Padre soltero

PADRE SOLTERO
El pequeño Iker, de cinco años, se despierta hoy antes de que suene el despertador, se cuela bajo las sábanas de su padre y le susurra, con emoción contenida:
Papá, esta noche he soñado con mamá.
Gonzalo se despierta de golpe.
Mamá me ha dicho que en cuanto caiga la primera nevada, volverá con nosotros continúa su hijo en voz baja. Papá, ¿falta mucho para que nieve?
No mucho responde Gonzalo, levantándose deprisa y encendiendo la luz. Vamos Iker, hay que levantarse. Desayunamos y vamos pitando al cole.
No quiero.
¿Qué no quieres?
Desayunar.
Yo tampoco quiero suspira Gonzalo. Pero toca.
¿Y por qué?
Porque hay que hacerlo. Somos hombres, hijo. ¿Y si hoy tenemos que salvar a alguien y no tenemos fuerzas?
Papá, ¿mamá volverá?
Esa pregunta es la más difícil. La madre de Iker se fue hace ya un año, pero el niño aún la espera cada día.
Claro que volverá contesta Gonzalo, tratando de imprimir alegría a su voz.
¿Va a venir del cielo?
Sí, y quizá estará un poco diferente.
¿Diferente? ¿Cómo?
Quizá la cara le cambie un poco. Pero seguirá siendo igual de buena, y te querrá mucho.
Ojalá nieve pronto suspira Iker.
Media hora después, Gonzalo ha dejado a su hijo en la puerta del colegio en brazos de la profesora y corre hacia la parada de autobús. Desde ayer su coche no arranca: el viejo motor no ha resistido el repentino frío de noviembre y la batería le ha dejado tirado. Ahora tendrá que comprar una nueva.
Por suerte, llega puntual a la oficina. Se sienta rápido en su silla, enciende el ordenador y se queda unos minutos mirando la pantalla, ausente.
¡Gonza, buenos días! saluda Luis, su compañero de al lado. Despierta, que el jefe no tarda.
No duermo, hola responde Gonzalo.
Por cierto, dicen que a nuestro departamento llega una compañera nueva. Joven. Así que deberías encargarte tú de recibirla.
¿Por qué yo? le lanza una mirada cuestionadora Gonzalo.
Porque sí, hombre. Eres padre soltero. ¡Te vendría bien una compañera!
¿Tú también, Luis? Que no soy un padre soltero, solo un padre que cría a su hijo.
Pero a Iker le vendría bien una madre, ¿no?
Sí suspira Gonzalo. Pero tiene que ser una buena persona.
¿Y si esta lo es?
¿Quién?
La nueva.
Déjame ya Gonzalo vuelve al monitor, intentando centrarse en el trabajo.
El día se le hace eterno.
Al final decide pedir permiso para salir una hora antes. Quiere recoger a su hijo pronto y pasar por una tienda de repuestos a comprar la dichosa batería.
Sale apresurado, pero se detiene en seco al ver caer los primeros copos de nieve.
Se queda clavado. De repente recuerda lo que esta mañana le dijo Iker. El corazón se le encoge y echa a correr hacia la parada.
En el camino, ve a una chica delgada luchando, sin éxito, por aflojar la tuerca de la rueda de su coche. Sus manos están rojas y mojadas por el frío. Gonzalo no puede evitar parar.
Se acerca y, algo irritable, pregunta:
¿Por qué intentas hacerlo tú sola? ¿No tienes a nadie que te ayude?
No responde la joven, impasible.
Sé hacerlo, pero con esta nieve Las manos se me quedan heladas.
Vaya Gonzalo se agacha a su lado. Mira, yo te ayudaría, pero tengo mucha prisa.
Tranquilo, no hace falta le responde ella, con calma.
Eso lo complica todo se le escapa a Gonzalo. Si te cambio la rueda en un momento, ¿me llevas al colegio? Mi hijo me espera.
¿En serio? suspira la chica, aliviada. Por supuesto.
Cambiar la rueda le lleva más tiempo de lo esperado. Para colmo, la rueda de repuesto está sin aire y tiene que inflarla con una bomba que milagrosamente encuentra en el maletero.
Ya dentro del coche y sintiéndose cumplido, la joven le dice:
¿Te has fijado que es la primera nevada?
A Gonzalo se le hunde el alma otra vez, tanto que aprieta los dientes para no soltar un gemido.
¿Te pasa algo? pregunta la chica.
Nada, arranquemos, por favor.
Dime hacia dónde.
Recto, ya te iré diciendo.
Nieve cada vez más intensa. El trayecto va en silencio, y al llegar al colegio, la joven pregunta:
¿Te espero y luego te llevo a casa?
No, no hace falta, gracias. Tengo que parar en la tienda de repuestos.
¡Mejor! responde ella, contenta. Yo también tengo que ir. Además, yo no tengo prisa; como ves, no tengo a nadie esperándome. Y con esta nieve tan mojada, tu niño se empapará
De verdad, no hace falta responde Gonzalo, saliendo corriendo rumbo a la puerta del cole.
Cuando Iker y él salen al rato, el coche de la chica sigue allí. Ella está de pie, con la boca abierta al cielo, atrapando copos como los críos.
Al verlos, les saluda efusiva con la mano.
¡Eh, venid! ¡Os he esperado!
Iker se detiene, confundido, y mira a su padre. Luego a la chica. Y musita, con incertidumbre:
¿Es mamá? Papá allí está mamá Ya te lo dije. Ha empezado a nevar y
De repente, echa a correr y en un santiamén salta a los brazos de la joven, que lo coge sin sorprenderse y gira con él en un torbellino de alegría.

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