Mira, te voy a contar una historia de esas que te llegan al corazón, así tal cual te la contaría en un paseo por Madrid, una tarde cualquiera.
Resulta que, hace tiempo, un hombre salió de su casa en Vallecas, muy decidido, y se alejó caminando deprisa. Una perra se quedó parada, confundida, mirando a lo lejos cómo se iba. Fue así como perdió su nombre
Y es que esta perra, aunque te parezca raro, vivía sin nombre. O mejor dicho: un día lo tuvo. Nadie más se lo llamaba, pero ella se acordaba bien: Le decían Chispa Chispita mi Chispi
Chispa vivía en casa de una mujer mayor, de esas abuelas entrañables, que la quería con locura. Pero un día ocurrió una desgracia. Se llevaron a Doña Carmen al hospital y ya nunca volvió.
Chispa, pobre, la esperó durante días, olfateando la puerta y gimiendo sin consuelo. Hasta que al fin sonó la cerradura. Ella se puso firme y atenta: pero quien entró fue el hijo de Carmen, un hombre serio, seco, con una mirada fría. Chispa, por educación, movió la cola.
Encima me toca a mí cargar con el perro, como si no tuviera suficiente Los vecinos están hartos de tus aullidos bufó él, encogiéndose de hombros.
Chispa lo entendía todo y bajó la cabeza.
Venga, vamos resopló después de un rato.
A ella siempre le encantaba salir a la calle, así que saltó feliz hacia fuera. Pero lo que pasó esa vez cambió todo para siempre.
Apenas llegaron a la plaza del barrio, el hombre giró sobre sus talones, y se alejó deprisa sin mirar atrás. Chispa se quedó parada, sorprendida y asustada, y luego fue corriendo tras él.
¡Fuera! ¡A la calle, venga! le gritó enfadado, dando una fuerte patada al suelo.
La perra se quedó allí, mirando y mirando el hueco donde desaparecía la figura de aquel hombre, y así perdió su nombre. Desde entonces, sólo escuchaba dos palabras, a todas horas y con mil tonos distintos:
¡Fuera, fuera!
Ese nuevo nombre no le gustaba nada a Chispa. Durante un tiempo, no dejaba de acercarse a la gente, mirando con ojos de esperanza, como preguntando:
¿No te sueno? Yo soy Chispa.
Pero, después de un par de malas experiencias patadas incluidas, la pobre perrita aprendió que tal vez era mejor mantener las distancias con los humanos.
Un día volvió a su portal de siempre, al número 12 de la Calle Alcalá. Creyó ver a su Carmen en un banco, rodeada de antiguas amigas, todas señoras mayores.
Chispa se acercó despacito, como pidiendo perdón.
Ay, Luisa, mira, si está aquí la perrita de Carmen ¿Cómo se llamaba? exclamó una, intentando recordar y acariciándola.
Ay, qué tristeza Dicen que el hijo de Carmen la echó a la calle justo después del entierro. ¡Qué poca vergüenza! suspiró la otra.
Y ahí se quedaron un rato, hablando de la mala suerte de la pobre Chispa, hasta que llegaron unos nietos corriendo:
Abuela, ¿esa perrita puede venir a casa con nosotros?, preguntó uno, entusiasmado.
No, cariño, en casa no puede ser dijo la abuela, llevándoselo.
Chispa se quedó mirando, resignada.
Es que tengo alergia le susurró el otro nieto, también apenado.
La perrita lo entendía y, aún así, estuvo días rondando por allí, esperando, como si alguien fuera a reconocerla.
Por la zona pasaban otros perros, siempre bien llevados, con arneses y correas, al lado de sus dueños. Ya no se le acercaban como antes.
Anda, Rocco, no te mezcles con los callejeros decía una señora, tirando de su bulldog, mientras él, Rocco, la miraba de reojo a Chispa, moviendo el rabito corto, como pidiendo disculpas.
El barrio cambió. El conserje la espantaba a escobazos y la administradora del edificio miraba con desconfianza, soltando: Aquí no queremos perros sueltos.
Chispa se fue buscando la vida entre los cubos de basura, por el supermercado, y acabó llegando a una obra abandonada en el extrarradio.
El otoño entró de golpe, las noches se pusieron frías. Un día de esos encontró una porción de tortilla de patatas casi intacta cerca de un contenedor y corrió al refugio de la obra a comérsela. Y justo allí, lo vio: un cachorrito, peludo, hecho polvo, la miraba fijamente desde un rincón intentando olfatearla, muerto de hambre. Había conseguido colarse en su esquinita.
Chispa había aprendido a no confiar en nadie: gruñó, enseñando los dientes, como hacen los veteranos de la calle, pero no le salió muy convincente. El cachorrillo se acercó más, meneando el rabo.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió que a alguien le hacía ilusión verla. Así, al final, cedió y compartieron la tortilla. Al rato, el pequeño dormía acurrucado pegado a su costado, y Chispa no pudo pegar ojo, dándole vueltas a su soledad, pero cuidando de él.
Desde entonces vivieron juntos. Chispa intentaba enseñarle todos los trucos para sobrevivir en la ciudad. El pequeñajo, eso sí, en cuanto veía a alguna persona, iba corriendo a olfatearla. Chispa se ponía tensa, pensando en los peligros del mundo.
Quizá se habrían quedado años en esa obra, pero una mañana todo cambió. Unos camiones entraron, la maquinaria empezó a rugir, llegaban los obreros con cascos. Era muy peligroso.
Chispa cogió al pequeñín y juntos, a duras penas, atravesaron una brecha en la valla metálica. Salieron a la calle, llena de ruido y coches. La perra buscaba ya, desesperada, otro rincón seguro. Dejó atrás la obra, pero al cachorro le daba igual: iba persiguiendo hojas secas, como si nada.
Anduvieron toda la tarde sin rumbo, buscando cobijo. Empezó a chispear, hacía un viento de esos que se te calan hasta los huesos. Por fin, vieron unas luces brillando en un bloque de pisos de Lavapiés. Junto a uno de los portales habían construido un pequeño refugio de madera. Chispa olfateó y, como no había nadie, se metieron.
Esa noche, el miedo les tuvo en vilo. Apenas amanecía cuando salieron del sótano los gatos del edificio, dueños indiscutibles del territorio. Al verlos allí, dudaron en atacar, pero el cachorrillo, con todo el descaro, les ladró. Los gatos, sorprendidos, se largaron. Chispa casi se asusta, pensando que el pequeñín se podía haber metido en líos. Pero él volvió a ella, moviendo el rabo, buscando su aprobación.
Ella lo lamió, orgullosa. El cachorro estaba tan contento que empezó a dar saltitos alrededor, reclamando comida.
Poco a poco fueron saliendo vecinos a pasear sus perros. Chispa se quedaba siempre aparte, con la mirada baja. Recordaba los tiempos con Carmen, cuando era una más de la familia.
El cachorro intentaba leerle los pensamientos. Entonces apareció una pareja joven, charlando y paseando a una perrita blanca. El cachorrillo corrió con alegría a saludarles y Chispa, tensa, miraba de lejos, preparada para cualquier cosa. Pero esta vez, no hizo falta.
Los jóvenes se rieron al ver cómo los cachorros jugaban.
Parece que Nube ha encontrado un amigo dijo la mujer.
A ver el chico se agachó a acariciar al cachorrito, que se derretía de alegría buscando mimos. La chica también se agachó, sonriendo.
¿Cómo puede un perrito así estar solo en la calle? preguntó, inquieta.
Habrá que llevarlo al veterinario. Mi madre no recoge a Nube hasta el lunes meditaba el chico.
Venga, vamos a intentarlo. Seguro que le encontramos un buen hogar concluyó ella, abrazándolo con ilusión.
Chispa miraba todo de lejos, removida. Aquellos dos la miraban con cariño, igual que Carmen en su día. ¿Serían diferentes a la gente que había conocido? No sabía qué hacer.
Mientras pensaba, el cachorro ya se les había encaramado en brazos. El chico lo sostenía con ternura.
Ay, pobrecito decía.
Chispa suspiró. Quizás el pequeño tendría por fin la suerte de encontrar una familia.
Ese día se fue, con el corazón encogido.
Una semana después, con frío y mucha hambre, Chispa volvió al bloque. Quería ver, aunque fuera de lejos, al cachorro. Temía que el peque la ignorase con sus nuevos humanos, o que éstos no quisieran saber nada de una perra callejera.
De repente, les vio. El cachorro iba de paseo con la pareja, y mientras caminaban, buscaba algo con la mirada Hasta que la vio. Se puso a tirar de la correa, llorando de alegría.
Chispa dudó si acercarse. Lo único que deseaba era estar cerquita de él, como antes. Los dueños lo notaron y se acercaron con una sonrisa sincera.
Mira, parece que tu amiga ha aparecido dijo la chica.
Chispa bajó la cabeza, temerosa de un grito o de que la ahuyentaran de nuevo.
¡Encontrada! ¡Encontrada! se rió el chico.
Aquello le sonó casi a su antiguo nombre. Chispa se quedó paralizada mientras el pequeño saltaba a su alrededor, lamiéndola de alegría.
¡Por fin! Qué alegría verte, bonita los jóvenes la saludaron como a una vieja conocida.
Chispa, entre escéptica y esperanzada, miró a los ojos de la pareja, y allí vio algo cálido, una luz especial.
Bueno, ¿te vienes con nosotros? preguntó el chico, agachándose.
Chispa se encogió, acostumbrada a oír el temible ¡fuera de aquí! pero, en vez de eso, escuchó: ¿Te vienes? Sonaba tan dulce, tan sincero
La mujer le tendió la mano. El cachorro tiraba de ella, casi rogándole. Ella se acercó despacio, temblando. Sintió, de pronto, una mano acariciándole la cabeza. No recordaba cuándo fue la última vez que la habían tocado con amor. Empezó a mover el rabo, muy despacio, hasta que se soltó del todo.
En ese momento empezó a nevar, sí, como suena: era finales de octubre y la primera nevada cubría la acera de Goya. Los dos humanos y sus perros caminaban juntos, dejando huellas nuevas en la nieve, más juntos que nunca.
Oye, habrá que ponerle nombre a nuestra nueva amiga dijo el chico.
Pues está claro: es una perra, se va a llamar Chispa, porque fue nuestro pequeño hallazgo contestó ella convencida.
Chispa se detuvo un segundo, saltó de alegría y ladró. Porque había recuperado al fin su nombre y, sobre todo, una familia que la quería.







