Una mujer caminaba radiante y sonriente — no muy joven, una mujer con curvas—. Tenía un ánimo excele…

Querido diario,
Hoy ha sido un día especial y distinto. Me levanté con una alegría inusual, de esas que brotan de dentro y te hacen sonreír sin razón. No soy joven, ni delgada; pero hoy llevaba entre las manos un humilde ramo de tulipanes. Mis compañeros me habían felicitado en la oficina por mi cumpleaños. Caminaba por el pasillo con mi vestido nuevo, adornado con un encaje que encontraba precioso, y calzaba unos zapatos de tacón de estreno. Casi no tocaba el suelo, parecía flotar como un globo hinchado de helio. La felicidad me hacía ligera, era como si la vida quisiera regalarme un poquito de magia.

Entonces me crucé con Beatriz, compañera de otro departamento. Siempre ha sido irónica y con la lengua afilada, como una banderilla en una corrida. Me miró de arriba abajo y soltó una de sus bromas punzantes: Ese vestido te queda un poco justo, ten cuidado no vaya a saltar una costura Y esos tacones tan finitos, ¿segura que aguantan, Cecilia? Lo dijo sonriendo, pero su sonrisa traía veneno. Una banderilla directa al orgullo.

En un instante sentí cómo caía sin caer. De pronto mi vestido perdió el encanto y me vi absurda y vulgar; un barato disfraz con lentejuelas y encaje sintético. Los zapatos, ridículos, de un tacón pasado de moda. Me vi en las sombras de los espejos: las arrugas bajo el maquillaje, el carmín que se había escurrido fuera de los labios. ¿Labial rojo a mi edad? ¿Cincuenta y tantos? Mejor un simple bálsamo, pensé avergonzada. Las flores parecían marchitas ya antes de llegar a casa, tan pobres y simples en mis manos.

Beatriz siguió su camino, satisfecha. Siempre rápida con sus pullas, siempre ocupada. Los compañeros solemos evitarla; nadie quiere que una de sus bromas te clave en el suelo y te deje sintiéndote pequeña, fea, diminuta. Por las tardes, ella se encierra en su oficina lúgubre. Apenas enciende el ordenador para lanzar sus dardos envenenados tras la pantalla. Piensa que, clavando más banderillas fuera, tendrá menos dentro. Pero sé que ocurre al revés, que cada palabra hiriente regresa y se queda guardada como espinas en el pecho. Y un día, enferma por dentro.

Pero hoy, yo la señora globo avancé pesada, casi sin mirar a nadie, arrastrando los pies y murmurando reproches a mí misma por el vestido y por los tacones. Llegué al despacho de don Benjamín Alonso, mi jefe. Es un hombre de edad, calvo, con una nariz a lo emperador romano y una voz que resuena en los pasillos.

Me esperaba fuera de su despacho y, sin preocuparse del gentío, exclamó alto: Cecilia, eres una trabajadora estupenda. Acabo de firmarte una prima con Dirección. Y quiero decirte aunque a veces hoy parezca casi delito, que estás radiante.

Todos escucharon. Hoy parece que un cumplido puede ser censurado. Pero la burla, el desprecio o la mala educación no. Nadie juzga eso.

Sus palabras fueron globos de helio para mi alma. Volví a volar. El vestido recuperó color y brillo, como el atuendo de una reina. Los zapatos se volvieron mágicos, los tulipanes, dorados y encendidos. Se borraron las arrugas; me sentí ligera, feliz y hermosa de nuevo.

Don Benjamín me ofreció su mano, no para bajarme del cielo, sino para sujetarnos juntos, para compartir corazón, ánimo y hogar. Me había sentido sola tantos años y ahora, alguien me veía y me valoraba. Sentí que podía seguir volando.

Cuando te quieren, vuelas.
A quienes van con banderillas nadie los quiere. Sería mejor que las tiraran, pero, a menudo, ya son parte de ellos. No queda más remedio que alejarse, volar un poco más alto. Y desde allí, seguir amando, esperando y creyendo que todo es posible.

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