¿He llegado a ser yo la que irrita a mi propio marido…? Ocho años todo funcionó de maravilla, pero…

¿Estoy empezando a molestar a mi propio marido?
Ocho años todo fue estupendo, pero al noveno a mi marido, Enrique, empezó a molestarle todo, y más que nada, yo misma, Clara.
Enrique llegaba a casa tarde, cenaba, gruñía algo sin sentido, abría el portátil y se pasaba la noche pegado a los videojuegos, disparando a todo lo que se movía. Si acaso me miraba, era con esa cara como de tener caries, de la coronilla a los pies. Cada vez con más frecuencia decía de manera seca que esa noche se quedaría a dormir en casa de su madre.
Un día no aguanté más y llamé a mi suegra:
Merche, ¿está Enrique ahora en tu casa?
A lo que Mercedes respondió con su voz más dulce:
Una buena esposa, Clarita, siempre sabe dónde está su marido.
Incluso llegué a comprarme un libro titulado Cómo retener a tu marido y, tonta de mí, le expliqué a la cajera que era para una amiga. La muchacha me miró con una mezcla de pena y lástima.
Luego caí en la cuenta de que aquel libro seguro que tenía gato encerrado. ¿Cuántos maridos hay que retener para tener la experiencia de escribir un libro entero? Y si los antiguos ya han sido retenidos, ¿de dónde salen los nuevos?
Ciento cincuenta páginas de brillantes consejos, que si al marido hay que atraerlo a la calidez del hogar, que si lencería erótica, que si hay que interesarse por sus cosas Incluso logré dominar por fin la masa de levadura, pese a que nunca me salía bien, pero el hogar no atrajo a Enrique. Quizá debería haber amasado pan vestida de lencería. O haberme presentado así en casa de mi suegra, donde, según la leyenda, residía el susodicho.
Traté de compartir los intereses de Enrique y fue un desastre: pasé a la primera el nivel del videojuego en el que él llevaba una semana atascado. Eso no hizo más tierna nuestra relación.
Así que, una tarde fui a comprarme unas botas de invierno y volví a casa con un cachorro bien gordote, por el mismo precio. Lo miré y comprendí que toda mi vida había soñado con tener un perro. Pero no uno de esos canijos chillones de bolso, sino un perro de verdad, con cara de buena persona.
La señora que se hacía pasar por criadora me preguntó:
¿Entiendes de perros? ¿No? Pues mira, esto es un golden retriever.
Y ante mi pregunta de por qué no se veía tan dorado, me contestó desde su superioridad:
Crecerá y se pondrá dorado, ahora son los más chic. Pedigree, sus padres campeones, una maravilla, ¡te lo estoy dejando regalado!
Y soltó el precio.
Yo no llevaba tanto encima, pero la buena señora aceptó lo que tenía.
Al menos alguien tenía que alegrarse cuando llegara a casa. Las botas no te mirarán con devoción ni te traerán las zapatillas meneando el rabo.
Esa noche Enrique, que justo reapareció, preguntó:
¿Y esto qué es?
Un retriever dorado, de raza dije yo, enseñando los papeles. Y una ganga, mira, aquí tienes los documentos.
En los papeles el cachorro era catalogado como bulldog de pura raza. El teléfono de la criadora era el de una empresa de reformas, donde ante la mención de retrievers y bulldogs soltaban improperios.
¿Tienes ojos? ¿Dónde has visto tú aquí un retriever o un bulldog? Y encima, ¿cuánto has pagado? ¿Cuánto? ¡Si hay que ser ingenua!
Al cachorro no le gustaron los gritos de Enrique y respondió con un gruñido feroz que resultó ser un charco generoso en el suelo.
¡Dios mío! ¿Con quién vivo yo? gimió Enrique al techo y volvió a sus marcianitos, mirándome con una cara como si, en vez de matar monstruos, me fusilara a gusto a mí.
Al día siguiente el cachorro ya estaba como Pedro por su casa. Durante la noche se comió sus zapatillas de deporte y mordisqueó sus zapatos.
Y ahí explotó todo.
Para Enrique, yo era insufrible en todo: cara, ropa, pensamientos, hasta el alma. Y más aún que ganara el doble que él. Como si lo hiciera a posta para humillarle. Y que no teníamos hijos.
Enrique, si tú no querías tener hijos dije yo tímidamente.
¡Claro, porque qué hijos puede tener una imbécil! Serían igual de tontos que ella, ¡pero mírate! ¿Quién querría a una tonta así?
El cachorro, tras escucharle un rato, se acercó torpemente y trató de morderle el tobillo.
Y a mí se me hizo un nudo en la garganta por aquellos hijos inexistentes y solo pude mirar mientras Enrique metía sus cosas en una maleta.
Treinta años. No hay vida. Fin.
Ya no tenía sentido seguir, pero a un cachorro eso no se le puede explicar. Ahí estaba, con cara de pena, mordisqueando uno de mis calcetines, haciéndose el perro desamparado y maltratado. Le importaba un pimiento mi dolor y mis ideas negras. Quería comer, beber y que alguien le dijera lo maravilloso que era y le rascara la tripa.
Gor, el cachorro, creció que daba gusto, aunque de guardián tenía poco, pese a su aire de sabueso infernal. Su instinto de morder nunca apareció: era todo lametazos y arrumacos.
Por las noches paseábamos hasta tarde. Y tanto pasear que en diciembre, con las obras abriendo zanjas en medio del barrio, bajo una mezcla de nieve y lluvia, Gor acabó cayendo en una de esas zanjas. Chilló lastimosamente y, asustada, salté detrás, con suerte sin romperme nada. La fosa era profunda y con paredes de arcilla resbaladizas. Eran ya casi las doce y yo, claro, sin móvil.
Al principio me dio mucha vergüenza pedir ayuda, pero tras varios intentos fallidos grité: ¡Auxilio! a voz en grito.
Al final, a mis gritos acudieron dos chavales góticos, que bajo el farolillo parecían salidos de un cementerio. Al menos no llegaron a hacer rituales satánicos, sino que llamaron a los bomberos y esperaron allí charlando de lo suyo, gótico puro.
Primero rescataron a Gor, que, encantado, lamió a todos los presentes, góticos incluidos. Luego a mí, tiritando y sin pizca de pudor del frío que tenía.
El jefe de bomberos dedicó unas palabras poco amables a la perra sin seso, a la dueña inútil, a los vagos del ayuntamiento y hasta al Gobierno. Gor, que no había oído jamás tantas palabrotas, saltaba feliz a ver si podía lamerle la nariz, hasta que de un cabezazo casi se la rompe.
Al final, de madrugada estábamos: Gor mugriento pero feliz, yo cubierta de barro tiritando, los bomberos y los góticos todos pringados de babas y un jefe sangrando por la nariz.
Señora, tendría que educar un poco a su monstruo me recriminó el jefe.
Le educo, pero es cabezón, ¿sabe?
Igualito que yo dijo uno de los góticos al otro, que se arrancó a reír sin ocultarlo.
Vivo en ese portal, podéis pasar a lavaros les ofrecí, castañeteando los dientes.
Anda, ve, dijeron los bomberos al jefe, que pareces Hannibal Lecter ahora mismo.
Igual tengo que excavar yo misma una zanja me decía luego mi amiga Marta, porque como esperemos a los del ayuntamiento, ¡me quedo soltera para siempre!
P.D. Los hijos de Clara no son genios. Ni falta que hace. Son niños normales, graciosos y listos: Pablo y Maribel. En primero de primaria les pidieron hablar de su familia.
¡Papá salva el mundo! ¡Y mamá trabaja con ordenadores! exclamó el inquieto Pablo.
Y la callada Maribel añadió:
¡Y nuestro perro sabe ver la tele!

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¿He llegado a ser yo la que irrita a mi propio marido…? Ocho años todo funcionó de maravilla, pero…
Me llamo Iván, tengo 45 años y acabo de hacer algo que debería haber hecho hace 15 años: pedirle perdón a mi hermano.