La siesta no trajo el ansiado respiro, dejándome solo una densa sensación de inquietud y la boca res…

La siesta de mediodía no trajo consuelo, solo dejó tras de sí esa niebla espesa de inquietud en el pecho y la boca tan seca como la cal de una tapia bajo el sol castellano. Desperté, nadando a media agua entre conciencia y sueño, con una extraña pesadez en las piernas, una ausencia palpable como si alguien hubiera arrancado el brasero de debajo de las sábanas. Casi siempre, Dalí, mi viejo golden retriever, se acurrucaba en ese rincón, y su respiración acompasada, grave, era mejor que cualquier infusión de valeriana.

Ahora la cama parecía un río sin orilla, la sábana fría se pegaba como calambres en las pantorrillas. Me senté despacio, dejando caer los pies sobre el suelo viejo y pulido, y temblé ante una corriente de aire imposible que jugaba por todo el piso. El silencio era tan denso y sin piedad como un monasterio abandonado, y en mis oídos zumbaban campanas inventadas. No se oía ni el clic de uñas sobre la tarima, ni el suspiro familiar, ni siquiera el golpeteo distraído de una cola que barría el pasillo. Nada.

¿Dalí? dije, o creí decir; mi voz me sonó resquebrajada, antigua.

No vino nadie, y la casa se volvió, de pronto, una catedral hostil, despojada de toda su calidez, como si la hubieran vaciado de familia y recuerdos. Atravesé el larguísimo pasillo apoyándome en la pared estampada, como si así pudiera no perderme. El corazón bombeaba a intervalos, insurrecto, y el temblor se agarraba a mis sienes.

En la cocina, sentada como una estatua de revista, estaba Carmen. Mi nuera, veintiséis años recién cumplidos, parecía recién salida de un anuncio de perfume: piel tersa, peinado impecable y esa mirada donde no cabía ni la compasión ni el cariño. Sostenía un vaso alto de un líquido verde denso el último eco de las modas y deslizaba con lentitud la pantalla del móvil. Sonreía al cristal como si acabara de ganar la lotería del Euromillón.

Carmen, ¿dónde está el perro? le pregunté, fingiendo apoyarme por casualidad en el marco de la puerta, para tapar el temblor de mis rodillas.

Ella levantó los ojos despacio. Su calma era gélida, satisfecha. Dio un sorbo a la mezcla verde, dejó un bigotillo en el labio y se lo limpió con displicencia.

Ay, doña Rosario, ¿ya se ha despertado? dijo, empalagosa. El perro… Vaya tema. Lloriqueaba, iba y venía, se azotaba contra la puerta y rascaba como un demonio. Pensé, tonta de mí, ¿serán los intestinos, estará malo?

Alzó las manos, su manicura roja relucía como sangre fresca.

Abrí la puerta, apenas iba a engancharle la correa, ¡y salió como un diablo! Casi me tira al suelo. Le grité: “¡Dalí, quieto!”, pero ni caso. Se fue. A lo mejor lo llama el campo, será la primavera, los olores… No va a volver, Rosario. Dicen que cuando un perro se va solo es porque va a morir, así no apena a los suyos.

Algo oxidado y cortante me giró por dentro.

¿Qué primavera, Carmen? Estamos en noviembre murmuré, sintiendo hielo en la yema de los dedos. Está castrado desde hace cinco años, le aterra el ascensor, y en la calle no se me separa ni medio paso.

Encogió los hombros, y en su gesto cabía el universo del desprecio. Ni le enternecía ni le importaba.

Ay, sería el hastío, el cemento, las cuatro paredes… Querría libertad, campo, aire… Un animal, qué se puede esperar.

Vi las llaves del coche descuidadamente lanzadas sobre la mesa. El llavero, un conejo de peluche blanco, me pareció el objeto más siniestro de toda la casa. Las llaves no estaban en la entrada, donde debían, sino aquí. No solo había abierto la puerta. Había llevado a un miembro de mi familia lejos, aprovechando mi letargo.

Me di la vuelta, callada, y caminé hacia el recibidor, alimentando en el pecho una determinación gélida y pesada. A pie no lo hallaría si lo había dejado donde solo llegan los tractores y las cigüeñas, pero no podía quedarme, viendo ese rostro triunfal. Carmen quería la casa barrida antes de su viaje, sin estorbos.

Cuatro horas se disolvieron en una pesadilla pegajosa. Recorrí el barrio, grité hasta desgarrarme la garganta como una aceituna partida. Miré bajo coches, llamé a vecinos, pegué fotos de Dalí donde la melancolía acecha: Se busca. Es manso, confía en cualquiera. Nadie lo había visto. Nadie.

Al regresar, tomé unas gotas de valeriana, pero su sabor punzante no calmó nada. La casa, esa herencia de mi hijo Alejandro, era ahora un campo de batalla donde había sido vencida sin una queja. Carmen se movía a mi alrededor como quien esquiva un mueble viejo. Dejó el pasillo abierto, la maleta rosa recostada como boca hambrienta de monstruo de feria. Doblaba biquinis, pareos, envases carísimos de crema.

No sufra tanto, madre dijo, lanzando las sedas a la maleta sin mirarme. ¿Para qué quiere ese perro ya? Deja pelos, huele a bicho, babea por toda la tarima Bah. Cómprese un pez, que esos ni suenan ni hay que sacarlos a pasear. Alejandro me ha reservado un hotel, ultra todo incluido. Necesito alegría, no su duelo.

¿Alejandro lo sabe? pregunté, mirando al suelo.

¿Que se ha escapado? No. ¿Para molestarle en el trabajo? Ya lo diremos. O explíqueselo usted: edad, despiste, la puerta abierta Cosas que pasan.

No solo había echado al perro. Había preparado su defensa para cuando mi hijo volviera. Y Alejandro, mi buenazo, creería la versión de Carmen, ella sabía llorar sin enrojecer, y yo solo puedo ahogarme y callar.

Me senté en el sillón del salón oscuro, con la pelota mordisqueada de Dalí entre los dedos. Era mi único nudo con la realidad donde él estaba aún vivo. Afuera, las sombras violetas del otoño llenaban los rincones, y el viento movía una rama de lilas rasguñando el cristal en un lamento que dolía.

De pronto, el sonido cambió. Ya no era rama ni cristal, sino un raspón tímido y un leve gemido casi apagado.

Brinqué tan rápido que el salón giró. No sé cómo crucé hasta la puerta, giré la llave con dedos temblorosos y de repente la abrí.

En el felpudo, temblando, estaba una bola gris de pelo. Olía a tierra mojada, gasolina y miedo.

¡Dalí! exhalé, dejándome caer de rodillas sin pensar en el frío.

El perro alzó la cabeza con esfuerzo, la melena dorada hecha nudos, el lomo lleno de espigas y ramas. Tiritaba como una rama seca. La pata delantera la tenía en el aire, dolorida, imposible de apoyar.

Entre los dientes sujetaba algo: un librito rojo, apretado hasta estallar las encías.

Estás vivo pequeño ¡has vuelto! le acaricié el lomo, sólo sintiendo el fuerte latido bajo el barro. Dame eso, ¿qué traes aquí?

Dalí, con un gruñido sordo, soltó el libro empapado en mi mano. Lo limpié en la bata. El escudo dorado brilló bajo la bombilla: pasaporte. Lo abrí. La cara de Carmen, pelo perfecto, mentón alzado, la sonrisa de quien está por encima del bien y del mal. Entre las páginas, un billete de embarque. Primera clase. Vuelo mañana a las seis.

La película se armó sola en la cabeza: lo llevó lejos, a pinares de Segovia o zarzales de Ávila; lo arrastró fuera, él resistía, su bolso cae, el pasaporte rueda al barro. Ella, rabiosa, se va sin notar la falta. Y Dalí Dalí no corrió solo. Buscó y reconoció entre el polvo el olor a casa, a familia, y lo trajo de vuelta. Atravesó kilómetros, tres patas, solo para regresar algo que ella perdió mientras le traicionaba a él.

¡¿Qué pasa ahí fuera?! la voz de Carmen interrumpió, molesta. Rosario, siempre dejando el piso abierto, ¡entra aire frío!

Apareció en el pasillo, retocando la mascarilla de flores. El batín de seda la hacía aún más ajena al drama. Vio al perro, mugriento en el felpudo, y se petrificó. La mascarilla, ahora rígida y blanca, era su verdadero rostro.

¿T-tú? su voz chirrió. ¡Pero si te llevé a la Sierra, kilómetros más allá de Abades! ¡Al pinar! ¡No puede ser!

Al oírla, Dalí hizo algo inédito: gruñó, ronco y bajo. El pelo de la cruz erizado, me apretó el costado. Buscaba refugio. O protegía.

Me levanté, despacio, espalda entumecida, pero con la mente clara y fría.

¿Así que se había escapado? pregunté, mostrando el pasaporte con dos dedos, como quien sujeta un pañuelo sucio. ¿Llamada de la naturaleza, dices? ¿Por Abades?

Sus ojos saltaron del perro a mi mano, dilatados.

¡Dámelo! gritó, lanzándose hacia mí. Es mío, ¡devuélvamelo! ¿De dónde lo ha sacado?

Retrocedí, escondiéndolo tras la espalda. Dalí ladró, corto y ronco. Carmen tropezó contra una frontera invisible.

Salgo de viaje a las seis, ¡Alejandro ha pagado un dineral! ¡Devuélvamelo ya, vieja!

Dilo, hija dije tranquila. Vieja bruja, chiflada, como sueles soltar con tus amigas por el móvil, creyendo que no escucho

¡Me da igual! ¡Dame el pasaporte!

Y la patita del perro repliqué, con tono pedagógico. Fíjate, cojea. Está herido. Habría que llamar a un veterinario, radiografías, resonancias Y eso, Carmen, cuesta caro. Muy caro.

¡Te pago! rebuscó en su bata, en vano. ¡Cuánto quieres, mil euros, dos mil! Los que quieras, pero dame el pasaporte.

No, Carmen. Esto no va de dinero. Va de principios. Has echado a morir a un ser vivo, uno de los nuestros, al campo.

¡Sólo es un perro! chilló, histérica, manchas rojas asomando tras la mascarilla. Un puñado de pelos. ¡Y yo tengo mi viaje! ¡Y mis nervios! ¡Estoy harta!

Tú nervios no tienes. Tienes una calculadora donde otros tienen alma.

Abrí el pasaporte. Las páginas estaban blandas y medio pegadas.

Ay, mira dije con falsa pena. El documento está dañado. El perro lo mordió. Veinte kilómetros, saliva, fango. Dudoso que en el aeropuerto acepten esto.

¡Lo seco! ¡Le paso la plancha! ¡Dámelo!

Incluso seco

Me acerqué a la ventana de la cocina, la abrí. Vivimos en un bajo. Bajo la ventana, zarzas de escaramujos y matas viejas de moras, laberinto cruel que ni el jardinero consigue limpiar. Fuera: noche, ramas negras.

Tiraste a mi amigo. Yo tiro tu viaje.

¡Nooo! se lanzó hacia mí, desmontando una silla.

Moví el brazo, sin rabia. Con calma. Lanzando.

¡Busca, Carmen!

El librito rojo voló, cruzó la oscuridad y cayó entre zarzales, perdido para siempre.

¡Búscalo! ordené, helada. Si te esfuerzas, quizás lo encuentres al amanecer.

Su alarido fue de gaviota herida. Se asomó al ventanuco, medio cuerpo fuera, buscando con desesperación entre la espesura. Solo noche y viento. Me miró, odio puro en los ojos, y huyó. Un batín, zapatillas domésticas. Sentí la puerta del portal temblar con el portazo.

Cerré la ventana con pestillo. Frío. Pero Dalí no debe quedarse en corriente, ya se le habían helado los huesos.

Dalí se tumbó en la alfombra del salón, resoplando, lamiéndose la pata. Me arrodillé junto a él, abrí el botiquín. La tembladera pasó. Por primera vez en medio año, mi mente era ligera como después de una tormenta despejada.

A ver, campeón susurré, encendiendo la luz de la lámpara.

Inspeccioné la almohadilla: sin fractura, solo algo de sangre y la zona tumefacta. Separé el pelo enredado.

Ahí estaba: una enorme espina de cardo, profunda como un aguijón de erizo, entre los deditos. Pinzitas, paciencia, sangre. Dalí aguantó sin chistar, confiando. Un tirón preciso, la espina fuera. Antiséptico y venda. El perro suspiró, derrengado, y apoyó la cabeza en mis piernas.

Estaba en casa.

Afuera, llegaban gritos desquiciados. “¿Dónde está?” “¡Malditas zarzas!” “¡Duele, joder!” Carmen reptaba entre espinas, rasgándose las manos y la seda. Maldijo mi nombre, el perro, el rosal, España entera. Y yo escuchaba, y sentía que era justo: su sinfonía para un nuevo comienzo solitario.

La puerta sonó. No me sobresalté. No podía ser Carmen, ella se marchó sin llaves.

Entró Alejandro. Mi hijo. Ojeras, barba de viaje, bolsa al hombro. Llegó un día antes para sorprendernos.

Al ver el perro sucio, vendado, me miró. Luego el suelo, vendas, la espina ensangrentada en la mesa.

¿Mamá? ¿Qué pasa? ¿Por qué Carmen está afuera, linterna en mano, chillando como si le estuviera matando alguien?

Le sonreí, tranquila. Como quien mira un mar en calma después del temporal.

Está entrenando. Se apunta al Supervivientes, versión Segovia. Le irá bien para el carácter.

Alejandro se quitó los zapatos, entró, miró a Dalí que, al verle, dio dos golpes suaves de cola, me miró, observó el botiquín y la espina.

¿Se lo llevó?

No “se perdió”. Ni “se escapó”. Él sabía. Lo había visto todo, pero prefería mirar a otro lado.

Lo llevó asentí. Hasta más allá de Abades. Mientras yo dormía. Dijo que fue cosa de “instinto”. Pero Dalí ha regresado.

Se asomó a la ventana, abajo seguía la linterna de Carmen y el crepitar de ramas rotas.

¿Y el pasaporte?

Lo encontró Dalí. Donde ella lo perdió. Lo trajo en la boca. Está… algo deteriorado. Y, ay, lo lancé por accidente, el viento lo arrastró. Corrientes de aire.

Alejandro calló, apretando la mandíbula. Siempre amó la fachada de Carmen, pero a Dalí lo trajo de cachorro, hace diez años. Era su memoria, su infancia, la última raíz de su padre. Y sabía dónde terminan esas cosas.

Ya… colgó la chaqueta, despacio. Entonces ella no vuela a Estambul.

Ni al puerto de Santa María dije sirviendo el pienso, el mejor sonido del mundo.

Alejandro se sentó en el suelo, dejando que Dalí le lamiera una oreja.

Tampoco importa. Volaré yo. Contigo, mamá. Y Dalí. Buscaremos un sitio pet friendly. Le hace falta rehabilitación después de sus aventuras. Y a ti también.

Afuera, un chillido se alzó en la noche, mitad euforia, mitad desesperación.

“¡Lo he encontrado! ¡Aaaah! ¿Qué le ha pasado?”

Carmen, por fin, halló el pasaporte. Y debió ver lo mismo que yo antes de despedirlo: el colmillo de Dalí había atravesado el centro. Un agujero perfecto, demoledor. La página del visado parecía encaje.

Alejandro puso a hervir el agua, sin emoción.

¿Té, mamá? ¿Con hierbabuena? ¿Fuerte?

Sí, hijo. Sí.

La casa se volvió cálida. El silencio y el frío dawn paso a la música del hervidor y el crujido sosegado del pienso. Éramos hogar. Éramos familia.

Y Carmen Carmen quedó donde le correspondía: sola, en la noche exterior, entre su rabia y su pasaporte agujereado, sin billete de regreso a nada.

Una semana después, volamos juntos. A una casita marinera donde los dueños amaban los retrievers. Dalí cojeó unos días más, pero el salitre y la arena obraron el milagro. Carmen se mudó con su madre. Cuentan que pasó semanas curándose los nervios y las heridas, pero hay cicatrices que nunca cierran, ni en la piel ni en el alma.

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La siesta no trajo el ansiado respiro, dejándome solo una densa sensación de inquietud y la boca res…
¡No volverás a ver a tu nieta! – Mi nuera lo dejó claro y me bloqueó el número