El sueldo es de 950 euros. No es mucho, pero menos da una piedra. Mañana os acercamos un saco de patatas y un par de pollos.
No te preocupes, Ramón. Ya sabes que tengo mis gallinas. Nos dan de comer y ponen huevos.
Pues entonces que sigan así. Nada de matarlas todavía.
Gracias. ¿Qué tal está Maruja?
Ahí va, luchando. Es una campeona.
Así era Ramón. Su mujer Maruja pasaba por una operación difícil y la quimioterapia, y nunca se quejaba, siempre tenía una palabra alegre. Lucía suspiró con alivio: había una oportunidad. Gracias a Dios, el más fiel, el que nunca falla. Gracias también a los compadres.
El trabajo era sencillo y le permitía, en ratos sueltos, pararse a pensar y llorar a escondidas, tratando de entender qué había pasado.
Volaron los días, las semanas y los meses. Al cabo de un año, Lucía notó que volvía a tener apetito, que podía dormir y reír con las ocurrencias de su hijo. El dolor por la traición de su marido regresaba cuando este venía a buscar a Pablo los sábados. Jamás impidió el contacto. El pequeño merecía ser feliz, a pesar de todo. A veces, se moría de ganas de saber qué hizo para merecerlo, aunque en el fondo sabía que el origen estaba en ese arrebato de pasión que había atrapado a su exmarido. Recordaba unas palabras de una película francesa: El amor dura hasta la primera curva, después empieza la vida. En su caso, amor y vida nunca estuvieron separados. ¿Y en el de él?
Ese año el otoño continuó la gloria del verano: cálido, con las aceras llenas de voces de niños y el jardín plagado de astras y crisantemos. El día que se cruzó con la mirada penetrante de Miguel, no era distinto a los demás, salvo que quizá el sol brillaba más y una melodía lejana llenaba el aire. O tal vez simplemente había llegado el momento que el destino les tenía reservado a dos almas solas.
Señorita, ¿le ayudo? No debería cargar tanto peso.
Estoy acostumbrada.
Una pena, que una mujer tan guapa se acostumbre a esas cargas.
¿Y ayuda usted a todas las guapas? ¿Hace guardia, acaso, aquí en la calle?
Sí, llevo todo el mes esperando a que apareciese alguien como usted y por fin tengo suerte.
No pudo evitar reírse, y ambos soltaron una carcajada improvisada y verdadera.
Miguel se presentó, sonriendo todavía.
Lucía.
Lucía, Lucía, la mejor del mundo, ¿conoces la canción?
No, pero ya no soy la esposa de nadie.
¿De verdad? Es mi día de suerte, encontrar a una mujer así, libre, y encima tan especial ¿Estará el mundo ciego?
Veo que el humor no le falta. ¿Y la seriedad?
También la tengo. Lucía, ¿le gustaría ir al cine un día y charlar tranquilos?
No puedo, lo siento. Ahora tengo que recoger a mi hijo de las actividades.
¿Cómo? ¿Tiene usted un hijo? Pero si aparenta apenas veinte.
Tengo treinta y cinco.
Igual que yo. Curioso, pensaba que era mucho más joven.
¿Y ahora?
Ahora hago cuentas. Todos los hombres sueñan con tener un hijo. Tú lo tienes y encima eres libre. ¿Dónde está su padre?
Prefiero no hablar de eso ahora.
Entiendo, no se preocupe. ¿Tal vez el fin de semana? Puede venir su hijo, hay sesiones infantiles.
Pablo pasa los fines de semana con su padre.
No quisiera ser una molestia, Lucía, pero si surge un momento libre, llámame. Mira, aquí está mi tarjeta. Soy médico, hematólogo infantil.
Eso ya es serio, Miguel.
Tanto que no me queda tiempo para buscar bellezas.
De acuerdo, si puedo, te llamo contestó Lucía, sincera.
Te estaré esperando.
¡Qué otoño más hermoso fue aquel! Parecía un regalo sólo para ellos: los rayos de sol dibujaban mil colores en los árboles, días cálidos y alegres que les abrieron todos los parques de Salamanca. Y además, la ternura que brotó, derritiendo el dolor y envolviéndolos en un vals otoñal bajo la lluvia de hojas. Se acercaban con tanta delicadeza que incluso Lucía, para su sorpresa, sintió una atracción incontrolable por aquel hombre excepcional. Mes y medio después de conocerse, fue ella, con voz temblorosa, quien le ofreció un té en casa.
Lucía, ¿te parecerá mal si hoy no voy? Todo esto me importa tanto que quiero hacerlo bien. Confía en mí.
El siguiente fin de semana fueron juntos a la Sierra de Francia, donde Miguel había alquilado una casita que parecía un castillo pequeño. Dentro era cálida y acogedora, pero Lucía sólo veía los inmensos ojos pardos de Miguel y se perdía en su abrazo. No sabía que el amor podía ser tan dulce.
Miguel, ¿dónde estoy? ¿Qué me pasa? Siento que muero. ¡Cuánto te quiero! ¿Cómo he vivido sin ti? ¡Qué bien estoy contigo!
Eres maravillosa. ¡Qué feliz soy!
Los meses siguientes les resultó cada vez más difícil separarse.
Lucía, cásate conmigo.
Miguel, tengo el divorcio al final de mes.
Y al día siguiente te cases conmigo. No vaya a aparecer otro y me robe a la niña.
Esta niña tiene carácter y elige a quien quiere. Ya tiene a su amado. Y nada de boda grande, Miguel. Vamos a firmar, y llévame al castillo de verdad, donde me sentí tu esposa desde la primera noche.
Como tú quieras, mi amor. Así será.
Ramón y Maruja fueron los únicos testigos. Su madre y su hermana les mandaron un gran telegrama de felicitación. Pronto se mudaron a un piso de dos habitaciones que Miguel alquiló. Juntos lo reformaron desde cero, construyendo un pequeño nido lleno de luz y calidez. Miguel se volcó en preparar la habitación de Pablo, a quien ya conocía bien. Pero Pablo, cuya familia era ese equilibrio entre su madre y su padre, mantenía cierta distancia con Miguel.
Lucía, cariño, no quiero preocuparte, pero deberíamos hacerle una analítica a Pablo. Lo veo demasiado pálido.
Miguel, simplemente está pasando un mal momento. Le cuesta aceptar la separación y sigue teniendo esperanzas de que volvamos a estar todos juntos. He leído que, para un niño, el divorcio es peor incluso que la muerte de un padre.
Tienes razón, sabia mía. Yo sufrí el divorcio de mis padres como el mayor de los desastres. Pero vamos a hacerle la analítica, ¿vale, campeón?
Ese día, Miguel llegó a casa cabizbajo. Lucía lo entendió al instante.
¿Qué pasa, Miguel?
Lucía, no te asustes. Hay cambios en el análisis. Tenía el presentimiento y no era erróneo. Me lo llevo mañana a la clínica conmigo.
La vida parecía exigir un pago por la felicidad: leucemia. Qué palabra más terrorífica.
Comenzó una nueva vida. Lucía pidió una excedencia, pues sabía que su hijo no soportaría solo las agujas y las pruebas. Le sostenía la mano, le animaba con cariño:
¡Resiste, Pablo! Eres fuerte, siempre has sido mi mejor amigo y mi mayor apoyo. Nunca nos hemos separado, y siempre estaremos juntos.
Cuando las fuerzas le fallaban, Miguel le mandaba a descansar un rato y se quedaba con el niño. Pero apenas lograba conciliar el sueño. Pasaba las horas en silencio mirando al techo.
Un día llamó el ex marido, exigiendo que Lucía se diera de baja del domicilio inacabado.
Ya cuidaré yo de mi hijo. Vendrá a casa conmigo.
Más te valía venir a verlo.
No puedo ahora, me voy de viaje.
Miguel acarició el hombro de Lucía con ternura:
Lucía, todo saldrá bien. Lo que es tuyo, lo conseguirás de nuevo. No mires atrás.
Es injusto, trabajé duro y puse todo mi dinero en esa casa. Y ahora pensar en perder hasta eso
No lo pienses más. Toda tu energía, dedícasela a Pablo. Yo me encargaré del resto. Siempre soñé con tener familia y Dios sabe que ahora no os dejará.
Miguel, ¿cómo están las pruebas?
Lo intentamos todo. De momento, no mejoran.
Lucía rompía a llorar en silencio, para que Pablo no se diera cuenta.
Tío Miguel, ¿qué le pasa a mi sangre?
Mira, en la sangre hay barcos blancos y barcos rojos y ahora están librando una batalla.
¿Y quién va ganando?
Por ahora los blancos.
¿Y después, qué?
Ayuda a los rojos con todas tus fuerzas.
Mamá, ¿me llevas a algún sitio? Estoy cansado.
Eso mismo pensaba ofrecerte. Vámonos, Pablo, al refugio de la sierra. El aire hará bien. Andaremos por el bosque y respiraremos.
La primavera envolvió su retiro con flores y los nuevos brotes en los árboles. Paseaban por el monte, se detenían a admirar cada margarita, cada brizna de hierba. Aunque había momentos cuando Pablo se quedaba quieto y ensimismado.
¿Qué te pasa, hijo? ¿Te duele algo?
No, mamá, déjame. Estoy librando una batalla naval.
El pequeño descanso pasó veloz. Pablo volvió renovado, con mejillas sonrosadas.
Mamá, ¿y papá?
Sigue de viaje, cariño.
Otra vez Bueno.
De vuelta al hospital, nuevos análisis. Al día siguiente, la jefa de laboratorio apareció en persona.
Doctor Miguel, ¿dónde ha estado el niño?
Hemos estado en la sierra. ¿Por qué lo pregunta? ¿Algo en la sangre?
Todo está bien. Está en remisión. Ha mejorado mucho.
Miguel entró a la habitación corriendo, radiante.
¡Pablo, hijo, qué has hecho tú? No llores más, Lucía, el niño mejora. ¿Qué has hecho, campeón?
Papá, ¿te acuerdas de los barcos? Pues he ganado todas las batallas con los barcos rojos.







