Nunca llegué a amar a mi esposa y se lo confesé muchas veces. No era culpa suya: nuestra vida juntos…

Nunca llegué a amar a mi esposa y, para colmo, se lo confesé en más de una ocasión. Pobrecilla, la culpa evidentemente nu era a suyahacíamos buena vida, la verdad.

Jamás levantó la voz ni armó un solo drama, ni me reprochó nada; siempre bondadosa y atenta. Pero el problema seguía ahí, molestando en cada esquina de la casa: lo nuestro carecía totalmente de amor.

Despertaba cada mañana pensando en salir corriendo. Fantaseaba con conocer a una mujer que realmente pudiera amar. Pero vamos, ni en mis sueños más disparatados habría imaginado el volantazo que me tenía reservado el destino.

Al lado de Lucía me sentía cómodo. No sólo llevaba la casa con maestría digna de verbena en agosto, sino que además tenía un porte estupendo. Mis amigos en Madrid me envidiaban y no daban crédito a mi suerte con semejante esposa.

Ni yo entendía cómo me había ganado su cariño. Al fin y al cabo, soy un tipo normalísimo, ni guapo de los de postal ni millonario. Sin embargo, ella me quería… ¿cómo era posible semejante cosa?

Su amor y entrega me traían de cabeza. Sobre todo, me torturaba la idea de que, si me iba, llegara otro mejor que yo: más adinerado, más apuesto, más exitoso, más de todo.

Al imaginarme a Lucía de la mano de otro, me ponía enfermo. Era mía, aunque jamás la hubiese amado. Ese sentimiento de posesión absurda era claramente más fuerte que el sentido común. Pero, ¿se puede pasar toda una vida junto a alguien a quien no amas? Yo pensaba que sí. Vaya, sí que estaba equivocado.

Mañana se lo digo todo decidí antes de acostarme. Al amanecer, desayunando la tostada con tomate, reuní el coraje.

Lucía, siéntate un momento, tengo que hablar contigo.

Claro, dime, cariño contestó ella, tan tranquila.

Imagina que nos divorciamos, que cada uno se va por su lado…

Lucía se rió como si le hubiera contado un chiste de Morán.

¿Pero qué tontería me cuentas? ¿Esto es algún juego raro?

Déjame acabar. Hablo en serio.

Bueno, ya me lo imagino. ¿Y después?

Responde con sinceridad: si me voy, ¿buscarías a otro?

Javier, ¿qué te pasa? ¿Por qué te ronda en la cabeza la idea de irte?

Porque no te quiero, Lucía. Nunca te he querido, lo siento.

¿Pero qué dices? ¿Estás de broma? No entiendo nada.

Quiero irme, pero no soy capaz. La idea de que acabes con otro me quita el sueño.

Lucía se quedó pensativa y después dijo, imperturbable:

A ver, no voy a encontrar a nadie mejor que tú, así que no te preocupes. Márchate, que no estaré con otro.

¿Lo prometes?

Por supuesto aseguró Lucía, con una sonrisa de esas que desconciertan.

Esto… pero, ¿dónde se supone que voy a ir?

¿No tienes dónde?

No, Lucía. Toda la vida contigo… Tendré que quedarme cerca, dije con pesadumbre.

No te preocupes me animó ella. Después del divorcio, vendemos el piso y nos compramos dos estudios más pequeños.

¿En serio? ¡No esperaba que me ayudaras así! ¿Por qué lo haces?

Porque te quiero. Cuando de verdad quieres a alguien, no lo retienes a la fuerza.

Pasaron unos meses y, efectivamente, nos divorciamos. Pero pronto descubrí que Lucía no cumplió su palabra. Encontró rápido a otro y, por cierto, los pisos heredados de su abuela no los pensaba compartir. Yo me quedé compuesto y sin piso ni nada.

Y ahora, ¿cómo demonios vuelvo a confiar en las mujeres? Ni idea, oigan.

Por cierto, ¿qué opináis de la actitud de Javier?

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