¿Te escuchas, Álvaro? ¿Pretendes que tenga que ir por ahí con barriga a los cuarenta para reparar los errores de tu juventud?
La voz de Inés flotaba como un eco extraño, espesa entre las paredes de su salón en las afueras de Salamanca, pues lo onírico de la noche distorsionaba los objetos y volvía borrosas sus palabras, como si fuesen dichas desde un fondo de agua.
¿Y por qué me toca a mí cargar con que el taller de tu tío te entretuviera más que nuestro propio hijo? preguntaba ella desde detrás de un vaso que se convertía en linterna y luego en pez de colores.
¡Inés, siempre igual! insistía Álvaro, su rostro desenfocado y sus palabras tropezando unas con otras, como si no cupieran en la sala. No era consciente, no valoraba nada. ¡Ahora lo he perdido todo! ¡Jaime ni siquiera me considera su padre!
¿Y en qué se equivoca? Inés sonrió con amargura, hundida en un sillón que parecía medusa Diecisiete años ha vivido con un compañero de habitación, no con un padre. Los hijos no se apagan como la televisión para encenderlos cuando te da por jugar a la familia.
La sombra de Álvaro se hacía larga en el suelo, y sus cejas eran puentes sobre el Tormes. El resoplido y el gesto agrio de siempre.
¡Basta, Inés! ¡Eso ya pasó! Dame otra oportunidad suplicaba, como si eso pudiera girar la manivela del tiempo.
¿Para que te canses otra vez y lo dejes todo a mi cuenta, y otro hijo crezca sin padre? No, Álvaro. No se habla más.
Su rostro se arrugó en una máscara de enfado. No encontraba respuestas; el móvil, como un espejo negro, se lo tragó de un bocado.
Pero aquel conflicto, difuminado como la niebla de los sueños, acabó sólo por el momento. Pesaba en el pecho de Inés como una losa mojada; el dolor iba más allá de las tonterías de Álvaro, porque era por Jaime, el hijo invisibilizado en aquel universo de paredes blancas y relojes sin agujas.
Soñó con cuando tenía veintitrés años y, frente al Hospital Clínico bajo el cielo castellano, sostenía el bulto diminuto de Jaime envuelto en una manta que era a la vez sábana y nube.
Álvaro aparecía imponente, a veces cuervo, a veces padre, caminando en círculos protectores alrededor suyo. Lucía una sonrisa de aparición mariana, y de vez en cuando colocaba la mantita o besaba a Inés en la frente.
¡Si es que es igual que yo! decía, la voz terciopelo y vino dulce ¡Esta barbilla y ese lunar!
Ahora lo entiendo. Daría todo por él, le enseñaré a jugar al fútbol en la Plaza Mayor, seré el mejor papá prometía entre las luces que palpitaban como luciérnagas.
Inés, entonces, creía. El futuro relucía, utópico y tibio, en aquellas visiones de familia perfecta, paseando entre las estatuas líquidas de los sueños.
Pero la vigilia, con su lenguaje de facturas, hastío y paredes desconchadas, afloró.
Era medianoche y la casa era un barco zozobrante en la oscuridad. Inés, con ojeras como lunas, acunaba a Jaime, convertido en saxofón cacofónico por los cólicos.
Álvaro, tumbado entre sábanas que olían a eucalipto y desidia, gruñía:
¡Hazle callar ya, por favor! Mañana madrugo para ir a la obra.
Inés, solitaria, metía al niño en otra habitación, le cantaba coplas que terminaban en aullidos, hasta que el amanecer de Segovia entrara por la ventana.
Los fines de semana, con la cabeza a punto de estallar, pedía ayuda:
Álvaro, ¿puedes llevártelo al parque aunque sea un rato? Quiero dormir…
Más tarde, Inés, los chicos me esperan para lo del coche… Eres fuerte, tú puedes.
Y la puerta, como una trampa de viento, se cerraba sobre ella y su fortaleza, que era sólo cansancio.
El tiempo, ese gato que siempre cae de pie, fue estirando a Jaime.
Inés orquestaba aproximaciones inciertas, como si de ajedrez se tratara: un niño de mejillas rojas se le acercaba a Álvaro, que miraba el fútbol en el televisor, sin apenas apartar la vista para cogerlo, con más inquietud que ternura. Pronto, el niño terminaba en el suelo, y Álvaro regresaba al partido.
A los cinco años, Jaime construía castillos de cubos sobre la alfombra azul del salón, mientras Álvaro era sombra fugaz pastando cerca del sofá. Ni una palabra, ni una mirada se cruzaba entre ellos; ambos habían aprendido la coreografía del desinterés.
Si Álvaro aportaba en casa y ayudaba algo en la cocina, todo lo demás era ausencia. El tren de la infancia partía sin él en cada estación. ¿Para qué fingir sorpresa cuando Jaime rechaza su paternidad?
Jaime, ¿qué tal en clase? preguntaba un día, fingiendo interés.
Bien, papá, lo habitual…
Si tienes problemas, me dices. No quiero que termines barriéndo la plaza como mi primo.
Todo está bien, de verdad. Y abrazándose a sí mismo, escurría el bulto hacia su cuarto.
Si quieres vamos a pescar al Duero este finde gritaba Álvaro, pero sólo le respondía el silencio.
Sólo Inés sabía que esa noche había baile en el instituto y que la chica que le gustaba había rechazado a su hijo. Y por eso Jaime jamás querría ir a pescar.
Se acabó la infancia para Jaime. El tiempo de resarcir había caducado. Álvaro, frustrado, empezó a pedir borrón y cuenta nueva: otro hijo. Inés, que aún olía a leche agria y lágrimas de agotamiento, se negó en redondo.
La familia, como si fueran coros de un teatro grotesco, había intervenido ya.
Inés, escucha a tu madre le decía su madre, vaporosa y traslúcida como si la hubieran pintado con agua Hazle caso a Álvaro; ahora ha cambiado, ha crecido. No le niegues la felicidad.
Incluso la suegra, Doña Remedios, participaba desde un balcón que se desvanecía:
Si no lo intentas pierdes a Álvaro, hija. Otra mujer lo hará. El segundo hijo une el matrimonio, así tendrás apoyo cuando el primero vuele.
Sentía Inés que su vida y cuerpo se subastaban en una feria de ganado invisible.
Nadie la veía como una mujer cansada; todos la reducían a madre y esposa. En el vértigo de la noche soñó un plan absurdo: resucitar un antiguo tamagotchi, el del desván, para probar algo a todos.
Un animalito electrónico, tan exigente y surrealista como un reloj fundido de Dalí, con necesidades mecánicas y pitidos insistentes. Cuando Álvaro llegó a casa, le entregó la maqueta electrónica.
¿Esto qué es? preguntó incrédulo, transformándose en un niño viejo.
Es tu entrenamiento. Si después de un año tu mascota sigue viva, te creeré preparado para otro hijo.
Álvaro se rio primero, pero al ver los ojos de Inés profundos como los cuadros de Goya, se calló, molesto.
¿Vas a comparar esto a un hijo de verdad?
Empieza por aquí. Si no puedes cuidar ni de esto…
Guardó el artilugio en el bolsillo y, los primeros días, fingió esmero. Luego, fastidiado, admitía no llegar a todo; el octavo día, el tamagotchi murió por olvido, en plena crisis del trabajo.
Desde entonces, los conflictos se convirtieron en niebla espesa, apenas discusiones sordas, y Álvaro se rindió por agotamiento.
Tres años después, la vida acomodó las piezas. Jaime, ya universitario en Madrid, apareció con su novia Carmen, y poco después anunciaron que esperaban un bebé.
Álvaro mutó en abuelo entusiasta. Regalos desmedidos de billetes de veinte euros, cochecitos que no cabían por la puerta, pañales y sonajeros desproporcionados.
Promesas y juramentos que, como siempre, se desvanecían tras el primer mes.
A los primeros llantos del nieto, Álvaro hallaba excusas: llamadas urgentes, visitas al pueblo de Ávila, la nevera que arreglar.
Inés, encarnando la sensatez y el escepticismo, miraba a su hijo y a Carmen agotados, pero juntos, verdaderos padres.
Y comprendía que nunca se había equivocado.
Jaime terminó siendo un hombre atento y presente; Álvaro, en cambio, como en las pinturas más tristes de Velázquez y Goya, se quedó atrapado en la idea romántica de la paternidad, no en su significado.
¿Qué pensáis vosotros de este laberinto de espejos? ¿Acertó Inés? Dejad vuestros comentarios, dad un me gusta.






