Diario de Gabriel Hernández, Madrid
Antes de casarme con mi mujer, Inés, estuve trabajando fuera de España durante tres años seguidos, en Alemania. Durante ese tiempo conseguí ahorrar lo suficiente para comprar un piso. Así que nada más casarnos, nos pusimos a buscar algo para nosotros dos. Buscamos bastante tiempo un lugar adecuado hasta que finalmente dimos con uno. Era un piso de tres habitaciones en pleno centro de Madrid, cerquita de un supermercado y de un colegio. El único inconveniente era que hacía falta reformarlo y el precio era bastante elevado. Tenía dinero suficiente para el piso, pero no para la reforma. Aun así, no nos echamos atrás. Decidimos que esa era la mejor opción.
Las habitaciones amplias, mucha luz, el sitio perfecto para empezar nuestra vida juntos. Cuando terminamos todo el papeleo, nos mudamos sin dudarlo. Sabíamos que la reforma iba a durar un tiempo, así que le pedí ayuda a mi suegra, Carmen. Le propuse que me prestara dinero para las reformas. Yo seguiría trabajando fuera y se lo devolvería cuanto antes. Pero ella se negó, diciendo que necesitaba el dinero para su hija pequeña, Lucía, que aún estaba estudiando en la universidad.
Pasaron cuatro años. Con nuestras propias manos conseguimos convertir el piso en un verdadero hogar. Compramos muebles poco a poco, hicimos las reformas y ahorramos lo que pudimos. Trabajé bastante durante aquellos años. Cuando por fin todo estuvo listo pensamos que necesitábamos un coche. Así que ahorramos también para eso. Unos meses después nos enteramos de que Inés estaba embarazada. Fue uno de los días más felices de mi vida.
Hace poco, mi suegra empezó a venir cada día a casa. Siempre le iba diciendo cosas en voz baja a Inés. Nunca llegué a escuchar lo que se contaban. Resultó que su hija pequeña la estaba echando de su casa. Por lo visto, se había llevado a vivir a su novio con la intención de casarse pronto. Pero el tipo no quería saber nada de su suegra. Le dijo a Lucía que o él o su madre, que no iba a convivir con ambas. Y, claro, Lucía eligió al novio.
Ahora mi suegra no tiene dónde ir. Le pasó todos los ahorros a su hija menor. Además, Lucía le ha dejado claro que no saldrá de su casa a menos que su madre le compre un piso, porque ella y el chico no piensan vivir con ella. Así que Carmen ha decidido que lo más lógico es venir a vivir con nosotros. Total, tenemos un piso amplio y sobra espacio para todos.
Cuando me enteré, fui muy claro: eso no lo iba a permitir bajo ningún concepto.
Cuando necesité ayuda económica, mi suegra me cerró la puerta en la cara. Y ahora quiere instalarse en nuestra casa. Me niego rotundamente. No pienso hacerlo. No sé cómo convencer a Inés de que no acepte. Carmen tiene todavía su propio piso, que lo defienda ella como pueda. Que se lo piense Lucía y su novio dónde van a vivir.
Hoy he aprendido que la vida da muchas vueltas y que la ayuda hay que saber pedirla y también ofrecerla, pero todo tiene un límite. En casa propia, cada uno pone sus normas.







