En el pueblo de doña Chari se murió su gato: un felino ilustre, famoso por sus victorias amorosas, p…

En el pequeño pueblo de Castilla, murió el gato de la señora Julia. Era un gato con méritos: muchas conquistas felinas, rivales vencidos y ratones cazados. Pero el gato ya estaba mayor, nada se puede hacer. Veinte años, casi nada, había cumplido el animal en este mundo sin más arreglos que alguna caricia.

Julia envolvió a su adorado gato en una sábana limpia, tomó la azada y se fue al corral para enterrarlo detrás de la huerta. Su esposo, Don Antonio Gallego, estaba entretenido en una esquina del patio, arreglando algo en la bodega y soltando alguna que otra maldición entre dientes.

Después de rendir homenaje a su gato, Julia cubrió la tumba con tierra y volvió por el sendero, llevando la azada manchada de barro al hombro. Al pasar junto a la verja, coincidió con la vecina, Doña Pilar, una señora llegada de Madrid.

Buenas tardes, doña Julia Fernández la saludó Pilar, y por cortesía preguntó: ¿Qué anda haciendo, si se puede saber?

Nada, hija, respondió Julia: Mi Antonio ya descansó de sus penas, pobre mío. Dios se lo llevó, el viejo. Lloré lo mío y lo enterré detrás de la huerta.

La noticia dejó paralizada a Pilar. No hacía ni un día que vio a Don Antonio en la tienda del pueblo comprando azúcar, tabaco y una botellita de anís.

¡No puede ser! dijo asombrada. ¿Antonio se ha muerto? ¿Y tan de repente? Si justo ayer mismo lo vi.

Sí, ayer aún se movía con brío afirmó Julia con la cabeza. Estuvo animado toda la jornada y hasta se zampó él solo una sardina. Por la noche me echó una mano en la cama…

Los ojos de Pilar se abrían más y más.

Y hoy, por la mañana, mi Antonio se quedó mustio, se sintió mal…remató Julia. Se tumbó en el banco, murmuró algo y allá que se nos fue.

Pilar se santiguó mecánicamente.

Así es la vida dijo pensativa. Estaba aquí Antonio y en un momento, desapareció. ¿Pero para qué la azada entonces?

Pues para enterrarlo detrás de la huerta, ¡si ya te lo estoy diciendo! insistió Julia. Lo envolví en una sábana blanca, lo enterré y puse una ramita de olivo de señal, para acordarme dónde está.

Pilar, que era de ciudad, no entendía bien las costumbres rurales. Le parecía increíble que Julia enterrara así de sencillo al difunto Antonio y marcara el sitio con una ramita.

Eres muy apañada, doña Julia, eso no lo quita nadie musitó Pilar algo descolocada. Vas tú sola y lo entierras, tan tranquila. ¿No habría que haber avisado, al menos, a algún guardia civil para que anotara el fallecimiento?

Ahora Julia miró a Pilar con extrañeza.

¡Menuda ocurrencia! rio alegre. Antonio, desde luego, era un fenómeno pero de ahí a ir molestando a la Guardia Civil por estas cosas Si cada Antonio que muere los llamáramos, no darían abasto. Y ya puestos, ¿por qué no llamar a un juez, o al ministro de Justicia?

Pilar no supo qué decir. Julia se acomodó la azada en el otro hombro.

A lo mejor en Madrid hacéis esas cosas raras, añadió conciliadora. Sois tan finos, en cuanto pasa algo: abogados, notarios, jueces En el pueblo lo hacemos a lo sencillo. Se muere Tomás y ya está, a cavar. Detrás de la huerta hay sitio de sobra.

Ya murmuró Pilar. Me temo que aún tengo mucho que aprender de la vida aquí. Pero ¿por qué lo has enterrado ahí, entre los matojos? ¿No sería mejor en el cementerio, como la gente?

La incomprensión de Pilar empezó a irritar a Julia.

¿Y dónde iba a llevarlo, si ya no estaba para este mundo? replicó con enfado. ¿Al cementerio, junto a los cristianos? Sería demasiado. Aquí, detrás de la huerta siempre se ha hecho así, de toda la vida.

Doña Pilar se sentó con cautela sobre un tronco, intentando no mirar la azada en las manos de Julia. Empezaba a temblarle el pulso y las rodillas.

Vaya, Julia, dijo por fin. ¡Tienes una fila entera detrás de la huerta! ¿Cuántos más has puesto ahí además de Antonio?

Unos cuantos, la verdad pensó Julia en voz alta. Antes de Antonio, estuvo Paco. Era tranquilo pero en el fondo un traidor: por la noche se colaba en mi cama y por la mañana estaba todo mojado. ¡Anda que no le di correazos! Y antes, Juanito Ese sí era dócil, cariñoso. Pero le llegó la hora igual. He tenido para dar y tomar.

Entonces clavó la azada en la tierra, rematando la frase.

Ahora descansan todos juntitos detrás de la huerta. Antonio, Paco, Juanito mis campeones. Pero no pasa nada, la Toñi me ha prometido traerme otro pronto. ¿Tú crees que me van a faltar en esta vida?

Nadie sabe qué pensó Pilar en ese momento, porque en ese preciso instante apareció Don Antonio Gallego, cubierto de tierra y con humor, digamos, escaso.

¡Pero quieres acabar conmigo, viejuca! le gritó a su mujer. ¡Que casi me entierras vivo, estaba cubierto de tierra hasta el cuello, gritando y nada! Por fin salí y aquí estás, charlando como si nada.

Le arrebató la azada a su mujer y añadió:

¡Trae para acá la herramienta! Que tengo que rescatar las botas ¡y la botellita de anís también se ha quedado en el sótano!

En ese momento, Doña Pilar se deslizó despacito del tronco y se desmayó. Así que la botellita de anís del sótano, al final, resultó muy necesaria.

La vida de pueblo, con sus costumbres, a menudo es motivo de sorpresa para quienes vienen de fuera. Y aunque puedan parecer toscas, en el fondo enseñan que, frente a lo inevitable, cada uno busca alivio como sabe, a su modo y manera, y lo importante es tener a alguien cerca que, aunque falle, al final, siempre regresa.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

three + 20 =

En el pueblo de doña Chari se murió su gato: un felino ilustre, famoso por sus victorias amorosas, p…
La madre invitó a la rival a comer y le salió el tiro por la culata…