¡Pero cómo has podido ser tan insensata, muchacha! ¿Quién va a querer a una mujer embarazada ahora? ¿Y cómo piensas criar a ese niño? ¡Que no soy tu criada, para que lo sepas! Te he dado de comer hasta hoy, pero yo de tu hijo no me encargo. ¡Lárgate de mi casa y no vuelvas jamás!
Lucía escuchaba los gritos de su tía con la cabeza gacha. Su última esperanza de poder quedarse, aunque sólo fuera hasta encontrar trabajo, se desvanecía frente a ella.
Si al menos viviera mi madre
Nunca conoció a su padre, y su madre murió hace quince años, atropellada por un conductor borracho en un paso de cebra. Cuando las autoridades iban a llevarla a un orfanato, apareció una pariente lejana, prima segunda de su madre, que tenía casa y un sueldo estable, y la acogió bajo su techo.
Vivían en las afueras de un pueblo de Castilla-La Mancha, donde el verano achicharra y el invierno es húmedo. Lucía era trabajadora y jamás pasó hambre ni frío. Puede que el cariño de madre le faltara, pero ¿quién se daba cuenta?
Terminó el instituto con buenas notas y luego Magisterio, pero regresar a casa no le alegraba demasiado. Los mejores comerciantes de ropa
¡Basta! ¡Fuera de mi patio, que no te vea más!
Tía Carmen, tal vez si pudiera al menos
¡He dicho basta!
Lucía tomó su maleta y salió bajo el sol abrasador. ¿Cómo había llegado ahí? Humillada, sola y con un embarazo apenas perceptible. Decidió contar la verdad aunque nunca pensó en ocultarla.
Necesitaba un techo. Caminaba agachada, absorta en sus pensamientos, cuando el aroma de un guiso y de empanadas recién horneadas la regresó a la realidad. Una mujer vaciaba agua de una cacerola en el huerto.
Señora, ¿podría darme, por favor, un poco de agua?
Isabel, recia y de unos cincuenta años, la miró:
Entra, hija.
Le ofreció una jarra fría. Lucía se sentó en un banco y bebió con ansia.
¿Puedo quedarme un rato? Hace un calor tremendo
Quédate tranquila. ¿De dónde eres? Con esa maleta
He acabado Magisterio. Quiero enseñar en el pueblo, pero no tengo dónde vivir. ¿Sabe de alguien que alquile una habitación?
Isabel la examinó: limpia, agotada, con un brillo triste en los ojos.
Puedes quedarte aquí. No cobro mucho, pero sí pido la renta al día. Si aceptas, ven que te enseño la habitación.
A Isabel le alegró en secreto: unos euros más nunca vienen mal, y la soledad dolía menos compartida.
La habitación era pequeña pero luminosa, con vistas al jardín. En cuanto se instaló, Lucía se dirigió a la dirección del colegio.
Los días transcurrían entre los niños y la recogida de tomates en el huerto de Isabel. Se hicieron amigas. Cada noche, sentadas bajo la parra en el corral, tomaban té y hablaban de la vida.
El embarazo marchaba bien. Cuando le habló de Javier, el hijo de ricos maestros que la había abandonado, Isabel le acarició la mano:
No has sido la primera, ni serás la última. Lo importante es que no le has quitado la vida a nadie. Ese niño te traerá alegrías.
Pero Lucía ya no soñaba con reconciliaciones. La herida del rechazo seguía doliendo.
A finales de febrero, en la sala de partos del hospital de Ciudad Real, Lucía abrazó a su hijo Mateo, un niño fuerte. En la cama de al lado, una niña recién nacida lloraba, abandonada por su madre.
Te llamaré Inés susurró Lucía, inclinándose a abrazarla.
Dos días después, un capitán de la Guardia Civil apareció en la sala. Su esposa se había marchado, dejándole a la niña. Al ver a Lucía alimentando a ambos pequeños, los ojos del hombre se llenaron de gratitud.
El día del alta, un coche adornado con globos azules y rosas esperaba en la puerta del hospital. El capitán Antonio Ramírez ayudó a Lucía a subir, entregándole dos paquetes: uno con ropa para Mateo y otro con juguetes para Inés.
La vida da giros que ni te imaginas murmuraba Isabel, viendo desaparecer el coche en la curva del camino.
Así, por esas casualidades de la existencia, dos destinos rotos se entrelazaron en un inesperado cuento de hadas, una historia que durante años susurrarían los vecinos en la frontera manchega, recordando siempre que a veces la mayor felicidad se encuentra tras la pérdida, en la generosidad y en la esperanza compartida.







