—¿Pero cómo que estoy sola? —respondía ella—. ¡No, qué va! ¡Si tengo una familia enorme! Recuerdos c…

¿Pero cómo que estoy sola? respondía ella entre risas. ¡No, hombre, para nada! ¡Si tengo una familia enorme!

Claro, las vecinas del pueblo sonreían y asentían con la cabeza, pero a las espaldas de Inés, se miraban entre sí agitando los dedos junto a la sien, como diciendo, ya ves tú, la excéntrica, porque familia, familia… ni marido, ni hijos, ella sola, como un alma en pena, rodeada solo de animales.

Pero eran precisamente esos animales a los que Inés llamaba su familia, y poco o nada le importaba la opinión de la gente del pueblo. Allí, todos pensaban que si se tienen animales, es para algo útil: cabras o gallinas, un perro por seguridad y una gata que cace ratones, y basta.

Pero en la casita de Inés, a las afueras de Villanueva de la Sierra, convivían cinco gatos y cuatro perros. Todos, además, dentro de la casa, como si fueran personas. Los vecinos no lo podían entender.

Entre ellos cuchicheaban, porque sabían de sobra que no tenía sentido hablar con esa chiflada, sólo conseguirían una carcajada por respuesta.

¡Qué va, nada de eso! decía ella, ya están todos bastante hartos de la calle, aquí en casa estamos mejor.

Cinco años atrás, Inés perdió a su marido y a su hijo el mismo día. Volvían de pescar en el pantano cercano, y un camión cargado, al adelantar en una curva, se los llevó por delante.

Después del golpe, cuando pudo volver a pensar en algo, se dio cuenta de que no podía soportar el piso de la ciudad tanto recuerdo de sus seres queridos, ni caminar por las calles o entrar en las mismas tiendas que antes. Y esos ojos de lástima de los vecinos…

Vendió el piso al medio año y, con la gata Trini a cuestas, se marchó a una aldea perdida, compró una casa al borde del monte. En verano se dedicaba al huerto, y en invierno trabajaba en el comedor del colegio del pueblo más grande, comprando comida para ella y su peluda familia.

A cada uno de sus animales los había traído en distintos momentos. Alguno lo encontró pidiendo comida cerca de la estación, otros los recogía de la calle, otros llegaban al comedor buscando algo que llevarse al hocico.

Así fue como una mujer solitaria acabó rodeada de una familia numerosa compuesta de almas tan solas y maltratadas como la suya. Pero Inés tenía el don de curar corazones heridos, y ellos se lo agradecían con cariño y lealtad.

Amor y calor nunca faltaban en su hogar.

Tampoco la comida, aunque a veces no resultaba fácil. Sabía que no podía seguir así indefinidamente, trayendo a más y más animales con ella; así que, cada vez, se prometía a sí misma que no rescataría a ninguno más.

Un marzo, tras unos días de sol templado, el invierno volvió con furia, cubriendo los caminos con nieve cortante y empujando a la gente apurada a esconderse en sus casas, mientras el viento helado aullaba por las noches.

Inés iba deprisa a coger el último autobús de las siete hacia Villanueva. La esperaban dos días de descanso, y había pasado antes por el mercado a comprar víveres para ella y sus animales. Cargaba dos bolsas pesadas, llenas hasta arriba.

Decidió no mirar a los lados, concentrada en sus pensamientos, imaginando el recibimiento de sus mascotas al llegar y entrando en calor sólo de pensarlo.

Pero, como suele decirse, uno no ve con los ojos sino con el corazón. El suyo bombeó con fuerza, obligándola a girar la cabeza cuando apenas le quedaban unos metros hasta el autobús.

Bajo un banco, en la parada, yacía una perrita. Miraba a Inés, pero con la mirada perdida, fría, cubierta casi por completo de nieve. Parecía que llevaba tiempo así.

La gente pasaba a su lado, envuelta en bufandas y con prisas. ¿De verdad nadie veía aquello?

El corazón de Inés se apretó dolorosamente. Se olvidó enseguida del autobús y de las promesas. Corrió hacia la perra, soltó las bolsas y extendió la mano. La perrita le devolvió un parpadeo lento.

¡Ay, bendito sea Dios, está viva! suspiró Inés. Venga, chiquilla, levanta, ven conmigo…

La perra, débil, apenas se movía, pero tampoco protestó cuando Inés la arrastró bajo el banco. Estaba tan al límite que parecía sola a punto de abandonar el mundo.

Inés nunca pudo recordar después cómo logró cruzar la plaza con las bolsas y la perra en brazos.

Ya dentro de la estación, buscó el rincón más apartado y, colocando a la perrita en su regazo, comenzó a frotarle las patas y el lomo, intentando devolverle el calor.

Venga, bonita, espabila, que a casa aún nos queda camino. Serás mi quinta perra, así está todo equilibrado le susurraba ella.

Sacó una albóndiga de la bolsa y se la ofreció. Al principio, la perra no quería; después, recuperada algo, pareció dudar si de verdad quería irse de este mundo. Sus ojos se avivaron, olió el bocado y finalmente aceptó.

Una hora después, salieron a la carretera a hacer dedo. El autobús ya se había ido hacía rato. Con el cinturón, Inés improvisó un collar y una correa, aunque la perra, a la que ya llamaba Dulce, ni hacía falta atarla: no se despegaba de ella ni un centímetro.

A los diez minutos, como si fuera un milagro, un coche se detuvo.

¡Ay, gracias! No se preocupe, la perrita irá en mi regazo, no manchará nada soltó al conductor, jadeando aún Inés.

No se apure, mujer, que suba detrás. No es pequeña, pero hay hueco repuso el hombre.

Pero Dulce se encogió en los brazos de Inés, tiritando, ocupando apenas su regazo.

Así estamos más calentitas sonrió ella.

El conductor asintió, miró la cuerda en torno al cuello y encendió la calefacción. Viajaron en silencio, Inés abrazando a Dulce, mirando cómo los copos de nieve saltaban iluminados por los faros.

El hombre lanzaba alguna que otra mirada al perfil sereno de la mujer, abrazada a la perra. Entendió perfectamente; ella la había recogido por la calle y la llevaba a casa. Se notaba el cansancio, pero también una paz tranquila en el rostro de Inés.

Al llegar, el hombre bajó del coche y la ayudó a cargar las bolsas. Había tanta nieve que tuvo que empujar con el hombro la verja, la cual, finalmente, cedió con un golpe estrepitoso.

No se preocupe suspiró Inés, lleva tiempo necesitando arreglo.

Del interior llegaban una algarabía de ladridos y maullidos. Inés apresuró el paso, abrió la puerta y su familia entera salió disparada afuera.

¡Pero bueno, ya está! ¿Me echabais en falta? Ya estoy en casa, no me escapo de vosotros reía. A ver, conoced a la nueva.

Dulce miraba tímida desde detrás de la falda de Inés. Los perros meneaban el rabo y olisqueaban las bolsas.

Pase, hombre, si no le asusta lo numerosa que es la familia. ¿Quiere un té?

Él dejó las bolsas en el porche, pero no entró:

Ya es tarde, mejor me voy. Aliméntelos, que se nota que lo esperan con ansias

Al día siguiente, cerca del mediodía, alguien golpeó la verja. Inés salió y vio al conductor de la noche anterior: estaba atornillando unas bisagras nuevas a la valla, rodeado de herramientas.

Al verla, sonrió:

¡Buenos días! Que ayer le destrocé la verja, y he venido a arreglarla. Por cierto, me llamo Martín. ¿Y usted?

Inés

La familia peluda olisqueaba curiosa al visitante. Él se agachó para acariciarles el lomo uno a uno.

No se quede fuera, Inés, entre en casa. Enseguida termino y no le haré el feo a un café bien caliente. Por cierto, en el coche hay una tarta… y algunos regalos para su gran familia.

Dicen que la fortuna y el cariño vienen a veces de las formas más inesperadas. Y así recordamos, en las noches de invierno, cómo una mujer encontró a su verdadera familia bajo la nieve de la sierra.

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