— ¡Ludita, hija, que te has vuelto loca en la vejez! ¡Pero si tus nietos ya van al cole, ¿qué boda n…

¡Lucía, se te ha ido la cabeza de mayor! ¡Si ya tienes nietos que van al colegio, ¿a qué viene ahora una boda? Eso fue lo que me soltó mi hermana cuando le conté que me casaba.

¿Y para qué esperar más? En una semana, Antonio y yo firmamos en el registro civil, pensé que debía comunicárselo a mi hermana. Por supuesto, sabía que no vendría a la celebración: vivimos cada una en un extremo de España. Además, a los 60 años no está una para organizar fiestas con gritos de ¡Que se besen!. Lo nuestro será sencillo, una ceremonia tranquila y cena a solas.

La verdad, podríamos habernos quedado como estábamos, pero Antonio insiste. Es todo un caballero: me abre la puerta del portal, me ofrece el brazo al bajar del coche, me ayuda a ponerme el abrigo. Él no concibe vivir juntos sin el sello del matrimonio. Me dice: ¿Qué soy, un chiquillo? Quiero una relación seria. Y es verdad, aunque el pelo le sea ya blanco, para mí Antonio sigue siendo un chaval. En el trabajo le tratan con respeto, todos le llaman por su nombre y apellido, siempre formal. Pero cuando me ve parece que se quita cuarenta años de encima: me abraza y nos ponemos a girar en medio de la calle. Y aunque se me escape la risa, me da vergüenza: Que nos mira la gente, que se ríen le digo. Él me responde: ¿Qué gente? Si solo te veo a ti. Y lo cierto es que, cuando estamos juntos, siento que no existe nadie más en el mundo.

Pero antes tenía que hablar con mi hermana. Me daba miedo que Carmen me juzgase, como tantos otros, por eso necesitaba su apoyo. Por fin me armé de valor y la llamé.

Luuuucía exclamó ella, alucinando cuando le dije que me casaba, ¡si hace nada que enterraste a Víctor y ya le has encontrado sustituto! Sabía que la noticia iba a sorprenderla, pero nunca pensé que su disgusto naciera por mi difunto marido.

Carmen, lo sé, no lo he olvidado la interrumpí. Pero dime, ¿quién pone las reglas? ¿Cuánto hay que esperar para volver a ser feliz sin que te señalen?

Ella reflexionó unos segundos:

Al menos unos cinco años, por las formas.

¿Y qué hago? ¿Decirle a Antonio que se espere cinco años, que tengo que estar de luto?

Mi hermana se calló.

¿Y qué gano? seguí. ¿Crees que dentro de cinco años nadie criticará? Siempre hay quien habla. Me da igual el qué dirán, pero tu opinión sí me importa, y si insistes, desisto de la boda.

Mira, no quiero ser la mala, casaos si queréis pero que sepas que no lo entiendo y no te apoyo. Siempre has ido a tu bola, pero pensé que al envejecer entrarías en razón. Por lo menos espera otro año, mujer.

No me rendí:

¿Y si solo nos queda un año de vida juntos, Carmen?

Ella empezó a llorar.

Haz lo que quieras. Todo el mundo quiere ser feliz, pero tú, con lo feliz que decías que eras

Me reí:

¿En serio? ¿Siempre pensaste que yo era feliz? Yo también lo creía, y solo ahora lo comprendo: he sido una bestia de carga. Ni se me ocurría que se podía vivir de otra manera, ni disfrutar.

Víctor era buena persona. Sacamos adelante a dos hijas, tengo cinco nietos. Él me repetía que la familia es lo primero. Y yo no lo discutía. Primero trabajábamos para levantar nuestro hogar, luego para ayudar a las hijas, después para los nietos. Ahora que miro atrás, veo solo una carrera interminable persiguiendo la estabilidad, sin permitirme parar a comer. Cuando la mayor se casó, ya teníamos la casa de campo, pero Víctor quiso agrandar tener carne para los nietos.

Arrendamos una hectárea cerca de Segovia y ahí nos atamos para años. Vaca, ovejas, gallinas, había que alimentarlas a diario. Ni un día acostándonos antes de medianoche ni levantándonos después de las cinco. Pasábamos el año entero en el campo, solo íbamos a la ciudad por gestiones. Si llamaba a alguna amiga, una recién vuelta de Mallorca con su nieta, la otra del teatro con su marido ¿yo? Ni al súper tenía tiempo de ir.

Hasta sin pan pasábamos días, porque los animales nos ataban, pero me consolaba pensando que mis nietos no pasaban hambre. Gracias a aquello, mi hija mayor pudo comprarse coche, la pequeña hacer reforma en su piso. Alguna vez me venía a ver una amiga del instituto y me decía:

Lu, no te conocía de lo demacrada que estás. Pensé que estarías aquí descansando y en cambio, estás agotada. ¿Para qué tanto sacrificio?

Hay que ayudar a los hijos le decía.

Los hijos ya son mayores, Lucía. Vive un poco para ti me contestó.

Entonces no entendía qué quería decir. Ahora sí. Me doy el lujo de dormir lo que quiero, ir al cine, a nadar, a hacer senderismo por la sierra, y nadie sufre. Mis hijas no se han arruinado, mis nietos siguen creciendo fuertes. Aprendí a ver lo habitual con otros ojos: antes, recogía hojas caídas refunfuñando por la suciedad. Ahora, caminar por el Retiro removiéndolas me alegra el día. He aprendido a amar la lluvia, a observar nubes y atardeceres desde la ventana de un café. He descubierto lo bonito que es Madrid, y esto me lo hizo ver Antonio.

Cuando murió Víctor, yo iba como sonámbula. Un infarto, de repente, sin avisar, y yo sin saber qué hacer con mi vida. Al trasladarme a Madrid, mis hijas liquidaron la finca y me llevaron de nuevo a la ciudad. Seguía despertándome de madrugada, sin saber a dónde ir. Fue entonces cuando apareció Antonio. Era mi vecino, amigo del yerno, que me ayudó con las mudanzas. Después me reconoció que, al principio, solo le di pena. Dijo que vio en mí vida, simplemente había que despertarla. Me llevó una tarde a pasear por el parque, me compró un helado y fuimos hasta el estanque a dar de comer a los patos. Durante años había tenido patos pero jamás había parado a mirar cómo nadaban, cómo chapoteaban. Resulta que hasta verles zambullirse es divertido.

No me lo creo, estar aquí mirando patos sin hacer nada le confesé. A los míos solo les veía cuando los alimentaba o limpiaba el corral.

Antonio, con esa media sonrisa suya, me cogió la mano:

Ya verás todo lo nuevo que puedes descubrir. Vas a volver a nacer.

Y así fue. Cada día, como una niña pequeña, descubría cosas nuevas. Un día desperté sabiendo que no quería más vidas sin Antonio.

Mis hijas se lo tomaron fatal. Que si traiciono la memoria de su padre. Me dolió muchísimo. Me sentía culpable, como si fuera un delito buscar la felicidad. Los hijos de Antonio, en cambio, se alegraron y dijeron que ahora estaban tranquilos por su padre. Solo me faltaba contárselo a mi hermana, y lo iba posponiendo.

¿Y cuándo firmáis? me preguntó Carmen tras hablar.

Este viernes.

Pues qué quieres que te diga. Que seáis felices en esta nueva etapa se despidió muy seca.

El viernes, Antonio y yo nos pusimos elegantes, hicimos la compra para cenar juntos, pedimos un taxi y fuimos al registro. Al bajar del coche, me quedé helada: en la entrada estaban mis hijas con sus maridos y los nietos, los hijos de Antonio con sus familias y, sobre todo, ¡mi hermana! Carmen sostenía un ramo de rosas blancas, mirándome entre risas y lágrimas.

¡Carmen, tú aquí! ¿Te viniste solo por mí? yo no me lo creía.

Tenía que ver con mis propios ojos a quién te entrego rió ella.

Resulta que en los días previos a la boda, todos se organizaron, se llamaron, y reservaron una mesa en una taberna del centro.

Hace unos días, Antonio y yo celebramos nuestro primer aniversario. Ahora es uno más de la familia. Y yo, sinceramente, a veces todavía no me lo creo: soy obscenamente feliz, y temo que tanto gozo acabe por espantarse.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

13 − eight =

— ¡Ludita, hija, que te has vuelto loca en la vejez! ¡Pero si tus nietos ya van al cole, ¿qué boda n…
Mi propio hijo