Querido diario:
La siesta de después del mediodía hoy no trajo el alivio que necesitaba, tan solo me dejó un poso áspero de inquietud y una sequedad extraña en la boca. Me desperté con una sensación rara, casi física, de vacío en los pies, como si alguien hubiera retirado de golpe la bolsa de agua caliente de debajo del edredón. Siempre era Dardo, mi golden retriever, quien dormía en ese hueco y su respiración pausada arrullaba mejor que cualquier somnífero.
Esta vez, la cama estaba vacía, y la sábana me helaba la piel. Me senté, dejé caer los pies al suelo y me estremecí con la corriente que circulaba por el piso, como si toda la casa estuviera atravesada por un soplo gélido y hueco. No oía ni el eco de unas uñas contra la tarima, ni un suspiro conocido, ni el sacudirse del pelo: nada.
¿Dardo? llamé. El sonido de mi propia voz me pareció ajeno, quebrado, casi ridículo.
Nadie vino al oírme. El piso se me antojó de repente inmenso y desangelado, como si hubieran extraído hasta el último resto de intimidad y calidez. Crucé el pasillo, apoyando la mano en el papel pintado para no perder el equilibrio. El corazón latía en mi garganta con un ritmo errático y desagradable, retumbando hasta las sienes.
En la cocina estaba Teresa, mi nuera, sentada con las piernas cruzadas, idéntica a una foto de revista: cutis de porcelana, peinado perfecto y esa mirada suya que nunca retiene ni una brizna de ternura ni compasión. Sujetaba en la mano una copa con un batido verde viscoso, la última moda de los smoothies, mientras pasaba la pantalla del móvil con el pulgar. Sonreía al teléfono como si acabara de acertar el Gordo de Navidad.
Teresa, ¿dónde está el perro? pregunté, apoyándome torpemente en el marco, para disimular el temblor de las rodillas.
Alzó los ojos, desbordando una calma opaca e insensible. Bebió un pequeño sorbo que le dejó una raya verde en el labio superior y, sin prisa, la lamió.
Ay, Inés, ¿ya te has despertado? su tono era un almíbar empalagoso. Pues Dardo… verás, me ha pasado una cosa rarísima. No paraba de aullar, se puso como loco, arañando la puerta. Yo pensé: Igual le duele la tripa, pobrecito.
Levantó las manos de forma teatral y me mostró su impoluto, sangriento esmalte rojo.
Fui a abrirle, solo iba a ponerle la correa, y de repente, ¡pam!, me arrolló y salió disparado. Le llamé: ¡Dardo, ven aquí!, pero ni caso. Se escapó. Será que la naturaleza le llama: primavera, los olores… Ya no vuelve, Inés. Hay un dicho: cuando un perro doméstico se va él solo, es para morir lejos y no apenar a sus dueños.
Algo crujió dentro de mí, como un hierro oxidado retorciéndose.
¿Primavera, Teresa? Pero si estamos en noviembre susurré, y sentí cómo los dedos se me enfriaban. Y está castrado desde hace un lustro. Nunca se separa de mi lado ni aunque bajemos en ascensor.
Encogió los hombros, y en ese gesto había tanto desdén que me temblaron las entrañas. Le daba absolutamente igual mi pena.
Pues le aburrirá este piso, supongo. Habrá sentido necesidad de campo, de libertad… Un animal, ya sabes.
Entonces vi las llaves del coche tiradas en la mesa, sujetas a un llavero de peluche con forma de conejo blanco que, en ese instante, me resultó siniestro. No estaban en la consola de la entrada, sino allí, en la cocina. No solo había abierto la puerta: lo había sacado mientras dormía, aprovechándose de mi debilidad.
Me di la vuelta en silencio y caminé hacia el recibidor; en mi interior hervía una determinación fría, densa. Sabía que andando sería inútil buscarle si lo había alejado, pero no soportaba su sonrisa victoriosa ni un segundo más. Estaba limpiando el terreno antes de su marcha, deshaciéndose de obstáculos.
Las siguientes cuatro horas fueron un infierno pegajoso y angustiante. Caminé todo el barrio, miré bajo cada coche, le grité el nombre hasta quedarme afónica, con la garganta áspera como una lija. Llamé a los vecinos; me temblaban tanto las manos que se me cayó el móvil dos veces al asfalto. Escribí en el grupo de la comunidad, adjuntando una foto de Dardo, sonriente, con la lengua rosa fuera. Se ha perdido. Muy bueno, muy sociable, se acerca a todos.
Nadie lo había visto. Nadie.
De vuelta en casa, me tomé las gotas para el corazón, pero el amargor solo intensificó las náuseas. Lo que mi hijo Pablo compró para los tres, nuestro piso en Salamanca, ya no era un hogar sino un campo de batalla donde había perdido sin pegar un solo tiro. Teresa pasaba por mi lado como quien esquiva un mueble viejo camino del contenedor.
En mitad del pasillo, la maleta rosa abierta parecía una boca hambrienta de monstruo. Teresa apretaba en ella bikinis, pareos, cremas carísimas.
No te pongas así, mamá dijo, de soslayo, pasando con un puñado de vestidos de seda. En serio, ¿para qué quieres ese chucho? Suelta pelo, huele, deja babas… Te buscas un pececito, que no da guerra, ni hay que pasearlo si llueve. Pablo me paga el hotel ultra todo incluido. Yo necesito alegría, no tu drama.
¿Y Pablo lo sabe? pregunté, sin levantar la vista.
¿Que el perro escapó? No. ¿Para qué contarle tonterías en plena reunión de negocios? Cuando vuelva lo sabrá. O si prefieres, se lo explicas tú. Que si la edad, la puerta abierta por despiste… esas cosas.
No sólo se deshizo del perro: tenía preparado el relato en el que la culpa recae sobre mí. Y mi buen Pablo, tan dulce, tan tierno, le creería, porque Teresa sabía llorar sin que se le pusiera la nariz roja, y yo solo podría asfixiarme en silencio, temiendo parecer una vieja loca.
Me senté en la butaca del salón, apretando en las manos la vieja pelota mordisqueada. Era mi hilo de realidad, donde aún existía Dardo.
Caían las primeras sombras del anochecer; el cielo se volvía violeta y las esquinas del salón, irreconocibles. El viento agitaba la buganvilla del patio y sus ramas raspaban la ventana emitiendo un chirrido desagradable.
De repente, el sonido cambió. No era vidrio. Ni ramas. Era un arañazo tímido en la puerta principal. Un gemido bajo, casi imperceptible.
Me levanté tan deprisa que me nublé; no recuerdo cómo llegué a la puerta, cómo mis dedos giraban la cerradura. Abrí de par en par.
En el felpudo, un bulto gris, tembloroso, empapado de miedo y barro.
¡Dardo! jadeé, cayendo de rodillas sobre las baldosas frías.
El perro alzó la cabeza con dificultad. El pelo, dorado y sucio, lleno de cascotes, ramitas, pegotes de barro. Tiritaba sin control y sostenía en la boca su tesoro: un librito rojo, apretado entre las mandíbulas hasta blanquearle las encías.
Era el pasaporte de Teresa.
Se lo quité con suavidad. Tenía las manos insensibles. Limpie la portada rozándola con la manga: el escudo dorado relucía bajo la luz.
Lo abrí con dedos que apenas me obedecían. La foto de Teresa: peinado perfecto, rostro victorioso. Entre las páginas, el billete de embarque a Antalya, Madrid-Estambul, business, salida a las seis.
Todo cobró sentido al instante, como un puzzle fatal.
Ella lo había llevado lejos, al bosque o a algún descampado. Intentó bajar al perro, se resistió, su bolso cayó, el pasaporte se escurrió en el barro. Con prisas, nerviosa, empujó al perro y arrancó; no lo echó en falta.
Dardo no persiguió solo el coche. Encontró lo que olía a ella. Lo llevó de vuelta a casa, a su hogar.
Había recorrido kilómetros, cojeando, solo, para devolver aquello que ella perdió mientras le traicionaba.
¿Qué pasa ahora? se oyó, colérica. ¿Otra vez tienes corriente, Inés? ¡Entra frío, mujer!
Teresa vino ajustando su mascarilla de tela, vestida con su bata de raso. Al ver el perro, empapado de barro y dolor, se quedó petrificada. La mascarilla, de golpe, se me figuró su verdadero rostro: blanca, tensa, inerte.
T-tú… acertó a balbucear antes de elevarse el tono. ¡Pero si te llevé más allá de Arévalo! ¡Al pinar! ¡Es imposible!
Dardo, al oírla, hizo lo único que nunca había hecho a un humano. Gruñó, sordo y grave. Se pegó a mí, protegiéndome o buscando cobijo.
Me incorporé, apoyando una mano en la pared. Por primera vez en meses, sentí dentro una quietud helada y absoluta; solo quedaba repugnancia.
¿Qué decías? ¿Que se escapó solo? ¿El instinto? ¿Lo llevaste lejos de Arévalo?
Teresa miró el pasaporte en mi mano y se le abrieron los ojos como platos.
¡Dámelo! chilló, abalanzándose sobre mí. ¡Es mío! ¿De dónde lo has sacado? ¡Devuélvelo!
Retrocedí, escondiendo el pasaporte tras la espalda. Dardo ladró, ronco y seco. Teresa tropezó y se detuvo en seco.
¡Que mi vuelo sale a las seis, que Pablo pagó una fortuna! ¡Devuélveme el pasaporte ahora mismo!
Sigue, hija, le respondí con toda la calma. ¿Bruja? ¿Chiflada? ¿Así me llamas cuando cotilleas con tus amigas?
¡Me da igual! ¡Es mío! ¡Eso es robo!
El perro cojea le dije, como a una niña mala. Mira, su pata sangra. Hay que llamar a un veterinario, hacerle radiografías, una resonancia Todo caro, Teresa. Carísimo.
¡Yo pago! farfulló, buscando frenética en los bolsillos. ¿Cuánto necesitas? ¿Quinientos? ¿Mil euros? Quédate el dinero, pero ¡el pasaporte!
No es cuestión de dinero, Teresa, tú lo sabes. Tú tiraste de casa a un ser vivo, parte de la familia. Lo condenaste a una muerte atroz.
¡Si solo es un perro! chilló, congestionando la cara. ¡Un puto saco de pelo! ¡Y yo tengo mi viaje! ¡Mis nervios! ¡Estoy agotada!
Tú no tienes nervios, solo cuentas.
Abrí el pasaporte; las páginas seguían húmedas y pegajosas.
Vaya por Dios solté mirando el desperfecto. ¿Ves? Está dañado. El perro lo llevó todo el camino en la boca, barro, saliva, tierra. No creo que en el Aeropuerto lo acepten.
¡Se secará! gimoteó, pisoteando el suelo de rabia. ¡Lo plancho! ¡Devuélvemelo!
Y suponiendo que se seque me asomé a la ventana abierta.
Vivimos en un bajo, al pie de un seto salvaje de zarzamora y frambuesa, una maraña impenetrable que ni el jardinero de la comunidad se molesta en podar. Fuera, sólo la negrura y el viento.
Tú tiraste a mi amigo. Yo tiro tus vacaciones.
¡NOOO! ¡No te atrevas! gritó, cruzando la estancia.
No dudé. Amplié el gesto, muy despacio.
¡Trae, Dardo!
El pasaporte trazó una parábola perfecta, desapareciendo entre los espinos. Se oyó el crujir de ramas.
Búscalo ordené, con la voz gélida. Quizá para el amanecer. Si tienes suerte.
Chilló como una gaviota herida, asomándose al seto casi de cabeza. Pero allí había solo oscuridad, zarzas y frío.
Giró sobre sí como un torbellino, mirándome con pura rabia y salió disparada al portal. Se fue en bata, en zapatillas. Noté la puerta retumbar tras de sí.
Cerré la ventana con seguridad. Hacía mucho frío. Dardo no podía pedirse más, estaba helado.
El perro se tumbó en la alfombra del salón, tratando de lamerse la pata. Me senté a su lado y acerqué el botiquín. Ya no me temblaban los dedos. Sentí dentro una calma luminosa, como al dejar caer por fin en el arcén la mochila de piedras de los últimos meses.
Vamos a ver, campeón susurré, encendiendo la lámpara.
Inspeccioné la almohadilla, no se veía fractura, solo un poco de sangre, bastante hinchazón. Separé entre el pelo.
Exacto: allí, una gran espina de zarzamora clavada en la carne sensible. Duele como un demonio a cada paso.
Aguanta, pequeño, ya pasa dije, y cogí las pinzas.
Dardo se dejó hacer, ni un solo quejido. Confió en mí siempre. Un solo tirón y la sangrante espina salió. Limpié y vendé. El perro suspiró hondo, reposando la cabeza en mis piernas.
Estábamos en casa.
En la calle, a pesar del doble acristalamiento, se oían los alaridos de Teresa.
¿Dónde está? ¡Malditas zarzas! ¡Ay! ¡Me cago en todo!
La imaginé allí, desgarrándose manos y cara y el caro batín, jurando en arameo. Cada grito era justicia. El preludio de su nueva y solitaria vida.
Oí girar una llave en la puerta.
No me asusté. Sabía que Teresa se había ido sin llaves, presa del pánico.
Entró Pablo. Mi hijo. Cansado, con la barba por hacer y la bolsa colgada al hombro. Había llegado un día antes para sorprendernos.
Se quedó parado al ver al perro vendado y nuestras caras.
¿Mamá? ¿Qué pasa aquí? ¿Por qué está Teresa bajo la ventana con su móvil y cagándose en el vecindario? La llamé, ni caso me hizo.
Le sonreí. Una sonrisa serena, de quien ya ha sobrevivido a la tempestad.
Entrena, hijo. Se prepara para Supervivientes, versión barrio de Salamanca.
Se quitó los zapatos y entró en el salón. Miró a Dardo, que al reconocerle, movió dócilmente la cola. Miró la caja de vendas, la espina ensangrentada.
¿La ha sacado fuera, verdad? preguntó él, muy bajo.
No dijo perdido, ni escapado. Lo entendió. Siempre fue de mirar más allá, pero, como muchos hombres, prefería no admitirlo. Esta vez, la realidad se impuso brutal.
Eso hizo asentí. Más allá de Arévalo. Mientras yo dormía. Lo contó como fuga primaveral, pero Dardo volvió.
Pablo se asomó a la ventana, observando el caos de la linterna y los gritos de Teresa.
El pasaporte. Está berreando por un pasaporte.
Lo encontró Dardo donde ella le dejó y lo trajo en la boca. Se ha estropeado… Y mira tú por dónde, cayó por la ventana. El viento, ya sabes.
Pablo guardó silencio. Su mandíbula se tensó. Podía quererla, o creía querer lo bonita que era, pero a Dardo lo trajo cachorro a casa hacía diez años. Traicionar a ese ser le resultaba imperdonable. Se acabó el amor allí.
Entiendo dijo, quitándose la chaqueta y colgándola. Así que este año no hay Turquía para Teresa.
No hay. Puse el cuenco de pienso para Dardo. El sonido de las bolitas repicando en la cerámica me sonó el ritmo más reconfortante y hogareño del mundo. El pasaporte… inutilizable.
Pablo se sentó en el suelo, abrazó al perro y Dardo le lamió agradecido la oreja.
No pasa nada contestó, firme. Me iré yo contigo, mamá. Y con él. Buscaremos un sitio donde admitan perro. Hoy día hay muchos. Le hace falta rehabilitación. Y a ti también.
Desde la calle retumbó el grito furioso que, de golpe, se convirtió en llanto de pura rabia.
¡Lo tengo, lo tengo! ¡Pero qué has hecho! ¡Está destrozado!
Teresa había encontrado su pasaporte y debió de ver, como yo antes de lanzarlo, que el colmillo de Dardo lo había atravesado, justo la página del visado, dejándolo hecho trizas.
Pablo se levantó, fue a poner la tetera.
¿Un té, mamá? ¿Con hierbabuena? ¿Fuerte?
Por favor, hijo.
El piso volvió a estar cálido. El silencio y el frío quedaron atrás, suplantados por el borboteo del agua y el crujido del pienso. Estábamos en casa. Éramos familia.
Y Teresa… Teresa se quedó donde le correspondía: a la intemperie, entre zarzas, las manos y el ego desgarrados y un pasaporte que ya no iba a abrirle fronteras.
Una semana después volamos Pablo, Dardo y yo. A una casita marinera donde los dueños adoraban a los retrievers.
Dardo cojeó dos días, el aire salado y la arena obraron milagro. Teresa Teresa se fue a casa de su madre. Supongo que tardaría tiempo en curar los nervios y las heridas. Pero las cicatrices, como bien sé, no son solo cosa de la piel.






