Le di una lección a mi suegra el Día de la Mujer: intrigas familiares, un carpín vivo, café y una vi…

Le dio una lección a su suegra por el Día de la Mujer.

Escucha, Lucía, esto no puede seguir así. Si tu madre se comporta así al principio de nuestro matrimonio, ¿qué será cuando tengamos hijos? Nunca va a salir de nuestro piso. Nos va a amargar la vida decía con creciente enfado Alejandro después de oír a Lucía contarle que su madre seguía empeñada en entrar en su casa sin avisar.

Mira, si Paloma no entiende las palabras, mañana mismo llamo a un cerrajero para que cambie la cerradura soltó Alejandro apretando los dientes.

Alejandro, que mi madre no es una extraña para mí. Así o así, tarde o temprano, conseguirá otra vez las llaves. ¿Vas a andar cambiando bombines cada semana? Encima, si ve que hemos cambiado la cerradura, se va a ofender. Tenemos que hacer que ella entienda por sí sola que eso no se puede hacer intentó razonar Lucía.

Mira, Lucía, si tu madre no entiende ni con gestos ni con indirectas, aquí solo caben medidas drásticas le respondió Alejandro, muy en serio.

¿Pero qué tienes en mente? preguntó Lucía, con los ojos abiertos por la sorpresa.

A ver, si Paloma tiene llaves de nuestra casa, ¿tú tienes llaves del piso de tus padres, no? le preguntó Alejandro a su atónita mujer.

Aquella mañana de sábado, Manuel y Paloma decidieron aprovechar la feria que la ciudad de Salamanca organizaba con motivo del 8 de marzo. Allí podían encontrar productos frescos de agricultores locales a precios más bajos que en el supermercado, algo muy apreciado por los pensionistas, que no dudaban en levantarse a las siete para ahorrarse dos euros en los huevos.

¡Mira, Manuel, menuda ternera hemos pillado! Y estos barbos comentaba Paloma mientras uno aún se movía en la bolsa. Ahora mismo frío uno para ti y el otro se lo llevo a Lucía. Imagínate la cara de nuestro excéntrico yerno cuando el barbo, todavía vivo, empiece a chapotear en su cocina reía Paloma, imaginándose la reacción de Alejandro ante semejante regalo.

De verdad, mujer, deja a los críos en paz. Si quieren vivir su vida sin tu nariz metida por todos lados, déjales. Tienen casi treinta y sigues investigando bajo cada silla a ver dónde han tirado los calcetines. ¿No tienes otra cosa que hacer? intentó razonar Manuel.

Espera le cortó Paloma. ¿No habrás dejado la ducha abierta? ¡Escucha, el agua corre!

Paloma entró desprevenida al baño y salió disparada en un grito.

¡Ay, Virgen Santa! ¡Que hay un hombre desnudo en mi ducha! corría espantada por el piso.

¡Pero quién, mujer! Explica bien dudaba Manuel en entrar al baño, vigilando desde el pasillo.

¡Es nuestro yerno, Alejandro! ¡Qué hace en mi casa! chillaba Paloma.

¿Qué qué hago? Pues mira, el agua de nuestro piso sale roja, necesitaba una ducha después del trabajo y aquí al menos está limpia. No me voy a acostar sucio dijo Alejandro, saliendo del baño tranquilamente con una bata prestada, como si fuese su propia casa.

Paloma, ya que estamos en vísperas del Día de la Mujer, quería recordarle a usted que no queda bonito tener la ropa interior tendida en los radiadores y toalleros. Si fuera de una joven delicada todavía se entiende, pero en su caso Manuel, no le envidio nada añadió Alejandro, paseándose dueño por el piso y encendiendo la cafetera para prepararse un café con total familiaridad.

¡Menuda cara tienes! ¡Esta es mi casa! Yo tiendo mi ropa donde me da la gana protestó Paloma, roja de furia.

Sí, Paloma, pero esa cafetera que Lucía y yo le regalamos hace seis meses, ¿podría usted al menos limpiarla por dentro de vez en cuando? La de las granjas de cerdos debe estar más limpia soltó Alejandro, sin perder la calma.

Alejandro, ya basta intentó interceder Manuel.

¿Basta de qué, Manuel? ¿Has visto el desorden que tiene tu mujer en la cocina, por no hablar del resto del piso? Esto parece un taller abandonado. Paloma, te hacía falta un añito en la mili, que aprendieras lo que es disciplina y limpieza Alejandro recorría el piso detectando cada fallo con un ojo clínico.

Y la nevera Ni te cuento. Me he molestado en mirar. La nata y la mayonesa llevan dos semanas caducadas. El queso al aire se reseca, Paloma iba tirando comida pasada al cubo de la basura.

Y ese plato de gachas con el grano pegado de hace días, Paloma. ¿Crees que tienes barra libre porque hay lavavajillas? Eso cuesta de fregar, ¿lo sabes? alegaba Alejandro mientras intentaba abrir el lavavajillas, pero Paloma le plantó el pecho para impedirlo.

¡Ya basta! O sales de mi casa ahora mismo, o llamo a la policía y denuncio por allanamiento. Me da igual que seas mi yerno, Alejandro. Vas a ir a comisaría, ¡y tan a gusto! Esta es mi casa, mi cocina, mi baño y, por supuesto, mi ropa interior. No tienes derecho a entrar y soltarme todo esto en la cara gritaba Paloma, casi a punto del llanto.

Manuel aguantaba la risa, ya había atado cabos y comprendido el plan de Alejandro, mientras Paloma seguía presa de la indignación, sin enterarse.

¿Lo ves, Paloma? Justo a eso quería llegarte. Todos esos reproches échalos para ti misma, porque llevas meses entrando en nuestro piso sin avisar y organizando inspecciones igual de invasivas afirmó Alejandro, ahora ya tranquilo, poniéndose los vaqueros y la cazadora listo para irse.

Y sobre la policía, que conste que la próxima vez que entres en casa sin avisar tampoco miraré quién eres. Espero que lo hayas entendido, porque no quiero llegar a tanto le lanzó Alejandro antes de marcharse.

Bueno, suegros míos, ¡feliz día! Manuel, te he dejado tu brandy favorito en la cocina, y para usted, Paloma, una botella de buen vino y el perfume que le gusta; Lucía me dijo cuáles eran sus favoritos dijo Alejandro, ahora con una sonrisa afable, cerrando la puerta con un suave golpe tras de sí.

Paloma, aún temblorosa, descorchó el brandy, se sirvió una copa y la apuró en silencio, acompañándola con el café que su yerno le había preparado con la cafetera recién limpiada.

Mira, Paloma, la verdad que nuestro yerno es un diplomático, lo ha organizado todo con una sutileza Y qué final: al principio parecía una amargura, pero al final hasta el regusto es bueno dijo Manuel, observando el brandy y el perfume de calidad.

Bueno, mujer, ¡feliz Día de la Mujer! Al final el primero en felicitarte ha sido Alejandro, y bien completo: función inesperada, copita de brandy, el perfume y, si te animas, nos vamos al teatro con las entradas que te he comprado para Las Aventuras del Libertino le guiñó un ojo Manuel, sacando las entradas del panero.

Desde entonces, Paloma comprendió la lección: no volvió a aparecer por el piso de Lucía y Alejandro sin avisar, aunque tampoco guardó rencor; valoró la creatividad de su yerno, las fronteras quedaron claras y, por fin, Alejandro pudo dormir tranquilo tras el turno sin temer que su suegra rebuscara en sus calcetines.

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Le di una lección a mi suegra el Día de la Mujer: intrigas familiares, un carpín vivo, café y una vi…
Tengo 70 años, tres hijos y nietos. Toda mi vida he soñado con tener una hija, y luego la vida me sorprendió.