Abuelita, ¿puedo vivir contigo una temporada? sollozaba Martina, buscando consuelo en los brazos de su abuela. No puedo seguir más tiempo con él.
Por supuesto, hija mía, quédate el tiempo que quieras respondió con ternura doña Carmen, abrazando a su nieta. ¿Otra vez te ha hecho daño?
Sí suspiró Martina. Pero mamá no me deja irme, porque no quiere discutir con los padres de él. Ya no tengo fuerzas, abuela.
La madre de Martina, Encarnación, nunca fue santa de la devoción de doña Carmen. Siempre tan fría y calculadora, dando más valor a las apariencias y a sus fines que a los sentimientos, sobre todo los ajenos. Forzó a Martina a casarse con Sergio solo porque el padre de Sergio tenía un alto cargo en el ayuntamiento.
¿Sergio te pone la mano encima? preguntó doña Carmen.
Sí rompió a llorar Martina.
¿Y tus padres lo saben? insistió la abuela, preocupada.
Lo saben asintió Martina, entre lágrimas.
¿Y aun así no te dejan dejarle? la incredulidad de la abuela era evidente.
Sí admitió la nieta. Dicen que si me voy, los dejaré en ridículo delante de todo el mundo. Que la culpa es mía, por no ser más sumisa. Pero, ¿cómo puedo ser sumisa si él es cruel y violento? No puedo más, abuelita.
No puedes, pues no puedes. Quédate aquí, yo hablaré con tus padres le acarició el cabello la abuela.
Cuando doña Carmen llamó por teléfono a Encarnación, su nuera saltó de inmediato.
¡¿Que ha dejado a su marido?! ¡Que vuelva pero ya!
No grites le cortó seco doña Carmen. Martina no va a volver.
¿Sabes cuánto dinero gastamos en la boda? chillaba la nuera. Su familia es respetada, y ahora ella nos deja en ridículo.
La que nos deja en ridículo eres tú, pero aquí estamos, aguantándote le respondió con calma pero firmeza doña Carmen. Se acabó la charla.
Doña Carmen colgó. Encarnación arrojó el móvil contra la pared y maldijo a su suegra con todo su repertorio. Sin perder un minuto, Carmen llamó a su hijo Luis:
¿Sabías que ese tipejo de Sergio le pega a Martina? le espetó a bocajarro.
Bueno algo escuché, pero a saber, tal vez Martina exagera musitó Luis.
¿Tú hablas en serio o te haces el tonto? subió el tono doña Carmen. A tu hija la maltrata su marido y tú te encoges de hombros.
¿Y qué quieres que haga? Es su marido respondió Luis, sin comprender.
¡Pues le plantas cara al desgraciado ese! ¡Para que sepa que Martina tiene quien la defienda! Que no es huérfana, y tiene familia chilló la abuela.
Madre, no te metas, ellos ya se apañarán contestó Luis con hastío.
Ya veo cómo sois se encendió Carmen. Vendisteis a vuestra hija por seguridad y conveniencia.
Dos días después, llegaron a casa de Carmen toda una comitiva: el marido, los padres de Martina y su suegra.
¡Martina debe volver con su marido inmediatamente! irrumpió Encarnación.
¡Martina no debe nada a nadie! replicó doña Carmen. ¡No entiendo cómo podéis tratar así a vuestra propia hija!
Todo esto es culpa de tu mala influencia acusó la suegra. No pienso perder la buena relación con don Alfonso por una tontería de vuestra niña.
Pues que don Alfonso enseñe primero a su hijo a no levantar la mano contra una mujer indefensa le lanzó Carmen mirando a Sergio directamente.
Sergio bajó la cabeza, y Encarnación salió en su defensa:
Tampoco la ha pegado tanto. Además, las parejas a veces discuten.
Luis, ¿tú piensas lo mismo? le preguntó indignada Carmen.
Madre, déjalos, que lo arreglen entre ellos. Martina siempre ha sido muy susceptible, debería cambiar.
Doña Carmen, de repente, plantó una buena bofetada a su hijo, y luego otras a Encarnación y Sergio. Los tres, atónitos, la miraron.
Eso es cariño dijo Carmen irónica. Así me entiendo yo con la gente cercana. ¿Qué? ¿Os duele? ¿Os habéis ofendido? Será que tenéis el carácter delicado. ¡Venga, a casa y cambiad de carácter!
Les fue empujando hacia la puerta.
¡Fuera, fuera! Y a ese inútil me lo lleváis. Y decile a su padre que le eduque mejor. Encarnación, si te hace tanta ilusión ser familia de don Alfonso, cásate tú con su hijo.
¡No volveré a pisar tu casa! gritó Encarnación bajando las escaleras.
¡Pues estupendo! le contestó Carmen. Ni de nuera, ni de madre vales un real.
Cuando cerró la puerta, Carmen volvió junto a su nieta que seguía refugiada en su cuarto y le dijo:
Aprende a defenderte, Martina. En la vida te encontrarás con muchos de los que hay que protegerse. Si vives para agradar a los demás, ya te puedes olvidar de ti misma. Y aún así, nadie te agradecerá nada.
¡Tú deberías convencer a tu madre para que no se meta en nuestras vidas! gritaba Encarnación a su marido, Luis. ¿Qué va a decir la gente? El matrimonio de Martina era nuestro billete a las alturas, y ahora, ¡todo perdido!
¿Pero qué importa tanto eso? suspiró Luis cansado. ¿No te basta con lo que tienes?
¡No! chilló ella histérica. Quiero dinero, respeto, posición. Quiero ser la envidia de todos.
Luis aguantó el griterío deseando poder desaparecer. A él nunca le gustaron las discusiones; siempre prefería dar la razón antes que defender lo suyo.
Al día siguiente, Luis se presentó en casa de su madre.
¡Ni se te ocurra pedírmelo! le soltó doña Carmen en cuanto lo vio.
No vengo por eso, madre respondió calmado.
¿Entonces a qué vienes?
¿Puedo quedarme a vivir aquí una temporada? preguntó Luis.
¿Ya no aguantas más a tu mujer? le comprendió su madre.
Me cansa su histeria, contestó él. Es insoportable.
Tú tienes la culpa le regañó Carmen. Hay que saber defenderse, poner límites. Si agachas la cabeza y consientes, acaban manejándote como a un burro.
Luis asintió y Martina se sentó a su lado apoyando la cabeza en su hombro; sabía bien cuánto había sufrido su padre ante el dominio de su madre, hombre bueno pero sin carácter para discutir.
Menos mal que Martina salió a tiempo de esa pesadilla murmuró doña Carmen acariciando a su nieta. Tenéis que tomar vuestras propias decisiones, porque nadie va a vivir vuestra vida por vosotros. ¿Entendido, chicos?
Ambos asintieron, mientras la abuela los miraba con ternura y algo de resignación:
¡Ay, qué trabajo me dais!
Ese mismo día, Luis empaquetó sus cosas y le anunció a Encarnación que se marchaba de casa. Ella reaccionó con gritos, lanzando platos y cuanto objeto encontró a mano.
Sergio tampoco se resignó y llamaba a diario a Martina, primero suplicando, luego exigiendo, finalmente amenazando. Pero Martina resistió; no pensaba volver a esa vida y ya tenía nuevas metas en mente.
Al cabo de una semana, don Alfonso se presentó en casa con gran escándalo:
¿Pero aquí se ha vuelto todo el mundo loco? Uno huye de su marido, el otro de su mujer ¿Pero qué disparate es este? ¡Volved ahora mismo a vuestras casas! Y usted, doña Carmen, deje de alentar esos disparates.
Martina y Luis ni alcanzaron a responder. Doña Carmen, plantada firme, replicó desafiante:
¿Y tú quién eres para enseñarme la vida? Anda, ve a educar a tu hijo primero.
Ya he hablado con él dijo Alfonso, cambiando el tono por uno más tranquilo. No volverá a portarse así.
Eso debiste hacerlo antes, para que nunca le diera por ahí sentenció Carmen.
¿De verdad hace falta montar todo este numerito? Nuestro chico quiere a Martina, cambiará. No hay por qué avergonzarnos con un divorcio; puedo decir, si hace falta, que fue ella quien le falló, o que es una desordenada.
No me vengas con amenazas, Alfonso dijo doña Carmen, impasible. O puedo contar, por ejemplo, que en el colegio te hacías pipí en clase. ¿Te parece más jugoso para las tertulias de la villa: que tu hijo era mal marido o que tú mojabas la cama hasta los diez?
Alfonso palideció y balbuceó:
No diría usted eso
Doña Carmen fue la maestra de Alfonso de niño, y sabían bien que todos la creerían. Una vez lanzado el rumor, ¿quién lo detenía?
No lo sé dijo ella con seriedad. Dependerá de cómo te portes. Tú verás.
Por primera vez en años, Alfonso se sintió un chaval. Pero reconociendo que no podía con Carmen, accedió:
Le he entendido.
¡Así me gusta! se animó la abuela. A cambio, nos das a Martina y a mí una estancia en el balneario, para curar las heridas del alma. Y de paso, di que Martina se fue a cuidar a su abuela.
Alfonso meditó. A pesar de su posición, doña Carmen seguía siendo su maestra, capaz de manejar a cada uno con la receta justa: a uno con paciencia, a otro con rigor ¡o con chantaje si hacía falta!
De acuerdo, les conseguiré la estancia en el mejor balneario de toda Castilla concedió Alfonso. Perdonadme. Y a mi hijo también.
Eso espero. Anda y enséñale bien, y vive como creas justo, no por lo que digan los demás.
Alfonso asintió y se marchó. Cumplió su promesa. Todo esto, si cabe, reforzó el respeto que sentía por doña Carmen. Siempre le dio pena que su hijo no supiera cuidar de Martina.
El divorcio de Martina y Sergio llegó un año después, ya cada uno con nuevas parejas; todo fue tranquilo. Martina volvió a casarse y vive feliz, con dos hijos, y la abuela Carmen a su lado, como en su día Carmen recogió a su nieta.
Luis, en cambio, nunca se divorció, aunque sigue viviendo con su madre después de aquellos sucesos.







