EL ENGAÑO DE LA JUBILADA
Cuando aquella mujer mayor entró en el gimnasio de la Calle Mayor en Madrid, el vigilante de seguridad se quedó desconcertado. Ella, lanzándole una mirada desafiante, solo preguntó:
¿Aquí levantan hierros? Y sin esperar respuesta, se fue directa y decidida hacia la sala de máquinas.
¡¿A dónde va, señora!? gritó el vigilante echando a correr tras ella, intentando detenerla.
¡No chilles tanto! le soltó con rudeza. Sólo quiero ver si este sitio le vendría bien a mi nieto para venir a entrenar, ¿vale?
¡Pare, le digo! ¡No puede entrar con esos zapatos sucios! le agarró del abrigo.
¡Déjame! se sacudió el brazo. Que te he dicho que solo quiero mirar cómo está el sitio.
Al entrar en la sala, la mujer se detuvo y empezó a observar a su alrededor, mirando cómo, en las cintas y máquinas, se ejercitaban sobre todo jóvenes modernos y relucientes, hombres y mujeres.
Señora, salga de aquí, se lo repito insistía el vigilante. ¡Aquí hay que entrar en ropa de deporte!
¡No seas pesado! le espetó la visitante, cada vez más enfadada.
Atraídos por los gritos, todos los que estaban entrenando la miraron con sorpresa.
El monitor de sala, un tal Tomás, fue a echar una mano al vigilante.
Ramírez, ¿y esta señora? preguntó mirando serio a la mujer.
Vete tú a saber se quejó el vigilante. Que va como un tanque, no puedo detenerla. Le digo: no entre con eso sucio y le da igual.
¡Mira que eres plasta, chaval! suspiró la mujer. ¿No puedo ni mirar cómo es el sitio?
¿Pero qué quiere ver, señora? ¿Ha decidido que la jubilación es momento de ponerse en forma? Por usted no será, se la ve fuerte dijo Tomás con una leve sonrisa.
Gracias, hijo respondió ella con una risita. Pero no busco el gimnasio para mí.
¿Entonces, para quién?
Para mi nieto. Al chaval le vendría de perlas; está flojillo.
¿Flojo? Eso es mala cosa, como decía Sabina: Más vale llegar tarde que flojo.
O El que no arriesga, no gana, ¿no es así? replicó la mujer. Pero, la verdad, vuestro gimnasio no me convence mucho.
¿Por qué? se sorprendió Tomás. ¡Si está genial! Fíjese en las máquinas, todo nuevo.
¡Déjate, hijo! ¿Tú llamas a eso levantar hierro?
¿Y qué quiere más? titubeó el monitor. Vamos, señora, no me diga que entiende del tema
¿Que si entiendo? rió ella. Mi padre toda su vida levantó pesas rusas. Cada mañana, media hora exacta. Era tres veces más ancho que tú, chaval. ¿Te enteras?
¿Pesas rusas? ¡Eso está pasadísimo, señora! replicó Tomás. Ahora tenemos máquinas para cada músculo.
No, no… negó ella. Quiero que mi nieto levante una pesa de verdad, como mi padre. ¿Aquí tenéis pesas rusas auténticas?
Bueno… alguna habrá por ahí…
Pues trae una.
¿Para qué?
Para ver si es buena. Si tienes, traigo al chaval y te pago yo misma.
¿En serio? A Tomás se le iluminaron los ojos.
De verdad, pero trae la de treinta y dos kilos, no la pequeña. Y quiero comprobar que es de verdad.
¡Pero…! rió el monitor. ¿Cómo la va a comprobar?
Muy fácil. Vi a mi padre hacerlo mil veces. Yo también la levanto.
¡Eso no se lo cree nadie! rió Tomás. Usted no la despega del suelo.
¿Y si la levanto? ¿Y si la empujo arriba con una mano, qué dices?
Si usted hace eso, ¡me pego un tiro! carcajeó Tomás.
No dispares, chaval. Si la levanto me la regalas, ¿trato hecho?
¿Quiere apostar? ¡Venga, trato hecho! Pero si no puede, ¿qué pasa?
Si no puedo, trabajo un mes limpiando el gimnasio, y gratis. ¿Vale así?
¡Perfecto! Justo necesitamos a alguien que limpie. ¡No se vaya, ya vuelvo!
Tomás se fue corriendo a por la pesa y Ramírez, que había escuchado todo, le susurró:
Mire, váyase mejor. Ese Tomás seguro que la trae, intenta levantarla y, Dios no lo quiera, se le va a salir el hombro.
¿Tan pesada es? preguntó la señora, fingiendo duda.
Muy pesada. Mucho.
Bah, mi padre la levantaba veinte veces seguidas. ¡Con una mano!
Ya, pero usted no es su padre
En eso que Tomás volvió, resoplando, con la pesa rusa de treinta y dos kilos y la puso delante de ella.
Aquí la tiene. Ahora pruebe, que testigos no le faltan.
Todos los presentes en el gimnasio se acercaron a mirar.
La mujer, tras calentar un poco los hombros, se santiguó, escupió en la mano, agarró la pesa y… con un giro hábil la subió al pecho. Todos se quedaron boquiabiertos.
Ella tensó el brazo y la alzó, luego volvió a bajarla al pecho… y otra vez arriba.
Empezaron a contar en voz alta:
¡Dos, tres, cuatro, cinco!
Bueno, ya basta, jadeó la mujer, bajando la pesa al suelo. Podría seguir, pero no me parece bien. No voy a dejarte sin material. ¿Tendrás que pagarlo tú, verdad?
Señora, no entiendo nada… balbuceó Tomás, perplejo.
La pesa me la llevo dijo la señora. Y además, venga, suma cuántos kilos más me corresponden en peso. Puedes darme mancuernas o una barra. Mi coche está en la puerta, ve metiendo ciento veinte kilos, lo que puedas.
Y, tranquilamente, se fue hacia la salida con la pesa en la mano.
Media hora después, el dueño del gimnasio, don Santiago, entró alarmado por el revuelo. Todo el mundo hablaba animadamente y los instructores rodeaban a Tomás, que aún no lo asimilaba.
¿Qué pasa aquí? preguntó el dueño.
Nada grave, don Santiago contestó uno, pero verá, le han gastado una broma…
¿Broma? frunció el ceño Santiago. A mí no me hace gracia. Me han llamado desde otro gimnasio para advertirme de una mujer que va por Madrid retando a los monitores a levantar pesas rusas. Si ganan, les quita el material.
¿En serio? Tomás miró boquiabierto. ¿¡Y cómo!?
Es sencillo: entra, apuesta a que levanta la de treinta y dos kilos con una mano, y siempre gana la apuesta. Así se va llevando las pesas que gana.
No entiendo… susurró Tomás. ¿Y para qué quiere tanto hierro?
Dicen que su nieto va a abrir un gimnasio y ella le está haciendo el favor de conseguirle todo lo necesario… gratis.
¿Y quién es esa señora, que levanta pesas así?
Parece que fue campeona europea de levantamiento de pesas rusas en la categoría de jubiladas. Así que, cuidadito, que no os la vuelva a liar una pensionista.
Ya es tarde, don Santiago… suspiró Tomás, cabizbajo. Ya hemos caídoPero justo entonces, la puerta giratoria chirrió de nuevo y entró la mujer, sonriente, cargando la pesa rusa como si fuera el bolso de la compra. Detrás de ella apareció un joven flacucho, de pelo rebelde y ojos brillantes, que la seguía con una mezcla de nerviosismo y adoración.
Bueno, Tomás saludó la jubilada con picardía, he pensado que mejor devuelvo la pesa y me llevo a mi nieto apuntado a tu gimnasio, si le pones un buen precio y lo conviertes en un campeón.
El chaval, colorado, susurró:
Abuela, ¿de verdad necesito entrenar aquí?
Ella le guiñó un ojo.
Un sitio donde saben reírse y perder una apuesta merece una oportunidad, ¿no crees?
Entre risas y aplausos, Tomás aceptó el trato y se ofreció a entrenar al chico personalmente. Y así, gracias a la pensionista tramposa, el gimnasio ganó un alumno nuevo, aprendió a no juzgar a nadie por la edad, y cada vez que alguien dudaba de sus fuerzas, miraban la pesa rusa en un rincón, con una etiqueta escrita a mano: No subestimes nunca a una abuela.







