¡ELIGE: O TU PERRO O YO! ¡ESTOY HARTO DE OLER A PERRO! — EXCLAMÓ SU MARIDO. ELLA ESCOGIÓ AL MARIDO Y…

ELIGE: ¡O TU PERRA O YO! ¡NO AGUANTO MÁS EL OLOR A CHUCHO! ME DIJO MI MUJER. ELLA ME PUSO ENTRE LA ESPADA Y LA PARED, Y YO ELEGÍ A MI MUJER, LLEVÉ A LUNA AL CAMPO… Y ESA NOCHE ELLA ME DIJO QUE SE IBA CON OTRO

Siempre he querido profundamente a mi mujer, Marta. Llevábamos cinco años juntos, no teníamos hijos todavía, pero sí compartíamos vida con Luna, una pastor alemán ya mayor, a la que recogí siendo apenas una cachorra, mucho antes de empezar mi historia con Marta.

Luna era una más en mi familia. Inteligente, leal, siempre parecía entender todo antes de que yo lo dijera. Pero el tiempo no pasa en balde: las patas le fallaban, su pelo dejaba rastro en cada rincón y a veces tenía olores fuertes que ni el mejor ambientador del Carrefour podía disimular.

Marta tuvo paciencia durante mucho tiempo. Pero un día, cuando Luna no aguantó hasta la hora del paseo e hizo un charco en el salón, justo en el parqué que habíamos puesto hace poco, la paciencia de Marta llegó a su fin.

¡Basta! gritó, acercando la cara a la perra con rabia. ¡Esto parece una perrera! ¡Los pelos, el olor, y ahora pis por todas partes! Rodrigo, tú decides: o yo, o esta anciana.

Marta, ¿dónde quieres que la lleve? Tiene doce años dije yo, abrazando a Luna, que me miraba con esos ojos tristes que sólo tienen los que han dado todo por ti.

¡Me da igual! ¡Llévala al refugio, déjala en el monte o haz lo que quieras, pero hoy desaparece de esta casa o me largo! No aguanto limpiar mierda y pelos de una perra que ni es mía. Yo quiero vivir en condiciones, y no criar pulgas.

No me considero valiente. En realidad, siempre he tenido pánico a la soledad. Me asustaba perder a Marta: ella mantenía la casa, compartíamos sueños de vacaciones juntos, hablábamos de pedir una hipoteca Yo, en mi cobardía, opté por ella.

Cargué a Luna en el coche. Le costó subir, sus huesos ya estaban resentidos, gimió del dolor pero aún así me lamió la mano. Creía que íbamos de excursión. Lloré todo el camino.

La dejé atada a un árbol, en un descampado a las afueras de Madrid, unos veinte kilómetros desde casa. Prefería amarrarla, no fuera a seguirme atropellada por el tráfico.

Perdóname, Luna susurré, incapaz de mirarla a esos ojos gastados, grises de pura entrega.

No tiró del collar. Se quedó sentada, mirándome. Lo entendió todo.

Le dejé un cuenco con pienso, di media vuelta y me fui. Por el retrovisor la vi correr como nunca, olvidando su dolor, tensando la correa y lanzando un gemido que me heló el alma.

Ese aullido me acompañó todo el camino de vuelta.

Llegué a casa hecho polvo. No podía parar de llorar.

Marta estaba haciendo la maleta.

¿Pero qué haces? balbuceé. Ya está, Luna no volverá La he dejado

Me lanzó una mirada fría y una sonrisa torcida.

Muy rápido, ¿eh? Pero, ¿sabes? Me da igual. Me voy igualmente.

¿A dónde?

Con Sonia. Sí, sí, la del trabajo que ya conoces. Llevamos juntos medio año y está embarazada.

Me dejé caer en la silla. Notaba cómo todo giraba.

¿Pero y el ultimátum? ¿La perra o tú…? ¿Por qué?

Porque quería saber si tenías la mínima decencia respondió sin pestañear. Creía que tendrías agallas. Pero mira, vendiste a la única que te ha sido fiel por unas bragas que no te quieren. ¿Sabes? Me das miedo; si a tu perra, después de más de una década haciéndote compañía, la abandonas, ¿qué harás conmigo si un día me equivoco?

Cerró la maleta y mientras salía por la puerta, sentenció:

Hasta nunca, Rodrigo. Y que lo sepas: Luna era la única leal en esta casa. Tú eres solo un traidor.

Cuando cerró la puerta tras de sí, rompí a llorar con todo el pecho.

Al fin entendí lo que había hecho: había traicionado a quien me quiso incondicionalmente, solo por intentar conservar a alguien que nunca me quiso realmente.

Sin pensarlo, agarré de nuevo las llaves y conduje como un loco hasta aquel rincón de campo. Era de noche y caía un aguacero sobre Madrid.

Llamé a Luna, busqué entre los árboles abriéndome la cara con las ramas.

El collar estaba roto en el suelo, el cuenco volcado y ni rastro de mi perra.

La busqué durante tres días, colgando carteles, pidiendo ayuda en grupos protectores. No dormí ni comí.

Al cuarto día, sonó el móvil:

¿Buscas a una pastor alemán? Apareció en la nacional, la atropelló un camión.

Fui a reconocerla.

Era Luna.

Rompiendo la correa se lanzó a buscarme. A pesar del dolor, de la confusión, intentó volver a casa con ese amor que nunca entendí hasta ese momento. Y la muerte la sorprendió en la cuneta, esperando aquel perdón que nunca llegué a darle.

La enterré con mis propias manos.

Han pasado dos años.

Vivo solo y ni me planteo compartir mi vida con nadie más. No confío en la gente, ni en mí mismo.

Marta es feliz ahora, tiene su vida y su familia, y nunca volvió a hablar de lo nuestro. Solo fue su excusa para irse, una “prueba” para justificar su huida y cargarme la culpa.

Yo, en cambio, dedico mi tiempo a los refugios de animales viejos. Limpio cheniles, curo heridas, reparto cariño e intento aliviar las culpas que carcomen mi alma.

Cada noche sueño lo mismo: estoy junto a aquel árbol, y Luna me mira desde lejos. La llamo, pero nunca se acerca. Solo me observa, con esa tristeza infinita que solo conocen los que han amado de verdad.

En su mirada, encuentro mi juicio.

Moraleja: La traición no tiene perdón. Jamás sacrifiques a los que te son fieles por quien te pone contra la pared. Quien te quiere de verdad jamás te obligará a elegir. Si lo hace, es porque ya te ha traicionado y, por no afrontar la verdad, cometerás el peor error de tu vida.

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