En la cocina de mi abuela había una clara división de tareas: ella se encargaba de la repostería y el abuelo de todo lo demás relacionado con la cocina.

En la cocina de mi abuela existía una división del trabajo muy clara: ella era la reina de la repostería y el abuelo se encargaba de todo lo demás en cuanto a guisos y comidas.
No en vano fue chef titulado decía siempre con fingida severidad mientras metía una bandeja llena de galletas en el horno.
Todo lo relacionado con magdalenas, strudel, tartas abiertas y, sobre todo, galletas de mantequilla era su mundo. Recuerdo que de niña, cuando iba de visita a casa de los abuelos en Salamanca, lo primero que hacía era abrir una enorme lata de hojalata donde se guardaban las galletas. Olían tan deliciosamente dulce, que era imposible resistirse a devorar la mitad del bote.
El abuelo preparaba unas sopas inigualables. Espesas, sustanciosas y fragantes. Mi madre, que nunca fue muy hábil cocinera, desistió de enseñarme a comer sopa en casa. Por mucho que la quisiera, lo suyo en la cocina nunca fue lo mejor. Aunque mi padre, con su alma generosa, se comía todo lo que preparaba mamá como si de un auténtico manjar se tratara.
Carmencita, esto está tan rico que podría comerme hasta la cuchara comentaba él, mirándole a los ojos con ternura.
Entonces yo, con mi imaginación infantil, creía que mi padre decía eso solo de puro hambre. Pensaba que ni siquiera masticaba la comida de mamá, lo tragaba todo rápido para no sentir el sabor.
Eso lo pensaba de pequeña, antes de comprender nada, porque al fin y al cabo, los abuelos vivían en la calle de al lado y allí comía y cenaba cada vez que podía. El desayuno, para ser justa, sí lo tomaba en casa, que un bocadillo de mantequilla con mermelada hasta mamá sabía prepararlo bien.
Un día, mientras me zampaba el plato de sopa de mi abuelo, le pregunté:
Abuelo, ¿cómo fue que al final no trabajaste de cocinero?
El abuelo sonrió, las arrugas enmarcando sus ojos, se sirvió una enorme taza de café solo y, sentado junto a la ventana, comenzó:
Fui a la escuela de cocina para llevar la contraria a mi padre. Él quería que estudiase ingeniería. Decía que era una profesión de hombres, y que la cocina era cosa de mujeres.
Pero a mí, desde pequeño, me fascinaba ayudar a mi madre en la cocina. Ya con siete años podía preparar la comida para toda la familia. Mi madre, enfermera en el hospital, casi siempre tenía turno de noche y volvía sin fuerzas para guisos.
Ahí entraba yo en acción. Más pequeño que una almendra, decía la abuela, pero el cuchillo en mis manos volaba. Y mira, hasta el padre se comía mi comida y hasta relamía los labios. Pero, eso sí, se oponía a que estudiase cocina.
Yo, sin embargo, tengo la cabeza dura. Cuando algo se me mete entre ceja y ceja, lo acabo haciendo. Así que entré en la Escuela de Hostelería.
No solo me iba bien, sino que me entusiasmaba descubrir cosas nuevas y sorprender luego en casa a mamá:
¡Mira que llamar a un simple filete entrecot, bistec, roastbeef! se asombraba ella.
Y yo, orgulloso y, ahora lo veo, algo engreído, le explicaba las diferencias.
En las prácticas, nos ponían a pelar patatas y picar verduras, nada de fogones importantes. Pero una cocinera llamada Clara, una mujer majísima, me dejaba a escondidas ayudarla en la cocina caliente. Me chiflaba ese chisporroteo, esos aromas de la olla. Me imaginaba de chef famoso, rey de todos los utensilios.
Paco, baja al sótano y ve picando una col para poner a fermentar me aterrizaba la jefa de cocina de golpe.
Cortar col me encantaba, siempre que el cuchillo estuviera bien afilado. Así que un día, cortando la quinta col junto a la ventanita del sótano desde la que solo se veían zapatos pasar, escucho un ruido. He de decir que mi mayor miedo son las ratas. No me desmayo, como una niña, pero ese animal me da auténtico repelús.
Paré cuchillo, miré al techo y, justo encima de mi cabeza, dos ojillos negros y una cola asquerosa a punto de rozarme la gorra de cocinero. Salí disparado del sótano y cerré la portezuela con fuerza. Tenía el corazón a mil y los pelos de punta.
¿Ya has terminado? me preguntó la jefa asomada desde su despacho.
No pienso volver ahí abajo respondí, intentando que mi voz sonara decidida.
¿Cómo que no? Es tu trabajo. Puedo ponerte mala nota si no cumples.
Haga lo que quiera, pero yo no bajo más.
Al final no me penalizó la nota, pero ese día miré mi futuro de otra manera. No quería pasarme la vida temiendo encontrarme una cola larga y peluda en cualquier momento, aunque esas probabilidades eran mínimas.
Así que, con el título en la mano, finalmente acepté trabajar junto a mi padre en la fábrica. No voy a contar cómo lo logré, pero él estaba encantado de ver a su hijo entrando en razón, como decía. Y yo, por mi parte, me reservé el arte culinario para la familia concluyó el abuelo, apurando su taza de café.
Ahora, ya adulta, con mi propio hogar, sigo viniendo al piso de mis abuelos en Salamanca y me invade una ternura inmensa. En la mesa sigue estando la misma caja de galletas hechas por la abuela y en la cazuela humea ese cocido espeso que solo el abuelo sabe preparar.
¡Descansad un poco, mis incansables! les digo, atándome el delantal.
Las galletas y el cocido están bien, pero alguien tiene que hacer la crema de arroz, preparar una tarta de arroz con leche, y unas albóndigas al vapor. No era en vano que la nieta, y no el abuelo, acabó convirtiéndose en la cocinera de la familia
Porque en la vida, a veces los caminos no acaban donde uno pensaba, pero el verdadero sabor está en compartir lo que amas con quienes más quieres.

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En la cocina de mi abuela había una clara división de tareas: ella se encargaba de la repostería y el abuelo de todo lo demás relacionado con la cocina.
Cuando el legado de la abuela despierta los recuerdos de un padre