¡Ay, esa abuela que se casó y dejó a sus hijos ofendidos! El fin de semana, como siempre, Alla vis…

Ay, esa abuela, ¡se ha casado y ha dejado a los hijos enfadados!
Como cada fin de semana, Lucía fue a visitar a su madre, que tenía ya 78 años y vivía sola desde hacía mucho tiempo. En dos días, la hija conseguía hacer la limpieza de la casa, lavar la ropa, todo a mano porque no hay lavadora ni agua corriente. En verano, además, había que cuidar el huerto.
Te deberías venir a vivir conmigo, allí todo sería más sencillo, pobrecita mía, nunca descansas le decía la madre.
Mamá, allí tengo mi trabajo, mi hija, mis nietas respondía Lucía, suspirando.
Pedro ha vuelto. Quitó las maderas de las ventanas de su casa. La casa llevaba cinco años vacía desde que murió Jacinta. Dice que ha dado muchas vueltas por el mundo y que quiere pasar aquí el resto de sus días. Ha preguntado por ti, seguro que vendrá a verte le contó la madre.
Pedro, Pedrito… Fue su amor de juventud. Lucía lo quería, pero él nunca le prestó atención. En el último año de instituto, Lucía hizo algo desesperado: tiró un cubo al pozo y corrió a pedirle que lo sacase, porque si no su madre la iba a regañar.
Pedro cogió la pértiga y fue a ayudarla. Estuvo media hora luchando con el pozo helado, pero consiguió sacar el cubo.
¿Crees que la superstición funcionará? se rió él al despedirse.
Quien te saca el cubo del pozo, ese será tu futuro marido, decían las chicas del pueblo.
Resultó que no funcionó.
Pedro se fue a Madrid. Terminó la universidad, cambió de ciudad muchas veces, recorrió casi toda España. Se casó, se divorció varias veces… y ahora ha regresado.
Lucía, tras acabar el instituto, estudió en una escuela de economía en Valladolid, cerca de su pueblo natal. Trabaja desde entonces como contable. Se casó y tuvo una hija, Carmen. Hace ocho años, enviudó.
Pedro llegó por la tarde. Claro que había cambiado, estaba más mayor y tenía el pelo canoso.
Sigues tan guapa como siempre dijo él y abrazó a Lucía.
Ahora sí que sabes mentir. Somos los dos cincuentones, hemos cambiado y envejecido, como todos le cortó Lucía.
Después se sentaron en la terraza del jardín. Brindaron con un poco de licor de guinda casero y hablaron, y hablaron…
Pedro contó que él y sus dos esposas se separaron en buenos términos. No dejó a ninguna sin nada; a cada una le dejó su piso y todo lo que habían conseguido juntos.
Tiene un hijo mayor de su primera esposa, que se marchó a vivir a Alemania con su madre. Su mujer era descendiente de alemanes instalados en Castilla durante la posguerra.
La segunda esposa pidió el divorcio ella misma, se enamoró de alguien más joven. Pedro no la retuvo. No tuvieron hijos juntos.
Pedro ya está jubilado por trabajo en el norte y en empleos de riesgo. Planea formar una cuadrilla de hombres del pueblo y dedicarse a construir casas, chalets, casetas, y hacer reformas. Hay demanda y él cuenta con un pequeño capital.
Pero siempre hablo de mí, ¿cómo estás tú? Me dijeron que ahora estás sola le preguntó Pedro.
Y, para sorpresa de Lucía, comenzó a contarle todo. Tal vez era momento para desahogarse, o quizás fue el licor.
No estoy sola, Pedro. Tengo una familia grande. Y en esa familia, casi vivo como la criada empezó Lucía.
Mi hija, después del instituto, no quiso estudiar; se casó enseguida. Se vino a nuestra casa con su marido. Tenemos piso de tres habitaciones, espacio suficiente para todos. Poco después nació mi nieta Alba.
De alguna manera, todas las tareas domésticas acabaron siendo mi responsabilidad. Mi hija tenía depresión y una niña pequeña.
Mi marido (un hombre maravilloso) me ayudaba y nunca se quejaba. Pero un día amaneció y no despertó… Fue un golpe durísimo, pero ni tiempo tuve para llorar.
Trabajaba y tiraba de la casa yo sola. Los gastos aumentaron. El yerno gana poco. Todo mi sueldo va al presupuesto de la familia. Pensé que cuando mi nieta creciera, mi hija la llevaría a la guardería y volvería al trabajo, sería más fácil para mí, pero… Cuando Alba tenía cuatro años, mi hija tuvo a la segunda nieta, Sandra.
La mayor ya va al colegio, la pequeña tiene cinco años y mi hija sigue en casa.
Por las mañanas, preparo el desayuno para mi yerno y las niñas, visto a Alba para el colegio. Sandra se queda en casa con su madre, pero ¿con su madre? Ella juega tranquila sola o ve dibujos animados en la televisión. Es una niña muy pacífica, y mi hija duerme hasta mediodía.
Yo acompaño a Alba al colegio y me voy al trabajo. Por la tarde cocino para el día siguiente, ayudo a las niñas con los deberes, y también hay que lavar y limpiar.
Intenté hablar con mi hija, decirle que ya no soy joven, que ella debería empezar a ayudar un poco en casa. Pero es inútil. “Está agotada con las niñas”.
Al yerno le va bien así. Mi suegra trabaja, hay dinero suficiente, él ni tiene que esforzarse. Además traigo verduras del pueblo.
Él ayudaría en el huerto, pero el problema es que no tiene coche. Y me insinúa que le dé dinero para uno. Saben que tengo algo ahorrado, pero me da miedo quedarme sin nada. Además, no llega para comprar coche.
Estoy cansada. Sé que es culpa mía. He criado a una hija perezosa y sin vergüenza. Lo entiendo todo, pero no sé cómo salir de este círculo…
Vaya historia… No te preocupes, Lucía, ya veremos qué hacer. Vamos que amanece se despidió Pedro y se marchó.
El domingo por la tarde Pedro la llevó en su coche a Valladolid. Lucía se alegraba de la cantidad de provisiones que pudo llevar del pueblo. Pedro la ayudó a subir bolsas y sacos a la casa.
Cuando se fue, su hija le preguntó:
¿De dónde has sacado a ese abuelo?
Lucía explicó que era un antiguo compañero de clase y empezó a organizar las verduras.
Dos semanas después, el antiguo compañero llegó cerca del mediodía y comenzó a sacar las cosas que Lucía había preparado de la casa. Su yerno y su hija salieron, aún adormilados.
¿Qué pasa aquí? preguntaron los dos a la vez.
Me marcho, me caso. Me iré al pueblo, quiero pasar el resto de mi vida con Pedro respondió Lucía.
¡Anda que con la edad que tienes se te ha ido la cabeza! ¿Casarse a estas alturas? ¿Y tú, mujer, has hecho la comida? Que tus nietas pronto tendrán hambre se quejó la hija, escandalizada.
Pues ahora tú vas a cuidar de tus hijas y de tu marido. He vivido para vosotros diez años, y ahora quiero vivir para mí. Querida Carmen, te toca ponerte las pilas contestó Lucía.
¡Traidora! ¡Te prohíbo ver a las niñas! gritó Carmen.
Ni lo tengo previsto ahora mismo. Tengo mucho que hacer. De hecho, estos años he visto a mis nietas más que tú y Lucía salió.
En el coche, por supuesto, lloró.
Debí haber avisado antes que me iba le dijo a Pedro.
Te habrían dicho lo mismo, pero con más detalles y seguro que más insultos. Hay que cortar de raíz. Se han acomodado demasiado contigo, no habría otra manera le respondió Pedro.
Lucía arregló la casa de Pedro: él puso un baño con calefacción y una ducha. Hay que traer agua en bidón y vaciar el foso dos veces al mes, pero eso ya son minucias.
A Lucía la invitaron a trabajar en la escuela del pueblo como encargada de mantenimiento, y aceptó. El sueldo es menor, pero la tranquilidad es mayor. Pedro trabaja con su cuadrilla; siempre hay encargos. Son felices, viven en paz y armonía.
Un mes después, el yerno llevó a las niñas para pasar el fin de semana. Alba contó a su abuela que mamá y papá discuten mucho; papá sabe cocinar sopa, nada más, y mamá busca trabajo pero no sabe dónde.
El domingo, el yerno quiso dejar a Sandra en el pueblo, pero Lucía no aceptó:
Yo trabajo, Pedro también. Los niños deben vivir con sus padres. Pueden venir a visitar, pero al cuidado diario tienen que encargarse vosotros. Los hijos son vuestra responsabilidad, no la mía.
El yerno y la hija se molestaron, pero al siguiente fin de semana las niñas volvieron con su abuela.
Solo para el fin de semana explicó el yerno, y él mismo se quedó a disfrutar de la comida de la suegra, que echaba de menos.
Así fue la historia.
Quizás algunos piensen que Lucía fue dura con su hija, otros que fue justo. Hay tantas opiniones como personas.
Pero siempre llega el momento en que hay que aprender a cuidar de uno mismo y a dejar que los demás aprendan a vivir por sí solos.

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¡Ay, esa abuela que se casó y dejó a sus hijos ofendidos! El fin de semana, como siempre, Alla vis…
La niña que me llama papá no es realmente mi hija, pero aun así, cada mañana voy a su casa para llevarla al colegio