Mis nietos apenas prueban fruta una vez al mes, ¡y ella compra pienso carísimo a sus gatos! —mi nuer…

Mis nietos apenas prueban fruta una vez al mes, y mientras tanto yo aquí comprando pienso carísimo para mis gatos… La nuera anda echando humo y me echa en cara mi falta de corazón.

La buena de Inés mi nuera, vamos se ha empeñado últimamente en darme lecciones porque dice que sus hijos ven la fruta menos que al Rey, y yo, en cambio, gasto en comida de marca para mis gatos. Pero, a ver, los niños tienen a su padre y a su madre, que bien pueden encargarse de nutrirlos; en cambio, para mis gatos sólo existo yo. Que luego, cuando una vez quise sugerirles a mi hijo y a su mujer que aflojaran el ritmo con eso de aumentar la familia, me mandaron callar, que no era asunto mío. Pues nada, ahora ni me meto. Les cuido a mis gatos, escucho de fondo las quejas maternales de Inés y punto.

La boda de mi hijo, Carlos, fue un poco por lo civil, si sabes a qué me refiero: la novia ya estaba esperando al primero. Insistían ambos en que era porque se querían mucho, que el embarazo había sido casualidad, pura coincidencia, pero vamos, que yo ya me olía la tostada. No les dije más. Carlos ya es mayor, que apechugue con sus decisiones.

Antes de quedarse en casa con los niños, Inés trabajaba en un supermercado como cajera, aunque pasó la mayoría del embarazo de baja, diciendo que no podía con el trato diario del público y tanta discusión. Y si te soy sincera, dado su carácter pues no lo dudo nada.

La relación que tengo con ella me da igual, porque vivimos cada una en nuestra casa. Yo me quedé con un pisito pequeño, y Carlos se pilló un piso de tres habitaciones con una hipoteca de esas que te quitan el sueño, justo antes de casarse. Vendimos la casa grande donde vivíamos él y yo, y cada uno cogió lo suyo. Yo le avisé: Carlos, ¿tú para qué quieres una casa tan grande ahora? Vas a pagar una barbaridad. Pero claro, él aún no me había contado lo de la boda y la barriga.

Él pagaba solito la hipoteca, porque Inés, más allá de los gastos, poco aportaba, sobre todo en casa y con la baja y el embarazo. Yo no me quería meter; eso sí, de vez en cuando Carlos venía a cenar tras el trabajo, que Inés no cocinaba porque, según ella, los olores la mareaban. Seguro.

Cuando nació mi primer nieto, yo pensaba en ir a echar una mano, que el primero siempre impone, pero enseguida me dejaron clarito que ya se apañaba ella, que tenía a su madre e internet para pedir consejo. Pues, oye, ni falta que hacía. Así que desde entonces sólo pasaba a visitar, llevarles algún detallito y poco más. Nada de ofrecer ayuda.

La carga de la hipoteca, el bebé, la mujer en casa… todo se le hacía algo cuesta arriba a Carlos, pero no se quejaba. Yo intentaba animarle: que si ya pasará esta racha, que cuando Inés vuelva a currar, la cosa aflojará Pero volver, lo que se dice volver, de la baja no volvió. Cuando el crío cumplió casi dos años, de repente, Inés otra vez embarazada. Yo, con la indirecta: Oye, calma un poco, porque os vais a quedar sin sueldo y sin fruta. Y ella, que no me meta en sus asuntos.

¡No se meta usted, que nosotros no le pedimos ayuda y estamos bien!, me soltó.

Carlos, por su parte, que si la ayuda estatal por maternidad esto del cheque bebé nuestro de toda la vida que les iría bien. Mira, si esa es su ilusión… Yo ya no decía ni pío. Con la nuera nunca tuve química, pero a partir de que me mandó a freír churros, las relaciones cero. El nieto mayor lo traía mi hijo a mi casa, al pequeño ni siquiera me dejaban verlo.

En fin, cada una a lo suyo. Yo, a lo mío; Carlos y su familia, a lo suyo. Él de vez en cuando desahogaba conmigo: que no llegan a fin de mes, que no hay dinero, que discuten mucho porque ella no sabe ahorrar y él tampoco trabaja en banca. Pero yo, callada, ¿qué voy a decir? ¿Que se divorcie? ¿Que hable más con la esposa? ¿Que cambie de trabajo? Como si fuera tan sencillo

Al final, cuando llegó el segundo niño, ni a la clínica me avisaron. Me enteré cuando ya tenía siete meses, en el cumpleaños del mayor. Llevé regalos para los dos, alguna cosilla para picar, sabiendo que van tan justos, y ni un gesto amable de Inés, que parecía que me estaba concediendo una audiencia real y yo debía besarle la mano, poco menos.

En fin, que a mi edad, no me voy a poner a suplicar a ninguna nuera ni a rogarle visitas. El mayor seguía viniendo a verme con Carlos, el pequeñajo ni eso. Y lo del dinero siempre igual. Carlos que no da abasto, la ayuda estatal (que metieron en la hipoteca) ni les arregló nada, y los enfados por dinero cada vez más frecuentes.

No hace mucho, coincido con Inés en el Mercadona. Me mira la compra, ve las latas de pienso bueno de gatos y suelta, medio escupiendo: ¡Claro, a los nietos apenas se les da fruta y a los gatos no les falta de nada!. Y se marcha con el mayor casi tirando de la mano.

¿Y yo qué culpa tengo de poder permitirme dar buen pienso a mis animales, y que ellos no puedan comprar fruta a sus hijos? Sabe perfectamente que van justísimos de dinero, que la hipoteca es un lastre, que Carlos no está en su mejor momento laboral, y ella, en vez de buscar trabajo, más niños trae. ¡Que se busque un curro y pague ella la fruta! Que yo no tengo por qué cargar con esa responsabilidad.

Seguro que ahora, encima, me va a prohibir ver a los nietos del todo, que soy una abuela egoísta porque no le doy a su familia la pensión entera. Hay que vivir con cabeza, pero Inés, pues parece, poca. Y lo peor, por desgracia, es que mi propio hijo tampoco va sobrado…

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