Vuestra riqueza debería notarse en vuestros regalos soltó mi suegra con ese tono seco que tanto la caracteriza.
Sois más pudientes que Paula, así que vuestros presentes deberían estar acorde añadió con mala cara.
De verdad que no sé qué regalarle a mamá reflexioné en voz alta, dejándome caer junto a Inés en el sofá, agotado por la situación.
Ella se limitó a encogerse de hombros. Elegir un regalo para mi suegra, Luisa Ortega, siempre ha sido un rompecabezas.
Las relaciones con Luisa han sido tensas casi desde el principio; yo entendí su postura al instante y, tras hablarlo con Inés, decidimos tomar distancia.
Nadie le debía nada a nadie. Algún que otro mensaje o llamada esporádica y reuniones familiares a las que asistíamos solo cuando nos apetecía. Así convivimos.
Pero este año, Luisa decidió celebrar su cumpleaños por todo lo alto e invitó a buena parte de la familia, con nosotros incluidos. Juegos familiares.
Bueno, en realidad mamá dijo que le haría ilusión cualquier cosa recordé, sorprendiéndome a mí mismo.
Eso lo dice siempre, y después nunca le parece bien nada resopló Inés, fresca la memoria de otras ocasiones. A tu hermana le acepta cualquier chorrada, ¡a nosotros no!
No podía olvidar las críticas de Luisa a todos nuestros regalos.
Acuérdate del Día de la Madre. Le regalamos un set de cosmética buenísimo, carísimo, y ¿cómo reaccionó? Llantos y reproches, diciendo que la veíamos vieja y poco guapa Inés suspiró dándose la vuelta en el sofá. Solo aprecia el oro o la tecnología, que puede tasar al momento.
¿Y si la llamo y le pregunto directamente qué le gustaría? dudé.
Haz lo que quieras me respondió Inés, sabiendo que yo buscaría el camino fácil.
Cogí el móvil y marqué el número de mi madre.
Hijo, no necesito nada. Venid y ya está, con eso me basta contestó Luisa, casi tímida.
¿Segura, mamá? ¿No te vas a enfadar luego? insistí.
Claro que no, ¡me hace ilusión cualquier detalle! respondió entre risas. Quise creer en sus palabras.
Mamá dice que le vale cualquier cosa le comuniqué a Inés.
Ella me miró con desconfianza, sabiendo que nada sería tan fácil con Luisa.
Pero como insistí en elegir el regalo, Inés cedió.
Propongo regalarle un robot aspirador, así no tendrá que ir detrás de la escoba sugirió tras calcular el presupuesto.
Nos pareció buena idea. Lo compramos por mil euros y fuimos al cumpleaños sin preocupaciones.
Luisa nos recibió con una gran sonrisa, que se borró al ver la caja del aspirador.
¿Un aspirador? bufó. Hijo, déjalo en la habitación.
Me quedé mirando a Luisa, en shock por su reacción.
Poco después llegó mi hermana Paula con su marido. Abrazó a nuestra madre y le entregó el regalo:
¡Mamá, esto es para ti!
¡Gracias, hija, qué ilusión! ¡Parece que me lees el pensamiento! exclamó Luisa, achuchándola.
Inés y yo nos miramos, intrigados por ver qué regalo había entusiasmado tanto a Luisa.
Con sorpresa comprobé que Paula le había comprado un sencillo estuche de cremas, de apenas veinte euros.
Inés y yo nos cruzamos miradas, los dos igual de perplejos.
Por el gesto de Inés, supe que también estaba decepcionada de la reacción de mi madre.
Durante horas, aguanté la indignación, pero cuando Luisa volvió a alabar el regalo de Paula, exploté.
Mamá, ¿puedo hablar contigo un momento? le pedí, apartándola del bullicio.
¿Qué ocurre, hijo? se mostró inquieta. ¿Algo va mal?
¡Va mal, sí! ¡Te pregunté por el regalo! ¿Lo recuerdas? le solté, dolido.
Sí, claro que me acuerdo…
Entonces, ¿por qué esta reacción con nuestro regalo? Y con el de Paula no paras de elogios, cuando es mil veces más barato añadí, sin poder contener mi decepción. No me digas que son cosas mías.
No te lo voy a negar. Sois más adinerados que Paula, vuestros regalos tendrían que estar a la altura contestó Luisa, ya irritable.
¿Y qué crees que hemos regalado, baratijas? ¿Quieres que te entregue el ticket para demostrar el valor? pregunté, molesto.
Ya está bien zanjó. ¿Qué puedo hacer si lo de Paula me ha gustado más?
¿Porque no sabes el precio del nuestro? Te lo digo: ¡ha costado mil euros!
¿Tanto? fingió sorpresa.
Pero pronto buscó la forma de justificarse.
¿Sabes por qué valoro más lo que me da Paula? Porque lo hace dentro de sus posibilidades. Vosotros parecéis regalar sin pensar, solo por obligación me soltó sin mirarme.
¿Mamá, hablas en serio? me llevé las manos a la cabeza.
¿Te parece que bromeo? Con lo que ganáis podíais haberme pagado un spa dijo, alzando la barbilla.
Me quedé mirándola, atónito durante unos segundos.
¿De verdad crees que Inés y yo tenemos dinero cayendo del cielo cada día? le grité, fuera de mí.
El grito alertó a Inés y a Paula, que corrieron desde la cocina, sobrecogidas.
Paula lo entendió rápido y defendió a nuestra madre.
¡Mamá no quiere vuestro robot aspirador! Ella quería un humidificador porque el suyo se rompió hace tres días. Si os interesase un poco su vida, lo sabríais saltó mi hermana.
¡Pero si le pregunté por el regalo! repliqué, exasperado. ¿Os estáis riendo de mí? ¡A partir de ahora ni un presente más! Nos desvivimos por contentarla y solo recibimos críticas. ¿Era poco el robot? Claro, querría un humidificador. ¡Perdón por no cubrir vuestras expectativas! Vámonos, Inés añadí, dándole la espalda a Luisa.
Mi madre rompió a llorar. Paula se quedó consolándola mientras Inés y yo nos marchamos, con el gesto torcido.
Cumplí mi promesa. Ni un regalo, ni una fiesta, ni una sola situación incómoda más. A veces alejarse no es de cobardes; es el único remedio para no perder la paz mental ni la dignidad.






