Decidí alquilar el antiguo piso de mi abuela y los inquilinos eran gente decente.
Tengo un pequeño piso que heredé de mi abuela Rosalía. Ya vivía en otra parte de Madrid, así que contacté con un agente inmobiliario para alquilarlo. El piso era antiguo, con azulejos fríos y lámparas gastadas. No tenía euros suficientes como para reformarlo ni siquiera un poco. Dudaba, sinceramente, que alguien pudiera interesarse por él. Sin embargo, el agente, un hombre con sombrero ancho y bigote discreto, me aseguró que si fijábamos un buen precio, alguien vendría. Así fue. Puse un precio bajo y, a la mañana siguiente, el agente apareció con una familia. Eran un matrimonio joven, Javier y Carmen, y su hija pequeña de cinco años, llamada Almudena. La familia parecía muy serena y de una inteligencia delicada, como si sus palabras flotaran en la habitación.
Me cayeron bien desde el primer momento, y firmamos el contrato sentados a la mesa de nogal de la abuela. Llevan viviendo en el piso seis años. Estoy muy satisfecho con ellos. Los vecinos nunca han susurrado ninguna queja, y hasta les hice un certificado de empadronamiento temporal en el ayuntamiento. Encontrar inquilinos tan correctos y corteses en Madrid no es tarea sencilla. Apenas he visitado aquel piso, que parece suspendido en otro tiempo. La familia siempre pagó puntualmente y, como en un ritual extraño, me llamaban una vez al mes, nunca más. No sabía nada de cómo vivían, hasta que un día, casi por azar, decidí visitarles.
De alguna manera racional, pensé que, tras seis años, habrían decorado el hogar según sus gustos. Sin embargo, lo que encontré me sorprendió profundamente: no había cambiado ni un alfiler. Todo seguía igual, exactamente igual que lo dejó la abuela Rosalía. Aún usaban sus viejos platos con motivos de aceitunas, las cortinas de encaje seguían colgando deshilachadas sobre la luz de la calle, y no vi una sola toalla nueva. Comprendí el pudor de gastar en la casa de otro, pero seis años habitando en la misma penumbra ajena era, en cierto modo, un hechizo.
Intenté mencionar el asunto suavemente a Carmen. Ella, con una sonrisa leve y voz de sueño, me dijo que no tenían dinero para más. Solo Javier tenía trabajo en una tienda de ultramarinos. Ella cuidaba de Almudena, la llevaba al colegio e improvisaba legumbres al mediodía. Almudena ya tiene once años. Pregunté, sin intención de incomodar, si Carmen nunca pensó en ganar algunos euros propios. Me contestó en voz baja, como si recitara un refrán antiguo de Castilla: El marido es quien debe traer el sustento. Una mujer casada no debe trabajar fuera de casa.
El aire en el piso parecía girar en círculos, como si el tiempo sólo estuviera viendo pasar trenes en la estación de Atocha, y el piso, y todos, siguieran tropicalmente inmóviles, entre cosas viejas, reglas viejas, y sueños que no cambian nunca.







