Recuerdo como si fuera ayer cuando mi hermano, Javier, tras terminar sus estudios en la universidad, se mudó a otra ciudad lejana para empezar a trabajar. Su intención era morar allí apenas un año, ahorrar algunos euros y después regresar a nuestro querido Valladolid para comprar un piso. El destino, sin embargo, tenía otros planes reservados para él. Allí conoció a una muchacha y decidieron casarse. Así fue como mi hermano se quedó instalado en esa ciudad.
No tuvimos ocasión de conocer a su esposa antes. En el momento de su boda, yo misma estaba en el noveno mes de embarazo, a punto de dar a luz, así que no pude viajar. Mi padre tampoco pudo ausentarse del trabajo. Por ello, solo mi madre asistió a la ceremonia. Ella apenas llegó a intercambiar unas palabras cordiales con su nuera antes de que la pareja partiera de luna de miel y mi madre regresara, unos días después, a casa. Incluso así, mi madre comentaba que la chica era guapa, sonriente y simpática. Pasaron los años y nosotros, la familia de Javier, no llegamos a conocer a mi cuñada, Lucía.
Sin embargo, este año mi hermano nos sorprendió con una noticia estupenda. Habían organizado un viaje con varias paradas. Primero vendrían juntos a visitarnos, luego asistirían a la boda de una amiga de Javier, después irían a una reunión de antiguos alumnos, visitarían a los padres de Lucía en la costa en Santander y por último, regresarían a su hogar. Tenían previsto quedarse dos días en nuestra casa. Yo no veía problema alguno; es cierto que nuestro piso era pequeño, pero podíamos alojarles en la casita de campo de mis suegros. Mi suegra nos cedió el lugar encantada. No tenía lujos, llevaba tiempo sin reformar, pero estaba en buenas condiciones.
Aquel día estaba yo animada, esperando la llegada de nuestro hermano y su esposa. Cuando llegaron, pronto empezaron los problemas. Javier me presentó, y desde el primer instante Lucía no paraba de quejarse: que si el viaje había sido caluroso, que si el ruido en el tren, que si la incomodidad
Al llegar a la casita, les propuse enseñarles el lugar. Recuerdo bien la expresión en el rostro de Lucía al ver la ducha y el baño, como si un vagabundo le hubiera intentado dar un beso. Llevó a Javier aparte, cuchichearon unos minutos y luego mi hermano pidió a mi marido que los acercase al centro de la ciudad. Lucía se negó a ducharse allí. Así que volvieron a nuestro piso, se arregló, se maquilló y regresaron al campo.
Pero resultó que tampoco quiso probar prácticamente nada de lo que le preparamos de comer. Y eso que pusimos nuestra mejor voluntad: tortilla de patatas, cocido, empanada… Nada: gluten, grasas, quién sabe qué más. Al final solo comió algo de ensalada, y ni siquiera lo miraba con confianza. La habitación que habíamos preparado tampoco le gustó, así que volvimos a nuestro apartamento en la ciudad. Al día siguiente, durante un paseo por Valladolid, Lucía fue todavía más caprichosa que mi hijo pequeño. O le molestaba el calor, o le dolían los pies, o decía estar aburrida.
Nunca me alegré tanto de despedir a unos invitados. No dejo de preguntarme cómo ha podido mi hermano aguantarla todos estos años. En apenas dos días casi acaba con nuestra pacienciaEl domingo por la tarde, mientras Javier y Lucía recogían sus maletas para marcharse, mi hermano se acercó al salón donde yo tomaba un café en silencio. Se sentó a mi lado, suspiró y miró por la ventana. Sentí la tentación de preguntarle cómo soportaba tanta queja y desdén, pero me contuve. En su lugar, le pregunté si era feliz.
Por un instante, el rumor del tráfico en la calle fue la única respuesta. Finalmente, Javier me sonrió con una mezcla de resignación y ternura. Todos tenemos nuestras rarezas, hermana, dijo. A veces, cuando Lucía duerme, ronca como una fiera. Pero de día, pese a todo, a su manera, me hace reír. No te imaginas cuánto. Y cuando cree que nadie la está mirando, sonríe con una dulzura que solo yo conozco.
Después me abrazó fuerte, como cuando éramos niños y nos prometíamos que nunca dejaríamos de ser familia.
Cuando el coche desapareció al final de la calle, me sentí extrañamente aliviada, pero también agradecida. Aquellos dos días no habían sido los más perfectos, ni los más cómodos, pero sí nos enseñaron algo esencial: a veces, entender a quienes amamos no es cuestión de compartir gustos, sino de aceptar que la felicidad de los otros puede tomar formas incomprensibles para nosotros. Mirando a mi familia en ese instante supe que, aunque nunca sería amiga de mi cuñada, siempre respetaría el extraño amor que une a mi hermano con ella.
Y tal vez, pensé sonriendo para mis adentros, en la próxima visita, el menú será solo ensalada y un poco de paciencia de postre.





