Correr, cuanto más lejos mejor
Sofía creció entre algodones, hija única de unos padres entregados y un poco consentidora (pero sin pasarse, que esto no es una telenovela). Todo lo que quería, dentro de unos límites razonables, claro, se lo conseguían.
Mamá, quiero un vestido nuevo como el de Lucía decía la pequeña cada vez que volvía de un cumpleaños y veía que su amiga lucía modelito nuevo recién salido de El Corte Inglés.
Vale, hija, el sábado vamos de compras respondía la madre, resignada, y ahí que se iban al centro comercial a buscar el vestido, pero en cuanto Sofía veía otros vestidos más bonitos, se olvidaba del dichoso vestido de Lucía y elegía otro aún más precioso.
Ay, mamá, ¡este es todavía mejor! exclamaba emocionada, y al llegar a casa se lo ponía y se plantaba delante de su padre.
Papá, mírame, ¿a que estoy guapa?
Guapísima, hija, si ya eres bonita, con ese vestido no hay palabras se reía el padre, la abrazaba y le plantaba un beso en la cabeza.
Sofía iba al colegio siempre bien peinada y vestida. Su madre vigilaba que la ropa estuviese limpia, los zapatos relucientes.
Hija, que nunca te pueda la pereza, cuida de tus cosas. Ya sabes el refrán: Por la calle te reconocen por la pinta, y por la puerta por la inteligencia. Y, mira, en parte razón no le faltaba.
Así se acostumbró Sofía, desde niña, a estar siempre presentable. Su madre le enseñó de todo y ella le estará siempre agradecida.
Cuando terminó el instituto, Sofía entró en la universidad (sí, esa odisea). Ya mayorcita, se había puesto todavía más guapa. Tanto, que los chicos no le daban ni un respiro.
Hija, primero termina la carrera y después ya te casarás si quieres aconsejaba la madre, muy sabia ella, tiempo habrá para bodas, pero estudiar tienes que estudiar.
Y Sofía lo tenía claro; la universidad era su prioridad, que los novios podían esperar. Luisa, su mejor amiga desde la infancia, seguía siéndolo, aunque Luisa, en vez de universidad, se fue a hacer un ciclo en el instituto.
Luisa era un torbellino, la niña hiperactiva del grupo, siempre rodeada de chicos: amigos, novios, candidatos y pretendientes varios. Uno para cada ocasión; que si cine, paseo, besito tonto y con otros solo de risas.
Se reía de Sofía:
¡Ay, Sofi! Si yo tuviera tu cara, los chicos de Salamanca caerían rendidos, te lo digo yo. Mi amigo Miguel está coladito por ti, me ha pedido mil veces que te presente. Anda, ven esta tarde y salimos a dar una vuelta, que eres una monja.
Mira, Luisa, hoy ni de broma, tengo que terminar el trabajo de fin de módulo. Y Miguel puede buscarse otra.
¡Ay, Sofía, que me tiene la cabeza como un bombo! Es buen chico, eh, y además tiene pasta, que el padre le ha comprado coche insistía Luisa.
Pues dile que no pierda el tiempo, que no me va.
Un día, en fin de semana, Luisa llamó a Sofía y enseguida notó que la cosa olía a drama. Voz temblorosa, casi llorando.
Sofi, ¿puedes venir a casa? Estoy sola, mi madre se ha marchado al pueblo a ver a la abuela. Necesito hablar.
Vale, Luisa, en un rato estoy ahí.
Nada más ver a la amiga, Sofía supo que el asunto era serio: tenía los ojos hinchados de llorar.
Venga, cuenta, ¿qué pasa? Se sentó Sofía en el sillón.
Luisa no tardó:
Ay, Sofía, ¿cómo se lo voy a decir a mi madre? Estoy embarazada.
¡Anda ya! ¿Seguro? ¿No será una raya de esos tests del Mercadona? Sofía casi da un salto del susto.
Segurísima. Fui ayer a la consulta y llevo ya dos meses.
Jolín… ¿y tu madre cómo crees que se lo tomará? preguntó Sofía.
¡Como se lo va a tomar! Se monta un drama griego. Siempre me lo avisaba: Te vas a meter en líos, al final te vas a presentar con un bombo. Vamos, que era de manual sollozaba Luisa.
Bueno, mujer, ¿de quién es el crío? ¿Con cuál estabas? Que tienes edad para casarte si quieres, no eres una cría ya
Luisa callaba, retorciendo un pañuelo.
Ese es el problema: no sé de quién es. Estuve a la vez con David y con Antonio. Ellos no lo sabían, claro. Vete tú a saber si se enteran Y el médico me ha metido miedo: que si aborto, que si igual luego no puedo tener hijos Pero sobre todo: ¿cómo narices se lo digo a mi madre?
A Sofía casi le dio un patatús, pero se volcó a consolarla.
Tendrás que contárselo sí o sí, porque sola no puedes con esto. Habla también con David y Antonio.
Ya he hablado David me ha mandado a freír espárragos; Antonio otro tanto, que abortar y asunto olvidado.
Sofía estuvo allí toda la tarde, animando y dándole un poco de serenidad.
Tu madre es una fiera ahora, pero luego se le pasará. Es madre, al fin y al cabo. Ya verás, cuando vuelva del pueblo, cuéntaselo.
Y así fue: la madre tuvo el berrinche del siglo, pero tras la tormenta, dijo que cuidarían juntas del bebé. Pelillos a la mar.
Cuando Sofía llegó a tercero de carrera, le picó el gusanillo del amor en plena primavera. Conoció a Iker, que no estudiaba, él ya trabajaba. Iker era guapo, simpático, se le daba bien decir piropos y regalar flores, bombones y alguna que otra canción hortera. Sofía había tenido algún que otro flechazo antes, pero nada serio.
Iker, en su cabeza, era el príncipe de una de esas novelas de la sobremesa, el chico que llevaba esperando toda la vida. Estaba cegada, flotando en su nube.
Salían por la tarde a pasear, convencidos de que Madrid entero era suyo (y de algún que otro turista japonés). Sus primeras citas, los nervios de la adolescencia, el juego tonto de ay, que me rozas la mano, los sueños, las promesas dramáticas El pack completo.
La madre de Sofía, que muy despistada no era, captó el rollo al vuelo.
Hija, creo que estás enamorada, ¿me equivoco? le lanzó con sonrisa picarona.
Pues sí, mamá, me has pillado ¿Cómo lo sabes?
Ay, hija, ¡es que brillas! Si pareces una bombilla, y no te quitas la sonrisilla tonta de la cara. Eso no se puede disimular
Sí, mamá, salgo con Iker, pronto os lo presento. Apenas llevamos unos días.
Bueno, conócele bien primero. Y ten cabeza, acuérdate de lo que le pasó a Luisa.
Que sí, mamá, tranquila, que tonta no soy.
Un día Iker la fue a buscar a la salida de clase. Habían quedado para comer y tomar algo por ahí; luego, una vuelta por el Retiro, como dos palomas tontas. Reían, hablaban de todo y nada.
Nadie recuerda qué tema tocaban, pero de repente, Iker se paró en seco. Le cambió la cara; en sus ojos brilló un destello de furia. De repente, le soltó un bofetón monumental. Sofía, de la impresión, fue al suelo. Todo se le nubló.
“¿Pero esto qué es?”, le cruzó un rayo por la mente aún sin creérselo.
Paralizada por el susto y la rabia, llorando de impotencia, no atinaba a hacer ni decir nada. Luego le entró un cabreo monumental.
Iker ni se acercó. Ella, todavía en shock, se levantó a trompicones y salió pitando parque abajo. Corrió hasta casa, se metió directa en el baño y se lavó la cara, intentando borrar lo ocurrido.
Hija, ¿qué te ha pasado? Tienes mala cara. ¿Iker te ha hecho algo?
Sí, mamá Me ha pegado una bofetada. Por la cara, sin ton ni son. Estábamos de risas y, de repente, zasca.
La madre la rodeó con un abrazo.
Bueno, hija, cálmate. Borra a Iker de tu vida, y cuanto antes. Esta gente no cambia. ¡A correr bien lejos de él!
Pasó un tiempo. Iker, arrepentido, la llamaba, mensajes y más mensajes, flores absurdas, el numerito habitual.
Sofía, perdóname, fue un momento, no sé qué me pasó, no era yo… ¡Te quiero muchísimo! Lo olvidarás, ¿verdad?
Sofía no pegó ojo esa noche, dándole vueltas a cómo había fallado el radar. ¿Cómo no se dio cuenta antes?
Iker, no vuelvas a acercarte. Se acabó. Y no me llames más dijo, y se fue rápido, mirando de reojo, por si el valiente le daba por perseguirla.
Bloqueó su número, le borró de las redes y decidió olvidarse de aquello como si fuera una pesadilla cutre de las de Antena 3.
Sabía perfectamente que quien lo hace una vez, lo repite. Ningún lo siento borra una bofetada.
Pasó el tiempo y Sofía pensó: Menos mal que reaccioné a tiempo, que no caí en la trampa. Alguien me estaba cuidando desde arriba.
Nunca volvió a ver a Iker. Para ella, Iker desapareció del mapa y del recuerdo, como si nunca hubiera existido. Aquello la hizo más fuerte, más desconfiada, pero también más segura de sí misma.
Tiempo después, conoció a Guillermo, que no sería guapo de portada, pero era todo corazón, dulce y paciente como él solo. Se lo tomó con calma: lo estudió, lo observó, lo puso a prueba mil veces antes de aceptar su propuesta de matrimonio.
Y con Guillermo ha sido feliz, con dos hijos gemelos que la traen loca, pero de risa. Ya ni se acuerda de aquel episodio con Iker. Guillermo le dio lo que realmente importa: cariño, ternura, amor del bueno, ese que ni las mejores comedias románticas de Telecinco pueden mostrar.
Gracias por leerme, por los me gusta y por vuestro cariño. ¡Mucha suerte y un abrazo grande!







