Mis padres compartieron hogar durante muy poco tiempo. Cuando yo tenía apenas cuatro años, mi padre salió de casa y nunca volvió. Un accidente… Sin embargo, me dejó algunas fotografías de nuestra infancia juntos y una considerable suma de pesetas a mi nombre en el banco, que iba creciendo con los años.
Años después, mi madre volvió a casarse y dio a luz a mi hermano. Las circunstancias hicieron que me convirtiera en la criada de mi padrastro y de mi madre, así como en niñera de mi hermano pequeño.
Cuando observaba la manera en que mi madre trataba a mi hermano menor, se me llenaban los ojos de lágrimas. Veía el cariño que le profesaba, cómo le besaba antes de dormir, le abrazaba, le leía cuentos, y le compraba juguetes y ropa.
Mi padrastro también adoraba a su único hijo. A mí, en cambio, nadie me quería… pero aún las cosas empeoraron. Mi madre y él comenzaron a discutir constantemente, él empezó a beber y llegaron las broncas violentas. Naturalmente, yo era quien recibía la peor parte, pues no me tenían afecto. Con los años acabaron por divorciarse.
Pasado un tiempo, marché a estudiar a Salamanca y dejé atrás a mi hermano y a mi madre, quienes seguían viviendo en el piso que pertenecía a mi difunto padre. Volvía a casa en contadas ocasiones, pues además trabajaba a media jornada.
Tras mucho tiempo, cuando regresé finalmente a casa, descubrí que allí vivían jóvenes desconocidos para mí. Mi madre dormía en el sofá de la cocina, y los extraños resultaron ser amigos de mi hermano. Decidí hablar de la situación, pero todo fue aún peor. Por la mañana me despertaron y me obligaron a ir al banco para sacar el depósito que me había dejado mi padre, pues mi hermano menor había perdido una fortuna jugando a las cartas.
Era como volver a ser aquella niña a la que únicamente se le exigía obedecer.
Lo curioso es que llegué con la intención de compartir una buena noticia sobre mi embarazo, creyendo que tal vez podríamos recomponer los lazos familiares Pero el destino quiso otra cosa. Les dije que hicieran sus maletas, pues a partir de aquel momento vivirían con la abuela en el pueblo. El piso era mío y no pensaba tolerar a más extraños allí.
Mi madre y mi hermano se rieron de mí, lo cual no hizo sino reafirmarme en mi decisión. Llamé a la Guardia Civil, que les ayudó a recoger sus cosas y marcharse. Después, mi prometido y yo cambiamos las cerraduras y ya planeamos vender el piso y comprar otro en Madrid para empezar nuestra familia. Incluso cambié los números de las cuentas bancarias, porque mi madre ya había intentado acceder a ese dinero.
Estoy convencida de que mi padre aprobaría mi decisión; él siempre quiso lo mejor para mí.





