Le conocí en el instituto. Ambos teníamos quince años y, tras algunos meses, empezamos a salir juntos. En el penúltimo curso llegó una chica nueva a la clase. A finales de ese año, por su descuido, se dejó el móvil en la mesa y yo, sin querer, leí unos mensajes que intercambiaba con ella. En ese instante, todo empezó a encajar en mi cabeza: cada vez que a esa chica le ocurría algo, corría a buscar consuelo en sus abrazos y yo, ingenua y joven, pensaba que sólo eran amigos.
Era muy joven y, por miedo a perder al único chico que creía que me quería, callé muchas cosas. Así llegamos a mitad del último curso, y justo cuando estaba dispuesta a romper con él, supe que estaba embarazada. Lloré como nunca. Sabía que vendrían tiempos difíciles: mis estudios se aplazarían, mi familia sería estricta conmigo y todo ocurrió tal y como temía.
Terminamos el Bachillerato y nació nuestra hija. Él empezó la universidad de inmediato y, por eso, sólo nos veía cada quince días, mientras yo me sentía sola y atrapada, sin más futuro que el de ser madre.
Pensaba que, tras graduarnos, aquel asunto con la chica se apagaría por fin, pero hoy diez años después ella sigue siendo fuente de problemas. No dejaba de buscarle y, lo peor, él siempre le respondía con atención. Cuando había eventos, entrega de títulos o reuniones, nunca me llevaba con él con la excusa de que no había con quién dejar a nuestra hija, pero aquella era su manera de sentirse libre y encontrarse con ella. Sé que nunca hubo infidelidad física no por falta de deseo, sino porque a ella le gustaba atraer su atención y, cuando él caía, ella lo apartaba.
Cansada de descubrir conversaciones, de enfrentarle y escuchar promesas de que nunca volvería a ocurrir, en 2021 decidí poner fin a nuestra relación. Empecé terapia, trabajé desde casa y pasaba mucho tiempo con nuestra hija, algo que antes era imposible. Al dejarle, creí que todo había terminado; le dije que ese ciclo estaba cerrado. Pero él, insistente, empezó poco a poco a reconquistarme. Pasaron seis meses hasta que, ante su esfuerzo, decidí concederle una última oportunidad y, para medir su compromiso, le propuse que viviéramos juntos. Él aceptó. Ahorramos euros y compramos todo lo necesario.
Al principio, era feliz. Por fin los tres juntos, en una situación adulta y seria. Pero en febrero de 2025, una noche, me acosté con una sensación extraña, como si algo no encajase, sin realmente saber por qué. El insomnio me asaltó, sentí la necesidad de coger su móvil y revisar sus chats.
No creo haber sentido jamás un dolor parecido. Lo encontré por casualidad, ni siquiera estaba buscando conversaciones con ella, pero pulsé un icono y apareció su chat, y se me vació el estómago. Al abrirla descubrí que llevaban meses escribiéndose y, sobre todo, que él le rogaba que se vieran.
Fui encadenando las piezas: dos meses antes de mudarnos juntos, en una reunión de antiguos alumnos, bailó toda la noche con ella, la acompañó a casa y allí le pidió un beso que ella le negó. Había escrito a su mejor amigo: Ella es deseo y un imposible, tú eres amor y familia. Pero lo más doloroso fue una carta que le envió en diciembre de 2024 una carta de amor como nunca me había escrito a mí.
En esa carta le contaba que sus años de instituto fueron hermosos por ella, que en más de dos mil noches de las tres mil que pasaron, pensó en ella. Que habría querido ser novios, hacer cosas de pareja real: sentir su cuello, ver su ropa en el suelo, hacer el amor. Decía que nada de eso ocurrió porque decidió asumir su rol de padre y estar al lado de una madre por primera vez.
Al terminar de leer, me quedé en estado de shock. Temblaba sin control, sentía frío, me vi como un simple reemplazo: la persona con la que tocaba estar, no la que realmente deseaba. Junto a esa carta había casi quince minutos de audios, que fui incapaz de escuchar. El temblor me despertó y, sin pensarlo, le pedí que se marchara. Era medianoche.
Los días siguientes fui cumpliendo con mi trabajo, mis obligaciones, cuidaba de nuestra hija que ya tenía nueve años mientras él parecía moverse como un autómata.
Se disculpó mil veces, empezó terapia, yo concedí mi perdón y decidimos atravesar aquello juntos. Aclaré mil cosas y, aunque todo dolía, algunas cosas mejoraron. Pero la herida dejó cicatrices que aún me duelen. Perdí la autoestima. Me cuesta mirarme al espejo y sentirme la misma mujer de antes.
Ahora salimos juntos más que nunca y paso buenos ratos, pero sé que algo no está bien. No sé si es prevención o miedo simplemente no quiero ilusionarme. Aquel fuego interior no ha vuelto y siento que él ni siquiera lo ve como un problema. Aunque vivimos juntos, casi nunca discutimos y, si lo hacemos, hablamos de inmediato, los dos. Pero eso no hace revivir esa sensación perdida.
Hoy somos una pareja estable, cariñosa, atenta pero yo aún siento un vacío por dentro. Viví once años con aquel fuego, y ya llevo uno sin sentirlo. Me siento perdida.
Él trabaja sin descanso. Tiene ambiciones y metas. Es muy atento con nuestra hija, cuida de su mundo emocional, la escucha, juega con ella, nos invita a salir, nos hace reír, comparte momentos de calidad. Compartimos los gastos y de vez en cuando nos damos algún capricho. Pero, en mi interior, sigo buscando encontrarme a mí misma.







