— ¡Papá, no te la lleves! — sollozó la pequeña hija, Catalina, de siete años, con la nariz enrojecid…

2 de noviembre

Papá, ¡no te la lleves! sollozó mi hermana pequeña, Carmela, con el moquillo rojo de tanto llorar. ¡No podemos dar a nuestra Paca! ¡Es nuestra!
Tu Paca dijo papá, apretando fuerte el volante mientras giraba el Renault viejísimo lo deja todo perdido, ¡en todas partes! En el pasillo, junto a la chimenea, ¡incluso ayer dejó un regalito dentro de los zapatos! Y al arenero, ni caso. ¿Qué hago, eh?

Pero papá
¡Calla! rugió.

Así fue. Papá encendió el motor del coche, el pobre Renault blanco, con los guardabarros oxidados. En el asiento de atrás, en una caja de cartón que apenas cabía, la gata Paca maullaba con voz fina y triste.

Papá, ¡no te la lleves! volvió a pedir Carmela, tragando lágrimas.

Tu Paca deja la casa hecha un asco cortó él, dando otro volantazo no hay quien la aguante, ni en el pasillo ni en la cocina.

Carmela se quedó quieta junto a la verja, apretando la madera con las manos pequeñas, mirando cómo el coche con abollones desaparecía tras la curva.

Era un otoño de los de aquí: húmedo, ventoso, el cielo bajo, las nubes grises aplastando el pueblecito. El viento enredaba las trenzas de Carmela, sacudía el bajo de su vestido de flores.

¡Carmela, ven a casa ya! gritó mi madre, Ana María, desde la ventana, amasando pan. ¿Qué haces ahí de estatua?

Pero mi hermana ni se movió. Las lágrimas le bajaban por las mejillas, saladas, feas.

La Paca nuestra Paca Pelirroja, con patitas blancas y el pecho mullido. Por las noches se acurrucaba en el regazo de Carmela, o se enroscaba cerca de la chimenea de leña Y ahora

Dentro de la casa olía a repollo guisado y masa de pan dulce. Mi madre estaba con los bollos. Nosotros Tomás (trece), Lucía (once), Juan (nueve) estábamos en la mesa frente a los cuadernos O eso fingíamos. Tomás garabateaba cualquier cosa sin mirar, Lucía estaba escondida tras el libro de lengua, roja de ojos. Juan, tan hablador normalmente, ni palabra, mordiendo el lápiz.

Esto siempre igual, soltó de repente Tomás, dejando caer el bolígrafo. Papá decide y punto, ¡sin preguntar!

¡Por favor! dijo mi madre, Ana María, amasando sin dejar de mirar. Papá hará lo que sea mejor. Tres gatos ya tenemos, ¿eh? Lola y Rubio sí usan el arenero. Pero esta la vuestra

¡Es que solo le falta que la enseñemos! chilló Lucía, sollozando. ¡Podríamos!

¿Enseñarla? se le escapó una sonrisa a mi madre. ¿Y quién tiene tiempo? ¿Eh? Yo llevo la casa, la huerta, los cerdos, ¡y ahora una gata emperatriz!

¡Pero la enseñamos nosotras! protestó Lucía.

Ya es tarde zanjó Ana María.

Carmela se sentó junto a la ventana, viendo la cortina de lluvia sobre la plaza, los huertos con restos negros del verano.
Mamá ¿volverá a casa? preguntó casi sin voz.

Mi madre suspiró, cansada:
No lo sé, hija No lo sé.

Media hora después, papá volvió. Se quitó la cazadora mojada, la colgó y entró en la cocina sin mirarnos.

¿Qué? preguntó madre.

La he dejado En la aldea de al lado. Con los Sánchez. Han dicho que la cuidarán.

¿Lejos está? preguntó Juan.

Cinco kilómetros, más o menos gruñó papá.

No volverá murmuró Lucía.

Ni falta hace respondió papá, frío. Se acabó el tema. Sírveme el té, que me he quedado helado.

Mi madre puso el vaso caliente encima de la mesa y un plato de macarrones con tomate. Papá comió en silencio, arrastrando los macarrones, como enfadado y agotado. Nosotros no comimos, solo miramos los platos, como si llevaran piedras.

Por la noche, cuando ya todos dormían, o fingían dormir, Carmela seguía dando vueltas en la cama, pegada a Lucía. Oía la lluvia, la madera vieja, el ladrido lejano del perro del vecino.

¿Lucía, estás despierta? susurró Carmela.

Sí contestó bajito Lucía.

Paca volverá. Seguro. Sabe volver a casa.

No digas tonterías ¿cómo va a volver? Papá la ha dejado lejísimos. Cinco kilómetros para una gata pequeñita Es casi otro país.

Pero es muy lista. Nos encontrará

Lucía no contestó y se dio la vuelta, pero Carmela siguió rezando bajito, las palabras que le enseñó la abuela: Señor, cuida de Paca, que encuentre el camino de vuelta Por favor

Mientras tanto, Paca estaba en casa de los Sánchez del otro pueblo, bajo la cocina de leña. Los ancianos eran amables, le dieron leche y algo de chorizo. Incluso la acariciaron. Pero la gata ni maulló. No ronroneó, ni buscó manos. Seguía allí, acurrucada, intrusa y triste.

¿Dónde estaba su casa? ¿Dónde los niños Carmela, Lucía, Juan, Tomás? ¿Dónde Ana María, que a veces le dejaba un trozo de jamón a escondidas? ¿Dónde esos olores a pan, a leña?

Todo olía diferente. Voces extrañas. En la casa vivía un gato enorme, gris, que bufó furioso cuando Paca se acercó a la comida.

Esperó. Hasta el alba. Cuando la señora abrió para salir al corral, Paca se coló como una flecha.

¡Ay, pero a dónde vas! gritó la mujer.

Pero la gata corría, cruzando la huerta, la tapia, la carretera. No paró hasta perder de vista el pueblo, en mitad del campo mojado.

La lluvia seguía. Desde hacía horas. El pelo pelirrojo empapado, las patas resbalando, las uñas llenas de barro.

No sabía a dónde. Pero dentro algo le quemaba: un instinto, una pizca de memoria: por allí sigue no pares.

Pasó el día acurrucada bajo una parva vieja de heno, temblando de frío. No cazó nada, solo bebió agua de un charco.
El segundo día llegó a la carretera: asfalto medio roto, baches, algunos coches que salpicaban barro. Paca avanzaba, cojeando, parando, siguiendo.

Por la noche se refugió en un almacén abandonado, tablas podridas y olor fuerte de ratones. Uno cazó. Lo devoró de golpe.

El tercer día cayó la primera nieve del año, mojada, pegada al lomo. Dejaba huellas oscuras en la nieve sucia. Las almohadillas de las patas, en carne viva. Pero siguió.

Porque allá lejos, al final de la nada, estaba la casa. Estaban los niños, la esquina templada, la madre que aunque regañaba, acariciaba cuando nadie miraba.

El cuarto día, apareció el bosquecillo junto al arroyo. El corazón de Paca latió deprisa. Aceleró. ¡Sí! Era aquella alameda donde en verano recolectábamos setas, donde Carmela hacía coronas de margaritas.

Al quinto día cruzó el río, no muy ancho pero helador. Lo cruzó temblando, y calada hasta los huesos.
Sexto día: tos, mocos, respiración entrecortada. Pero seguía.

Séptimo día. Amanecer. Toda sucia y medio tiritando, Paca llegó hasta la verja de casa. Se sentó, maulló flojito. Nadie oyó. Maulló más fuerte.

La puerta se abrió. Carmela salió corriendo en bata, descalza.

¡Pacaaaa! gritó, abrió la verja y la cogió en brazos. ¡Mamá, papá! ¡Venid, venid! ¡Ha vuelto!

Uno a uno salieron los demás Lucía, Juan, Tomás. Mi madre, con las manos manchadas de harina, se acercó y se agachó para mirar bien a la gata.

Dios mío Está hecha un fideo, y con el moquillo colgando Debe de estar resfriada murmuró.

¡Hay que curarla, mamá! imploró Lucía.

¿Curarla? Ana María negó con la cabeza ¿Desde cuándo el veterinario viene por gatos? Está para las vacas y los cerdos, pero los gatos ya se lo apañarán.

¡Pero mamá!

Venga, no protestéis suspiró ella. Calentadle leche, y traed un trapo para secarla. Después veremos.

En la puerta apareció papá. Miró a Paca en brazos de Carmela.

Así que has encontrado el camino dijo bajo.

Papá, ha cruzado cinco, o seis kilómetros saltó Tomás. ¿Te lo imaginas?

Papá no contestó. Dio media vuelta y entró en casa.

Paca entró en calor junto a la chimenea. Carmela le trajo un bol de leche caliente. La gata bebía con ansia, la leche salpicándole los bigotes. Lucía la secaba con un paño viejo, muy despacio, con miedo a hacerle daño.

Tiene las patas en carne viva susurró Lucía.

Mamá se sentó, revisó a la gata.

Pobre Has pasado lo peor suspiró. Juan, trae yodo. Lucía, un vendaje. Vamos a curarla.

¿Y los mocos? preguntó Carmela.

Para eso, manzanilla murmuró mamá. Se lo pregunto a la tía Antonia, que es sabia en remedios. Lo más importante: calor y comida.

Desde entonces, todos los niños cuidamos a Paca como a una hija. Carmela no se le despegaba, le susurraba al oído palabras tranquilizadoras. Lucía le hacía caldito de pollo. Juan trajo una manta y la puso junto a la chimenea. Tomás, ceñudo, cortaba madera y clavaba algo.

¿Qué haces? preguntó Lucía.

Un arenero gruñó Tomás. Para que aprenda de una vez. La enseñaremos.

¿Y crees que funcionará?

Tenemos que lograrlo.

Paca estuvo mala casi una semana. Tiritaba, moqueaba, los ojos le lloraban. Pero no nos rendimos: manzanilla caliente, leche a sorbos, bien arropada.

Poco a poco fue mejorando. Ya no moqueaba, los ojos brillaban, el pelo volvía a esponjarse.

Entonces empezó la escuela del arenero. Tomás cogió una caja vieja, echó un poco de arena. Cada vez que Paca iba a buscar dónde hacer, la llevábamos al arenero.

Aquí, Paca Aquí, guapa insistía Carmela, paciente.

Paca bufaba y quería escabullirse. Pero fuimos más tercos. Y sucedió: de repente, la gata fue sola, escarbó la arena e hizo lo suyo.

¡Lo ha logrado! gritó Carmela ¡Mamá, papá! ¡Ha ido sola!

Mi madre sonrió por primera vez en días.

Ves Se podía. Quién lo diría.

Papá leía el periódico en la mesa. Levantó la vista, miró a la gata, que orgullosa se acicalaba junto al arenero.

Qué cabezota eres le susurró. ¡Y cuántos kilómetros has echado!

Papá, no la vas a volver a llevar, ¿verdad? preguntó Carmela bajito.

Papá se quedó quieto, pensando mucho. Al final dijo:
No. Si ha vuelto por sí sola es que aquí está su sitio. Con nosotros.

Carmela brincó y lo abrazó, tan fuerte que parecía que tenía miedo de que cambiara de opinión.

¡Gracias, papá! ¡Gracias!

Bah gruñó él, pero se le notaba la cara contenta.

Paca vivió muchos años más en casa. Aprendió a usar el arenero sin fallar ni una vez. Por las noches, ronroneaba al lado de la chimenea, hecha un ovillo. Cazaba ratones como Lola y Rubio, y eso hacía a los niños sentirse orgullosos.

A veces, papá miraba a Paca y negaba con la cabeza.

Tiene espíritu decía del bueno. Sabe dónde está su casa. Y ni la distancia la para.

Siempre asentíamos. Porque era verdad: Paca sabía dónde tenía que volver. Y volvió. Entre lluvia, frío, hambre y dolor. Porque aquí la esperaban.

Y donde esperan ahí se vive. Así sigue la vida en mi pueblo.

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— ¡Papá, no te la lleves! — sollozó la pequeña hija, Catalina, de siete años, con la nariz enrojecid…
Mi hermana dedicó toda su vida a sus hijos y, cuando cayó enferma, ellos ni siquiera vinieron a verla…