Nada más llegar a casa en la Gran Vía de Madrid, mi vecina, doña Carmen, me paró en seco con el ceño fruncido:
En tu piso se escucha a un hombre gritando todos los días Ya nos tiene a todos hartos soltó sin miramientos.
Me quedé de piedra. ¿Cómo podía ser, si yo vivo sola? ¿Era el eco, el televisor, la imaginación de una anciana? Pero su mirada era tan seria que no supe qué decir.
Al día siguiente tomé una decisión. No iría a trabajar al hospital, llamé diciendo que tenía fiebre y, muy temprano, salí a la calle haciendo ruido, como si realmente me marchase. Bajé a la calle de Alcalá en mi coche, giré la esquina y regresé por la entrada trasera del portal. Mi corazón latía con furia mientras me deslizaba, casi a rastras, hacia mi dormitorio. Ahí me metí debajo de la cama, tapándome con la colcha hasta que sólo podía oler el polvo y oír mi propia respiración.
Las horas transcurrían lentas, como si el reloj de pared se burlara de mi impaciencia. Empecé a dudar de mi cordura, de la realidad misma, hasta que, exactamente a las 11:20, oí la cerradura girar. Alguien abría mi casa con total normalidad.
Escuché pasos seguros, sin prisa. Reconocería ese silbido en los pies en cualquier parte: era un hombre acostumbrado al lugar. Mi piel se erizó cuando se dirigió directo, sin dudar, hacia mi dormitorio.
Casi sin atreverme a moverme ni a respirar, escuché una voz masculina, grave y hosca:
Otra vez lo tienes todo patas arriba, Lucía
Pronunció mi nombre, con ese tono familiar, paternalista. El mundo se hundió bajo la cama conmigo cuando comprendí quién era.
No pude moverme. Sentía el pulso temblando en las venas. Vi cómo abría el armario y después se tumbaba en mi cama, suspirando, como si fuera suya.
Más tarde, cuando todo estalló, supe la verdad. El casero, don Felipe, venía siempre que yo salía a trabajar. Usaba sus propias llaves, se paseaba por mi piso como si le perteneciera, revisaba el frigorífico, encendía la tele, criticaba las camisas que yo dejaba sobre la silla. Se sentía con derecho.
Jamás robó nada, pero había convertido mi hogar en su refugio secreto. Por eso los vecinos escuchaban su voz, sus murmuraciones airadas sobre mis supuestas malas costumbres. Y yo, ciega, se lo había contado todo: a qué hora salía, cuándo volvería Cosas que en España se cuentan de confianza, sin pensar en el peligro.
Cuando la policía lo esposó y lo sacó del edificio, él insistía:
¡Pero si es mi piso! Sólo venía a comprobar que todo estuviese correcto.
Desde entonces, en Madrid, juro que no alquilo absolutamente nada sin cambiar la cerradura el primer día. Porque esta ciudad es hermosa, sí, pero los secretos se esconden en cualquier esquina, tras cualquier puerta incluso la tuya.







