Destinos de Mujer. Marián: Cuando falleció la abuela Anastasia, la tristeza de Marián se hizo aún …

Destinos de mujer. Mariana

Cuando murió la abuela Eulalia, a Mariana se le hizo el mundo aún más pequeño y triste. No tenía su sitio en la casa, según la suegra. Decía que era muy delgada, que no trabajaba lo suficiente y que, con tanta delicadeza, quién sabía si sería capaz de dar hijos.

Mariana aguantaba, y cuando sentía que la pena la ahogaba, corría a casa de su abuela. La abuela Eulalia fue siempre, para Mariana, el mayor tesoro: fue padre tras la desaparición del suyo y madre después de que la tuberculosis se llevara a la suya al cabo de diez años.

Cuando Hernando conoció a la huérfana, solo Dios sabe lo que vio en ella. Era guapo y vigoroso, con una casa que rebosaba en abundancia, y, sin embargo, se enamoró de una muchacha desvalida, sin apellido ni dote. Así la describía Manuela, la madre de Hernando, a espaldas de todos.

Mariana se desvivía por contentar a la suegra. No había tarea que rehusara ni esfuerzo que le pareciera poco. Pero nada satisfacía a Manuela. Mientras Hernando estaba presente, la situación era soportable, pero bastaba que él cruzara la puerta para ir a la aldea vecina y el ambiente se volvía asfixiante.

Ten paciencia, Marianita susurraba la abuela, el tiempo todo lo serena.

Pero abuela ya no quedaba, y los años pasaban mientras la enemistad de Manuela no hacía más que crecer. Nunca perdonó que su hijo trajese a casa a una mujer sin linaje, cuando ella ya le había escogido esposa entre las mejores familias del pueblo. Una muchacha de buena presencia y familia acomodada, así el patrimonio estaría asegurado, y sobraría para bisnietos.

Pero Hernando salió a su padre. Un hombre de palabra firme, que desde joven se hizo cargo de la casa tras la muerte prematura del progenitor y supo multiplicar lo heredado. Nunca permitió que su madre le dictara sus actos, aunque la respetaba como a nadie.

Amaba a Mariana hasta la locura. Desde que la viotan frágil como el junco, con su rostro pálido, los ojos grandes y azules y su nariz respingona, se sintió hechizado. Hubiera puesto el mundo a sus pies.

No necesitó riquezas la muchacha: percibió desde el principio que Hernando era un hombre limpio de corazón. Y ella, también, se enamoró sin remedio.

No ignoraba los rumores sobre su suegra: sabía de su malhumor y de su tacañería. Pero al ver que Hernando se mantenía firme, aceptó casarse con él.

Por la noche, en momentos de ahogo, buscaba refugio en la abuela. Se sentaba a sus pies, reclinaba la cabeza en sus rodillas, y sollozaba como un cachorro. Esas manos viejas le acariciaban el pelo, le musitaban oraciones por la Virgen, rogando por la huérfana.

Tras una hora así, la pena se disipaba y la vida parecía posible.

Pero la abuela falleció una noche, sin hacer ruido, y Mariana se quedó sola en el mundo. Lloró guitarras, sintiéndose huérfana entre los vivos. Dicen que el tiempo lo cura todo, pero para Mariana no era cierto. La tristeza, siempre vieja, encajaba en su pecho cuando evocaba aquellas manos y aquellos rezos.

En la casa de Hernando la tensión crecía. Manuela carcomía a su nuera con veneno: tres años viviendo de balde, sin traer un nieto al mundo. Para Mariana, el asunto de los hijos era un tormento. Sabía cómo Manuela susurraba al oído del hijo, convenciéndole de que su esposa estaba maldita y nunca le daría descendencia.

A pesar de todo, Hernando arropaba a su mujer y ahuyentaba los rumores del pueblo, que afirmaban que su linaje acabaría en la tumba, sin dejar heredero.

Pero al ver a su mujer, todas las penas, por graves que fueran, parecían banales y la llevaba en volandas por puro amor.

Quizá fue un milagro, o fuerza del amor verdadero, pero finalmente Mariana concibió. Hernando rebosaba de alegría, y Manuela, de ira.

Durante el embarazo, la vida fue aún más ardua. Si Mariana osaba descansar cinco minutos, Manuela arremetía:

¿Sentada, holgazana? ¿Crees que con estar encinta ya no tienes que mover un dedo?

No, madre. Solo he parado un segundo. Llevo toda la mañana trajinando respondía Mariana, humilde.

Más te vale. Aquí no hay criadas. Que recojas agua, que los cántaros ya están vacíos. Y si te encuentras débil, mejor vete, que para mi hijo no quiero una esposa enfermiza.

Callada, Mariana cogía las cubetas y salía a por agua, mientras las vecinas murmuraban: “Está Manuela desatada, ni la compadece por estar preñada…”

Nació un niño muy débil. No heredó la fortaleza del padre; a menudo se ponía azul, dejaba de respirar por momentos… Manuela veía la fragilidad del nieto con desprecio.

Tú, siempre enfermiza, y ahora el niño igual, escupía. ¡Ni para un heredero sirves!

Madre, ¿cómo puede decir eso? Es su sangre, el hijo de su hijo…lloraba Mariana.

¡Solo faltaría que el heredero se muera! replicaba Manuela con agrado macabro.

Mariana caía en la desesperación con cada frase hiriente. Manuela pensaba que si el niño moría, Hernando podría finalmente buscarse una esposa “de bien”. Así podría encontrar otra nuera, sana y productiva.

Hernando, en cambio, al llegar del trabajo, daba descanso a su mujer, y tomaba al hijo entre sus brazos como un milagro. Y parece que el niño sentía esa protección: entre sus manos grandes, se apaciguaba, dejando escapar leves arrullos.

Llegó el bautizo, al niño lo llamaron Benigno. Pero seguía siendo frágil, y no ganaba peso ni energía.

Un día, Hernando tuvo que salir por trabajo a otra aldea:

El viaje es largo, tardaré en volver. Cuida de Benigno, y no escuches a nadie le dijo a Mariana, besándola en la frente.

Sin su marido, Manuela se desató como cuervo hambriento. Mariana, extenuada, debía atender la casa, los animales, la leña, el agua y a su delicado hijo sin ayuda ni descanso.

El agotamiento de la madre pesaba en el niño, que enfermaba cada vez más.

Llegó el otoño con lluvias y barro. No había noticias de Hernando, lo que llenó de angustia a Mariana y de rumores a Manuela, que sugería que el hijo podría haberse buscado ya mejor esposa en otro lugar.

Las palabras envenenaron la mente de Mariana.

¿No te da pena por Hernandito? El niño morirá pronto, tú caerás de tristeza, y mi hijo se arruinará contigo. Hazle un favor y vete, libérale sugería insidiosa Manuela.

¿Adónde puedo ir, madre? ¿Con el niño tan débil? respondía Mariana, casi rota.

Y si se muere, menos pesa. No ha vivido nada. Mejor para todos, se acabó el sufrimiento zanjó la suegra.

El llanto del niño interrumpió el escalofrío. Mariana ya no reconocía a la mujer ante ella. Benigno se puso azul; creyeron que moría.

En la desdicha ajena no se encuentra felicidad sentenció Manuela, saliendo y dejando a Mariana sola con su dolor.

Pasaron semanas. Un día, la nieve cubrió la tierra. Mariana, cansada de tantas humillaciones y sin noticias de su esposo, tomó una decisión. Preparó un hatillo, arropó a Benigno y salió, sin mirar atrás.

Manuela, satisfecha, sabía bien que su nuera se iba y que pronto podría convencer a su hijo de rehacer su vida. Ocultó la verdad de Hernando, quien estaba en la ciudad recuperándose de una herida sufrida por unos maleantes; tampoco dijo nada sobre la marcha de Mariana a los vecinos.

Al amanecer, Manuela esparció la noticia: Mariana se había ido de la cabeza tras la muerte del niño y había desaparecido en la noche. Rumorearon unos días y luego todo se olvidó con el frío invernal.

***

Mariana caminó campo a través, temiendo a los ladrones más que a nada; no por ella, sino por su hijo. Buscó un pueblo cercano bajo la primera luz y se sentó en una banca junto al pozo, vencida por el cansancio y la vergüenza de pedir ayuda.

Una mujer fuerte y de mejillas encendidas se acercó con cubos de agua.

¿De quién eres, muchacha? Estás azul de frío inquirió la mujer, mirándola de arriba abajo.

De nadie, señora respondió Mariana, bajito. Solo paso de camino.

¿Y a qué vas, con este tiempo y con niño? En estos pueblos a los perros se les da techo, pero a ti te han dejado en la calle…

El hielo de la pena se rompió y Mariana estalló en llanto. La mujer, sin dudar, la invitó a su casa.

Dentro, la lumbre crepitaba y el olor a hierbas llenaba el aire.

Ya está, chiquilla dijo la mujer, llamándose Jacinta mientras desenvolvía a Benigno, ¿pero este bebé está vivo?

Bautizado está, y se llama Benigno susurró Mariana antes de desvanecerse.

Tres días estuvo la joven sin conocimiento. Al despertar y no ver a su hijo, el terror la invadió. Quiso salir corriendo, pero Jacinta entró justo entonces.

Tranquila. El chiquillo está con mi madre, cerca del bosque. Bébete esto y cuéntame por qué estás aquí.

Mariana se desahogó, relatando su vida y su dolor.

Jacinta la escuchó en silencio, luego afirmó:

Los caminos del Señor son misteriosos. Cuida esa luz interior, niña; solo así saldrás del túnel.

Al día siguiente, Jacinta condujo a Mariana al bosque. Allí, la madre de Jacinta, doña Engracia, vivía en una cabaña apartada. Pese a los rumores del pueblo, Engracia era una curandera bondadosa, desplazada por la envidia y la ignorancia de sus vecinos.

Tranquila, muchacha dijo la vieja. Tu hijo sanará aquí. No temas. La enfermedad viene de frecuentar tumbas estando encinta. Nosotros le arrancaremos el mal.

Estuvo Benigno unos días bajo los cuidados de Engracia y poco a poco recuperó el color y la alegría.

Mariana ayudaba en la casa y compartía largas charlas con Jacinta. Un día, preguntó por qué Engracia vivía apartada.

La gente agradece mientras todo va bien. Pero, ante el dolor, buscan culpables. Culparon a mi madre por muertes que nada tenían que ver con ella, y ella eligió el bosque. Ahora solo cura a los niños cuando la necesidad es cierta explicó Jacinta.

Y así, con tiempo y cariño, la vida de Mariana y su hijo se fue sanando.

Mientras tanto, en su pueblo, Hernando regresó una primavera decidido a luchar por su familia. Al no encontrar ni rastro de Mariana y el hijo, y con la versión de Manuela llena de falsedades y lágrimas, cayó en una depresión profunda.

Los días perdieron color. Evitaba a su madre y a las mujeres que ella le proponía como futuras esposas.

Pasaron dos años. La casa era silencio y sombra. Solo los rumores de la aldea corrían: Hernando estaba muerto en vida y Manuela envejeció de culpa. Terminó enfermando, y ni el mejor médico trajo alivio a su pena. Murió al final de un verano, sin haber confesado la verdad.

Hernando, sin rumbo ni sentido, decidió sumirse en la oscuridad. Odiaba la vida, y pensó encontrar paz en el bosque donde su dolor fuera invisible.

***

Pero el destino, o quizá el alma compasiva de las buenas mujeres que había conocido Mariana, se interpuso.

Un día, al adentrarse en la espesura, Hernando escuchó el canto de una mujer; y la figura blanca de Mariana apareció entre los árboles, con Benigno a su lado. El encuentro fue tan milagroso como doloroso y, tras unas lágrimas compartidas y muchas confesiones, decidieron no mirar atrás.

Hernando abandonó el pueblo junto a Mariana y su hijo. Instalaron su vida en la aldea a donde ella había encontrado cobijo, bajo la protección de Jacinta, quien se convirtió en la familia elegida.

***

Las tumbas del pasado quedaron cubiertas de hierba y olvido. Nadie supo nunca si el alma de Manuela halló la paz, habiendo sembrado tanto dolor en vida por orgullo y ambición.

Y así se cerró esta historia de destinos femeninos, donde el dolor y la esperanza se entrelazan y solo la bondad y el amor verdadero permiten renacer. Porque si algo aprendió Mariana es que la verdadera familia no siempre es la de sangre, sino la que te ofrece su corazón cuando más lo necesitas, y que en la vida, ninguna herida sana mientras se alimenta el odio. La belleza de la vida está en saber perdonar, empezar de nuevo y buscar la luz aunque el camino sea oscuro.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

fourteen − five =

Destinos de Mujer. Marián: Cuando falleció la abuela Anastasia, la tristeza de Marián se hizo aún …
No puedo dejarla atrás