María llegó a la estación de tren de Salamanca, agotada tras el largo viaje desde su aldea en la Sierra de Francia. Arrastraba tras de sí dos bolsas pesadas, casi diez kilos cada una, llenas de regalos para la familia que no veía a menudo. Había vaciado su monedero de euros para comprar pequeños detalles, convencida de que así podría alegrarles el día. María nunca llegaba con las manos vacías, pero esta vez su entrega había superado todos los límites; apenas podía cargar con las bolsas, pero la fuerza se la daba la esperanza de abrazar a su hijo.
Al pisar el andén, buscó la silueta de Alberto, su hijo, entre la multitud. Su corazón latía con fuerza, aguardando ver una cara familiar entre tanto ir y venir. No había rastro de él. María, resignada, dejó las bolsas en el banco más cercano y sacó su móvil, marcando el número de Alberto.
El tono sonó una y otra vez. Al décimo intento, la voz de su hijo por fin emergió, aún adormilada y confusa:
Ay, mamá Lo siento muchísimo, de verdad. Se nos pasó completamente que llegabas hoy. Al final Alicia y yo nos fuimos a casa de sus padres en Extremadura. No vamos a estar por una semana. Has venido para nada, madre… vuelve, por favor. Fue todo tan espontáneo que ni pensé en avisarte, perdóname.
A María le temblaron las manos. Sintió cómo la pena le subía a los ojos y le empapaba las mejillas, pero se contuvo, contestando con una sola palabra:
Está bien.
Sin decir más, observó durante un instante las bolsas a sus pies, testigos mudos de todo su esfuerzo y cariño, y se acercó a un grupo de personas sin hogar que se resguardaban del viento cerca de la entrada. Les entregó los paquetes; el regreso con aquella carga era impensable, y el cansancio le pesaba en las articulaciones como plomo.
No hubo reproches, ni gritos, ni lágrimas delante de su hijo. Alberto jamás llegó a comprender el daño causado. María, quien había dedicado toda su vida a criarlo, quien lo había amado incluso en los peores momentos, fue olvidada tan fácilmente ahora que los años comenzaban a pesarle.
Un mes después, sonó el teléfono de María. Era Alicia. Su voz rebosaba prisas y urgencia: querían que la abuela cuidara de los niños aquel fin de semana, mientras ellos asistían a la boda de una amiga en Segovia.
María enderezó la espalda y habló con firmeza y una serenidad inesperada:
No puedo, lo siento. Ya no estoy para estos trotes.
Colgó sin más, con el corazón herido pero sereno. Estaba cansada de ser recordada únicamente cuando la necesitaban.






