Dmitri y las Dos Katerinas: Dos Semanas de Mensajes, Encuentro en una Cafetería de Madrid, una Caída…

Diego: Estuve un par de semanas intercambiando cartas con ella. Era simpática y, por las fotos, bastante agradable de ver; lista, sin novio. Quedamos en vernos en Madrid, que allí conozco una cafetería de las de toda la vida. Me puse una camisa decente, me arreglé bien y hasta pasé por una floristería a comprarle unas gerberas, como debe hacerse. Cuando la vi llegar, resultó incluso más guapa que en sus retratos. Morenaza, rizos oscuros, tacones, un vestido verde con destellos; la verdad, me corté un poco de tanta presencia.

Fuimos andando por la Gran Vía, charlando sin decir nada importante. Yo pensaba que en cuanto tomáramos asiento en la cafetería y pidiéramos algo, la conversación saldría natural. Pero de pronto, se abrió el suelo bajo mis pies; de verdad, como si la tierra me tragara. Me caí de lleno en una alcantarilla sin tapa, dándome un golpe tremendo en la pierna. Al volver en mí, comprendí la situación y no sabía cómo iba a salir de allí.

Grité a la chica, a esa Clara, pero ni se acercaba, seguro que asustada. La llamé una y otra vez. Al fin, se aproximó y preguntó si seguía con vida. Le respondí que sí, aunque necesitaba ayuda para salir, que sola no podía. Ella se fue, tardó como un cuarto de hora, y yo ya me había resignado a pasar la noche allí abajo. Finalmente regresó con un camarero y una escalera de mano que cogieron de la cafetería. Subí con apuros, hecho un Cristo, cubierto de polvo y arena, el pelo lleno de pelusa. Ella allí, tan tranquila, sonriente. Me entró una rabia…

Le solté que podría haber avisado un poco más rápido, que cualquier cosa me podría haber pasado, incluso asfixiarme. A ella le dio igual, encogiéndose de hombros y soltando un da gracias de que no te dejé ahí, te habría quedado como un topo.

Con esa actitud, ¿qué cita iba a continuar? Mi camisa arruinada, el tobillo me dolía y ni podía apoyar bien el pie. Decidí llevarla al metro en silencio, sin ganas de más charla.

Y entonces, poco a poco, caí en la cuenta de que quizá ni era la Clara con la que llevaba carteándome. Morenaza y rizada sí, el vestido verde igual, pero la mía llevaba zapatos de tacón y esta llevaba sandalias planas de las que se ven en los mercados de Toledo; y además, el ramo era distinto, todo amarillo. En fin, un enredo tremendo.

Clara: Nos conocimos intercambiando misivas. En su imagen era correcto y sus palabras ingeniosas. Tras quince días, coincidíamos en intereses: libros, poesía; así que planeamos encontrarnos por el Retiro, un atardecer bonito. Mientras paseábamos, le pregunté si quería entrar en la cafetería de la esquina. No respondió, ni una palabra. Imaginé que lo encontraría caro, aunque llegó con flores, no parecía un tacaño. Insistí que solo tomaríamos un café, pero nada.

Al girarme, descubrí que había desaparecido, como si el viento se lo hubiese llevado. Ni rastro. Pensé que se había sentido ofendido por mi invitación o quizá que no le gusté y huyó de mala manera.

En fin, ningún caballero actuaría así. Yo que me había estado arreglando toda la tarde. Al volver a casa, me senté frente al ventanal y, tras pensarlo, lo bloqueé de mi agenda; no me apetecía tratar con alguien tan maleducado.

Clara segunda: Mi cumpleaños lo celebré con una amiga en una confitería cerca de la Plaza Mayor, tomando café y pastelitos. Me regaló mis freesias favoritas. Al despedirnos, caminé unas calles cuando oí que alguien me llamaba. Extrañada, miré alrededor; no vi nada. Al mirar bien, descubrí una boca de alcantarilla abierta. Cuando me asomé, allí estaba un muchacho, claramente había caído dentro y no podía salir.

Pensé en llamar a los bomberos primero, pero fue en vano. Luego encontré a un barrendero marroquí y traté de pedirle ayuda, pero no me entendía; solo sonreía. Volví a la cafetería; de allí un camarero y otro chico encontraron una escalera y la llevaron hasta la alcantarilla.

De allí subió un joven, bastante guapo pese a venir cubierto de polvo, pero se encaró conmigo, ¡furioso! Se quejaba de lo mucho que había tardado en ayudarle. ¡Vaya cara! Yo esperaba un gracias, pero en vez de eso, enfado. Le dije lo que pensaba, él calló y luego se disculpó y se ofreció a acompañarme al metro. Me daba igual, total, yo iba para allá.

Anduvimos juntos, él con miradas de soslayo, hasta que de pronto me pregunta:

¿Tú eres Clara, verdad?
Claro, ¿por qué?
Nada, encantado, me llamo Diego.

Así celebré aquel cumpleaños. Llevamos medio año juntos y parece que esto es amor. Yo le llamo el minero alguna vez, y él me dice Clara de Castilla. Ahora siempre digo a mis amigas que dejarse llevar por los intercambios de cartas y los chats es perder el tiempo. Si queréis una buena relación, salid a la calle y conoced gente de verdad. Solo así aparecen hombres decentes.

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Diagnóstico: traición