—María, quédate en casa. ¿De verdad tengo que llevarte a todos lados solo porque estamos casados?—mu…

Marta, quédate en casa, ¿vale? ¿Acaso tengo que llevarte a todos lados solo porque estamos casados? murmuró Alejandro mientras se arreglaba frente al espejo de la entrada. Pero Marta ni lo escuchaba. Preparaba su bolso para irse a la casa de campo de unos amigos, y como buena anfitriona, revisaba que no faltara nada. Aquel día, sin embargo, algo flotaba en el aire, distinto a otras veces.

Al pasar por el recibidor, Marta se topó con su marido luciendo una camisa blanca de lino, muy veraniega, y no pudo evitar torcer el gesto de sorpresa.

¿A dónde vas tan emperifollado? Ni se te ocurra mancharla con grasa de chuletillas, que yo ya no te quito las manchas. Por cierto, lleva estas bolsas a la coche, que están listas. Mientras me cambio de vestido, podemos ir saliendo.

Alejandro miró con desgana las dos bolsas que Marta le tendía.

¿Pero qué llevas aquí? preguntó desconcertado, aceptándolas a regañadientes.

Pues comida, Alejandro, ¿qué piensas? Vamos al campo, y ya sabes que Lucía, aunque sea mi amiga, cocina fatal. Así que lo he traído todo: patatas nuevas, ensaladas, empanada de pollo… Que Álvaro coma lo que quiera de su mujer, pero no quiero pasarme la tarde en el centro de salud. Perdona que insista añadió con una sonrisa fugaz.

Alejandro arrugó el entrecejo.

Marta, mejor quédate en casa hoy. Prepara algo ligero o sal a correr al parque, te vendrá bien después de tanto trabajo sentado. Yo solo me paso por la casa de campo un rato, cinco minutos con Álvaro, y vuelvo.

¿Vas a ir solo? dijo Marta, con una ceja arqueada. Alejandro chasqueó la lengua.

No quería contártelo aún, pero… Se han separado. Álvaro quería cambiar de aires, ahora está con otra mujer. Yo ni quería ir, pero me pidió ayuda para preparar la barbacoa. Nadie las hace como yo, ya sabes.

Alejandro sonreía satisfecho, apartando las bolsas con una decisión impropia.

A Marta le cayó la noticia como un jarro de agua fría. Ella y Lucía se tenían mucho cariño, aunque con tanto lío entre la mudanza reciente y su trabajo, hacia semanas que no se veían. Además, sus inquilinos le habían dejado la antigua casa patas arriba y ni avisaron al irse, así que ahora solo pensaba en venderla.

Últimamente, el tiempo con sus amigas era mínimo, y ni imaginaba que la pareja ideal de los Atencia hubiera saltado por los aires… ¿Sería ahora una rubia rellena de botox la que mandaría sobre Álvaro y por eso Alejandro no la quería llevar?

Eso, ¿qué pasa, que hay una muñeca inflable por ahí y por eso no quieres llevarme? disparó Marta.

¡Nada de muñecas! Una mujer normal, como tú, supongo. Venga, quédate, cielo. Ya os desahogaréis Lucía y tú después contestó dando por zanjado el tema.

Pero a Marta la carcomía la curiosidad y no desistió hasta obligar a Alejandro a aceptarla en el plan.

****

Durante la mitad del trayecto, Alejandro no abrió la boca, mascullando solo por los atascos y los malos conductores de la carretera hacia la sierra. Marta aprovechaba para escribir a la inmobiliaria por el tema de su piso.

¿Y, qué tal vas? Sin mí te veo muy apañada soltó Alejandro, espiando la pantalla del móvil de su esposa.

¿El piso? Pues regular. Unos lo quieren para entrar tras la señal, otros piden muebles nuevos y reforma… ya sabes cómo está.

El dinero de la reforma te lo consigo yo dijo él, quitándole hierro.

Alejandro, quiero irme al mar. ¿Podremos escaparnos este verano?

O reforma del piso o playa, tú verás, Marta. Además, ¿no sabes que tengo trabajo? ¡Qué vacaciones ni vacaciones!

Marta mencionó que la vecina le había pedido alquilar el piso para su hija y yerno. Alejandro montó en cólera.

¿Alquilar a quién, Marta? ¡No pagarán nada! Mejor reformamos, vendes y ya veré qué hacemos con el dinero. Era yo quien tenía que gestionar eso; eres demasiado blanda y te dejarán el piso por cuatro duros, ¡ya verás!

¿Nuestro piso? preguntó Marta, dolida.

¡El nuestro! Al final somos una familia, Marta zanjó Alejandro.

En la finca les recibía Álvaro, la mar de sonriente.

¡Eh, viejos! ¿Qué pasa, se os han pegado las sábanas o qué?

Mientras los hombres se daban un abrazo, Marta salió del coche y observó a Álvaro: camisa ajustada de marca, vaqueros rotos, barriga prominente y aire de chaval recién divorciado. Jamás lo habría visto así junto a Lucía.

¡Marta, no te me quedes ahí plantada! bromeó Álvaro mientras la abrazaba.

Hola, Álvaro. En el maletero tienes comida, lo he preparado para todos.

Déjalo ahí, anda. Mi chica lo ha encargado todo del restaurante Álvaro tiró de Marta hacia el jardín.

Las bolsas quedaron en el maletero, olvidadas.

El ambiente en la pérgola era ruidoso, casi festivo, y Marta escuchó risas y bromas de chicas nada más acercarse. Allí, vio a la nueva pareja de Álvaro, una rubia muy joven, con su inseparable amiga. Volvían del chapuzón en la piscina, entre hua-huas y posturas.

Y sí, lo peor se confirmaba: la nueva era todo labios, uñas y pelo postizo. Marta, de físico corriente, ni modelo ni patito feo, se sintió desplazada.

Alejandro, entusiasmado, remangó la camisa y se puso a preparar las brochetas. Marta ni probó bocado, incómoda junto a aquellas chicas en caftanes cortos.

Venga, Marta, anímate, échales conversación insistía Álvaro. Dasha, la amiga, es peluquera. Puede hacerle a Alejandro un corte moderno, que vaya pinta lleva.

Cariño, no seas así con Alejandro. Un hombre tan guapo puede ir a cualquier peluquero… Dasha ya se lo ha ofrecido dijo la rubia, entre risas.

Angela, ¿vamos a la piscina mientras se hacen las brochetas? comentó la otra.

Con un desdén apenas disimulado, las chicas miraron a Marta. Ésta se levantó.

No, gracias. Álvaro, deberías haberme avisado; no habría venido si llego a saber lo que me esperaba.

No empieces con Lucía otra vez. Angela y Dasha no tienen la culpa se defendió Álvaro.

¿No la tienen? Angela insinúa que necesito al menos un facial y Dasha va detrás de mi marido. Para vuestra información, la vecina nos corta el pelo gratis y le va genial así disparó Marta, echando a andar.

Alejandro babeaba mirando al par de modelos pasearse, hasta que vio que la discusión tomaba calor en la mesa.

Alejandro, llévame a casa ya exigió Marta.

¡Pero si estamos bien! objetó él.

¡No! Cuando estaba Lucía sí, ahora no se puede soportar.

Alejandro, tu mujer está cansada. Mejor llévala a casa dijo Álvaro, tirando para la piscina con las chicas.

Alejandro, crispado, tomó del brazo a Marta.

Marta, ¿qué espectáculo das aquí? Ya te ha vuelto loca trabajar desde casa. Vete con tu madre a merendar al parque, que tus hijos están allí con ella en vacaciones. Te pido un taxi.

Marta se puso roja de rabia. Las risas femeninas le hacían hervir la sangre y Alejandro remató:

¿No puedo disfrutar un rato de amigos sin que me amargues el día? Estamos hartos; te has convertido en una vieja protestona, Marta.

¿Te gustan jóvenes? ¿Por qué no dijiste que ya las conocías antes?

Porque no me dio la gana, ya las conocía, sí. ¿Y entonces qué?

Pues nada, Alejandro. Quédate. ¡No vuelvas a casa! y en un arrebato, le echó el resto de la marinada por encima de la reluciente camisa.

Hecho un cuadro, Alejandro se quedó boquiabierto mientras Marta salió de la finca rumbo a la parada de autobús, hirviendo por dentro. Por la carretera, marcó el teléfono de Lucía para contarle lo bajo que había caído Álvaro.

¿Sí? respondió seca la voz de Lucía.

Lucía, soy Marta…

¡No quiero saber nada de ti ni de tu Alejandro! Él… él… Lucía rompió a llorar.

Pero, ¿qué ocurre, Lucía?

¡Ha presentado a Álvaro a esa muñeca! ¡Por culpa de Alejandro me dejó, ¿lo entiendes?! Él les acercaba y les ayudaba. No digas que no lo sabías.

Y Marta, en realidad, no sabía ni la mitad. Lucía le contó cómo todo empezó por culpa de una amistad laboral. Palabra a palabra, se encendió la mecha y luego el desastre.

Se reconciliaron, sí, pero algo se quedó roto. Porque Marta, ahora, veía que Alejandro tenía otra vida. No estaba dispuesta a aceptarlo.

****

Pidió un taxi para irse a casa de su madre, en un pequeño pueblo cercano a Madrid. Sus hijos, como todos los veranos, estaban en casa de la abuela, jugando con los niños del barrio.

Su madre, Eulalia, la esperaba sentada.

¿Qué te pasa, hija? ¿Por qué has venido tan tarde?

Necesitaba respirar. En casa no aguanto más. Los chicos y yo necesitamos cambiar.

Pero, Marta, tienes marido y la vida montada, ¿cómo vas a ir de vacaciones sola?

Él ya lo hace. Si puede, yo también.

Eulalia preparó té, y Marta le relató la escena de la barbacoa, el escándalo entre ceja y ceja.

A él le apetece pasarlo bien y a nosotros ni nos mira. Pensaba usar el dinero de la reforma para irnos al mar, y así será. Que se apañe Alejandro con su piso y sus obligaciones.

Su madre le rogó que pensara en los niños antes de tomar decisiones drásticas, pero Marta ya estaba decidida.

Al poco, los niños volvieron del parque.

¿Mamá? ¿Qué haces tú aquí? preguntó el pequeño.

He venido por vosotros. Vamos a casa y luego nos vamos al mar a ver a tía Elena, que lleva siglos invitándonos dijo, abrazándolos.

Aquel incidente la había hecho reflexionar. Tal vez habían caído en la rutina sin quererlo, y lo suyo con Alejandro atravesaba el inevitable desgaste del tiempo. Ella, entre el teletrabajo y la crianza, él, perdido en su mundo de siempre, y ahora, además, distraído con otras mujeres.

Hoy me ha mentido pensó Marta. ¿Y mañana hará como Álvaro y lo dejará todo atrás?

En ese momento, escribió a la vecina, aceptando alquilarle el piso a su hija. Al día siguiente, tenía ya la transferencia hecha. Lo hizo por despecho, pero no se arrepintió.

****

Mientras tanto, Alejandro, humillado por el numerito en casa de campo, se fue a dormir a casa de su madre en Chamberí. Pasó el fin de semana allí, frotando la camisa y resoplando:

¡Marta me ha fastidiado la reunión! Se cargó el plan, ¡vaya genio!

Intentó llamarla, pero ella no contestaba.

¡Bah, ya se le pasará! murmuró, mientras luchaba con las manchas de marinada.

Tres días después, Alejandro volvió a casa. El silencio lo recibió. Frigorífico vacío y armarios desiertos. El móvil de Marta apagado.

¿Marta? ¿Qué narices pasa?

Por fin, llamó al teléfono de casa y contestó Íñigo, el hijo mayor.

Papá, mamá no está.

¿Y… dónde estáis vosotros? En casa de la abuela, ¿verdad?

No, estamos en la playa, en casa de tía Elena. Mamá está nadando.

¿Y cuándo volvéis?

No sé, mamá ha pedido vacaciones. Cuando ella quiera. ¡Adiós, papi! tronó la vocecilla feliz del niño.

Adiós masculló Alejandro, frustrado.

****

Una semana en la costa pasó casi sin sentir. Al regresar, mujer e hijos estaban refescados y felices, pero Alejandro les recibió con mal humor.

Sufría por la ignorancia de su mujer, por gastar el dinero en viajes, por romper sus planes, pero sobre todo, había una inquietud mayor que le ardía por dentro.

Ni un saludo le dedicó Marta. Se fue directa a la habitación a deshacer maletas. Los chicos atacaron las magdalenas que la abuela les había traído.

¿No tienes nada que decirme? le espetó Alejandro, cerrando la puerta tras ella.

¿Sobre qué?

Ya estaba harto.

El dinero del piso era para la reforma, no para ir a la playa.

Era MI piso. Recuerda: tú pusiste 500 euros, y yo, cinco mil más. Así que…

¡No te des la vuelta! ¡No soy un crío para que me mires así! ¿Y el piso?

Lo he alquilado. La hija de la vecina y su marido. Ya está.

Marta lo miró a los ojos. Vio en Alejandro las ojeras acumuladas y un rictus amargo.

La casa la debías haber vendido, no alquilado, y el dinero para la reforma. ¡Esto es un desastre!

Mira, Alejandro, cuando quieras puedes dejar de acompañarme por estar casados. Yo a ti no te pido explicaciones, tampoco deberías pedírmelas tú.

Las palabras que un día él había arrojado al aire, ahora le volvía en contra, lacerándole el orgullo.

¡Tu piso es mío también, y lo quiero todo a medias! le gritó Alejandro, perdiendo la compostura. ¡Eso sí que no!

Pero Marta ya no daba marcha atrás.

Lo que sea por ley. Pero el piso lo vendo cuando quiera. Después del divorcio.

¿Divorcio? ¡No! Tenemos dos hijos, Marta, no digas tonterías.

Sobra motivos, Alejandro. Sales con otras y me controlas. Que te cocine Dasha, yo quiero vivir para mí. También quiero algo nuevo, como Álvaro.

Y esa misma semana, Marta puso la demanda de divorcio.

Pero hasta que se resolviese, la convivencia se hacía insoportable. Marta dejó de cocinar para Alejandro, enviando a los niños otra vez con la abuela. Ella tiraba de ensaladas y dieta como él mismo le había recomendado alguna vez con ironía.

Alejandro comía en el bar del barrio y en el trabajo; incluso dormía en el balcón, sobre el colchón de los críos, hasta que el temporal le mandó de vuelta a la casa de su madre.

La suegra se desesperaba con el hijo, que culpaba en todo a Marta anda por ahí de juerga, ¿qué quieres que haga?. Marta, por dentro, no podía evitar reír al verle el ceño torcido cada vez que se cruzaban en la cocina.

Cansado de la situación, y tras varias noches de sopa instantánea y sofá-cama, Alejandro hizo la maleta con rabia.

****

Dos semanas después, Alejandro llamó a Dasha, esperando encontrar alivio en brazos ajenos.

Dasha, ¿quieres que nos veamos? Ahora estoy libre, podemos estar juntos…

Mira, Alejandro, salimos aquella vez y ya. No te hice ninguna promesa.

La joven recordaba bien al codo que, ni tras la fiesta, le regaló unas flores.

¿Cómo que no? Pensé que podríamos vernos, que a lo mejor me cortabas el pelo… trató de bromear él.

Tengo otros planes, Alejandro. Si acaso te llamo, pero ya que la vecina te corta gratis…

Intentó convencerla, pero no hubo manera. Y Dasha no le devolvió la llamada; tampoco quería volver a verlo, después de lo que Marta le había contado aquella noche.

Fin.

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