Los amigos vinieron con las manos vacías a una mesa llena y cerré la puerta del frigorífico — Sergio…

Los amigos llegaron con las manos vacías a una mesa ya servida y cerré la puerta del frigorífico.

Javier, ¿de verdad crees que con tres kilos de aguja de cerdo va a ser suficiente? La última vez arrasaron con todo, hasta el pan mojado en salsa rebañaron. Y Lucía encima pidió un táper para la perrita, y luego subió fotos en redes de mi asado, como si lo hubiese cocinado ella.

Isabel, removía nerviosa el canto de un paño de cocina, mirando el campo de batalla en que se había transformado su cocina. Eran solo las doce del mediodía y ya no podía más. Desde las seis en pie: primero, el mercado para buscar la carne más fresca, después el supermercado a por vinos buenos y delicatessen, y luego interminables horas de cortar, hervir, freír.

Javier, mi marido, estaba en el fregadero, pelando patatas con desgana. La montaña de mondas crecía, y su irritación también, aunque la disimulaba.

Isa, ¿cómo van a querer más? suspiró mientras aclaraba otra patata. Tres kilos de carne para cuatro invitados y nosotros dos. Son medio kilo por cabeza. Van a reventar. Has puesto de todo: jamón ibérico, salmón ahumado, ensaladas a mansalva No es una boda, solo celebramos que estrenamos piso, aunque tarde.

No lo entiendes le corté, removiendo una salsa espesa en la sartén. Vienen Marta y Paco, y Lola con Tomás. Son de nuestras mejores amistades, hace siglos que no nos vemos, vienen de otra zona de Madrid. Me daría apuro que la mesa se vea pobre. Seguro que luego dicen que nos hemos vuelto unos creídos por haber comprado el piso y que estamos tacaños.

Siempre fui así. Hospitalaria como las mujeres de mi familia, que hacían milagros en la cocina y alimentaban a regimientos. Para mí, un plato vacío es casi un insulto. Si hay invitados, hay banquete de los que hacen historia. Si es una fiesta, que la mesa se doble. Toda la semana preparando el menú, buscando recetas, apartando euros de la nómina para comprar el brandy caro que le gusta a Paco y ese vino francés que siempre pide Marta.

Ya podrían traer algo ellos murmuró Javier. En el cumpleaños de Tomás, llevamos nosotros el regalo bueno, nuestra botella de Rioja reserva y tú encima hiciste la tarta. ¿Y ellos? ¿Te acuerdas cuando fuimos de visita informal? Té de sobre y unas rosquillas secas de hacía tres años.

No seas rencoroso, Javier le repliqué, mirándole con cariño. Pasaban un mal momento: la hipoteca, las obras. Ahora Paco ha ascendido, y Lola se compró un abrigo nuevo, me estuvo presumiendo. Quizás traigan algo, un pastel, fruta No he hecho postre, lo sugerí a Marta: que trajeran el dulce ellos.

A las cinco, la casa relucía de limpia y la mesa parecía la de un escaparate gourmet. En el centro, una fuente de lengua en escabeche rodeada de ensaladeras de ensaladilla (¡con langostinos, por supuesto!), banderillas, bacalao ahumado, embutidos caseros y jamón de bodega. En el horno, la aguja de cerdo con patatas asadas y setas. En el frigorífico, aguardaba una botella de orujo gallego, un brandy caro y tres botellas de vino.

Isabel, yo, exhausta pero satisfecha, me puse mi mejor vestido, repasé el pelo y me senté en el sillón, esperando el timbre.

Estoy nerviosa le confesé a Javier, que ya se abotonaba la camisa. La primera reunión en nuestro piso nuevo. Quiero que salga todo redondo.

El timbre sonó, puntual: las cinco en punto. Nuestros amigos, como un reloj.

Me lancé a abrir. Detrás de la puerta: Marta con aquel abrigo de visón nuevo, más caro que medio piso. Paco en cazadora de cuero, Lola con un maquillaje chillón, Tomás ya con un punto de alegría.

¡Viva los caseros nuevos! gritó Marta, entrando como un huracán y bañándome en un perfume dulzón. ¡Al lío, enseñadnos el palacio!

Todos entraban, despojándose de abrigos que Javier apenas daba abasto colocando; yo saludaba con una sonrisa, pero no podía evitar mirarles las manos.

Vacías. Totalmente vacías: ni bolsa, ni pastel, ni botella de vino, ni tan siquiera una tableta de chocolate.

¿Y el? empecé a decir, pero me mordí la lengua. Qué corte preguntar. ¿Estaría lo que fuese en el coche? ¿Un detalle escondido en algún bolso?

¡Isabel, qué delgada te veo! me plantó un beso Lola, pasando directa al recibidor con los zapatos puestos. El piso, bueno Limpito, sí, pero muy sencillo ¿Pintura lisa? Uf, esto parece una oficina. Tendríais que haber puesto papel de seda.

Nos gusta el minimalismo contestó Javier, cortante, guiándolos al salón. Vamos, que la mesa está servida.

Al ver la mesa, a Paco se le encendió la mirada:

¡Madre mía, qué despliegue! frotó las manos. Sabía yo que aquí se come en condiciones. Venimos con el estómago vacío, reservándonos para tu asado, Isa.

Todos se sentaron. Me fui corriendo a por los entrantes calientes un revuelto de setas en cazuelillas. Solo pensaba: ¿Serán de los que regalan dinero en un sobre, por eso han venido sin nada?.

Al volver, ya andaban hurgando ensaladas con el tenedor, no habían esperado ni al brindis.

Esta ensaladilla tiene su punto, sí señor dijo Tomás, con la boca llena. Venga, Javier, sírvete. ¡Que aquí hemos venido a celebrar!

Javier sirvió el orujo a los hombres y vino a las mujeres.

A vuestra casa nueva brindó Paco. Que aquí viváis bien, con paredes firmes y vecinos decentes. ¡Salud!

Levantó el vaso, lo bebió de un trago, olisqueó la manga (¡con servilletas de lino en la mesa!) y se abalanzó al salmón.

Oye, Isa masticando me soltó, ¿por qué está templado el orujo? Deberías haberlo metido al congelador.

Estaba en la nevera, Paco, a cinco grados, como dicen los expertos le respondí.

Bah, eso son cuentos El orujo debe estar helado, que resbale. Pero bueno, así pasa. ¿Y brindis con brandy? Yo me apuntaría.

Hay, sí asentí, sacando paciencia. Pero ¿y si cenamos primero?

Una cosa no quita la otra se carcajeó Tomás.

La cena cogía ritmo; la comida desaparecía a toda velocidad, comían como si llevaran una semana en ayunas. Eso sí, la crítica no faltaba.

Esta ensalada de bacalao está seca sentenció Marta, sirviéndose otro plato. Has racaneado con el aliño, ¿no?

Lo hice yo, aliño casero. No es tan aceitoso me excusé.

Anda, Isa, no te compliques saltó Lola. Un bote de supermercado y a correr, así está más rico y más rápido. Uy, ¿el caviar? Demasiado menudo Es de trucha, ¿no? Mejor de esturión, que es más vistoso.

Cruzamos una mirada Javier y yo. Él, rojo, agarraba el tenedor con los nudillos blancos.

¿Y vosotros qué tal? trató de cambiar el tema Javier. Marta, creo que estuviste en Dubái, ¿no?

Sí, hija, ¡una fantasía! Hotel cinco estrellas, barra libre, langosta y champán por litros. Me compré un bolso de Louis Vuitton por dos mil y pico euros, pero lo vale. Paco protestó, pero le dije: ¡Que solo se vive una vez!

Así son las mujeres rió Paco, mientras servía más brandy sin preguntar. Yo en cambio me he reservado para un coche nuevo, este año cae. Dinero no falta, ahorramos y no malgastamos en cosas como reformas.

¿Cómo? pregunté yo.

Que lo de las reformas, bah, son paredes explicó Lola. Nosotros llevamos diez años con los mismos muebles viejos de mi abuela, y tan contentos. Así podemos ir de viaje, comprar buena ropa, salir a restaurantes. Vosotros os matáis por el cemento. Qué vida más sosa.

Y hablando de restaurantes interrumpió Tomás, restregando la boca con la servilleta y tirándola sobre el mantel. Ayer cenamos en el Lhardy. Menudo nivel, qué platos. Pagamos sesenta euros por persona, pero valió la pena. Aquí, esto es batalla de ensaladas, pero yo quiero carne, Isa, que para ensaladas está el bar de la esquina.

Me levanté a recoger platos. Por dentro me temblaba todo. Esta gente venía de contar viajes y cenas carísimas, pero a mi casa con las manos vacías. Ni una planta, ni un triste chocolate.

Fui a la cocina. Se me unió Marta, fingiendo ayudar, pero en realidad quería cotillear.

Isa, hija, chapó por la comida, aunque se nota que va justo susurró, sonriendo. El vino está flojito. Este lo tomamos nosotros en la terraza del pueblo. Podrías haber traído uno decente, para variar.

Es un Burdeos francés, veinticinco euros la botella solté, mientras metía platos en el lavavajillas.

¡No digas! Te han timado. Más ácido imposible. Oye, ¿te sobra algo para llevarme? Que mañana seguro que amanezco con resaca y no me da la vida para cocinar. Un poco de carne, ensaladas Has hecho tanta comida que total se os va a echar a perder.

Me quedé quieta, con un plato en la mano. Giré despacio hacia ella.

¿Que te prepare un táper?

Sí, ¿a que sí? Si siempre lo hacemos así ahorramos algo, jeje. Oye, ¿hay postre? Me ha entrado antojo de dulce, ¿trajiste tarta?

Dijiste que el dulce lo poníais vosotros le recordé en voz baja.

¿Yo? Ni hablar. ¿Cuándo dije yo eso? Estoy a dieta, no compro dulces. Pensaba que harías tu tarta de milhojas, ¡te sale de muerte! O que comprabas algo bueno. Nosotros venimos con las manos vacías porque ya tienes de todo ahora sois ricos, con piso propio.

Dejé el plato sobre la mesa. El golpe del plato en la loza sonó casi como un disparo.

Así que pensábais que lo teníamos todo cubierto y que somos ricos.

¡Claro! Si pagáis hipoteca y hacéis obras, será que no os falta de nada. Nosotros tomos pobres, ahorrando para ir a Mallorca este verano. Venga, saca la carne, que los chicos tienen hambre.

La miré en silencio. Empecé a recordar. Las veces que le anticipé dinero a Marta para ese viaje de última hora” y estuvo meses devolviendo sin un gracias. O cuando Paco pidió ayuda a Javier con la mudanza y ni la gasolina pagó. Ellos venían a todas nuestras celebraciones, se ponían las botas, pero rara vez nos invitaban; y si lo hacían, mesa de croquetas congeladas y cerveza de marca blanca.

Abrí el horno. El olor del asado con setas y ajos llenó la cocina. Una maravilla, dorada y crujiente, que me había costado medio día y una pasta.

Miré el frigorífico, donde estaba la gran tarta pavlova con frutos rojos que había encargado en la pastelería, cuarenta euros de sorpresa aunque supuestamente traían ellos el postre.

Cerré el horno. Apagué el fuego. Fui al frigorífico y apreté la puerta, bien cerrada.

No habrá carne dije alto y claro.

¿Cómo que no? se extrañó Marta. ¿Se te ha quemado?

No. Simplemente no va a haber.

Salí al salón. Los chicos ya se servían otra ronda, discutiendo de política. Javier tenía cara de funeral.

Queridos invitados dije, alto y tajante. Mi voz sonó como un laúd bien tenso. El banquete se ha terminado.

Todos se quedaron boquiabiertos. Paco se quedó con el chupito a medias.

Isa, ¿qué estás diciendo? ¿Terminado? ¡Si aún falta la carne! Lo prometiste.

Lo prometí, sí. Pero he cambiado de idea.

¿Cómo qué? Lola indignada. ¡Estamos muertos de hambre! Las ensaladas no valen, queremos carne.

El asado se queda en el horno. Así, tal cual. Ahora, por favor, os levantáis, recogéis los abrigos y os vais a casa. O a Lhardy, que por sesenta euros seguro que os dan carne de sobra.

Estás borracha, ¿no? soltó Tomás. Javier, pon orden, que esto es de chiste. ¡Somos vuestros invitados!

Javier se levantó despacio, mirándonos a todos. Vio lo que pasaba, cómo me temblaban los labios, con los ojos vidriosos.

Isa no está borracha dijo serio. Isabel está harta. Habéis venido aquí de vacío, bebido mi brandy, criticado la comida de mi mujer, llamado vinagre a nuestro vino y a nuestra casa, oficina. ¿Y encima exigís carne?

¡Era broma! chilló Marta. ¿No tenéis sentido del humor? Se nos olvidó la tarta, ¿y qué? Al menos hemos puesto ambiente, ¿no?

Ambiente con cargo dije yo, sonriendo. Ya está bien. Sabed que he estado toda la mañana cocinando, gasté media paga en esta mesa, quería que os sintierais especiales. Pero está claro: solo venís a aprovechar y comer gratis. Ejecutivos de viajes, pero para nosotras ni un euro para un detalle.

¡Ah, muy bien! Paco se levantó, tirando la silla. ¿Ahora nos echas en cara la comida? ¡Quédate con tu asado! No vuelvo más, ¡egoístas!

Id recogiendo añadió Javier, abierto ya en la puerta. Y no os olvidéis los táperes. Vacíos.

Se fueron de casa con ruidos y quejas. Marta gritaba que yo ya no era su amiga, que iba a contar por ahí lo agarrada que era. Lola murmuraba pestes del día. Los chicos, maldiciendo.

Al cerrar finalmente la puerta tras el último, la casa quedó en un silencio raro. Me quedé en mitad del salón mirando la mesa revuelta, platos sucios, manchas de vino y servilletas arrugadas.

Javier vino y me pasó el brazo por los hombros.

¿Cómo estás? me preguntó bajito.

Me tiemblan las manos le confesé. Javier, ¿de verdad he sido tan tacaña? ¿Igual debía haberme callado y seguirles la corriente? Al fin y al cabo, eran invitados

No, Isa. Has aprendido a respetarte al fin. Me siento orgulloso de ti. Si no empezabas tú, los hubiera echado yo a los cinco minutos. Se han pasado de largo.

Suspiré, apoyando la frente en su pecho.

¿Y el asado? preguntó él, sonriendo ahora. ¿Sigue en el horno? ¡El olor me está matando de hambre!

Reí. Por primera vez esa tarde, de verdad.

Sí, sigue ahí. Y la tarta también, enorme y llena de frutas.

Nos sentamos a la mesa, apartando platos sucios al rincón. Saqué la fuente de asado, aún caliente y jugosa. Serví la tarta. Llené las copas de ese vino ácido que en realidad era un Burdeos aterciopelado.

Por nosotros dijo Javier, brindando conmigo. Y por que nuestra casa solo la visiten quienes vengan con cariño, y no con la cuchara vacía.

Comimos carne que se deshacía en la boca, en silencio y en compañía mutua. Fue la mejor cena de nuestra vida.

Al rato, sonó el móvil de Isabel. Era un mensaje de Marta: Menuda borde estás hecha. Estamos en el McDonalds, tragando hamburguesas por tu culpa. Ni la vergüenza te queda de pedirnos perdón.

Isabel leyó, sonrió y pulsó Bloquear. Lo mismo con los números de Lola, Paco y Tomás.

Su agenda se redujo en cuatro nombres, pero el aire en la casa, y en la vida, se ensanchó. El frigorífico estaba a rebosar de manjares para nosotros una semana. Y ni una miga para quien no la merece.

A veces, la amistad es calle de doble sentido. Y un frigorífico cerrado, el mejor modo de conservar la dignidad.

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