Dos años después de nuestro divorcio, me crucé con mi exmujer: en aquel instante, todo me hizo sentido, pero ella sólo me dirigió una sonrisa amarga antes de rechazar mi súplica desesperada de empezar de nuevo
Cuando nació nuestro segundo hijo, Martina dejó por completo de cuidarse. Antes, se cambiaba de ropa varias veces al día, siempre buscando la elegancia en cada detalle; pero tras volver de la maternidad de Salamanca, fue como si hubiese olvidado que existía otra prenda que no fuera aquel viejo jersey descolorido y unos pantalones de chándal con las rodillas tan caídas como una bandera a medio izar.
Con ese maravilloso atuendo, mi esposa no solo se arrastraba por la casa, sino que vivía en él, día y noche, llegando a dormirse así como si esas prendas fueran ya una extensión de su piel. Al preguntarle por qué, murmuraba que así era más cómodo para levantarse por la noche con los niños. Había cierta lógica retorcida en eso, lo reconozco, pero todos aquellos principios que antes me repetía cual letaníaUna mujer debe ser siempre mujer, incluso en el infiernohabían desaparecido sin dejar rastro. Martina lo había olvidado todo: su querido salón de belleza de Segovia, el gimnasio que decía era su refugio, y perdonad la confidenciani siquiera se molestaba ya en ponerse sujetador por las mañanas, paseando por la casa con el pecho caído como si no importara nada.
Su cuerpo, obviamente, siguió el mismo camino: la cintura, el vientre, las piernas, el cuello todo perdió firmeza, quedando sólo la sombra de lo que fue. ¿Y el pelo? Un desastre andante: a veces una maraña salvaje, otras un moño apresurado del que escapaban mechones como gritos silenciados. Lo peor era que, antes de la llegada del niño, Martina era sencillamente deslumbrantediez sobre diez. Cuando paseábamos por las calles de Madrid, los hombres giraban la cabeza para admirarla. Aquello inflaba mi orgullo¡mi diosa, sólo para mí! Y ahora, no quedaba nada de esa diosa, solo un reflejo apagado de su esplendor.
La casa reflejaba también esa decadencia: un desorden lúgubre y asfixiante. Lo único que seguía controlando era la cocina. Lo juro: Martina era una bruja entre fogones, y quejarse de sus platos era sacrilegio. Pero lo demás una auténtica tragedia.
Intenté que reaccionara, le supliqué que no se dejara vencer, pero ella solo ofrecía una sonrisa tímida y prometía enmendarse. Con los meses, mi paciencia se agotóver cada día esa parodia de la mujer que amé se convirtió en un tormento. Una noche de tormenta, solté la sentencia: divorcio. Martina intentó retenerme, pero solo repetía promesas vacías; no alzó la voz ni luchó. Al comprender que nada podía hacerme cambiar de opinión, suspiró con dolor:
Es tu decisión Pensé que me querías
No entré en discusiones sobre el amor o su ausencia. Firmé los papeles y, poco después, en una notaría de Valladolid, cada uno teníamos nuestro certificado de divorcio: fin de un capítulo.
No soy un ejemplo de padreaparte de la pensión, nunca hice nada especial por mi antigua familia. Pensar en reencontrarme con aquella mujer que un día me deslumbró era como clavarme una estaca en el pecho, algo que prefería evitar.
Así pasaron dos años. Una tarde, paseando por las siempre animadas calles de Sevilla, divisé a lo lejos una figura con un andar inconfundible, armónico, casi como bailar entre la multitud. Se acercaba hacia mí. Y cuando estuvo cerca, mi corazón se paró: era Martina. Pero ¡qué Martina! Renacida de las cenizas, aún más radiante que al principio de nuestro amorel mismísimo ideal de feminidad. Llevaba tacones de vértigo, el pelo perfectamente arreglado, todo en ella era una melodía: el vestido, el maquillaje, las uñas, las joyas Y ese perfume, su fragancia antigua, me golpeó con la fuerza de una ola y me devolvió, de golpe, a otros tiempos.
Mi cara supongo que lo delató todosorpresa, deseo, arrepentimientoy ella soltó una carcajada afilada y orgullosa:
¿Qué, no me reconoces? Te dije que me levantaría, pero no quisiste creerme.
Martina aceptó que la acompañara hasta su gimnasio, contándome a retazos cómo crecen los niños: están fenomenal, llenos de vida. Apenas habló de sí misma, pero no hacía faltasu luz, su seguridad, ese encanto renovado gritaban más fuerte que cualquier palabra.
Mientras la acompañaba, volví mentalmente a aquellos días oscuros: ella vagando por la casa, rendida por noches en vela y el peso rutinario, envuelta en aquel maldito jersey, su moño triste, estandarte de rendición. ¡Cómo me exasperaba su flama apagada! Era la misma mujer a la que abandoné y, con ella, dejé atrás a nuestros hijosciego de egoísmo y enfado transitorio.
Al despedirnos, tartamudeé una preguntasi podía llamarla alguna vez. Confesé haberlo entendido todo y le supliqué una nueva oportunidad. Pero recibí a cambio una sonrisa fría; negó despacio, con determinación, y soltó:
Has entendido todo demasiado tarde, cariño. Adiós.
Desde aquel día, entendí por fin que el verdadero valor de una persona no depende sólo de los días buenos, sino del coraje con el que se levanta de los malos. El egoísmo y la ceguera me hicieron perder lo más grande de mi vida. Nunca volveré a cometer el mismo error.





