Mira, te tengo que contar lo que me pasó esta mañana en el tranvía. Verás, el tranvía antiguo ese que va de Lavapiés hasta Atocha, el que suena como si estuviera a punto de desmoronarse en cualquier curva. Pues nada, era temprano y estaba lleno a reventar, todos medio dormidos y cada uno con el móvil pegado a la mano, metidos en su mundo.
Pues resulta que en la tercera parada sube una señora mayor, sabes, bajita, con un abrigo de esos de hace mil años y una bolsa de tela súper desgastada. Se nota que le cuesta, que no tiene mucha fuerza. Da un paso, el tranvía arranca de golpe y casi se cae, pero se agarra a la barra como si le fuera la vida en ello. La pobre.
Alguien detrás suelta, medio gruñendo:
¡Vamos, señora, que no tenemos todo el día!
Ella, nada, callada, firme. Avanza despacito, la bolsa le cuelga y dentro se ve el pico de una barra de pan y una botella de leche, poco más. Cuando por fin llega a un asiento, para a recuperar el aliento, con la respiración entrecortada. Mira a su alrededor y todos los sitios ocupados: un chaval con cascos, una señora vestida de punta en blanco, un tipo de traje con portátil en las piernas Y la señora dice muy bajito:
Perdonen, ¿puedo quedarme aquí un momento? Necesito coger aire.
Silencio total, nadie se inmuta. El tranvía da otro frenazo y la señora pierde el equilibrio. Se apoya en el respaldo, pero la señora sentada ahí gira la cabeza toda mosqueada:
¡Cuidado! Me ha manchado la chaqueta
Baja la vista y con voz temblorosa dice:
Disculpe
El conductor, un chaval joven, saca la cabeza de su cabina y grita:
¡Señora, no se quede en el pasillo, que está molestando!
Ella asiente.
Me bajo en la siguiente
Y salta uno con voz alta:
¡Pues bájese ya, mujer!
Y otro más atrás:
¡Si no ve que esto va hasta arriba!
Y ahí empiezan los murmullos:
“¿Para qué salen los viejos de casa?”
“No tienen a nadie que los cuide”
“Solo traen problemas”
Ella no contesta, sólo camina despacio hasta la puerta, arrastrando los pies. El tranvía para en un semáforo, entre paradas.
Y ahí pasa algo inesperado. La puerta de delante se abre y sube un revisor, se queda mirando y, en cuanto la ve agarrada a la puerta, se queda de piedra.
¿Mamá?
El silencio es absoluto. El revisor baja rápido y corre hasta ella.
Mamá, ¿pero qué haces aquí? ¿Por qué no has llamado?
La señora lo mira sorprendida:
Quería pasarme por el cementerio Hoy es el aniversario de tu padre. No quise molestar.
El revisor casi ni le sale la voz:
¿Y desde cuándo vas sola en tranvía?
Desde que no quiero ser una molestia para nadie.
De verdad, solo se oía el ruido flojo del motor y el traqueteo del tranvía.
Entonces él se vuelve hacia todos los pasajeros:
¿Sabéis lo que hacía esta mujer hace treinta años?
Se levantaba a las cuatro de la mañana para prepararme la comida. Me mantuvo en el colegio. Me llevaba de la mano al médico.
Y ahora le dicen que «estorba».
De pronto, el señor del traje se levanta el primero:
Por favor, siéntese aquí, señora
Luego otra persona. Y otra más. La señora se sienta despacio, con los ojos llenitos de lágrimas.
No hacía falta No quería causar molestias
El revisor le coge la bolsa:
Mamá tú nunca has molestado.
Somos nosotros los que olvidamos quién nos ha levantado cuando no podíamos solos.
El tranvía siguió su ruta. Y todos, sin mirarse, cabizbajos, se quedaron pensativos, con ese nudo en el estómago. Porque todos, algún día, seremos demasiado para alguien.
Oye, si alguna vez has visto a alguien pasar por esto solo por ser mayor, cuéntamelo. Y pásalo: ceder un sitio a tiempo vale más que mil palabras.






