Mi madre y mi padre Mi madre era una mujer muy guapa. Digo “era” porque hace medio año que murió…

Mis padres

Mi madre fue una mujer hermosa. Digo fue porque hace ya medio año que falleció, sobreviviendo a mi padre apenas quince días. Aunque ambos sobrepasaron los ochenta años, no dejo de pensar que juntos vivieron poco tiempo. Al fin y al cabo, eran mis padres.

Así fue, pues… Mi madre era una bellísima mujer. No lo digo sólo como su hijo, con todo y que soy hombre, sino porque lo vi siempre. Y mi padre nunca dejaba que lo olvidara, recordándomelo a cada paso a lo largo de su vida. Incluso cuando mamá se enfadaba conmigo por malas notas en el colegio u otras travesuras, mi padre venía a mi cuarto, suspiraba hondo, se sentaba a mi lado en silencio y, con las manos entre las rodillas, suspiraba de nuevo antes de quedarse callado un rato más. Terminaba nuestra conversación silenciosa diciendo:

Venga, hijo, no te enfades con mamá… Sí, te ha reñido, te ha echado la bronca, pero ni tú ni yo somos unos santos y ella… Bueno, al final es una niña, y la necesitamos los dos. Ve y pídele perdón.

Yo, por mi parte, llenaba el pecho para replicar, lanzándole una mirada de indignación, pero él, adivinando mi reacción, extendía la mano hacia mí, la palma abierta, como para taparme la boca, y decía serio y contenido:

Ni se te ocurra decirme nada malo de mi mujer…

Entonces, me desinflaba y no me atrevía a decir nada. Quería mucho a mi padre. Y también a mi madre, mucho.

Quizá era porque conocía su historia de amor. Ambos me la contaron por separado, en confidencia, como si fuera un secreto prohibido.

Mi madre estudiaba en la Universidad Complutense, en primero. Tenía pensado casarse con un tal Eduardo. Un día, Eduardo llegó a la cita acompañado de un amigo, Bernardo, que acababa de llegar a Madrid y se encontraba perdido, sin saber qué hacer solo una noche entera. Así que Eduardo se lo llevó consigo… a ver a su novia, casi su prometida.

Eduardo me presentó a Bernardo, que sería, años después, mi padre.

Los tres pasearon aquella tarde por el Parque del Retiro, y luego, para no pagar entrada, subieron al tejado de un quiosco desde el que vieron una película divertidísima en el cine de verano al aire libre. Lo de subirse al tejado lo ideó mi padre, claro (Eduardo nunca hubiera pensado algo así). Mi padre, además, subió a mamá a pulso, ya fuerte y corpulento por entonces, no como ese Eduardo al que jamás conocí, pero no me cabe duda de que no era rival para Bernardo.

Eduardo pasó la tarde recitando versos, haciendo bromas y hablando de su vida futura con mamá, cuando terminasen la carrera. Mi padre, en silencio, según contaba ella, escuchando y respirando fuerte. Al despedirse, Bernardo tomó entre sus manos grandes y cálidas la pequeña mano de mi futura madre y le dijo:

¡Victoria! No te hace falta Eduardo. Casémonos tú y yo.

Mamá se asustó y preguntó, casi temblando:

¿Y cuándo?

Mi padre, decidido, contestó:

Mañana…

Y, para dejar a todos de piedra, incluido a Eduardo, añadió:

Tendremos un hijo juntos. Lo querremos con toda el alma, y eso nos hará querernos aún más a ti y a mí. Le llamaremos Íñigo, como el caballero antiguo…

De acuerdo, asintió mamá, y así fue como se casaron.

Eduardo asistió a la boda como padrino del novio.

Después, mis padres se graduaron juntos de sus carreras los dos, en el título, tenían geólogo-geodesta y se marcharon a León, a las montañas, donde recibieron su primer piso: el director de la mina les preparó un apartamento sacándolo de un trastero polvoriento del centro social del pueblo, hasta entonces lleno de cachivaches.

A su debido tiempo nací yo, el ansiado Íñigo, y me quisieron con toda el alma, como había prometido mi padre.

Pidió prestada una yegua vieja llamada Serranilla al del establo para ir a buscarnos a mamá y a mí al hospital.

Cuando llegamos los tres por primera vez a nuestro trastero, como decía papá, en la puerta del centro social estaba Eduardo, sosteniendo una bañerita de zinc que había conseguido gracias a favores misteriosos. Aquella bañera fue mi bañera y, al principio, incluso mi cuna: mamá ponía sobre ella una gran almohada de plumas que heredó de su madre, la cubría con una sábana y ahí me acostaba. Cuando tocaba mi baño, la almohada a la cama de mis padres y yo al agua. Papá corría del trabajo para no perderse el ritual de bañar… ¿al caballo colorado?, no, a su hijo. Él me sostenía la cabecita mientras mamá me lavaba el cuerpo de caballero.

No llegué a caballero, pero creo que fui un geólogo decente, igual que ellos.

Curiosamente, mi mujer también es geóloga. Nos conocimos en el trabajo, tras acabar la universidad. A mamá le encantó Angelines desde el primer día. También a papá. Cuando nos visitaban o nosotros a ellos, y papá y yo salíamos al balcón a fumar, él suspiraba y decía:

Vaya, hijo… en la vida he tenido suerte dos veces: una, al encontrar a tu madre, y otra, cuando te casaste con Angelines. Cuídala, ¿eh? Que al final, como tu madre, no deja de ser una niña…

Papá se fue una noche, sin avisar. Mamá lo supo de inmediato al despertar.

Después de aquella pérdida, mamá envejeció de golpe y empezó a olvidarlo todo. Por ejemplo, se le olvidó que papá ya no estaba. Aunque la llevamos a vivir con nosotros, seguía sentada junto a la ventana, esperando la vuelta de papá del trabajo. Hasta su último día, cocinó sus deliciosas albóndigas emocionada como le gustaban a Bernardiño…

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