Relaciones familiares – —Abuela, ¿puedo quedarme a vivir contigo un tiempo? —sollozó Dasha—. No pu…

Abuela, ¿puedo quedarme contigo una temporada? sollozó Almudena, mientras la noche de Madrid parecía derretirse en los espejos torcidos del salón. No aguanto más a Juan.
Por supuesto, hija mía, quédate el tiempo que necesites le respondió con voz dulce y antigua doña Carmen Alonso, rodeando a su nieta con los brazos, como si tejiera un muro invisible bajo una lámpara que nunca deja de parpadear. ¿Otra vez te ha hecho daño?
Otra vez, abuela. Almudena aspiró como si tragase el aire plácido de la infancia, ya lejano. Pero mamá no me deja separarme. Dice que no quiere enemistarse con los padres de Juan. Yo ya no tengo fuerzas para aguantar.

Doña Carmen siempre había sentido una desconfianza viscosa hacia su nuera, Mercedes, la madre de Almudena. Siempre fría, calculadora, capaz de trocar hasta los sentimientos en cuentas corrientes y en apariencias. Desde el principio forzó a Almudena a casarse con Juan solo porque su padre ostentaba una de esas direcciones en la administración que abrían portales políticos.
Juan… ¿te está pegando, Almudena? susurró Carmen, como si por pronunciarlo la realidad se deshiciera.
Me pega, abuela. Las lágrimas brotaron ya sin pudor.
¿Y tus padres lo saben? La voz se le quebró.
Lo saben. respondió Almudena en un hilo.
¿Y aún así te prohíben marcharte?
Sí. Me dicen que si me separo los voy a avergonzar delante de todos. Dicen que la culpa es mía, que tendría que amoldarme más. ¿Cómo, abuela, si él está siempre lleno de rencor y crueldad? No puedo más, de verdad.
Si no puedes, pues no lo hagas acarició sus cabellos Carmen. Quédate conmigo. Ya hablaré yo con tus padres.

Un sonido surrealista de campanas ahogadas trajo la voz de Mercedes, que gritó como un trueno petrificado cuando Carmen la llamó:
¡¿Cómo que se ha ido de casa?! ¡Que vuelva ahora mismo!
No grites, mujer la cortó Carmen con una sequedad que dolía. Almudena no va a volver.
¿Sabes cuánto dinero nos costó la boda? soltó Mercedes, dejando su timbre rodar por toda la cocina. La familia de Juan tiene prestigio y ella solo trae desgracia y vergüenza.
La que da vergüenza eres tú y aun así te aguantamos sentenció Carmen. Se acabó, me cansas. Lo que te he dicho, ya está dicho.

Carmen colgó el teléfono. Mercedes lo lanzó contra la pared, entre maldiciones y palabras prohibidas, mientras la casa parecía partirse en líneas diagonales. Carmen enseguida marcó el número de su hijo Fernando:
¿Tú sabías que ese malnacido le pega a Almudena? su voz era un trueno tras un cuadro de Goya.
Bueno… lo he oído, pero igual Almudena exagera. Ya sabes cómo es… balbuceó Fernando desde el otro lado de la niebla telefónica.
¡¿Me lo estás diciendo en serio o solo eres tonto?! gritó ella. ¡Tu hija está siendo maltratada y tú ni rechistas!
Pero… ¿qué quieres que haga? Es su marido.
¡Lo que tienes que hacer es ir y partirle la cara! ¡Para que sepa que Almudena no está sola!
No te metas, mamá. Ellos sabrán.
Está claro… Carmen bufó. Has vendido a tu hija para mantener vuestro espejismo de felicidad.

A los dos días, llegaron Mercedes, Fernando y Juan en procesión absurda y onírica, como si no pisasen suelo real.
¡Almudena debe volver con su marido ya! sentenció Mercedes al poner un pie dentro, como si anunciara la llegada del clero.
Almudena no tiene que hacer nada respondió Carmen, impasible y dura como los retablos en las iglesias vacías. Es vuestra hija, ¿no lo recordáis? ¿Qué clase de padres sois?
Todo es culpa de tu mala influencia acusó Mercedes, apuntando a Carmen con un dedo que parecía encoger. No voy a arriesgarme a perder la amistad del señor García de la Torre solo porque ella haga un numerito.
Que le enseñe el señor García a su hijo a no levantar la mano miró a Juan, que bajó los ojos como un niño sorprendido robando caramelos.

Mercedes defendió al yerno:
No la habrá pegado tan fuerte. Y ya se sabe, los enamorados discuten, pero se arreglan.
Fernando, ¿tú también piensas así? preguntó Carmen a su hijo.
Mamá, déjalo, ellos sabrán. Es que Almudena tiene un carácter muy… explicó Fernando, acobardado.
Entonces Carmen, en un giro absurdo como un teatro de Valle-Inclán, abofeteó a Fernando. Luego a Mercedes y a Juan.
Esto lo hago con cariño, como vosotros decís. Seguro que tenéis un carácter blandito. Pues ya sabéis: a casa a cambiarlo.

Carmen les abrió la puerta y les fue empujando con la gracia de una directora de escena arrojando actores fuera.
Venga, fuera y llevad con vosotros a vuestro principito. Y dile a tu padre que le enseñe modales. Y tú, Mercedes, si tanto te gusta el hijo del señor García, cásate tú con él.
¡No pienso volver a pisar tu casa! chilló Mercedes bajando la escalera.
¡Genial! le contestó Carmen. Como nuera no vales gran cosa y como madre, peor aún.
Cerró, se frotó las manos y llamó a Almudena, que había oído todo desde el umbral de su cuarto:
Ay, pequeña, ve aprendiendo a defender lo tuyo. Si vives siempre para complacer a otros, acabarás con la vida hecha trizas. Y nadie te lo agradecerá.

Por otro lado, Mercedes chillaba a Fernando:
¡Tienes que convencer a esa loca de tu madre para que deje de meterse en nuestras vidas! ¿Qué va a pensar la gente? El matrimonio de Almudena es nuestra entrada al círculo bueno. Si se divorcia… ¡todo se va al traste!
¿Y para qué quieres entrar en ese círculo? preguntó Fernando, cansado, como si una nube le apretara los hombros.
¡Para tener dinero, estatus, posición! gritó Mercedes, histérica, su voz rebotando en los azulejos. ¡Quiero que me envidien!
Fernando suspiró, con un timbre en la cabeza que le hacía sentir diminuto. Quiso gritarle ¡Cállate ya!, pero solo murmuró:
Mercedes, cálmate. Hablaré con mamá.
Hablaré con mamá… ¡Menuda blandengue! se burló Mercedes, arrastrando las palabras.
Fernando se fue a otra habitación, huyendo de los gritos como se huye de un cuadro de Dalí. Prefería siempre ceder antes que pelear.

Al día siguiente Fernando fue a ver a su madre.
No insistas, Fernando le cortó Carmen, apenas cruzó el umbral.
No vengo a eso respondió él, manso.
¿Entonces?
¿Puedo quedarme a vivir aquí un tiempo? preguntó, bajando la voz, como si el aire de la casa se lo impidiera.
¿Qué, ya no la soportas?
Estoy harto de los conflictos suspiró.
Tú tienes la culpa. Hay que saber defender lo tuyo y poner límites, no callar siempre. Por eso eres como un burro al que cualquiera dirige.
Él asintió, mientras Almudena le apoyaba la cabeza en el hombro, sabiendo que su madre siempre había aplastado al padre.
Menos mal que Almudena ha salido a tiempo de aquello dijo Carmen con afecto. Nadie vivirá tu vida por ti, ni tomará tus decisiones. Eso debéis aprender, polluelos.
Ellos asintieron, Carmen negó con la cabeza:
Os queda mucho que aprender todavía.

Ese mismo día, Fernando recogió sus cosas y le anunció a Mercedes que lo dejaba. Ella reaccionó al modo de siempre: gritos, terminar con la vajilla y lanzar cosas surrealistas. Juan llamaba a Almudena a diario: primero para pedirle que volviera, después para exigirle y luego ya para amenazar. Pero ella resistía, con un plan nuevo de vida cada amanecer.

A la semana, el padre de Juan, don Gregorio García de la Torre, se plantó en la puerta de Carmen como un gigante salido de un tapiz, gritando:
¡Habéis perdido el juicio! Una deja a su marido, el otro abandona a la esposa. ¿Estáis todos locos? ¡Volved a vuestras casas! Y tú, Carmen, deja de alentar estos despropósitos.
Antes de que Almudena o Fernando abriesen la boca, Carmen, con los brazos en jarras, contestó:
¿Y tú quién eres para enseñar a vivir a nadie? Mejor enseña a tu hijo a comportarse.
Ya le he reñido y no volverá a hacerlo mesó don Gregorio la voz, más suave.
Haberlo hecho antes.
¿Para qué arruinar la vida de una chica? Juan la quiere, se portará bien. No nos pongas en ridículo, que puedo hacer correr rumores decir que Juan la ha dejado porque ella es una cualquiera o una desaliñada o peor.
No me asustes, Gregorio replicó Carmen, serena. Podría decir yo que tú te hacías pis en el colegio O contar que tu hijo no vale nada como hombre. ¿Qué crees que será mejor noticia en la prensa?
Don Gregorio palideció:
No lo contarás
Carmen había sido su maestra en primaria. Todos la hubieran creído, aunque fuera mentira.
Ya veremos, depende de tu actitud le dijo Carmen, impertérrita.
Don Gregorio, hecho un niño, se recompuso y murmuró:
Entendido.
¡Así me gusta! dijo Carmen satisfecha. Y, por cierto, me vas a pagar un viaje de spa para Almudena y para mí, para sanar las heridas del alma. Y de paso cuentas que Almudena está cuidando de su abuela fuera de Madrid.
Don Gregorio asintió, sabiendo bien quién mandaba.
Muy bien, Carmen, te lo mereces. Discúlpame y perdona a mi hijo.
No hay nada que perdonar, pero espabila. Y vive con conciencia, no por el qué dirán. Si eres justo, nadie te juzgará.

Gregorio se fue, el viaje al balneario se cumplió. Carmen no dejó de respetarlo, y Gregorio siempre guardó la sensación de que ante Carmen seguía siendo solo un chiquillo.
El divorcio de Almudena y Juan tardó casi un año tiempo en que ambos ya tenían nuevas vidas. Ella se casó de nuevo y fue feliz, llevándose consigo a Carmen, igual que ésta la había cobijado.
Fernando nunca se divorció, pero se quedó a vivir bajo el techo cálido y seguro de Carmen, soñando todos juntos, en la extraña casa donde las cosas nunca ocurrían del todo como en el mundo real.

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