O es madre, o no hay nadie
Lucía, deberíamos coger una entrada más para el teatro.
Levanté la cabeza del plato. Ni siquiera se había enfriado la cena y ya estaba Andrés tecleando en el móvil con una concentración de funcionario frente a un asunto de Estado.
¿Otra entrada? ¿Alguien más viene con nosotros?
Ni pestañeó.
Mi madre tiene muchas ganas. Le conté ayer que íbamos y se ha entusiasmado mucho.
Dejé el tenedor junto al plato, me levanté y fui hasta la encimera fingiendo que iba a por agua. Se me torció la cara, no lo pude evitar ni me molesté, solo era importante que Andrés no lo notara. No quería ni tenía fuerzas para explicar qué me pasaba.
Claro, su madre quiere. Por supuesto que quiere. Carmen siempre ha querido.
Mientras llenaba el vaso en el grifo, repasé mentalmente las fotos de nuestra boda. Las doscientas y pico que el fotógrafo metió en el pendrive con un lazo. Estuve tres noches desechando, buscando una donde saliéramos Andrés y yo solos. Y no la encontré.
En cada foto, ahí estaba Carmen: arreglando la corbata de su hijo, abrazándolo por los hombros, ocupando siempre el centro de todas las imágenes, con esa sonrisa de protagonista absoluta, como si la celebración fuese suya. Por entonces pensé que era casualidad. Ya hace tiempo que sé que no lo era.
Desde el primer día, mi suegra se comportó como si yo fuera una compañera de piso provisional, y no la esposa de Andrés. El piso, por cierto, era mío comprado con mi dinero, pero Carmen entraba y salía cuando le venía en gana, dando siempre su opinión sobre todo: que si las cortinas no pegan, que si la olla es mala, que si la carne muy salada, que Andrés está más flaco, más pálido, que no come lo suficiente.
Dejé el vaso y suspiré…
Cada vez que intentábamos hacer algo los dos, el plan terminaba con una tercera silla. Al cine el mes pasado: los tres. A la pista de patinaje en Navidad: otra vez los tres. Hasta aquella pequeña cafetería al lado de la Plaza Mayor, donde solo quería ir con Andrés a hablar tranquilamente, él invitó a su madre. Llegó, se sentó en medio, pidió té con limón y cuarenta minutos de historias sobre su tensión y la vecina del ático.
El teatro era especial. Elegimos esa obra juntos, la había esperando mes y medio y encontré entradas de tercer fila en el patio de butacas, perfectas. Era nuestro plan, solo nuestro.
Lucía, ¿por qué te quedas callada?
Al fin levantó la vista del móvil.
Es que está sola, añadió, con ese tono repetido y aprendido de memoria que me hizo pensar si él mismo se da cuenta de cuántas veces lo dice.
Asentí.
Vale, cógela.
¿Qué más podía decir? Ya intenté hablarlo antes; siempre terminaba igual: Andrés ofendido, encerrado en la habitación en silencio, y al día siguiente Carmen llamando con voz ofendida preguntando si todo iba bien. Un círculo cerrado, sin salida y agotador. Hace mucho que dejé de buscar soluciones.
Andrés me dedicó una sonrisa agradecida y volvió a perderse en la pantalla.
La tercera fila era maravillosa, de eso no me arrepiento. La visibilidad era perfecta, se veía cada gesto de los actores. Pero lo disfruté sola, porque Andrés desde el principio se giró hacia su madre y no me prestó más atención.
Carmen se sentó a la derecha de su hijo y enseguida se pusieron a examinar el programa de mano, luego el vestíbulo, después comentaron a un conocido que, según ella, se cruzó en el guardarropa. Yo, a la izquierda, miraba la escena sin que hubiese comenzado nada. En el intermedio, se fueron juntos al ambigú; yo me quedé sola en el patio, nadie pensó en llevarme ni quise empujarme en el plan. Cuando regresaron, mi suegra le relataba a su hijo el primer acto como si no hubiera estado allí. Yo hojeaba el programa, haciendo cuentas mentales y pensando que ni los setenta euros del billete compensaban la sensación de ninguneo.
La vuelta fue igual. Primero dejamos a Carmen en su casa. Me quedé sola en el coche diez minutos mientras Andrés le ayudaba a subir, cerraba la puerta y recogía instrucciones varias. Cuando volvió, tenía la expresión satisfecha del que cumple con lo que se espera de él.
Ha ido fenomenal, ¿a que sí?
Asentí y me volví hacia la ventanilla. No quería hablar, dije que estaba cansada, aunque el sueño tampoco llegaba esa noche. Era inútil hablar con Andrés: cualquier palabra flotaba en el aire y no llegaba nunca a buen puerto.
Y así, durante los dos meses siguientes, pasó lo predecible. Carmen venía cada vez más seguido, Andrés le dedicaba más tiempo, y yo me veía cada vez más sola en mi propia casa escuchando sus conversaciones y bromas desde la cocina. Cada vez menos cenas juntos, los fines de semana se limitaban a visitas preceptivas a casa de su madre o algún otro plan a tres bandas. Me fui acostumbrando a dormir sola y a despertarme con ese peso ya familiar en el pecho.
En marzo, recibí una buena paga extra en el trabajo. Me lo pensé tres días antes de lanzarme. Quince días en las Islas Canarias, todo incluido. Hotel bueno, valoraciones altísimas, playa cerca. Me pasé una semana comparando habitaciones, consultando foros, midiendo distancias al mar… Mi esperanza era que, lejos de todo, podríamos volver a ser pareja.
Andrés, he reservado un viaje para los dos, le dije aquella noche al servir la cena, y puse la reserva impresa frente a él. Canarias, quince días, en junio. Todo incluido. Se ha ido la extra en esto, pero merecerá la pena.
Miró los papeles y sonrió apenas, con una chispa que parecía alegría y asintió.
Ah, genial. Gracias, Lucía.
Suspiré aliviado. Tal vez aún quedara esperanza, tal vez solo hiciera falta distancia. Aquella noche dormí mejor que en semanas.
Al día siguiente, cuando llegó a casa, esperó a que pusiera la comida en la mesa y, sin apartar la mirada del plato, comentó:
Oye, Lucía, le he contado a mi madre el viaje a Canarias. Que si puedes reservarle una plaza le hace muchísima ilusión ir.
El tenedor tembló en mi mano hasta volver despacio al plato. Miré a Andrés, tratando de adivinar si era una broma o si de verdad no escuchaba lo que acababa de decir.
Esta vez, no me callé.
No, Andrés. No iré de vacaciones con tu madre.
Paró de comer, boquiabierto, como si hubiese insultado a alguien.
Venga ya, Lucía. Se aburre, lleva tres años sin ir a la playa, ¿te cuesta tanto hacerle el favor?
Me levanté y me fui a la ventana, apretando los dedos contra el mármol de la encimera hasta que dolieron los nudillos. Sentía hervir por dentro algo que se había acumulado durante meses, y ahora subía con fuerza a la garganta.
¡Pues que vaya con sus amigas! ¡Tiene cinco amigas que le montan tertulia todos los miércoles, Andrés, que se organice con ellas y nos deje vivir tranquilos!
Es mi madre, ¿no puedes entenderlo?
¡Por supuesto que lo sé! me giré, con la paciencia agotada. Lo sé perfectamente porque está en nuestra vida las veinticuatro horas del día. Cine con ella, patinaje con ella, cenas con ella, fines de semana con ella. ¡Estoy cansada de ser la segunda esposa en mi propio matrimonio, Andrés! ¿Te das cuenta al menos?
Él apartó el plato y se puso en pie, cruzando los brazos.
Qué fría eres, Lucía. No entiendes lo sola que se siente.
¡No, y no tengo por qué entenderlo! me acerqué, sintiendo los ojos calientes. ¡Eres mi marido! ¡Quiero irme contigo a unas vacaciones románticas, solos, como cualquier pareja! No quiero estar de palmera en la playa mientras tú charlas con tu madre de pastillas y visitas médicas.
Andrés me miró con desprecio y dio un paso atrás.
Eres mala persona. Escucha, o mi madre viene, o yo no voy.
Me quedé mirándolo, largo rato. Algo dentro hizo “clic” muy suave, muy definitivo.
Muy bien. Me voy sola.
Pasé a la habitación, saqué la maleta del altillo y la tiré encima de la cama. Andrés apareció en la puerta casi al instante.
Lucía, ¿pero qué haces? Por favor, hablemos.
Siempre hablamos, Andrés, pero al final, siempre acabamos hablando de tu madre. Guardé un vestido con calma excesiva. Voy a pedir el divorcio. No puedo seguir en una relación en la que siempre somos tres y yo soy la sobrante.
Andrés se calló, apoyado en el marco de la puerta. Al fin pareció entender que no era un berrinche: me despedía de verdad.
Dos meses después, estaba tumbado en una hamaca junto a la piscina, en aquel hotel de Canarias que elegí con tanto esmero. El sol calentaba los hombros y la brisa del Atlántico olía a sal y promesas limpias. El cóctel se cubría despacito de gotas. A mi lado no había nadie contándome dolencias, ni quejas por corrientes, ni cotilleos de vecinas. No había nadie, y era perfecto. Bebí, cerré los ojos al cielo azul y supe que debería haberlo hecho mucho antes. A veces, el amor propio es la única compañía que merece la pena defender.







