Vivimos en un piso bajo en Madrid: cuatro generaciones, un gato adicto a la valeriana y una invasión…

Diario de Lucía Jiménez, Madrid.

Vivimos en un piso bajo aquí en Madrid. Somos cuatro: yo, mi marido, nuestra hija de cinco años, Valentina, y mi abuela, Doña Carmen. A sus 80 años, cada invierno la traemos de su pueblo en Castilla para que pase el frío con nosotros. Pero en cuanto llega el buen tiempo, insiste en volver a su casita rural; no hay manera de retenerla en la ciudad. Aún planta su propio huerto y va a pescar al río de la aldea.

Con la abuela se viene siempre su gato, Peluso, un trasto blanco y naranja que en el pueblo es todo un bandido, pero aquí se convierte en un ser dulcísimo. Le pusieron Peluso porque, cuando mi abuelo vivía, un día se robó el frasquito de valeriana del abuelo y pasó horas intentando abrirlo. Viendo tanta pasión, el abuelo cogió y dejó unas gotas en un tocón en el patio. El gato se tumbó ahí y no se movió durante cuatro días, ni comida quería.

Luego cayó una tormenta y la lluvia terminó de llevarse el olor. Peluso seguía paseándose por el tocón y suspiraba fuerte, como si le faltara algo. Amaba a mi abuelo. Cuando falleció, el gato fue todos los días al cementerio del pueblo, 40 días exactos, y luego, nunca más. Algo de misterio hay en eso.

Hace poco, esa pasión de Peluso por la valeriana se volvió un asunto más serio. Aquella noche, mi abuela estaba tensa tras un capítulo emocionantísimo de su novela favorita y decidió ponerse unas gotas de valeriana. Al abrir el frasco, se le cayó y el líquido se esparció por el suelo. El piso empezó a oler intensamente.

Peluso, al captar el perfume, lanzó un maullido salvaje y se puso a lamer el suelo y rodar en el medicamento. Mi marido, Juan, pensó que lo mejor era abrir el balcón para ventilar y yo fui corriendo al baño a buscar una bayeta. Sentamos a la abuela en el sillón, mientras Peluso se retorcía y ronroneaba en el suelo, como hipnotizado.

Ese ronroneo guttural fue el anuncio. Los gatos de toda la manzana se enteraron¡aquí hay fiesta!y no tardaron en entrar por el balcón abierto, que daba a la calle. Como estamos en el bajo, fue imparable. Entraron maullando y bufando. Peluso se puso en modo defensor y empezó una pelea felina monumental. Juan corrió a cerrar el balcón para que no siguieran entrando aquellos pequeños monstruos, pero en el proceso recibió más de un zarpazo y mordisco. A la abuela le entró esa risa contagiosa y Valentina se refugió en el baño, gritando detrás de la puerta.

En nada teníamos más de diez gatos descontrolados en el salón. Luchaban entre sí y ninguno se dejaba coger. Los vecinos, asustadísimos por los ruidos y gritos, llamaron a la puerta, pero no podíamos atenderles. Así que pensaron que estábamos en medio de una tragedia y llamaron a la policía.

Cuando llegaron los agentes, se quedaron de piedra: Juan todo arañado, yo tratando de controlar el caos, mi abuela riéndose a carcajadas en el sillón y los gatos gritando como locos. Sin saber qué hacer, llamaron a una asociación de rescate animal.

Vinieron dos hombres con grandes redes y, en un abrir y cerrar de ojos, capturaron a los felinos y los sacaron por la ventana al balcón, donde todavía quedaban unos cuantos. Por supuesto, tuvimos que pagar los servicios de liberación del piso: 60 euros. Y para colmo, ¡Peluso fue expulsado también!

No me quedó otra que salir a buscarlo. Por suerte, él estaba en su salsa, tumbado entre las flores, sin intención de irse a ningún lado. Bajo el balcón se había reunido un montón de gente del barrio, pasándolo en grande con el espectáculo.

Después, con la abuela, nos tocó curar a Juan, calmar a Valentina y limpiar el desastre de casa. Peluso dormía feliz en el alféizar, contemplando su reino.

Pasamos dos semanas sin atrevernos a abrir ventanas ni el balcón: los gatos seguían rondando. ¿Quién diría que la valeriana es tan peligrosa en Madrid?

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Vivimos en un piso bajo en Madrid: cuatro generaciones, un gato adicto a la valeriana y una invasión…
Un milagro en Nochevieja: —¡Petri, explícame, por favor, cómo has podido olvidarlo! ¡Esta mañana te lo recordé varias veces y además te mandé un mensaje! —Ana miraba a su marido con reproche, mientras él, de pie en el umbral de la cocina, sólo se encogía de hombros con cara de culpable. —No sé cómo ha podido pasar, Anuska… Se me ha ido completamente de la cabeza, —intentaba justificarse Petri. —¿Y el móvil? —El móvil ni lo he sacado del bolsillo, así que ni vi tu mensaje… Ana empezó a hervir por dentro. —O sea, para comprar la nueva batería del coche no te has olvidado, pero para el regalo de nuestra hija debajo del árbol… eso se te ha olvidado. —Pues sí… Simplemente, la tienda de repuestos cerraba a las ocho y fui con prisa, olvidando todo lo demás. Lo siento. —A veces creo, Petri, que tu viejo cacharro, que se estropea cada mes, te importa más que nuestra Marina, —Ana se sentó en el taburete y suspiró mirando el reloj. Marcaba las once menos cinco. Noche cerrada, ya no había nada que hacer. Y por no poder arreglar la situación, el ánimo era aún peor. —Ana, ¡no digas tonterías! Quiero a Marina, y lo sabes de sobra. Simplemente se me ha olvidado… ¿A quién no le pasa? —A mí no me pasa, Petri… —Ana quería gritar, pero habló en susurros para que su hija no los oyera. Su marido intentó abrazarla para calmar el inminente escándalo, pero ella se giró dándole la espalda y… …empezó a poner ensaladilla en la fuente. “He pasado media tarde con esta ensaladilla para alegrar a mi marido, y él… olvida el regalo de su hija.” —Sabía que tendría que encargarme de todo, —murmuraba Ana—. Pero confié en ti, Petri. De verdad pensaba que eras responsable. —Ana, sé que tengo la culpa, pero si lo piensas bien… no ha pasado nada tan grave, —dijo su marido—. Si no hay regalo debajo del árbol, mañana por la mañana se lo compro y se lo doy, como si fuera de los Reyes. —¿Dónde piensas comprarlo? Mañana casi todas las tiendas están cerradas, salvo los supermercados. Ay, Petri, Petri… Era comprensible la decepción de Ana. Cuando nació Marina, instauraron una costumbre entrañable: la nochevieja, justo después de las campanadas, la familia reunida bajo el árbol encontraba allí los regalos. Para Marina, que creía en los Reyes, en la magia y en los milagros de Año Nuevo, era el momento más especial, la emoción más pura al abrir su pequeño paquete anhelado. Aquella noche, Marina ya había mirado varias veces bajo el árbol por si el regalo aparecía antes de medianoche, y contaba a su madre qué ilusión le hacía recibir el regalo de los Reyes este año. —¿Qué me traerán este año los Reyes? —se preguntaba la niña en voz alta—. Me encantaría una bici como la de Iván del bloque de al lado, pero si son patines también me haría ilusión. Ana sonreía mirándola. Precisamente había pedido a su marido que le comprase unos patines. Lo normal era que Ana eligiese el regalo, pero esa vez a Petri le llamaron de urgencias en el trabajo y Ana había pensado: “¿Para qué voy yo, si él puede pasar y comprarlo camino a casa?”. Petri llegó a las ocho pasadas y, a la hora de preparar la cena, cuando Ana le preguntó guiñándole un ojo por el regalo de Marina, él recordó de pronto que se le había olvidado por completo… —Ana, vamos a disfrutar el día, ¿sí? —suplicó Petri, intentando de nuevo abrazar a su mujer—. ¡De verdad no fue a propósito! Si quieres, hablo yo con Marina y se lo explico, seguro que lo entiende. Ana no respondió. Siguió poniendo la mesa, llorando en silencio: “¿Cómo ha podido olvidarse justo del regalo para su hija…?” Hasta el último momento, Ana pensaba que Petri tenía el regalo escondido en algún sitio, esperando el instante justo para ponerlo bajo el árbol. Pero ya estaban todas las tiendas cerradas, no se podía comprar nada… —¿Te ayudo en algo? —preguntó Petri sin mucha confianza, viendo cómo Ana colocaba los platos. —Ya has ayudado suficiente… déjalo. En ese mismo instante, Marina entró en la cocina, feliz tras ver todos los cuentos y pelis navideñas: —¡Mami, papi! ¡Faltan menos de dos horas para el Año Nuevo! Pronto los Reyes me traerán mi regalo… Ana fulminó a su marido con la mirada. Pero se volvió de inmediato para que su hija no sospechara nada y no le diese el día. Además, Ana ya había pensado una solución: pondría bajo el árbol un sobre con dinero y en la cubierta escribiría: “Para Marina, para unos patines”. No era lo que su hija esperaba esa noche, pero era mejor que nada. Quizás, y con suerte, todo quedaría ahí… ***** A las once en punto, cuando ya estaban todos en la mesa, alguien llamó a la puerta. —¿Has invitado a alguien, Petri? —preguntó Ana extrañada—. Porque yo desde luego no he invitado a nadie. —Ni yo tampoco. Igual son los vecinos… Voy a ver, servid el zumo, —dijo Petri dirigiéndose a la puerta. Allí se encontró con un hombre barbudo vestido con una vieja chaqueta roja. En nada se parecía a Papá Noel. Más bien parecía un sintecho: por el aspecto y por el olor (no era precisamente aroma de colonia). —¿Qué desea? ¿Se ha equivocado de piso, o viene a pedir dinero? Le advierto que no le daré ni un euro, que se lo gastará en alcohol. —No, no, no vengo a pedir dinero. No soy un desgraciado —replicó el extraño con buen ánimo. “¿No es un desgraciado? ¡Será cachondo!”, pensó Petri conteniendo una risa. Él nunca había mirado por encima a un sintecho, más bien les tenía compasión, pero esa frase le resultó tan absurda como graciosa. —¿Entonces qué quiere? —Petri salió al rellano y entrecerró la puerta para que el “aroma” no entrara. —Verá… Encontré un gatito en la escalera. Mire qué cosita más linda, —el hombre sacó de debajo de su chaqueta una bolita de pelo—. ¿No será suyo? Petri sonrió de lado. “Seguro que piensa que pedir dinero no cuela y ahora intenta colarme el gato, tan sintecho como él mismo, por unas perras”. —Perdone, es la primera vez que veo ese gato. Y además nunca hemos tenido animales en casa. —¿Seguro que no quiere quedárselo? Si tiene una hija, seguro que le hace ilusión. “Lo sabía —pensó Petri—, ahora me vende el gato”. —No, gracias. —Está bien… —se entristeció el hombre barbudo—. Pues lo tiraré a la basura. Ya iba a irse el hombre, tapando de nuevo el gatito bajo la chaqueta, cuando Petri lo paró. —¡Oiga, espere! ¿Cómo que tirarlo a la basura? Déjelo aquí en el portal, al menos. —Lo echarán igualmente a la calle. Y en el contenedor, al menos hay cajas donde esconderse, y comida a veces… Petri nunca había sentido especial cariño por los animales, pero por alguna razón le dio pena aquel cachorrito. Solo de imaginarlo pasando frío y hambre toda la noche… Si hubiera tenido más tiempo para pensarlo, tal vez habría dudado… Pero todos le esperaban en la mesa, el hombre ya se iba… —¡Déjemelo a mí! —le arrebató el gatito al barbudo—. No lo tire a la basura. —Como quiera, —sonrió el desconocido y se despidió, bajando ya la escalera. ***** Cuando por fin Petri entró en casa, Ana y Marina lo esperaban asomadas en la cocina, algo nerviosas. —¿Qué pasa, por qué tardas tanto? —Nada, nada, todo bien —respondió Petri, escondiendo el minino tras la espalda y rogando que no maullara. Si Ana descubría lo que había traído, lo echaba a la calle de inmediato. Y no estaba seguro de que solo al gato… Claro que tarde o temprano se enteraría, pero Petri necesitaba tiempo para explicarse. Además, tenía que justificar cómo se le ocurre, una hora antes de Nochevieja, meter en casa un gato callejero sin consultar. —¿Quién era? —preguntó Ana con sospecha. “¿No estará tramando algo este?” —Era… nuestro vecino, Víctor, el del quinto. Preguntando por la batería del coche. —Ah, claro… si eres el rey de los coches. Ve a lavarte las manos y ven, que en nada es la Nochevieja. —Sí, en cinco minutos estoy. Con la cocina despejada, Petri empezó a recorrer la casa buscando dónde esconder el gato. En el balcón no, que hace un frío que pela. El baño, peligroso, podría entrar cualquiera. Habitación de la niña o la suya, tampoco. Solo quedaba el salón… —¡Petri, vas a venir ya! —gritó Ana disgustada—. ¿Hasta cuándo vas a estar ahí? —¡Ya voy, cariño! Sin pensar mucho, abrió el armario del salón, metió al gatito en la balda de abajo y dejó la puerta entreabierta para que respirara. ***** —¡Feliz Añoooo! —se oía gritar en la calle. Petri felicitó a su mujer y a su hija, deseó salud y suerte. Mientras lo hacía, Marina dejó el zumo sobre la mesa y corrió al salón. Cuando Ana lo vio, recordó que no había puesto el sobre bajo el árbol y fulminó a su marido con la mirada. —¡Ahora te las apañas tú para consolarla! Pero Marina, lejos de decepcionarse, empezó a gritar de alegría. Tan fuerte que ni los petardos tapaban su voz. —¡Mami, papi! ¡Venid corriendo! ¡Mirad lo que me han dejado los Reyes bajo el árbol! Petri y Ana entraron en el salón, se quedaron congelados. Junto a la niña, bajo el árbol, había un pequeño gato blanco. —¡Llevaba tanto tiempo pidiéndolo…! ¡Los Reyes me han traído el gatito! —lloraba casi la niña de emoción—. Lo llamaré Copito de Nieve. Lo abrazó, feliz, y Ana llevó a su marido aparte. —¿Esto qué es? ¿De dónde sale eso? ¿Tú lo has hecho? —Ana, solo pido que no te enfades. Te lo explico. —¿Enfadarme? ¡Pero si mira qué contenta está! Si me lo hubieses contado antes, no te hubiera echado la bronca. Ana abrazó a Petri, le dio un beso en la mejilla. Petri se quedó mudo, sin creerse la suerte que tenía. Es cierto: en Nochevieja los milagros existen. La hija feliz, la esposa cariñosa… Todo gracias a un pequeño gato blanco y… Se acordó de repente del sintecho. —Ana, tengo que contarte una cosa… Le susurró algo al oído; ella le miró sorprendida y asintió. ***** —Bueno, Egor, —el hombre barbudo dio una palmada en la espalda del otro que estaba sentado a su lado—, ya hemos colocado a todos los gatos, gracias a Dios. Ahora a volver al sótano, antes de que cierren. —Sí, Mijaíl, buena idea tuviste con la historia del contenedor, —sonrió el segundo. —¿Verdad? Temía que me mandaran a freír espárragos… —Riesgo había, pero así solo quien de verdad cuida el destino del animal lo acoge y no lo tira a la basura. —Eso es. —Total, a buenas manos han ido y estarán bien. Muy buena idea tuviste. Los sintecho estaban en un banco no lejos de la casa donde esa noche habían dado en adopción a cuatro cachorros hallados en el sótano. Mucha gente paseaba, pero nadie les decía nada. Más bien les deseaban salud y suerte. De pronto, la puerta del portal se abrió de golpe y apareció Petri, que al verlos les hizo señas y corrió hasta ellos. —¿Qué le pasa? ¿Se arrepiente del gato? —dijo Mijaíl al ver a Petri. —¿Es él? Qué raro… —¡Feliz Año, buena gente! —sonreía Petri, ofreciéndoles una gran bolsa—. Mi mujer y yo os traemos esta cena de Nochevieja para agradeceros el regalo. —Gracias, no lo esperábamos, —respondieron Egor y Mijaíl. —Y esto, de mi parte, —Petri les dio una botella de cava—. Para celebrar como merece. —Bueno, Mijaíl, al final nosotros también vamos a celebrarlo… ¡Vaya milagro! —se frotó las manos Egor contento. Iba ya a irse Petri, cuando se detuvo y preguntó: —¿Dónde vais a celebrarlo, si puede saberse? —Pues… aquí cerca, en el sótano: seco, caliente, y cartones para tumbarse. —¿Y si venís conmigo? En cinco minutos los tres entraron en el garaje. Petri abrió la puerta: —Poneos cómodos. Hay un sofá, calefactor, mesa y platos. Mejor que el sótano. Yo sacaré el coche fuera para que tengáis espacio. —Si aquí cabemos bien… —No, mejor fuera. Y no os paséis con la bebida, ¿eh? —Solo un brindis. Nada más, —aseguró Mijaíl. —Bien, confío en vosotros. Mañana vengo y me contáis, quizás pueda ayudaros a buscar algo más. —Inesperado… —murmuró Egor. —Ya ves… —asintió Mijaíl. Así fue aquella noche, realmente mágica y por completo castiza. Una auténtica Nochevieja de milagro.